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Padre
Efraín Zabala |
Disciplina
Los
tiempos de poner orden, enderezar rutas y abrir
cauce al entendimiento, pasaron a mejor vida
dejando
un caos en la realidad puertorriqueña. El
padre era la autoridad máxima y con sólo
menear un ojo imponía respeto. La madre,
aunque a veces no estaba de acuerdo con su consorte,
se quedaba callada o asentía para evitar
mayores males. Los hijos sabían a qué atenerse
y se cuidaban de no violar las normas hogareñas
porque el castigo se convertía en cuña
para atenuar las diferencias de carácter
o la indiferencia que se colaban cuando se bajaba
la bandera de la vigilancia.
En
medio del sálvese el que pueda, patrocinado
por leyes y actitudes exaltadas como de avanzada,
quedó vencida y rendida la autoridad de
papá y mamá para dar paso a la anarquía
y al individualismo. Niños y adolescentes
se erigen en sabelotodo y se tragan los consejos
y advertencias de sus mayores como si fueran una
pastilla o un refresco de moda. El corazón
frágil y la mente saturada de ideas vacías
completan un cuadro de desequilibrio e inestabilidad.
Como
los padres ya no cuentan para el renglón
de autoridad, otros tienen que tomar las riendas
para enderezar los caminos. La Policía,
la Guardia Nacional, los delincuentes que hacen
y deshacen, y las cámaras electrónicas
para captar a los que se salen de la jurisdicción
del bien. Los que no quisieron obedecer por amor,
ahora tendrán que vérselas con la
justicia, con la macana, con la vigilancia desde
los postes.
El
desparramiento de voluntades se ha tornado en
tsunamis que afecta la vida entera. En una isla
paradisíaca, la turbulencia colectiva sube
como la espuma y deja rastros de muerte y destrucción.
Al faltar la integridad moral y moldear el carácter
con vaguedades e ilusiones, el producto final es
un derroche de monstruos y fantasmas que nos salen
al paso a cada momento.
Ese
despilfarro de un “yo soy” infantil
y temerario conduce a unos males que a primera
vista parecen invencibles si no se toman las medidas
que contrarresten esas actitudes impuestas desde
todos los ángulos de la existencia. La insuficiencia
de glóbulos rojos espirituales y morales
lleva a la enfermedad conocida como: “por
encima de mí nadie”, una aberración
y una calamidad que se ha apoderado del país
del norte a sur y de este a oeste.
Padecemos
hoy del síndrome corre-corre que
nos impulsa a “juyir” de todos los
sitios. Todos rehuimos al medio ambiente porque
tienen connotación de maldad, de acecho,
de persecución. Se acabó la disciplina
y el consejo; sólo quedan hojas al viento.