Mas
de 1 millón
de minas en Sri-lanka
Mensaje
a conferencia sobre la prohibición
de minas antipersonales
A su excelencia el señor embajador Wolfgang
Petritsch, Presidente de la primera Conferencia
de examen de la Convención de Ottawa.
1. Al reunirse en Nairobi la primera Conferencia
de examen de la Convención de Ottawa «sobre
la prohibición de empleo, almacenamiento,
producción y traslado de minas antipersonales
y sobre su destrucción», quisiera
dirigirle, excelencia, mi saludo cordial, expresando,
por medio de usted mi viva gratitud a todas las
delegaciones presentes. Me alegran las decisiones
pertinentes que se han tomado y las acciones que
los gobiernos ya han emprendido para erradicar
de manera definitiva este terrible azote de los
tiempos modernos. En esta feliz ocasión,
deseo vivamente que los Estados firmantes se esfuercen
por respetar y renovar de manera clara sus compromisos,
redoblando sus esfuerzos para lograr los objetivos
de la Convención. Cinco años después
de su entrada en vigor, esta Convención
ha llegado a ser, para los países que la
han ratificado, una norma fundamental e ineludible,
que refuerza la aplicación estricta del
derecho internacional humanitario y sigue siendo
un ejemplo palpable de solidaridad entre las naciones
y entre los pueblos.
2. Hay que alegrarse de los progresos realizados
en la puesta en práctica de esta norma.
Son reales y numerosos. La Santa Sede, que fue
uno de los primeros en ratificar la Convención,
quiere contribuir, de manera activa a su aplicación,
en un diálogo sincero y constructivo con
los demás Estados firmantes. Con vistas
a esta importante asamblea, la Santa Sede ha lanzado
una campaña de sensibilización de
las Iglesias locales ante el problema de las minas
antipersonales, difundiendo numerosas informaciones
sobre este grave problema, solicitando un compromiso
activo a este respecto y, además, pidiendo,
oraciones por las víctimas de las minas
antipersonales y por el éxito de la conferencia.
Es importante proseguir los esfuerzos, en particular
en los campos de la destrucción de los depósitos
de municiones, la desactivación de minas
y la reinserción socioeconómica de
las víctimas de estas armas. Las minas antipersonales
matan y mutilan a numerosas víctimas inocentes,
y también perjudican gravemente la economía
de los países en vías de desarrollo,
privándolos de numerosas tierras cultivables
aún minadas, que son esenciales para la
supervivencia de esas naciones. Es necesario que
esto cese. La aplicación estricta de la
convención es una oportunidad dada a la
familia de las naciones de construir una humanidad
renovada y pacífica.
3. Conviene suscitar una cooperación bilateral
y multilateral cada vez más fecunda entre
los países afectados por este azote y los
que no lo están, entre los países
pobres y los países ricos, tomando las decisiones
políticas que resultan necesarias, así como
las disposiciones financieras relacionadas con
ellas, manifestaciones del compromiso sincero y
concreto de los Estados firmantes en el proceso
actual. Por esta razón, el respeto de los
términos impuestos por la convención
es otra garantía de su eficacia a largo
plazo. Cuando los Estados se unen, en un clima
de comprensión, de respeto mutuo y de cooperación,
para oponerse a una cultura de muerte y edificar
con confianza una cultura de la vida, la causa
de la paz progresa en la conciencia de las personas
y de la humanidad entera. Cuando las negociaciones
multilaterales y la cooperación internacional
llegan a la aplicación de medidas concretas
que permiten a las poblaciones, entre las que se
encuentran numerosos niños, vivir con seguridad
y dignidad, triunfa la humanidad.
4. Desde esta perspectiva, la atención especial
dedicada a las víctimas de las minas antipersonales
es fundamental, incluso una vez acabada la destrucción
de los depósitos y la desactivación.
Es necesario que la vigilancia de la comunidad
internacional no se limite a las ayudas económicas
concedidas; también debe procurar que las
personas se conviertan en protagonistas de su propio
desarrollo, mediante acciones de sensibilización
ante los peligros de las minas antipersonales,
de rehabilitación de las personas discapacitadas,
de seguimiento psicológico, de reinserción
en la sociedad y de educación en la paz,
así como mediante una mayor utilización
de los medios de comunicación social para
aumentar la conciencia de la opinión pública
internacional. En lo que respecta a las familias
de las víctimas y las comunidades en las
que viven, la Iglesia católica está comprometida
directamente, en colaboración con las organizaciones
no gubernamentales y la «Campaña internacional
para prohibir las minas terrestres», a los
que quiero felicitar por su acción y por
el papel decisivo que han desempeñado en
la adopción de la Convención de Ottawa
y en su aplicación en el ámbito internacional,
nacional y local.
5. A la vez que expreso mis cordiales deseos
de fecundidad para esta asamblea, quisiera hacer
de
nuevo un apremiante llamamiento para la universalización
de la Convención de Ottawa, invitando a
las naciones que aún dudan en adherirse
a ella a dirigirse al campo de la paz, neutralizando
definitivamente estos artefactos de muerte.
Excelencia, la Santa Sede, por su parte, seguirá dando
su apoyo a esta noble causa, para que se logren
plenamente los objetivos de la convención.
Ojalá que los frutos de las reflexiones
que se hagan en esta asamblea, las orientaciones
que surjan de ella y las decisiones que se tomen
en ella, abran a miles de hombres, mujeres y niños
la perspectiva de un futuro lleno de esperanza,
con seguridad y dignidad.
Vaticano, 22 de noviembre de 2004.