Edición 12 • 20 al 26 de marzo de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012

La madre de todas las iglesias [próximo]

Fray Antonio González Pola, O.P.
Para EL VISITANTE

El Cenáculo, sitio en la colina Monte Sión de Jerusalén, es recinto sagrado para los cristianos de todos los tiempos. La propiedad y uso del mismo pasa sin embargo de cristianos a musulmanes, quienes convirtieron la ‘madre de todas las iglesias’ en mezquita del profeta David. Y ahora bajo el pretexto de que en dicho recinto se halla la tumba del Rey David es compartido su uso, también por los sionistas, con prohibición al cristiano de celebrar culto religioso alguno, y menos el eucarístico. Notemos de paso que, a pesar de todo, con ocasión del jubileo extraordinario del año 2000, Juan Pablo II celebra la Eucaristía donde según la tradición fue realizada originalmente por el mismo Cristo. Sea cual fuere la ubicación de la tumba de David lo cierto es que este espacio siempre fue venerado por los cristianos como mater omnium ecclesiarum (madre de todas las iglesias). Ciertamente hay episodios que avalan merecidamente dicho titulo. La tarde del Jueves Santo se instituyen en este recinto la eucaristía y el sacerdocio; en Pascua el Resucitado se aparece a los discípulos y después a Tomás, y en Pentecostés los apóstoles reciben la efusión del Espíritu Santo, de acuerdo con la tradición litúrgica primitiva.

La teología ilustra que sacerdocio y eucaristía son semillas sacramentales llamadas a germinar el Domingo de Pascua tras los acontecimientos que siguieron a la cena de despedida el Jueves Santo, y que todo este misterio alcanza su plenitud dinámica con la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Acontecimientos que hacen del Cenáculo merecidamente, madre de todas las iglesias.

Lo cierto es que en el Cenáculo se instituyen la Eucaristía y el sacerdocio, y este año litúrgico ha sido dedicado a la Eucaristía por Juan Pablo II, quien cada Jueves Santo, año tras año, nos brinda su contemplación teológica sobre el sublime sermón del mandato del Señor, y de hacer lo mismo en memoria suya. La Eucaristía que celebremos sea para cada uno anuncio personal de que nos comprometemos a ser más-para-los-demás, animados por la proclama de la Resurrección.

Los acontecimientos sublimes del Cenáculo o madre de todas las iglesias, muestran también nuestras limitaciones. La misma lucha por la posesión física y uso del recinto en virtud de su denso significado simbólico para los cristianos es un antitestimonio de cuanto allí aconteció. La Custodia de Tierra Santa, para superar las continuas pendencias, opta por edificar iglesia y convento cercanos al Cenáculo original y así mantener presencia católica en lugar tan emblemático y evitar conflictos futuros al respecto, en bien del diálogo interreligioso y ecuménico. Es una forma de vivir la Eucaristía y el mandato sobre la marcha evitando toda provocación por motivos humanos o religiosos: no más guerras en nombre de Dios.

A veces es devaluada la celebración sacrificial de la Eucaristía pues se instrumentaliza para reuniones más que para revivir sacramentalmente el acontecimiento que escenifica, y llega a suprimirse por falta de quórum a modo de las reuniones de clubes. La Eucaristía no se celebra para reunirse sino, al contrario, nos reunimos para vivirla sacramentalmente de nuevo.

También, impulsados por el celo ecuménico e interreligioso, se pasa por alto el gran significado de comunión en fe y obras que expresa, y se permite, a la carta, participar indiscriminadamente. Juntos sí pero revueltos no, suele decirse. Dejémonos llevar por el espíritu de verdad sin pausa, pero también sin empujar o prisas.

 

“Te ofrecemos, Señor, el Vino y el Pan, con ello recordamos la Cena Pascual.” [arriba]

El amor de Cristo a los hombres fue siempre el mismo, pero las manifestaciones de este amor fueron mayores al fin de la vida. El corazón reserva las demostraciones más tiernas de cariño para la hora de la despedida. Las que nos dio Jesús en la noche de la Cena quiere la Iglesia que las recordemos y agradezcamos el Jueves Santo. La liturgia de este día pretende reproducirlas con la mayor fidelidad en la Misa eucarística, que debe celebrarse a la misma hora en que tuvieron lugar los hechos del Cenáculo.

Lavatorio de los pies

Al atardecer, después de ponerse el sol, Jesucristo se reunió con los apóstoles en el Cenáculo. Hacia las siete de la tarde comenzó la ceremonia. Esta Cena pascual recordaba la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto, pero en tiempo de Jesús el ceremonial había cambiado. No sabemos con certeza las ceremonias que observó Jesús; seguiremos las principales.

Las cuatro copas que circulaban durante la cena jugaban un papel importante en la distribución de los ritos. Entraron Jesús y los apóstoles descalzos y se lavaron las manos. Se acercaron a la mesa y se sirvió la primera copa de vino mezclado con un poco de agua. Jesús lo bendijo diciendo: “Bendito seas, Señor Dios nuestro, rey del mundo, que creaste el fruto de la vid”. Bebieron todos y se acomodaron en los divanes: Jesús en la presidencia, Pedro a su izquierda, puesto de más honor; a la derecha, Juan; en la mesa lateral, Judas. En el momento de sentarse a la mesa Jesús exclamó: “Grandemente he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer, porque os aseguro que no la comeré hasta que se cumpla en el reino de los cielos.”

¿ Por qué desea tanto Jesús celebrar aquella cena, si va a ser el ultimo día de su vida? Ha venido a salvar a los hombres y siente ansias de consumar la redención. Ha tenido represado treinta y tres años el amor de su corazón, y como el fuego de un volcán, aquel amor forcejea por expansionarse.

Se fueron colocando sobre la mesa los manjares: las hiervas amargas, los panes ácimos, la salsa, el cordero asado. La distribución de puestos en la mesa dio origen a una disputa acalorada entre los apóstoles. Cuando comían a diario en el campo o en otros sitios, no había puestos de preferencia; pero en aquella mesa, sí.

El concepto materialista que tenían los apóstoles del reino que fundaría su Maestro, les hacía pensar en puestos más o menos honrosos, y pretendían adivinarlo por los que ocupaban en aquella cena. Mucho disgustó a Jesús aquella ambición que había condenado repetidas veces en su predicación; por eso cortó la contienda reprendiéndoles: “El que es mayor entre vosotros, hágase como el menor y el que precede como el que sirve.” Y a las palabras añadió el ejemplo: se levantó de la mesa y se dispuso a lavar los pies a sus discípulos. Pedro, siempre espontáneo, se levanta, resiste y protesta. El Maestro les explicó la lección que les había dado: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Ejemplo os he dado, para que como yo hice con vosotros así también vosotros lo hagáis.”

Institución de la Eucaristía

Comenzó la cena. Jesús cogió las hiervas amargas, las mojó en la salsa y las comió. Después se las distribuyó a los discípulos para que las comieran. Hiervas amargas son las tribulaciones que Jesús te envía, recíbelas y acéptalas pues te las ofrece Él... imítale, que antes ha sufrido por ti.

Comenzó la parte principal de la cena. Jesús toma uno de los panes ácimos, lo parte y lo distribuye. Después se sirve la carne de otras víctimas distintas del cordero. Y por fin, el cordero pascual, que había de comerse por completo, sin romperle ningún hueso pues era figura de Jesús que moriría en la cruz sin que le rompieran ningún hueso.

La cena estaba terminada. Entonces se escanciaba la tercera copa, llamada de la bendición, por las oraciones de acción de gracias que se rezaba antes de beberla. Fue el momento escogido por Jesús para instituir la Eucaristía. ¡Con qué sencillez va a obrar Jesús un cúmulo de milagros! Así es el estilo de Dios. Realiza las obras más grandiosas de la manera más sencilla. Lo contrario de los hombres, que las obras más insignificantes las revisten del mayor aparato.

El mismo estilo sigue Jesús en la institución de la Eucaristía. Calló un momento; se reconcentró en sí mismo. Iba a dar un paso trascendental, decisivo, de consecuencias, que sólo su mirada podía preveer, y que duraría hasta la consumación de los siglos. ¿Qué vio, qué pensó, qué sintió Jesús en aquellos momentos trascendentales? Por un lado, un panorama consolador que le infundía aliento.

Todas las religiones tenían sacrificios; y en ellos se ofrecían frutos del campo, animales y aun hombres; pero ninguna religión tendría un sacrificio tan precioso como la Iglesia fundada por Él. La víctima sería Él mismo; Dios hombre, su dignidad infinita, el valor del sacrificio infinito. Él iba a morir por todos en la cruz, y al hacerse alimento de las almas, iría aplicando a cada una de ellas, los frutos de su redención.

¡ Qué frutos tan preciosos! Todas las virtudes brotarían y crecerían con el alimento de la Eucaristía; sobre todo la virginidad, virtud celestial, que florecería en su Iglesia y sería su gloria y su apología. El ejército de las vírgenes desfiló por el alma de Jesucristo... miles, millones... con sus lirios blancos en la mano. Ellas formarán su corte de honor eternamente en el cielo. Y podrían conservar su virtud, por la Eucaristía.

Por el alma de Jesús desfiló otro ejército maravilloso: miles, millones de héroes cristianos que llevaban una palma ensangrentada; eran sus mártires. Si tendrían fortaleza para soportar los suplicios dolorosos, sería por la Eucaristía. Y pasó otro ejército más numeroso, de todas las clases sociales. También ellos llevaban en sus manos palmas de triunfo, aunque no ensangrentadas: eran los mártires ocultos, los fieles cumplidores del deber.

Veía Jesús los ofrecimientos, los sacrificios costosísimos, los renunciamientos, que harían por él las almas generosas, millones de almas; todos los religiosos que abrazarían los consejos promulgados por El en su evangelio y se obligarían a cumplirlos con la más solemne de las promesas, de El, sacramentado, en el momento de recibir la Comunión.

Veía que almas fieles y agradecidas escogerían como ideal de vida consumir su existencia delante de Él, haciéndole compañía en la prisión del sagrario donde se iba a encerrar. Y veía más... veía el culto solemnísimo, que se le había de rendir... veía las promesas solemnes, paseos triunfales, que le prepararían por las calles de las aldeas y de las capitales más populosas. Los congresos eucarísticos nacionales e internacionales; millones de discípulos suyos de todas las razas humanas, arrodillados ante El... todo esto veía Jesús y le animaba a quedar con los hombres, sacramentado.

Pero su mirada de Dios veía también una nube muy negra que avanzaba hacia su alma y la entenebrecía de tristeza. En los templos: soledades eternas, de noche y de día. Iglesias cerradas continuamente, fuera del tiempo en que se celebraría la santa Misa, a la que sólo asistiría alguna ancianita desocupada. Por la noche, los salones de diversión profundamente iluminados, abarrotados de cristianos, que beben, que bailan, que se divierten; y El solo, en los templos cerrados, a la luz débil de una lámpara que parpadea con destellos agonizantes.

Y cuando sus discípulos vengan a visitarle, irreverencias, frialdades, faltas de respeto, indicios de una fe moribunda. Sacrificios de personas que se acercarían a recibirle en pecado mortal. Blasfemias refinadas y soeces contra el sacramento del amor. Profanaciones horrendas: le pisarán, le apuñalarán, le arrojarán a los sitios más inmundos.

La nube negra penetra en el alma de Jesús, y en ella se desencadenaba una lucha de sentimientos encontrados: por un lado, ansia de instituir la Eucaristía; por otro, repulsión a quedarse con los hombres ingratos que tan mal le habían de tratar. Los ángeles parece que le decían: recuerda que eres Dios y mira como van a tratarte los hombres. El corazón de Jesús latía con vehemencia.

Al fin se decidió. Cerró los ojos a las ingratitudes humanas y se dejó arrastrar por el ímpetu de su amor. Jesús salió de su éxtasis momentáneo. Levantó los ojos al cielo. Pronunció una fórmula de bendición. Los apóstoles le miraban estupefactos. ¿Qué podría significar aquello? La bendición de los alimentos se daba al principio de la cena; no al fin. Después, partió el pan en tantos trozos como eran los comensales y dijo: “Tomad y comed. Este es mi cuerpo, que se da por vosotros”.

Palabras de Dios, que hacen lo que significan. Dice Jesús: “este es mi cuerpo”, y aquello que tiene en sus manos, deja de ser pan y comienza a ser su cuerpo. Y les distribuyó su cuerpo bajo las especies de pan para que lo comieran.

Con la misma sencillez solemne, tomó el cáliz con el vino ligeramente aguado, lo bendijo y se lo dio a sus discípulos diciendo: “Bebed de él todos, porque ésta es mi sangre: la sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos en remisión de los pecados”. Y bebieron de él los once apóstoles. Judas ya no estaba. Así, con esa sencillez, fue instituida la Eucaristía y fueron distribuidas las primeras comuniones de la Iglesia.

Institución del sacerdocio

Con la misma sencillez sublime instituye el sacerdocio católico. Se dirige a sus apóstoles y les dice: “Haced esto en memoria de mí”. Les comunica su poder para que puedan repetir lo que Él acaba de hacer, para que puedan convertir el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre. No era aquello ninguna sorpresa para los apóstoles. Se lo había anunciado en la sinagoga de Cafarnaún. Les había dicho y repetido que les daría a comer su cuerpo y a beber su sangre. Que si no comían aquel cuerpo y no bebían aquella sangre, no tendrían la vida en ellos.

¿ Se comulgaría Jesús a sí mismo? Se cree que sí. Parece natural. Era aquella la primera Misa y tenía que dar el ejemplo a sus nuevos sacerdotes. No podía faltar en ella la Comunión. ¡Qué Misa y qué Comunión aquella! Modelo para todos los cristianos. En aquellos momentos solemnes Jesucristo te tenía presente a ti...

Terminada la Cena Pascual siguió la sobremesa. Horas íntimas de Jesús con aquellos discípulos, primeros sacerdotes de su Iglesia. El amor, la ternura de su corazón se desbordaba por sus labios en palabras de cariño que nunca había empleado. “Hijos, hijitos míos... Un poco de tiempo me queda para estar con vosotros. Voy a prepararos la morada eterna en la casa de mi Padre Celestial”.

Con su mirada de Dios abarca Jesús todos los siglos; miraba a todos los que serían discípulos suyos, y veía que se odiarían, se perseguirían, se matarían, que no se amarían como hermanos, y Él, padre de todos, les dice a todos en la persona de aquellos discípulos suyos: “Os doy un mandamiento, no un consejo: ‘Amaos los unos a los otros, como yo os he amado’”. Testamento de Jesús nuestro redentor; palabras que son mandato. Recojámosle; guardémosle en nuestro corazón; tengámosle siempre presente y obremos conforme a Él.

Jesús ruega a su Eterno Padre por sus apóstoles, ruega por nosotros... para que seamos auténticos discípulos suyos. Y termina aquella jornada del amor de Jesucristo a los hombres. Entonaron la segunda parte del aleluya. Escanciaron la cuarta copa y salieron hacia el Monte de los Olivos. Era de noche, dice el evangelista San Juan. La noche negra de la Pasión...-

Fuente: Luz, meditaciones
Juan Rey, s.j. (Sal Terrae)
Adaptación: Myrna Fernández. Coop.fp.

 

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Fecha límite para separar espacio: viernes, 1 de abril de 2005.

Cierre de la edición: viernes, 8 de abril de 2005.

Fecha de publicación: domingo, 17 de abril de 2005.

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