Edición 09 •  27 de febrero al 5 de marzo de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

cuaresma

Obras espirituales

Dr. Aníbal Colón Rosado
Para EL VISITANTE

En escritos anteriores hemos abordado el tema de las obras corporales de misericordia. Cada vez se habla menos de las obras espirituales de misericordia. Ambas son muy importantes en la moral católica. “No nos amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad” (I Jn. 3,18). Las obras de amor al prójimo suponen el respetar íntegramente los derechos de justicia.

Las obras espirituales de misericordia son siete, a saber: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, rogar a Dios por los vivos y difuntos. Dios nos invita a salir al encuentro de quienes tienen necesidades especiales de naturaleza emocional o espiritual. Son actos de amor que se realizan libremente, más allá de las obligaciones impuestas por la justicia. En algunos casos pueden causar desagrado o inconformidad, particularmente en esta época de relativismo e individualismo, cuando tantos prefieren arrastrarse en la perdición y las tinieblas. “Porque va a llegar un tiempo en que la gente no soporte la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán un montón de maestros que sólo les enseñen lo que ellos quieran oír. Darán la espalda a la verdad y harán caso a toda clase de cuentos” (II Tim. 4, 3-4).

Comencemos con la instrucción al ignorante. Son muchos los ejemplos de las Sagradas Escrituras que nos exhortan a enseñar, a comunicar el saber y la sana doctrina. San Pablo recoge el mandato de Jesús e insiste en el bien de la enseñanza, tanto para el docente como para el discente. “Si enseñas estas cosas a los hermanos y te alimentas con las palabras de la fe y de la buena enseñanza que has seguido, serás un buen siervo de Jesucristo” (I Tim. 4,6; cf. Rom. 11,25; I Cor. 10,1; I. Tes. 4,13). Es una tarea meritoria el formar las conciencias, corregir los prejuicios y los errores, orientar a los que sucumben en medio de la confusión.

En cuanto a la obra espiritual del buen consejo, imitamos a Jesús quien fortaleció la fe de sus discípulos y llenó de paz el corazón de los perplejos (cf. Lc. 24,36; Jn. 20, 26-29). La duda se manifiesta de varias maneras, no sólo respecto a la fe, sino también en la identidad personal y en las relaciones humanas. Se puede auxiliar a los demás escuchando con paciencia, dando consejos espirituales y buen ejemplo. Quien aconseja, debe acogerse a la oración, a la luz del Espíritu Santo, a la caridad, al estudio y a la discreción. La orientación vocacional y profesional requiere una formación particular en la que se pondere el crecimiento integral de la persona.

La corrección fraterna es un asunto muy delicado, pero sigue siendo un llamado que parte del evangelio: “Si pecare tu hermano, ve y repréndele a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano” (Mt. 18,15; cf. Col. 3, 5-17; I Tes. 5,12; II Tes. 3,15). El mal del prójimo nos causa tristeza, sobre todo el mal moral. La corrección del que yerra no es un acto caprichoso ni una humillación sutil. Debe inspirarse en la recta intención, el buen ejemplo y ser necesaria para el bien de quien la recibe. Habrá de hacerse con delicadeza, humildad y en ocasión oportuna. No se trata de un juicio, sino de un gesto de comprensión y caridad fraterna, aunque podría desagradar al beneficiado y acarrear medidas disciplinarias. “¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita: quita primero la viga de tu ojo, y entonces verás quitar la paja del ojo de tu hermano (Mt. 7, 3-5). Sin embargo, en una sociedad “politically correct”, llena de eufemismos y falsedades, hay que señalar el peligro en el momento justo y socorrer al extraviado.

La cuarta obra espiritual nos exhorta a perdonar las injurias. La reacción primaria ante las ofensas perjudiciales consiste en amargura, resentimiento y venganza. El cristiano, respondiendo a la mística del Evangelio, perdona setenta veces siete. “Porque si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, su Padre que está en el cielo los perdonará también a ustedes...” (Mt. 6, 14; cf. Mt.5, 38-48; 18, 21-22; Col. 3, 13). El perdón y el amor son fuerzas sobrenaturales que pueden superar el rencor y los sentimientos negativos causados por las injurias. De este modo se abre el camino a la sanación y a la posibilidad de restaurar las buenas relaciones personales.

Respecto a la consolación del afligido, se requiere una actitud de empatía y una atención especial para percibir las necesidades emocionales de los demás. En nuestros pueblos abundan la depresión, la soledad, los desórdenes psiquiátricos, el suicidio, la violencia... Hay momentos muy recios en la existencia de los seres humanos que piden la presencia de almas solidarias. Cuando alguien comparte su tiempo, su afecto y su energía con los que padecen tristeza, los fortalece para que se crezcan en medio de la lucha. Jesús y sus apóstoles estaban prestos para consolar a quien sufría los avatares de la vida y de la muerte (cf. Jn. 11,19; I Tes. 4,13-18).

La condición imperfecta de la humanidad reclama la virtud de la paciencia ante los defectos ajenos. “Vivan, pues, revestidos de verdadera compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Tengan paciencia unos con otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro” (Col. 3, 12-13; cf. Mt. 16, 24; Sant. 5, 7-11). El discípulo carga pacientemente la cruz de Cristo y sufre en espíritu de compasión. El Espíritu Santo concede la fortaleza para soportar el peso de las ofensas y del mal sin devolver injurias ni sufrimiento. Una actitud de mansedumbre y comprensión contribuye a entender la situación del prójimo, que a veces no se expresa de manera adecuada o impone una solución inmediata. Es admirable y hasta heroica la respuesta cristiana a las exigencias injustas.

La séptima obra espiritual nos invita a rogar por los vivos y los difuntos. “La oración fervorosa del hombre bueno tiene mucho poder” (Sant. 5,17; cf. Col. 1,3,9; Mac. 12,45). Es un acto de intercesión que une la oración de la Iglesia en la tierra con la intercesión de Jesús y los santos en el cielo, y expresión de la comunión de los santos. Esta obra coincide, en cierta forma, con la séptima obra corporal: enterrar a los muertos. La caridad no termina en la mesa o en la funeraria. La oración por los vivos y muertos es un acto de fe, esperanza y caridad, porque no sólo de pan vive el hombre. La salvación integral es obra de Dios, de quien procede toda gracia. “Sobre todo, revístanse de amor, que es el perfecto lazo de unión. Y que la paz de Cristo dirija sus corazones, porque con este propósito los llamó Dios a formar un solo cuerpo. Y sean agradecidos” (Col. 3, 14-15).

(El autor es Canciller de la Arquidiócesis de San Juan.)

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