Edición 11 • 13 al 19 de marzo de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Padre Efraín Zabala

Disciplina

Los tiempos de poner orden, enderezar rutas y abrir cauce al entendimiento, pasaron a mejor vida dejando un caos en la realidad puertorriqueña. El padre era la autoridad máxima y con sólo menear un ojo imponía respeto. La madre, aunque a veces no estaba de acuerdo con su consorte, se quedaba callada o asentía para evitar mayores males. Los hijos sabían a qué atenerse y se cuidaban de no violar las normas hogareñas porque el castigo se convertía en cuña para atenuar las diferencias de carácter o la indiferencia que se colaban cuando se bajaba la bandera de la vigilancia.

En medio del sálvese el que pueda, patrocinado por leyes y actitudes exaltadas como de avanzada, quedó vencida y rendida la autoridad de papá y mamá para dar paso a la anarquía y al individualismo. Niños y adolescentes se erigen en sabelotodo y se tragan los consejos y advertencias de sus mayores como si fueran una pastilla o un refresco de moda. El corazón frágil y la mente saturada de ideas vacías completan un cuadro de desequilibrio e inestabilidad.

Como los padres ya no cuentan para el renglón de autoridad, otros tienen que tomar las riendas para enderezar los caminos. La Policía, la Guardia Nacional, los delincuentes que hacen y deshacen, y las cámaras electrónicas para captar a los que se salen de la jurisdicción del bien. Los que no quisieron obedecer por amor, ahora tendrán que vérselas con la justicia, con la macana, con la vigilancia desde los postes.

El desparramiento de voluntades se ha tornado en tsunamis que afecta la vida entera. En una isla paradisíaca, la turbulencia colectiva sube como la espuma y deja rastros de muerte y destrucción. Al faltar la integridad moral y moldear el carácter con vaguedades e ilusiones, el producto final es un derroche de monstruos y fantasmas que nos salen al paso a cada momento.

Ese despilfarro de un “yo soy” infantil y temerario conduce a unos males que a primera vista parecen invencibles si no se toman las medidas que contrarresten esas actitudes impuestas desde todos los ángulos de la existencia. La insuficiencia de glóbulos rojos espirituales y morales lleva a la enfermedad conocida como: “por encima de mí nadie”, una aberración y una calamidad que se ha apoderado del país del norte a sur y de este a oeste.

Padecemos hoy del síndrome corre-corre que nos impulsa a “juyir” de todos los sitios. Todos rehuimos al medio ambiente porque tienen connotación de maldad, de acecho, de persecución. Se acabó la disciplina y el consejo; sólo quedan hojas al viento.

 

Archivo EV

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