El
Sacramento de la Confesión
El pecado es el naufragio del alma, y si es pecado
grave, es desgraciadamente, un naufragio mortal.
La única tabla segura de salvación
para poder nuevamente arribar al puerto de la
gracia de Dios, es el Sacramento de la Confesión.
Es verdad que también un acto de contrición
perfecta con deseo de la confesión nos puede
devolver igualmente la gracia divina en caso de
necesidad. Pero el acto de perfecta contrición,
que exige un acto de perfecto amor de Dios, no
es cosa fácil, y por tanto, puede quedar
siempre en el alma la duda de no haber logrado
la perfección exigida.
El Sacramento de la Confesión, por el contrario,
frecuentado con las debidas disposiciones, no sólo
nos da la gracia, sino además seguridad,
tranquilidad y paz. Con toda razón, por
lo mismo, se llama este sacramento la obra maestra
de la misericordia de Dios. ¡Qué será de
nosotros, pobres pecadores, si el Señor
no hubiera dado a los Apóstoles y sus sucesores
en el sacerdocio la facultad de perdonar y retener
pecados, con un juicio y sentencia sacramental!
Debemos, por tanto, estar sumamente agradecidos
al Señor por este gran don.
La confesión de nuestros pecados debe ser
humilde, sincera, sobrenatural, íntegra;
debe extenderse a todos los pecados, al menos mortales,
cometidos después del Bautismo y aún
no confesados. Por tanto, debemos prepararnos con
un examen cuidadoso de nosotros mismos, hecho en
la presencia de Dios. Después hemos de postrarnos
a los pies del confesor con humildad, reconociendo
en él no a un hombre cualquiera, sino al
representante de Dios; debemos confesar con simplicidad
y exactitud nuestros pecados, siquiera mortales,
pidiendo perdón de ellos a Dios; además,
en cuanto ello es posible, es muy oportuno, es útil
que la confesión se extienda también
a los pecados veniales deliberados, para obtener
también para ellos el perdón y absolución.
Luego, es necesario tener el dolor de nuestros
pecados y el propósito sincero y eficaz
de no volver a cometerlos con la ayuda divina.
No es necesaria la contrición perfecta,
que nace de un acto puro y desinteresado de amor
de Dios, sino que basta también la atrición
imperfecta, que brota de un motivo sobrenatural,
desde luego, pero inferior, de caridad, por ejemplo,
de temor del infierno, de la irracionalidad del
pecado en cuanto que es ofensa de Dios, de la pérdida
eterna de su amor y de la felicidad. Examinémonos
atentamente para ver si son así nuestras
confesiones; y tomemos las necesarias resoluciones.
San Carlos Borromeo acostumbraba a confesar todos
los días, no por escrúpulo de conciencia,
sino porque le iluminaba una gran luz sobrenatural
y por eso veía aun los más pequeños
defectos y deseaba borrar aun la más pequeña
sombra de pecado. No es obligatorio, ciertamente,
imitar su ejemplo, pero la confesión semanal,
o al menos quincenal, está sumamente recomendada
por los Maestros de espíritu. ¡Ay
del que difiere la confesión a largo plazo!
Se priva de las gracias particulares de este sacramento,
se entibia en la piedad, y con facilidad viene
a caer miserablemente de pecados veniales en pecados
mortales. Hagamos el propósito de hacer
cada semana, a ser posible, una buena confesión.