La
madre de todas las iglesias [próximo]
Fray Antonio González Pola, O.P.
Para EL VISITANTE
El Cenáculo, sitio en la colina Monte Sión de Jerusalén,
es recinto sagrado para los cristianos de todos los tiempos. La
propiedad y uso del mismo pasa sin embargo de cristianos a musulmanes,
quienes convirtieron la ‘madre de todas las iglesias’ en
mezquita del profeta David. Y ahora bajo el pretexto de que en
dicho recinto se halla la tumba del Rey David es compartido su
uso, también por los sionistas, con prohibición al
cristiano de celebrar culto religioso alguno, y menos el eucarístico.
Notemos de paso que, a pesar de todo, con ocasión del jubileo
extraordinario del año 2000, Juan Pablo II celebra la Eucaristía
donde según la tradición fue realizada originalmente
por el mismo Cristo. Sea cual fuere la ubicación de la tumba
de David lo cierto es que este espacio siempre fue venerado por
los cristianos como mater omnium ecclesiarum (madre de todas las
iglesias). Ciertamente hay episodios que avalan merecidamente dicho
titulo. La tarde del Jueves Santo se instituyen en este recinto
la eucaristía y el sacerdocio; en Pascua el Resucitado se
aparece a los discípulos y después a Tomás,
y en Pentecostés los apóstoles reciben la efusión
del Espíritu Santo, de acuerdo con la tradición litúrgica
primitiva.
La teología ilustra que sacerdocio y eucaristía son
semillas sacramentales llamadas a germinar el Domingo de Pascua
tras los acontecimientos que siguieron a la cena de despedida el
Jueves Santo, y que todo este misterio alcanza su plenitud dinámica
con la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.
Acontecimientos que hacen del Cenáculo merecidamente,
madre de todas las iglesias.
Lo cierto es que en el Cenáculo se instituyen la Eucaristía
y el sacerdocio, y este año litúrgico ha sido dedicado
a la Eucaristía por Juan Pablo II, quien cada Jueves Santo,
año tras año, nos brinda su contemplación
teológica sobre el sublime sermón del mandato del
Señor, y de hacer lo mismo en memoria suya. La Eucaristía
que celebremos sea para cada uno anuncio personal de que nos comprometemos
a ser más-para-los-demás, animados por la proclama
de la Resurrección.
Los acontecimientos sublimes del Cenáculo o madre de todas
las iglesias, muestran también nuestras limitaciones. La
misma lucha por la posesión física y uso del recinto
en virtud de su denso significado simbólico para los cristianos
es un antitestimonio de cuanto allí aconteció. La
Custodia de Tierra Santa, para superar las continuas pendencias,
opta por edificar iglesia y convento cercanos al Cenáculo
original y así mantener presencia católica en lugar
tan emblemático y evitar conflictos futuros al respecto,
en bien del diálogo interreligioso y ecuménico. Es
una forma de vivir la Eucaristía y el mandato sobre la marcha
evitando toda provocación por motivos humanos o religiosos:
no más guerras en nombre de Dios.
A veces es devaluada la celebración sacrificial de la Eucaristía
pues se instrumentaliza para reuniones más que para revivir
sacramentalmente el acontecimiento que escenifica, y llega a suprimirse
por falta de quórum a modo de las reuniones de clubes. La
Eucaristía no se celebra para reunirse sino, al contrario,
nos reunimos para vivirla sacramentalmente de nuevo.
También, impulsados por el celo ecuménico e interreligioso,
se pasa por alto el gran significado de comunión en fe y
obras que expresa, y se permite, a la carta, participar indiscriminadamente.
Juntos sí pero revueltos no, suele decirse. Dejémonos
llevar por el espíritu de verdad sin pausa, pero también
sin empujar o prisas.
“Te
ofrecemos, Señor,
el Vino y el Pan, con ello recordamos la Cena Pascual.” [arriba]
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El amor de Cristo a los hombres fue siempre el mismo, pero
las manifestaciones de este amor fueron mayores al fin de
la vida. El corazón reserva las demostraciones más
tiernas de cariño para la hora de la despedida. Las
que nos dio Jesús en la noche de la Cena quiere la
Iglesia que las recordemos y agradezcamos el Jueves Santo.
La liturgia de este día pretende reproducirlas con
la mayor fidelidad en la Misa eucarística, que debe
celebrarse a la misma hora en que tuvieron lugar los hechos
del Cenáculo. |
Lavatorio de los pies
Al atardecer, después de ponerse el sol, Jesucristo se
reunió con los apóstoles en el Cenáculo.
Hacia las siete de la tarde comenzó la ceremonia. Esta
Cena pascual recordaba la liberación del pueblo judío
de la esclavitud en Egipto, pero en tiempo de Jesús el
ceremonial había cambiado. No sabemos con certeza las
ceremonias que observó Jesús; seguiremos las principales.
Las cuatro copas que circulaban durante la cena jugaban un
papel importante en la distribución de los ritos. Entraron Jesús
y los apóstoles descalzos y se lavaron las manos. Se acercaron
a la mesa y se sirvió la primera copa de vino mezclado
con un poco de agua. Jesús lo bendijo diciendo: “Bendito
seas, Señor Dios nuestro, rey del mundo, que creaste el
fruto de la vid”. Bebieron todos y se acomodaron en los
divanes: Jesús en la presidencia, Pedro a su izquierda,
puesto de más honor; a la derecha, Juan; en la mesa lateral,
Judas. En el momento de sentarse a la mesa Jesús exclamó: “Grandemente
he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer, porque
os aseguro que no la comeré hasta que se cumpla en el
reino de los cielos.”
¿
Por qué desea tanto Jesús celebrar aquella cena,
si va a ser el ultimo día de su vida? Ha venido a salvar
a los hombres y siente ansias de consumar la redención.
Ha tenido represado treinta y tres años el amor de su
corazón, y como el fuego de un volcán, aquel amor
forcejea por expansionarse.
Se fueron colocando sobre la mesa los manjares: las hiervas
amargas, los panes ácimos, la salsa, el cordero asado. La distribución
de puestos en la mesa dio origen a una disputa acalorada entre
los apóstoles. Cuando comían a diario en el campo
o en otros sitios, no había puestos de preferencia; pero
en aquella mesa, sí.
El concepto materialista que tenían los apóstoles
del reino que fundaría su Maestro, les hacía pensar
en puestos más o menos honrosos, y pretendían adivinarlo
por los que ocupaban en aquella cena. Mucho disgustó a
Jesús aquella ambición que había condenado
repetidas veces en su predicación; por eso cortó la
contienda reprendiéndoles: “El que es mayor entre
vosotros, hágase como el menor y el que precede como el
que sirve.” Y a las palabras añadió el ejemplo:
se levantó de la mesa y se dispuso a lavar los pies a
sus discípulos. Pedro, siempre espontáneo, se levanta,
resiste y protesta. El Maestro les explicó la lección
que les había dado: “Vosotros me llamáis
Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues
si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también
vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Ejemplo
os he dado, para que como yo hice con vosotros así también
vosotros lo hagáis.”
Institución de la Eucaristía
Comenzó la cena. Jesús cogió las hiervas
amargas, las mojó en la salsa y las comió. Después
se las distribuyó a los discípulos para que las
comieran. Hiervas amargas son las tribulaciones que Jesús
te envía, recíbelas y acéptalas pues te
las ofrece Él... imítale, que antes ha sufrido
por ti.
Comenzó la parte principal de la cena. Jesús toma
uno de los panes ácimos, lo parte y lo distribuye. Después
se sirve la carne de otras víctimas distintas del cordero.
Y por fin, el cordero pascual, que había de comerse por
completo, sin romperle ningún hueso pues era figura de
Jesús que moriría en la cruz sin que le rompieran
ningún hueso.
La cena estaba terminada. Entonces se escanciaba la tercera
copa, llamada de la bendición, por las oraciones de acción
de gracias que se rezaba antes de beberla. Fue el momento escogido
por Jesús para instituir la Eucaristía. ¡Con
qué sencillez va a obrar Jesús un cúmulo
de milagros! Así es el estilo de Dios. Realiza las obras
más grandiosas de la manera más sencilla. Lo contrario
de los hombres, que las obras más insignificantes las
revisten del mayor aparato.
El mismo estilo sigue Jesús en la institución de
la Eucaristía. Calló un momento; se reconcentró en
sí mismo. Iba a dar un paso trascendental, decisivo, de
consecuencias, que sólo su mirada podía preveer,
y que duraría hasta la consumación de los siglos. ¿Qué vio,
qué pensó, qué sintió Jesús
en aquellos momentos trascendentales? Por un lado, un panorama
consolador que le infundía aliento.
Todas las religiones tenían sacrificios; y en ellos se
ofrecían frutos del campo, animales y aun hombres; pero
ninguna religión tendría un sacrificio tan precioso
como la Iglesia fundada por Él. La víctima sería Él
mismo; Dios hombre, su dignidad infinita, el valor del sacrificio
infinito. Él iba a morir por todos en la cruz, y al hacerse
alimento de las almas, iría aplicando a cada una de ellas,
los frutos de su redención.
¡
Qué frutos tan preciosos! Todas las virtudes brotarían
y crecerían con el alimento de la Eucaristía; sobre
todo la virginidad, virtud celestial, que florecería en
su Iglesia y sería su gloria y su apología. El
ejército de las vírgenes desfiló por el
alma de Jesucristo... miles, millones... con sus lirios blancos
en la mano. Ellas formarán su corte de honor eternamente
en el cielo. Y podrían conservar su virtud, por la Eucaristía.
Por el alma de Jesús desfiló otro ejército
maravilloso: miles, millones de héroes cristianos que
llevaban una palma ensangrentada; eran sus mártires. Si
tendrían fortaleza para soportar los suplicios dolorosos,
sería por la Eucaristía. Y pasó otro ejército
más numeroso, de todas las clases sociales. También
ellos llevaban en sus manos palmas de triunfo, aunque no ensangrentadas:
eran los mártires ocultos, los fieles cumplidores del
deber.
Veía Jesús los ofrecimientos, los sacrificios costosísimos,
los renunciamientos, que harían por él las almas
generosas, millones de almas; todos los religiosos que abrazarían
los consejos promulgados por El en su evangelio y se obligarían
a cumplirlos con la más solemne de las promesas, de El,
sacramentado, en el momento de recibir la Comunión.
Veía que almas fieles y agradecidas escogerían
como ideal de vida consumir su existencia delante de Él,
haciéndole compañía en la prisión
del sagrario donde se iba a encerrar. Y veía más...
veía el culto solemnísimo, que se le había
de rendir... veía las promesas solemnes, paseos triunfales,
que le prepararían por las calles de las aldeas y de las
capitales más populosas. Los congresos eucarísticos
nacionales e internacionales; millones de discípulos suyos
de todas las razas humanas, arrodillados ante El... todo esto
veía Jesús y le animaba a quedar con los hombres,
sacramentado.
Pero su mirada de Dios veía también una nube muy
negra que avanzaba hacia su alma y la entenebrecía de
tristeza. En los templos: soledades eternas, de noche y de día.
Iglesias cerradas continuamente, fuera del tiempo en que se celebraría
la santa Misa, a la que sólo asistiría alguna ancianita
desocupada. Por la noche, los salones de diversión profundamente
iluminados, abarrotados de cristianos, que beben, que bailan,
que se divierten; y El solo, en los templos cerrados, a la luz
débil de una lámpara que parpadea con destellos
agonizantes.
Y cuando sus discípulos vengan a visitarle, irreverencias,
frialdades, faltas de respeto, indicios de una fe moribunda.
Sacrificios de personas que se acercarían a recibirle
en pecado mortal. Blasfemias refinadas y soeces contra el sacramento
del amor. Profanaciones horrendas: le pisarán, le apuñalarán,
le arrojarán a los sitios más inmundos.
La nube negra penetra en el alma de Jesús, y en ella se
desencadenaba una lucha de sentimientos encontrados: por un lado,
ansia de instituir la Eucaristía; por otro, repulsión
a quedarse con los hombres ingratos que tan mal le habían
de tratar. Los ángeles parece que le decían: recuerda
que eres Dios y mira como van a tratarte los hombres. El corazón
de Jesús latía con vehemencia.
Al fin se decidió. Cerró los ojos a las ingratitudes
humanas y se dejó arrastrar por el ímpetu de su
amor. Jesús salió de su éxtasis momentáneo.
Levantó los ojos al cielo. Pronunció una fórmula
de bendición. Los apóstoles le miraban estupefactos. ¿Qué podría
significar aquello? La bendición de los alimentos se daba
al principio de la cena; no al fin. Después, partió el
pan en tantos trozos como eran los comensales y dijo: “Tomad
y comed. Este es mi cuerpo, que se da por vosotros”.
Palabras de Dios, que hacen lo que significan. Dice Jesús: “este
es mi cuerpo”, y aquello que tiene en sus manos, deja de
ser pan y comienza a ser su cuerpo. Y les distribuyó su
cuerpo bajo las especies de pan para que lo comieran.
Con la misma sencillez solemne, tomó el cáliz con
el vino ligeramente aguado, lo bendijo y se lo dio a sus discípulos
diciendo: “Bebed de él todos, porque ésta
es mi sangre: la sangre del Nuevo Testamento, que será derramada
por muchos en remisión de los pecados”. Y bebieron
de él los once apóstoles. Judas ya no estaba. Así,
con esa sencillez, fue instituida la Eucaristía y fueron
distribuidas las primeras comuniones de la Iglesia.
Institución
del sacerdocio
Con la misma sencillez sublime instituye el sacerdocio católico.
Se dirige a sus apóstoles y les dice: “Haced esto
en memoria de mí”. Les comunica su poder para que
puedan repetir lo que Él acaba de hacer, para que puedan
convertir el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre. No era
aquello ninguna sorpresa para los apóstoles. Se lo había
anunciado en la sinagoga de Cafarnaún. Les había
dicho y repetido que les daría a comer su cuerpo y a beber
su sangre. Que si no comían aquel cuerpo y no bebían
aquella sangre, no tendrían la vida en ellos.
¿
Se comulgaría Jesús a sí mismo? Se cree
que sí. Parece natural. Era aquella la primera Misa y
tenía que dar el ejemplo a sus nuevos sacerdotes. No podía
faltar en ella la Comunión. ¡Qué Misa y qué Comunión
aquella! Modelo para todos los cristianos. En aquellos momentos
solemnes Jesucristo te tenía presente a ti...
Terminada la Cena Pascual siguió la sobremesa. Horas íntimas
de Jesús con aquellos discípulos, primeros sacerdotes
de su Iglesia. El amor, la ternura de su corazón se desbordaba
por sus labios en palabras de cariño que nunca había
empleado. “Hijos, hijitos míos... Un poco de tiempo
me queda para estar con vosotros. Voy a prepararos la morada
eterna en la casa de mi Padre Celestial”.
Con su mirada de Dios abarca Jesús todos los siglos; miraba
a todos los que serían discípulos suyos, y veía
que se odiarían, se perseguirían, se matarían,
que no se amarían como hermanos, y Él, padre de
todos, les dice a todos en la persona de aquellos discípulos
suyos: “Os doy un mandamiento, no un consejo: ‘Amaos
los unos a los otros, como yo os he amado’”. Testamento
de Jesús nuestro redentor; palabras que son mandato. Recojámosle;
guardémosle en nuestro corazón; tengámosle
siempre presente y obremos conforme a Él.
Jesús ruega a su Eterno Padre por sus apóstoles,
ruega por nosotros... para que seamos auténticos discípulos
suyos. Y termina aquella jornada del amor de Jesucristo a los
hombres. Entonaron la segunda parte del aleluya. Escanciaron
la cuarta copa y salieron hacia el Monte de los Olivos. Era de
noche, dice el evangelista San Juan. La noche negra de la Pasión...-
Fuente: Luz, meditaciones
Juan Rey, s.j. (Sal Terrae)
Adaptación: Myrna Fernández. Coop.fp.