“Jesús se presentó a sí mismo
como la “luz del mundo” (Jn 8,12)...
En la Eucaristía, sin embargo, la gloria
de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico
es un ‘mysterium fidei’ por excelencia.
Pero, precisamente a través del misterio
de su ocultamiento total, Cristo se convierte en
misterio de luz, gracias al cual se introduce al
creyente en las profundidades de la vida divina.”
Carta
Apostólica Mane Nobiscum Domine – Juan
Pablo II
Dichosos
los invitados a la Cena del Señor...
Romualdo
Olazábal
romualdo@coqui.net
Para EL VISITANTE
Hace
unos días conversaba con una amiga
sobre la importancia de la Misa y ella me decía
lo aburrida que le parecía, porque según
ella, siempre se repetía lo mismo... Este
comentario no me sorprende porque ella es evangélica
y como es de suponer, habla por desconocimiento.
Sin embargo, este mismo desconocimiento existe
entre muchos católicos que asisten cada
domingo a Misa, sin saber dónde están
o por qué están allí.
Lo
que decía mi amiga tiene algún
grado de verdad, no la parte del aburrimiento,
sino aquella de que la Misa siempre es igual...
y es igual porque la celebración no es nuestra,
sino de Jesús... la Misa es la plegaria
que Él eleva al Padre en acción de
gracias por nuestra redención... y aunque
nosotros también participamos, lo hacemos
sólo como humildes invitados a la Cena del
Señor.

Existe
un escrito de San Justino Mártir
que data del año 155 (¡fue escrito
hace 1,850 años!), en el cual el santo le
explicaba al emperador Antonio Pío el culto
que practicaban las primeras comunidades cristianas.
Cuando leemos este relato no podemos menos que
sorprendernos de lo poco que ha cambiado la celebración
de la Santa Misa desde que fue instituida por Jesús
hace dos mil años...
Al
comienzo de la Misa, a modo de preparación
para lo que vamos a celebrar, reconocemos que somos
pecadores y como tales, indignos de presentarnos
ante Su presencia... Entonces nos disponemos a
escuchar la Palabra de Dios y aunque siempre parezca
igual, no lo es... Cada domingo se leen cuatro
lecturas de la Biblia – una del Antiguo Testamento,
un Salmo, una del Nuevo Testamento y finalmente,
una lectura de uno de los Evangelios – y
si asistimos a Misa todos los domingos durante
tres años, ¡habremos escuchado la
Palabra Escrita de Dios casi en su totalidad!
La
Misa es acción de gracias... es alabanza
y bendición... pero también es súplica
y sacrificio... por eso presentamos nuestras intenciones
y necesidades, que sumadas a las de toda la santa
Iglesia se depositarán sobre el Altar para
que Jesús interceda ante el Padre por nosotros
al momento de su inmolación...
Es
necesario que entendamos que para Dios, el tiempo
no existe... Él es eterno... para Él
no existe el ayer, el hoy o el mañana, sino
que todo es un infinito presente. Y aunque Jesús
se hizo carne y habitó entre nosotros, Él
ya existía en la eternidad desde antes de
su encarnación y regresó a ella con
su resurrección.
También debemos comprender que Jesús
es todo Hombre y a la misma vez, todo Dios... por
tanto, sus acciones, aunque humanas, fueron realizadas
por Dios... y como tal, tienen un valor infinito
que no está sujeto a las barreras del tiempo
o el espacio... Es por esto que el sacrificio salvífico
de Jesús alcanza a toda la creación...
y aunque se llevó a cabo en un momento determinado
de la historia, siempre está presente en
la eternidad y sus méritos y gracias alcanzan
a todos los hombres, de todas las épocas...
Regresemos
a la Santa Misa... En el piso superior de una
casa de Jerusalén, cuando Jesús
se reunió con sus discípulos para
celebrar la Pascua, tomó pan y lo bendijo,
lo partió y lo dio diciendo: “tomad
y comed, esto es Mi Cuerpo que será entregado
por ustedes...” Después tomó el
vino y dando gracias, lo pasó diciendo: “tomad
y bebed, este es el cáliz de Mi Sangre,
sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada
para el perdón de los pecados...” Y
concluyó cuando dio a los Apóstoles
la encomienda: “haced esto en conmemoración
Mía...” Este fue el momento en que
Jesús instituyó el Sacramento de
la Eucaristía en aquella primera Misa.
Los
sacerdotes son continuadores de la obra de Cristo...
a través de sus manos el Espíritu
Santo transforma las especies de pan y vino en
el Cuerpo y la Sangre de Jesús... y esto
se realiza cada día, en cada iglesia...
y siempre en “conmemoración de Él...”
En
el Evangelio de San Juan, Jesús nos dice: “Yo
soy el pan vivo, bajado del cielo... el que come
Mi Carne y bebe Mi Sangre, tiene vida eterna, y
Yo le resucitaré el último día...
porque Mi Carne es verdadera comida y Mi Sangre
verdadera bebida... quien come Mi Carne y bebe
Mi Sangre, permanece en Mí, y Yo en él...”
Fue
en la Última Cena cuando Jesús
entregó a los Apóstoles por primera
vez ese Cuerpo y esa Sangre que redimiría
al mundo del pecado... lo entregó para prepararlos
y fortalecerlos... no de manera simbólica,
sino real... se lo entregó en adelanto al
Sacrificio de la Cruz que se acercaba, y que Él
ya conocía...
Al
igual que el tiempo no fue obstáculo
para Jesús entonces, tampoco lo es ahora,
y en uno de los muchos milagros que el Señor
nos regala durante la Misa, se descorre ese velo
que separa el ahora del ayer... el presente de
la eternidad... y aunque no podamos verlo con los
ojos de nuestro cuerpo, dejamos de estar entre
las paredes de nuestra iglesia para hacernos presentes
en aquella Mesa, junto a Jesús y los Apóstoles,
donde celebramos la única y Última
Cena del Señor...
Pero
Jesús no se conforma con esto... Él
quiere que le acompañemos a través
de toda Su Pasión... que oremos con Él
en Getsemaní... que le consolemos mientras
es azotado y coronado de espinas... que, como el
Cirineo, le ayudemos a cargar la Cruz... y finalmente,
que estemos de pie junto a Su Santísima
Madre y al discípulo amado mientras Él
le pide al Padre Celestial que nos perdone por
nuestros pecados... Y en un instante, después
de derramar hasta la última gota de Su Preciosa
Sangre, regresa glorioso y resucitado, mientras
escuchamos las palabras del sacerdote que nos dice, “el
Cuerpo de Cristo...” y se da a nosotros por
entero... para que seamos uno en Él, como
el Padre y Él son uno...
Entonces,
igual que los discípulos en la Última
Cena, nos encontramos con El, que se humilla ante
nosotros y quiere lavar nuestros pies... y nos
deja escoger si queremos ser como el discípulo
amado, que recostó su cabeza sobre el pecho
del Señor... o como aquel, que después
de haber estado sentado en Su Mesa, corrió a
venderle por 30 monedas de plata...
Hermanos,
la Misa no se trata de un mero recuerdo de un
acontecimiento pasado... la Misa es el mismo
Cielo que se abre ante nosotros para hacernos partícipes
de la vida de Jesús... con los ángeles
y los arcángeles... y con todos los santos...
es la Iglesia entera que se postra en adoración
a los pies de Nuestro Dios... “¡dichosos
los invitados a la Cena del Señor!”