Edición 11 • 13 al 19 de marzo de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012

El Sacramento de la Confesión

El pecado es el naufragio del alma, y si es pecado grave, es desgraciadamente, un naufragio mortal. La única tabla segura de salvación para poder nuevamente arribar al puerto de la gracia de Dios, es el Sacramento de la Confesión.

Es verdad que también un acto de contrición perfecta con deseo de la confesión nos puede devolver igualmente la gracia divina en caso de necesidad. Pero el acto de perfecta contrición, que exige un acto de perfecto amor de Dios, no es cosa fácil, y por tanto, puede quedar siempre en el alma la duda de no haber logrado la perfección exigida.

El Sacramento de la Confesión, por el contrario, frecuentado con las debidas disposiciones, no sólo nos da la gracia, sino además seguridad, tranquilidad y paz. Con toda razón, por lo mismo, se llama este sacramento la obra maestra de la misericordia de Dios. ¡Qué será de nosotros, pobres pecadores, si el Señor no hubiera dado a los Apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio la facultad de perdonar y retener pecados, con un juicio y sentencia sacramental! Debemos, por tanto, estar sumamente agradecidos al Señor por este gran don.

La confesión de nuestros pecados debe ser humilde, sincera, sobrenatural, íntegra; debe extenderse a todos los pecados, al menos mortales, cometidos después del Bautismo y aún no confesados. Por tanto, debemos prepararnos con un examen cuidadoso de nosotros mismos, hecho en la presencia de Dios. Después hemos de postrarnos a los pies del confesor con humildad, reconociendo en él no a un hombre cualquiera, sino al representante de Dios; debemos confesar con simplicidad y exactitud nuestros pecados, siquiera mortales, pidiendo perdón de ellos a Dios; además, en cuanto ello es posible, es muy oportuno, es útil que la confesión se extienda también a los pecados veniales deliberados, para obtener también para ellos el perdón y absolución.

Luego, es necesario tener el dolor de nuestros pecados y el propósito sincero y eficaz de no volver a cometerlos con la ayuda divina. No es necesaria la contrición perfecta, que nace de un acto puro y desinteresado de amor de Dios, sino que basta también la atrición imperfecta, que brota de un motivo sobrenatural, desde luego, pero inferior, de caridad, por ejemplo, de temor del infierno, de la irracionalidad del pecado en cuanto que es ofensa de Dios, de la pérdida eterna de su amor y de la felicidad. Examinémonos atentamente para ver si son así nuestras confesiones; y tomemos las necesarias resoluciones.

San Carlos Borromeo acostumbraba a confesar todos los días, no por escrúpulo de conciencia, sino porque le iluminaba una gran luz sobrenatural y por eso veía aun los más pequeños defectos y deseaba borrar aun la más pequeña sombra de pecado. No es obligatorio, ciertamente, imitar su ejemplo, pero la confesión semanal, o al menos quincenal, está sumamente recomendada por los Maestros de espíritu. ¡Ay del que difiere la confesión a largo plazo! Se priva de las gracias particulares de este sacramento, se entibia en la piedad, y con facilidad viene a caer miserablemente de pecados veniales en pecados mortales. Hagamos el propósito de hacer cada semana, a ser posible, una buena confesión.

Archivo EV

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