cuaresma
Obras espirituales
Dr. Aníbal Colón
Rosado
Para EL VISITANTE
En escritos anteriores hemos abordado el tema
de las obras corporales de misericordia. Cada vez
se habla menos de las obras espirituales de misericordia.
Ambas son muy importantes en la moral católica. “No
nos amemos de palabra ni de lengua, sino de obra
y de verdad” (I Jn. 3,18). Las obras de amor
al prójimo suponen el respetar íntegramente
los derechos de justicia.
Las obras espirituales de misericordia son siete,
a saber: enseñar al que no sabe, dar buen
consejo al que lo necesita, corregir al que yerra,
perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir
con paciencia los defectos del prójimo,
rogar a Dios por los vivos y difuntos. Dios nos
invita a salir al encuentro de quienes tienen necesidades
especiales de naturaleza emocional o espiritual.
Son actos de amor que se realizan libremente, más
allá de las obligaciones impuestas por la
justicia. En algunos casos pueden causar desagrado
o inconformidad, particularmente en esta época
de relativismo e individualismo, cuando tantos
prefieren arrastrarse en la perdición y
las tinieblas. “Porque va a llegar un tiempo
en que la gente no soporte la sana enseñanza;
más bien, según sus propios caprichos,
se buscarán un montón de maestros
que sólo les enseñen lo que ellos
quieran oír. Darán la espalda a la
verdad y harán caso a toda clase de cuentos” (II
Tim. 4, 3-4).
Comencemos con la instrucción al ignorante.
Son muchos los ejemplos de las Sagradas Escrituras
que nos exhortan a enseñar, a comunicar
el saber y la sana doctrina. San Pablo recoge el
mandato de Jesús e insiste en el bien de
la enseñanza, tanto para el docente como
para el discente. “Si enseñas estas
cosas a los hermanos y te alimentas con las palabras
de la fe y de la buena enseñanza que has
seguido, serás un buen siervo de Jesucristo” (I
Tim. 4,6; cf. Rom. 11,25; I Cor. 10,1; I. Tes.
4,13). Es una tarea meritoria el formar las conciencias,
corregir los prejuicios y los errores, orientar
a los que sucumben en medio de la confusión.
En cuanto a la obra espiritual del buen consejo,
imitamos a Jesús quien fortaleció la
fe de sus discípulos y llenó de paz
el corazón de los perplejos (cf. Lc. 24,36;
Jn. 20, 26-29). La duda se manifiesta de varias
maneras, no sólo respecto a la fe, sino
también en la identidad personal y en las
relaciones humanas. Se puede auxiliar a los demás
escuchando con paciencia, dando consejos espirituales
y buen ejemplo. Quien aconseja, debe acogerse a
la oración, a la luz del Espíritu
Santo, a la caridad, al estudio y a la discreción.
La orientación vocacional y profesional
requiere una formación particular en la
que se pondere el crecimiento integral de la persona.
La corrección fraterna es un asunto muy
delicado, pero sigue siendo un llamado que parte
del evangelio: “Si pecare tu hermano, ve
y repréndele a solas. Si te escucha, habrás
ganado a tu hermano” (Mt. 18,15; cf. Col.
3, 5-17; I Tes. 5,12; II Tes. 3,15). El mal del
prójimo nos causa tristeza, sobre todo el
mal moral. La corrección del que yerra no
es un acto caprichoso ni una humillación
sutil. Debe inspirarse en la recta intención,
el buen ejemplo y ser necesaria para el bien de
quien la recibe. Habrá de hacerse con delicadeza,
humildad y en ocasión oportuna. No se trata
de un juicio, sino de un gesto de comprensión
y caridad fraterna, aunque podría desagradar
al beneficiado y acarrear medidas disciplinarias. “¿Cómo
ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la
viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir
a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo,
teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita:
quita primero la viga de tu ojo, y entonces verás
quitar la paja del ojo de tu hermano (Mt. 7, 3-5).
Sin embargo, en una sociedad “politically
correct”, llena de eufemismos y falsedades,
hay que señalar el peligro en el momento
justo y socorrer al extraviado.
La cuarta obra espiritual nos exhorta a perdonar
las injurias. La reacción primaria ante
las ofensas perjudiciales consiste en amargura,
resentimiento y venganza. El cristiano, respondiendo
a la mística del Evangelio, perdona setenta
veces siete. “Porque si ustedes perdonan
a otros el mal que les han hecho, su Padre que
está en el cielo los perdonará también
a ustedes...” (Mt. 6, 14; cf. Mt.5, 38-48;
18, 21-22; Col. 3, 13). El perdón y el amor
son fuerzas sobrenaturales que pueden superar el
rencor y los sentimientos negativos causados por
las injurias. De este modo se abre el camino a
la sanación y a la posibilidad de restaurar
las buenas relaciones personales.
Respecto a la consolación del afligido,
se requiere una actitud de empatía y una
atención especial para percibir las necesidades
emocionales de los demás. En nuestros pueblos
abundan la depresión, la soledad, los desórdenes
psiquiátricos, el suicidio, la violencia...
Hay momentos muy recios en la existencia de los
seres humanos que piden la presencia de almas solidarias.
Cuando alguien comparte su tiempo, su afecto y
su energía con los que padecen tristeza,
los fortalece para que se crezcan en medio de la
lucha. Jesús y sus apóstoles estaban
prestos para consolar a quien sufría los
avatares de la vida y de la muerte (cf. Jn. 11,19;
I Tes. 4,13-18).
La condición imperfecta de la humanidad
reclama la virtud de la paciencia ante los defectos
ajenos. “Vivan, pues, revestidos de verdadera
compasión, bondad, humildad, mansedumbre
y paciencia. Tengan paciencia unos con otros, y
perdónense si alguno tiene una queja contra
otro” (Col. 3, 12-13; cf. Mt. 16, 24; Sant.
5, 7-11). El discípulo carga pacientemente
la cruz de Cristo y sufre en espíritu de
compasión. El Espíritu Santo concede
la fortaleza para soportar el peso de las ofensas
y del mal sin devolver injurias ni sufrimiento.
Una actitud de mansedumbre y comprensión
contribuye a entender la situación del prójimo,
que a veces no se expresa de manera adecuada o
impone una solución inmediata. Es admirable
y hasta heroica la respuesta cristiana a las exigencias
injustas.
La séptima obra espiritual nos invita a
rogar por los vivos y los difuntos. “La oración
fervorosa del hombre bueno tiene mucho poder” (Sant.
5,17; cf. Col. 1,3,9; Mac. 12,45). Es un acto de
intercesión que une la oración de
la Iglesia en la tierra con la intercesión
de Jesús y los santos en el cielo, y expresión
de la comunión de los santos. Esta obra
coincide, en cierta forma, con la séptima
obra corporal: enterrar a los muertos. La caridad
no termina en la mesa o en la funeraria. La oración
por los vivos y muertos es un acto de fe, esperanza
y caridad, porque no sólo de pan vive el
hombre. La salvación integral es obra de
Dios, de quien procede toda gracia. “Sobre
todo, revístanse de amor, que es el perfecto
lazo de unión. Y que la paz de Cristo dirija
sus corazones, porque con este propósito
los llamó Dios a formar un solo cuerpo.
Y sean agradecidos” (Col. 3, 14-15).
(El autor es Canciller de la Arquidiócesis
de San Juan.)