¡Adiós!
a la decencia
J.J. Koppany Santa Pinter
Para EL VISITANTE
Por
años me ha preocupado la misteriosa
pregunta de Nuestro Señor: “Cuando
venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe
en la tierra?” (Lc 18:8) y la asociaba a
otro pasaje, de San Mateo, donde Jesús predice
los sufrimientos e inclusive la muerte por causa
de Su nombre terminando con una triste sentencia
que por venir de El debe calar muy hondo en nuestra
conciencia; “Y por haberse multiplicado la
iniquidad, se enfriará la caridad de las
multitudes” (Mt 24:9-12).
No
deseo repetir opiniones “déjà vu”[ya
vista], pues todas las épocas se caracterizan
en una forma u otra tal que las profecías
de Nuestro Señor pueden aplicarse fácilmente
a todas y a cualquiera de ellas y así también
a nuestros tiempos donde pululan los delitos, crímenes
y mentiras, sin embargo nuestros tiempos se destacan
tristemente por encima de varias épocas
pasadas.
Lo
más grave es nuestra actitud de justificarlos,
de institucionalizarlos, alabándolos, adaptándolos
y practicándolos a tal punto que muchos
ya ni se emocionan si uno se escandaliza por las
actitudes oficiales que o se basan o que sirven
a las actitudes individuales por el temor de perder
sus puestos si no lo hacen. Pienso en el aborto,
especialmente el partial birth abortion [aborto
de nacimiento parcial], en los mal llamados “matrimonios” (!)
entre gente del mismo sexo que “claman al
cielo” (Gen 18:20 y 19:1-29) y CAT (Catequesis)
1867), el suicidio asistido por médicos
y otras tantas fechorías inhumanas. Y es
más grave aún, si cabe: políticos,
abogados, jueces y otros intelectuales caen de
rodillas ante el nonsense [desatino] declarado
por ciertas mentes perturbadas y les hacen el juego
repulsivo a la razón –por no decir
a la moral sana y natural.
Su
escándalo universal les responsabiliza
pues actúan a sabiendas: “¡Ay
del mundo por los escándalos! Porque no
puede menos de haber escándalos, pero ¡ay
de aquél por quien viniere el escándalo!” (Mt
18:7 y Lc 17:1).
Las
noticias no sólo perturban la tranquilidad
colectiva sino se presentan en forma tendenciosa
como para provocar un “bellum omnium contra
omnes” –una guerra de todos contra
todos,– una especie de “guerra total” como
solía decir un tal Hitler.
Nace
así el fantasma del egoísmo,
del desacuerdo, la irreligiosidad, la falta de
fe en lo trascendental ridiculizado, el creciente
desinterés por la dignidad innata de la
persona, por el interés común, por
lo bueno y estético como antiguado, sin
valor moderno lo noble, lo decente, lo íntimo,
lo sincero para dar lugar al surgimiento de la
violencia personal, familiar, comunitaria e internacional,
la satisfacción cacareada de los instintos
y deseos bajos, de lo oculto, lo vulgar, lo indecente,
lo absurdo, lo bizarro [estrambótico].
Al
decir esto estamos pisando tierra bien firme
pues en nuestro propio país tenemos acumulados
los ejemplos para todo lo que antecede, inclusive
el protoejemplo del más alto nivel nacional
para el escándalo mayor de hace muy poco...