En esta santa Cuaresma...
P. Jesús Larrañeta,
C.M.
Para EL VISITANTE
Comenzamos un año más la Cuaresma,
tiempo santo, por siglos venerado, alabado, encomiado
y, para los verdaderos hijos de Dios, tiempo privilegiado,
desde que Jesús lo santificó: con sus
penitencias, con su soledad, con su silencio y con
su oración.
En este santo tiempo, Dios, nuestro Padre, nos
visita, nos acompaña, nos inspira y nos habla.
Nos dice que examinemos nuestras vidas, nuestras
conciencias, nuestras conductas, y que con todo
cuidado y detalle, comparemos nuestro pensar, desear
y obrar.
Con el pensar, el desear y el obrar de su Hijo
Jesús,
a quien, nos ruega, escuchemos, oigamos, aceptemos
y sigamos.
Nuestra tendencia, fruto de nuestra naturaleza
contaminada por el pecado, y, por lo tanto frágil y débil,
es decirle a nuestro buen Padre Dios: Por favor,
más adelante te escucharé, otro año
reflexionaré sobre lo que me dices, en este
momento, en este año, no lo puedo hacer, pero
más adelante lo haré; en otra ocasión
me convertiré, me confesaré y aceptaré tu
amistad, tu amable invitación, tu generoso
amor.
Ahora bien, queridos hermanos que viven lejos
de Dios, queridas hermanas a quienes sus pecados
han
construido una muralla entre sus personas y Dios,
su Creador y Señor, ¿por qué están
ustedes tan seguros que el año próximo,
Dios, a quien este año no han escuchado ni
hecho caso, les va a hablar e invitar de nuevo a
aceptar su amistad y su amor? ¿No han pensado
en el ejemplo de tantos hombres y mujeres, que por
no seguir el llamado de Dios, han endurecido sus
corazones de tal forma que a ellos ya no llega la
voz de Dios, que en ellos no tiene ninguna cabida
Su palabra, su mensaje salvador, su llamado al arrepentimiento,
a la rectificación y a la conversión?
San Agustín escribió hace muchos siglos,
que debemos temer a nuestro Dios que pasa a nuestro
lado, que nos invita a cambiar nuestras vidas, pero
que no nos promete una segunda vuelta, una segunda
visita, una posterior invitación. Por lo tanto,
es en este año, en esta santa Cuaresma, cuando
nos apremia y urge a que volvamos a El, a que nos
convirtamos, a que confesemos nuestros pecados al
sacerdote, a que consigamos la paz, en nuestras almas
y el sosiego en nuestros corazones.
De nuevo, queridos hermanos y hermanas que viven
lejos del Señor, que habitan no en la casa
de Dios sino en la del pecado, abandonen esa oscura
y lúgubre mansión y entren en la casa,
llena de luz, que es la casa de Dios. Si así lo
hacen, la paz, la tranquilidad y la felicidad inundarán
de gozo sus almas y repetirán con el salmista: ¡Qué alegría,
qué dicha habitar sin pecado en la casa de
mi Dios! ¡Qué felicidad residir en su
santo templo, en su santa morada! Permaneceré en
ella para siempre; habitaré por toda la eternidad
en la casa de mi Dios, único lugar en el que
abunda la verdadera dicha, el auténtico sosiego,
la genuina alegría, el verdadero amor.
Que así sea, que se haga realidad este hermoso
sueño, en este año 2005, que nuestro
buen Dios, siempre misericordioso y dispuesto al
perdón, pone en nuestras manos como prueba,
una vez más, de su benevolencia sin límites
y de su ternura sin fin.