Junto a la cruz de Jesús [próximo]
Nada fácil. Camino de cruz ha sido la vida de María.
Ella ha ido experimentando en su ser las exigencias, la radicalidad
del Evangelio. Su vida ha sido como si Dios hubiera ensayado
en su persona la fuerza y la gracia nueva del Evangelio. María
se ha hecho Evangelio de Dios, paso a paso, en su éxodo
constante. Ella ha sido la primera discípula de su hijo
Jesús. Por eso ella ha experimentado el poder y la fuerza,
la sabiduría y la gracia, el fracaso y la locura, la vergüenza
y la maldición de la cruz. Al lado de Jesús crucificado
ella experimentó la espada y la señal de contradicción.
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María, en su éxodo, ha llegado
a la nueva Tierra Prometida: la Cruz. María ha subido
a la montaña, como Moisés, y ha contemplado
los nuevos cielos y la nueva tierra. María ha bajado
de la montaña y ha entrado en la muerte de su Hijo
para levantarse resucitada en la resurrección de Jesús.
Es ella la primera que ha sido sumergida en las aguas de
su sangre. Ella la primera que ha experimentado la ternura
y la misericordia de su Hijo. Ella ha experimentado el dolor
del Siervo, del Justo, del Profeta al pie de la cruz. Y ha
sentido todo el pecado, todo el odio, toda la historia de
poder y destrucción en su corazón al ver al
siervo de Yavé, su hijo, pagar por todos, ser uno
de tantos, llevar el peso del pecado del hombre. |
Maria ha estado junto a la Cruz y ha visto, ha contemplado cómo
moría el Justo para que la injusticia de la historia del
hombre se hiciese justicia, gracia, gratuidad. Ella ha visto
al Justo ponerse del lado del pobre, morir entre malhechores,
como había vivido. Ella ha experimentado cómo,
donde abundó el pecador, sobreabundó la gracia;
cómo, donde había tinieblas se hizo luz, donde
había opresión se hacía libertad. Ella ha
sido testigo de lo justo, de lo gratuito, de lo nuevo en el corazón
del hombre.
María ha estado al pie de la Cruz y ha visto morir al
Profeta. Como a todos los profetas, así callaron su voz.
Como a todos los profetas, así amordazaron sus labios.
Como a todos los profetas, así cosieron sus pies y sus
manos. Como a todos los profetas, así le abrieron el costado.
Como a todos los profetas, así le colgaron de un madero
para escarmiento de muchos. María escuchó las últimas
palabras del Profeta perdonando, dando, pidiendo ayuda, abandonándose
en las manos del Padre.
María ha estado junto a la Cruz. Y ha sentido en su
corazón la maldición lanzada contra su Hijo. Ella
ha sido testigo de las burlas, de los retos, de los desafíos
a probar que era Hijo de Dios bajando de la cruz. Ella ha visto
a los jefes del pueblo frotarse las manos, apretar los dientes
hasta rechinar y lavarse las manos gozosos porque ellos no lo
apedrearon, ellos no lanzaron las piedras contra el quebrantador
de la ley en sábado. Ellos solamente presenciaron el cumplimiento
de una sentencia religiosa –con Dios por testigo- y civil,
con la ley civil haciendo cumplir justicia. Ella vio hacer «justicia» con
el Justo. Ella vio quedar claro que contra Dios, contra lo establecido,
contra la ley y el templo, nadie puede. Ella vio las murallas
del templo quedarse en pie mientras en la Cruz se rasgaba el
costado del crucificado para que todos entrasen en el nuevo templo.
Ella era testigo de que algo terminaba. Y de que algo comenzaba.
María, en el fracaso, en la prueba de su desierto, se
mantuvo en pie, firme como la columna de fuego que guiaba al
Pueblo en el éxodo.
Junto a la cruz de Jesús está María. Llena
de vitalidad con sus cuarenta y ocho años. Al lado del
Hijo que muere en plenitud de vida y de sendero. Está María
y ella recibe de su Hijo una nueva maternidad. En Juan, el discípulo
amado, ella recibe a los hombres, a la nueva humanidad. Ella
entrega el Hijo y recibe multitud de hijos. Ella, la virgen y
madre, se hace madre feliz de muchos. Ella es madre desde el
despojo total, desde el vaciamiento total, desde la humillación
total, desde la muerte total. Ella es Madre con el nuevo «hágase
en mí».
En la tarde de la Cruz surge, nace un nuevo paraíso.
Y la nueva mujer es María. Ella será madre de todos
los nacidos, no del barro y del soplo, sino de la sangre y del
agua que manaron del costado de su Hijo. Ella será madre
de todos los vivientes nacidos del primer hombre de la nueva
creación: Jesús. María será madre
del segundo Adán, el hombre acabado, el hombre modelo
de hombre, el hombre, plenitud del hombre. María será la
madre del hombre en el hombre. Será la madre de una nueva
raza del hombre, nacida en la segunda y definitiva creación.
Será la madre de la obra definitiva del Padre, Jesús
crucificado. Ahora comienza la humanidad.
Desde la tarde del Gólgota el seguidor de Jesús
tiene que tener en su casa un lugar para acoger a María.
Ya no se puede ser de Jesús sin acoger a la Madre de Jesús.
María es esencial para vivir el hombre nuevo. María
es el regalo, el don dado por Jesús al final de su éxodo,
la cruz. María es el sello que Jesús ha puesto
a su obra, es lo mejor dado al final, como en Caná. María
es lo entrañable, lo maravilloso, lo único de Jesús
dado al hombre como camino para llegar a él. María
es quien va a mantener encendido el fuego del hogar. Sin su presencia
el cristiano va a sentir frío. Sin su presencia la comunidad
va a quedar desamparada. Ella será lugar de encuentro,
lugar de paz y bien, en la comunidad de Jesús.
Es hora de recordar los tres días de la pérdida
del Jesús adolescente en el templo. Es hora de recordar
la huida, en persecución, a tierra extraña. Es
hora de recordar el silencio de Nazaret y la paz junto al hogar.
Es hora de recordar su rostro iluminado por la pureza y la calma.
Es hora de recordar sus ojos chorreando inocencia, transparencia,
profundidad. Es hora de recordar su voz repitiendo el «Shemá Israel».
Es hora de recordar el salmo en sus labios, como una música
callada y una soledad sonora o una cena que recrea y enamora.
Es hora de recordar la túnica de una sola pieza, que ha
sido jugada a los dados, por no dividirla y estropearla. Es hora
de recordar al Buen Pastor que busca la oveja perdida, que llama
a cada una por su nombre, que las reúne todas en un solo
rebaño. Es hora de recordar que su Hijo se llama «Jesús:
Dios-salva».
Ella ha dejado su ternura en los pliegues de la sábana
arrimados a su cuerpo. Ella ha dejado su esperanza en las manos
del Padre como Jesús, su Hijo, entregó su Espíritu.
Ella ha puesto su fe más allá de la pesada piedra.
Ella ha creído en él, su Hijo, nacido de su seno
virgen; ella ha creído que es el Camino, y que este Camino
no puede acabar. Ella ha creído que Jesús, su Hijo,
nacido de su seno, fecundado por obra del Espíritu Santo,
que su Hijo es la Vida y que la vida no puede morir. Ella ha
creído en su Hijo, Hijo del hombre e Hijo de Dios, que
su Hijo es la Verdad, la verdad sobre el hombre -«He aquí al
Hombre», y que ese modelo de hombre tiene que ser puesto
en pie, porque su estilo de vida no puede morir. Ella ha creído
una vez más en la Palabra de Dios y ha dicho de todo corazón: «Hágase».
Ha dicho: «Te espero. Descansa de la obra realizada. El
Padre está feliz. Yo también, Hijo. De nuevo el
Espíritu vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo
te cubrirá con su sombra. Y entonces, la Cruz florecerá en
una primavera de Resurrección».
Fuente: En éxodo con María (cap.
19)
Emilio L. Mazariegos (San Pablo)
Triunfar
con Cristo [arriba]
Padre José Pascual Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
La conmemoración de la triunfal marcha
de Jesucristo desde el Monte de los Olivos hasta Jerusalén
es el principio de litúrgico de la Semana Santa. En esa
marcha, el homenajeado fue Jesús, y los medios de que
se valieron sus seguidores, además de las aclamaciones,
fueron, especialmente, ramas de la palmera datilera (Jn 12, 13).
En Fenicia, Asiria y Egipto, las palmas se empleaban
para adormar los templos paganos, práctica no desconocida
por los Judíos (ver 1 Re 6, 9), quienes, como los Romanos,
las empleaban en fiestas y procesiones festivas o triunfantes
(ver Lev 23, 40).
Entre los cristianos, la palma se asoció desde
el principio con el martirio (ver Ap 7, 9) y, como signo decorativo,
se empleó en los sarcófagos de las catacumbas.
En éstos y en los mosaicos, la palma representa a Cristo.
Curiosamente, en la Edad Media, la palma fue el signo del Domingo
y durante el Renacimiento, con ella se designaban las virtudes,
y era augurio de feliz matrimonio y de largos años de
vida.
Domingo
de Ramos
Como fiesta especial cristiana, el Domingo de
Ramos, era ya tradicional en Jerusalen en el siglo IV. La bendición
solemne de las palmas se comenzó a hacer en la España
Mozárabe (siglo VI) y, a través de las Galias,
la fiesta llegó a Roma hacia el siglo XI.
En Jerusalén, los fieles se reunían
en el Monte de los Olivos muy de mañana y, después
de rezos y cantos, hacia las 5, la procesión partía
para la iglesia de la Resurrección, en la Ciudad Santa.
Desde la Ordenación litúrgica de
la Semana Santa por Pío XII, la procesión conmemora
el triunfo de Cristo, el Resucitado Rey de la gloria. Pero más
que de una simple conmemoración, se trata de un “misterio”,
que revive y actualiza la victoria de Cristo sobre el mal. Conviene
tener esto muy en cuenta, porque sólo así se celebra
dignamente. El color rojo de los ornamentos sacerdotales –-el
color de la victoria—en vez del morado, signo de penitencia,
presenta ante los ojos de todos esa realidad.
Triunfo
de Cristo
Con la procesión de Ramos, queremos significar
hoy el triunfo de Cristo sobre el mundo, demonio y carne, victoria
que, paradógicamente, se conseguirá mediante la
más dolorosa e ignominiosa muerte de cruz.
Cristo sabía muy bien que su vida terminaría
pendiente del madero (ver Jn 12, 32); muerte que Él pudo
evitar (Jn 10, 17-18). Si la prefirió a cualquier otra,
fue al menos, por dos motivos: para demostrarnos su amor sin
medida y para conseguir, a través de medio tan extraño,
el amor, devoción y entrega de sus mejores seguidores.
Aquel fue un triunfo clamoroso que se prologa hasta nuestros
días, y continuará hasta el fin de los tiempos.
Nuestro
triunfo con Cristo
Debemos a San Pablo la verdad de que nuestra asociación
con Cristo se realiza a través del bautismo, signo, a
la vez, de muerte y de vida (ver Rom 6, 3-11); realidad que menciona,
también, en Col 2, 12. Pero este bautismo no es sólo
el del agua, sino también el de la muerte de cruz. Así como
a través de ella, Cristo mereció resucitar de entre
los muertos por medio de la gloria del Padre, así también
nosotros resucitaremos para gozar de una vida nueva, si ahora
sufrimos con Él (2 Tim 2, 12).
Ya se entiende que, para resucitar, hay que morir
antes. En este caso, esta muerte no es la del cuerpo, sino la
del alma a los vicios y pecados, que podemos conseguir poco a
poco a través de un ascetismo no necesariamente riguroso,
pero sí firme y continuado.
Prácticas de este ascetismo pueden ser,
entre otras, las siguientes:
• El ayuno, tan practicado por los místicos
de todos los tiempos, comenzando por el buen Jesús (ver
Mt 4, 2).
• La oración frecuente, confiada
y perseverante, cuya eficacia exaltó Cristo (ver Mc (9,
29), y a la que Él prometió segura respuesta (ver
Mt 21, 22; Juan 14, 13; Stgo 1, 6) —claro, cuando si se
hace bien--.
• Guarda o mortificación de los sentidos,
por los cuales entran muchas veces las tentaciones, que nos llevan
al pecado. (¡Esa TV, esos cines, esas revistas...!)
• Abstinencia en la comida y bebida-- que
es también, buena para el cuerpo-.
• Para los que fuman, abandono total de
ese vicio tonto y perjudicial. ¿Se dan cuenta los fumadores
de que, con lo que gastan en ese vicio, podrían salvar
muchas vidas—perdidas por la hambruna en los países
deprimidos-?
• Y para los pudientes, la limosna generosa— ¡hasta
que duela un poco--!
Si alguno de mis lectores se espanta ante este
programa ascético, le confieso que no sé de ningún
otro más sencillo que nos haga morir con Cristo para resucitar
gloriosamente con Él.