Edición 12 • 20 al 26 de marzo de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

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Padre Efraín Zabala

Bacalao

La Cuaresma de ayer, matizada por la vida agrícola, se identificaba con las viandas, con lo natural, con el agua de pozo y el bacalao. Las faenas sobre el surco, en el que el músculo daba el máximo, tenían connotación de un vía crucis largo, como la esperanza del pobre. Padre, madre e hijos se inmolaban bajo el sol, remediando el hambre con batatas, plátanos, yautías y bacalao; cocidos en el fogón, con leña del alma.

El bacalao era manjar, una especie de aliciente añadido a las vicisitudes diarias que exprimían el cuerpo y procreaban la sed calcinante. Después de almorzar con el plato en la mano y sentados en tures o en cuclillas, el noble líquido era el postre más anhelado. Beber y beber era un rito, una satisfacción que bajaba y subía por todo el organismo, presagiando un diluvio de salud y bonanza.

La carne era para los domingos y días especiales. El pollo o la gallina vieja era para festejar la llegada de un compadre o un amigo. El campesino tenía su dieta y sus postres que eran fresas, guayabas, chinas, pomarrosas, el ejercicio a fuego lento. Por eso su figura se alargaba. Era enjuto como algunas chicas y chicos del modelaje moderno.

Era tal la presencia del bacalao que se codificó el dicho “te conozco bacalao aunque vengas disfraza’o”. Surgieron los bacalaitos fritos, la boronía de apio, el arroz con bacalao, el gazpacho isleño y el bacalao a la vizcaína. Ese consorte salado celebraba sus bodas con el pan, el aguacate, la harina de maíz, el aceite de oliva, y la manteca que no faltaba en los vecindarios.

En estos tiempos de mejunjes saturados, el bacalao es un advenedizo, un pez que el de mejor calidad vale a $10.00 la libra. Es un plato gourmet, que las nuevas generaciones no lo aceptan de buen agrado. Los muchachos habituados a la comida rápida, con un paladar empobrecido por las substancias sofisticadas, no pactan con el bacalao que es mal visto, como si se tratara de un “pugilato” inoportuno.

La santa Iglesia expresa su solicitud por los bautizados, a través de un régimen de ayuno y abstinencia de carne, que es regalo y luz. A pesar de ser una generosidad, es una disciplina para el cuerpo y el alma. Se hace un paréntesis para purificar el organismo y dar vigencia a la virtud de lo sobrio y lo saludable. Los que dicen no a estas normas cuaresmales se enredan en las proteínas, el colesterol y la grasa, que son detestados por la medicina y por aquellos que observan el deterioro de las venas y arterias.

Tal parece que el fogón, las viandas y el bacalao están en desventaja absoluta con el microondas, la carne, los embutidos y las bolsitas de alimentos salados. No hay tregua para las cinco onzas de carne que estremecen las dos tajadas de pan, salpicadas con ‘Ketchup’. Ni el Viernes Santo se salva de esos comensales que son fijos en el establecimiento de comida rápida.

 

 

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Fecha de publicación: domingo, 17 de abril de 2005.

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