Edición 11 • 13 al 19 de marzo de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

“Jesús se presentó a sí mismo como la “luz del mundo” (Jn 8,12)... En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico es un ‘mysterium fidei’ por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina.”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine – Juan Pablo II

Dichosos los invitados a la Cena del Señor...

Romualdo Olazábal
romualdo@coqui.net
Para EL VISITANTE

Hace unos días conversaba con una amiga sobre la importancia de la Misa y ella me decía lo aburrida que le parecía, porque según ella, siempre se repetía lo mismo... Este comentario no me sorprende porque ella es evangélica y como es de suponer, habla por desconocimiento. Sin embargo, este mismo desconocimiento existe entre muchos católicos que asisten cada domingo a Misa, sin saber dónde están o por qué están allí.

Lo que decía mi amiga tiene algún grado de verdad, no la parte del aburrimiento, sino aquella de que la Misa siempre es igual... y es igual porque la celebración no es nuestra, sino de Jesús... la Misa es la plegaria que Él eleva al Padre en acción de gracias por nuestra redención... y aunque nosotros también participamos, lo hacemos sólo como humildes invitados a la Cena del Señor.

Existe un escrito de San Justino Mártir que data del año 155 (¡fue escrito hace 1,850 años!), en el cual el santo le explicaba al emperador Antonio Pío el culto que practicaban las primeras comunidades cristianas. Cuando leemos este relato no podemos menos que sorprendernos de lo poco que ha cambiado la celebración de la Santa Misa desde que fue instituida por Jesús hace dos mil años...

Al comienzo de la Misa, a modo de preparación para lo que vamos a celebrar, reconocemos que somos pecadores y como tales, indignos de presentarnos ante Su presencia... Entonces nos disponemos a escuchar la Palabra de Dios y aunque siempre parezca igual, no lo es... Cada domingo se leen cuatro lecturas de la Biblia – una del Antiguo Testamento, un Salmo, una del Nuevo Testamento y finalmente, una lectura de uno de los Evangelios – y si asistimos a Misa todos los domingos durante tres años, ¡habremos escuchado la Palabra Escrita de Dios casi en su totalidad!

La Misa es acción de gracias... es alabanza y bendición... pero también es súplica y sacrificio... por eso presentamos nuestras intenciones y necesidades, que sumadas a las de toda la santa Iglesia se depositarán sobre el Altar para que Jesús interceda ante el Padre por nosotros al momento de su inmolación...

Es necesario que entendamos que para Dios, el tiempo no existe... Él es eterno... para Él no existe el ayer, el hoy o el mañana, sino que todo es un infinito presente. Y aunque Jesús se hizo carne y habitó entre nosotros, Él ya existía en la eternidad desde antes de su encarnación y regresó a ella con su resurrección.

También debemos comprender que Jesús es todo Hombre y a la misma vez, todo Dios... por tanto, sus acciones, aunque humanas, fueron realizadas por Dios... y como tal, tienen un valor infinito que no está sujeto a las barreras del tiempo o el espacio... Es por esto que el sacrificio salvífico de Jesús alcanza a toda la creación... y aunque se llevó a cabo en un momento determinado de la historia, siempre está presente en la eternidad y sus méritos y gracias alcanzan a todos los hombres, de todas las épocas...

Regresemos a la Santa Misa... En el piso superior de una casa de Jerusalén, cuando Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar la Pascua, tomó pan y lo bendijo, lo partió y lo dio diciendo: “tomad y comed, esto es Mi Cuerpo que será entregado por ustedes...” Después tomó el vino y dando gracias, lo pasó diciendo: “tomad y bebed, este es el cáliz de Mi Sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada para el perdón de los pecados...” Y concluyó cuando dio a los Apóstoles la encomienda: “haced esto en conmemoración Mía...” Este fue el momento en que Jesús instituyó el Sacramento de la Eucaristía en aquella primera Misa.

Los sacerdotes son continuadores de la obra de Cristo... a través de sus manos el Espíritu Santo transforma las especies de pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús... y esto se realiza cada día, en cada iglesia... y siempre en “conmemoración de Él...”

En el Evangelio de San Juan, Jesús nos dice: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo... el que come Mi Carne y bebe Mi Sangre, tiene vida eterna, y Yo le resucitaré el último día... porque Mi Carne es verdadera comida y Mi Sangre verdadera bebida... quien come Mi Carne y bebe Mi Sangre, permanece en Mí, y Yo en él...”

Fue en la Última Cena cuando Jesús entregó a los Apóstoles por primera vez ese Cuerpo y esa Sangre que redimiría al mundo del pecado... lo entregó para prepararlos y fortalecerlos... no de manera simbólica, sino real... se lo entregó en adelanto al Sacrificio de la Cruz que se acercaba, y que Él ya conocía...

Al igual que el tiempo no fue obstáculo para Jesús entonces, tampoco lo es ahora, y en uno de los muchos milagros que el Señor nos regala durante la Misa, se descorre ese velo que separa el ahora del ayer... el presente de la eternidad... y aunque no podamos verlo con los ojos de nuestro cuerpo, dejamos de estar entre las paredes de nuestra iglesia para hacernos presentes en aquella Mesa, junto a Jesús y los Apóstoles, donde celebramos la única y Última Cena del Señor...

Pero Jesús no se conforma con esto... Él quiere que le acompañemos a través de toda Su Pasión... que oremos con Él en Getsemaní... que le consolemos mientras es azotado y coronado de espinas... que, como el Cirineo, le ayudemos a cargar la Cruz... y finalmente, que estemos de pie junto a Su Santísima Madre y al discípulo amado mientras Él le pide al Padre Celestial que nos perdone por nuestros pecados... Y en un instante, después de derramar hasta la última gota de Su Preciosa Sangre, regresa glorioso y resucitado, mientras escuchamos las palabras del sacerdote que nos dice, “el Cuerpo de Cristo...” y se da a nosotros por entero... para que seamos uno en Él, como el Padre y Él son uno...

Entonces, igual que los discípulos en la Última Cena, nos encontramos con El, que se humilla ante nosotros y quiere lavar nuestros pies... y nos deja escoger si queremos ser como el discípulo amado, que recostó su cabeza sobre el pecho del Señor... o como aquel, que después de haber estado sentado en Su Mesa, corrió a venderle por 30 monedas de plata...

Hermanos, la Misa no se trata de un mero recuerdo de un acontecimiento pasado... la Misa es el mismo Cielo que se abre ante nosotros para hacernos partícipes de la vida de Jesús... con los ángeles y los arcángeles... y con todos los santos... es la Iglesia entera que se postra en adoración a los pies de Nuestro Dios... “¡dichosos los invitados a la Cena del Señor!”

Archivo EV

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