Edición 06 •  6 al 12 de febrero de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

En esta santa Cuaresma...

P. Jesús Larrañeta, C.M.
Para EL VISITANTE

Comenzamos un año más la Cuaresma, tiempo santo, por siglos venerado, alabado, encomiado y, para los verdaderos hijos de Dios, tiempo privilegiado, desde que Jesús lo santificó: con sus penitencias, con su soledad, con su silencio y con su oración.

En este santo tiempo, Dios, nuestro Padre, nos visita, nos acompaña, nos inspira y nos habla.

Nos dice que examinemos nuestras vidas, nuestras conciencias, nuestras conductas, y que con todo cuidado y detalle, comparemos nuestro pensar, desear y obrar.

Con el pensar, el desear y el obrar de su Hijo Jesús, a quien, nos ruega, escuchemos, oigamos, aceptemos y sigamos.

Nuestra tendencia, fruto de nuestra naturaleza contaminada por el pecado, y, por lo tanto frágil y débil, es decirle a nuestro buen Padre Dios: Por favor, más adelante te escucharé, otro año reflexionaré sobre lo que me dices, en este momento, en este año, no lo puedo hacer, pero más adelante lo haré; en otra ocasión me convertiré, me confesaré y aceptaré tu amistad, tu amable invitación, tu generoso amor.

Ahora bien, queridos hermanos que viven lejos de Dios, queridas hermanas a quienes sus pecados han construido una muralla entre sus personas y Dios, su Creador y Señor, ¿por qué están ustedes tan seguros que el año próximo, Dios, a quien este año no han escuchado ni hecho caso, les va a hablar e invitar de nuevo a aceptar su amistad y su amor? ¿No han pensado en el ejemplo de tantos hombres y mujeres, que por no seguir el llamado de Dios, han endurecido sus corazones de tal forma que a ellos ya no llega la voz de Dios, que en ellos no tiene ninguna cabida Su palabra, su mensaje salvador, su llamado al arrepentimiento, a la rectificación y a la conversión?

San Agustín escribió hace muchos siglos, que debemos temer a nuestro Dios que pasa a nuestro lado, que nos invita a cambiar nuestras vidas, pero que no nos promete una segunda vuelta, una segunda visita, una posterior invitación. Por lo tanto, es en este año, en esta santa Cuaresma, cuando nos apremia y urge a que volvamos a El, a que nos convirtamos, a que confesemos nuestros pecados al sacerdote, a que consigamos la paz, en nuestras almas y el sosiego en nuestros corazones.

De nuevo, queridos hermanos y hermanas que viven lejos del Señor, que habitan no en la casa de Dios sino en la del pecado, abandonen esa oscura y lúgubre mansión y entren en la casa, llena de luz, que es la casa de Dios. Si así lo hacen, la paz, la tranquilidad y la felicidad inundarán de gozo sus almas y repetirán con el salmista: ¡Qué alegría, qué dicha habitar sin pecado en la casa de mi Dios! ¡Qué felicidad residir en su santo templo, en su santa morada! Permaneceré en ella para siempre; habitaré por toda la eternidad en la casa de mi Dios, único lugar en el que abunda la verdadera dicha, el auténtico sosiego, la genuina alegría, el verdadero amor.

Que así sea, que se haga realidad este hermoso sueño, en este año 2005, que nuestro buen Dios, siempre misericordioso y dispuesto al perdón, pone en nuestras manos como prueba, una vez más, de su benevolencia sin límites y de su ternura sin fin.

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