El mandamiento del descanso
Padre Isaías Revilla Casado,
OSA
frirevilla@hotmail.com
Para EL VISITANTE
P/ Con
la respuesta que dio hace unas semanas sobre
la creación usted ha destruido la obra creadora
de Dios y su mandamiento del descanso. ¿Es
que vale más la teoría de Darwin
que la acción de Dios?
José Pérez
R/ Cuando yo digo que “comprendo a los judíos,
pero a los adventistas no”, es porque, dada
la mentalidad oriental, en que para explicar una
cosa se sirven habitualmente de un cuento (parábola),
no tiene nada de particular que los judíos
se imaginasen a un hercúleo dios haciendo
los mares y los abismos, y empleando una fuerza
titánica. Naturalmente, este modo de hablar
antropomórfico era comprensible que exigiese
un descanso, como le había ocurrido a Hércules
en sus doce trabajos. Era lo que vivían
en medio del mundo mitológico egipcio. Y
entiendo que al pueblo judío esto pudo servirle
incluso para santificarse; pero no por haber imaginado
así la creación, ni por haber elegido
el sábado (podían haber elegido otro
de la semana), sino por ser fieles en su observancia.
Sin embargo, a nuestra mente occidental, mucho
más racional, todo esto nos repugna directamente.
Y lo mismo que ya hoy a nadie se le ocurre decir
que es el sol quien da vueltas en derredor de la
tierra, a pesar de que eso es lo que se contempla
en la Biblia y también en nuestras expresiones
coloquiales: “el sol sale”, “la
puesta del sol”; así tampoco se puede
decir hoy que todos esos millones de años,
comprobados científicamente en los fósiles,
permitan la más mínima duda de que
el relato bíblico de la creación
no puede ser considerado histórico, sino
didáctico. Y si a Galileo le bastó un
rudimentario telescopio para convencerse de que
la tierra era redonda, el “carbono 14” nos
asegura mejor, que esos días de la creación
no pueden ser medidos con nuestros relojes de 24
horas. Y si con el telescopio de Galileo no sufrió absolutamente
nada el valor revelado de la Biblia, tampoco tiene
por qué traer el carbono 14 ningún
detrimento al texto bíblico, al decir que
esos días no fueron de 24 horas, sino de
un tiempo muchísimo más largo.
Los que sí pueden sentir que todo se les
viene abajo son los adventistas, que se les acaba
el fundamento de su dichoso “séptimo
día”.
Yo no sé por qué los judíos
eligieron para ese séptimo día el
de Saturno (Saturday) y no el de Marte (Martes)...
Llamarle sábado no entra en mis cabales,
porque Dios es espíritu puro, infinitamente
más poderoso que Hércules y no necesitó ningún
descanso ni para los seis días, ni para
los millones de años que supone toda la
formación astronómica del Universo.
Querer resucitar todo esto en el siglo XIX, como
hacen los adventistas, cuando ya Orígenes
y San Agustín lo vieron en el siglo IV,
no deja de ser, al menos, un anacronismo descarado.
Por el contrario, sé muy bien por qué los
cristianos elegimos para ese séptimo día
el del Sol (Sunday) y por qué le cambiamos
el nombre: ése fue el día del Señor,
el “Dominicus dies”, el fundamento
de nuestra fe (1 Cor. 15,17) y por eso le llamamos “Domingo”.
El tercer mandamiento de la Ley de Dios no consiste
en llamarse sábado o domingo, sino en dedicarle
a ÉL una jornada entre seis.
Como ves lo que vale es la verdad y Dios es la
VERDAD. Por eso yo no le tengo miedo a la verdad,
venga de donde venga: “Andar en verdad”,
que decía Santa Teresa, es andar humildemente
ante Dios. Y eso nunca nos apartará de él.
Leer mal la Biblia sí.
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