Edición 12 • 20 al 26 de marzo de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012

«Otra consideración me ha inducido a dar este paso: durante este año se celebrará la Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Colonia del 16 al 21 de agosto de 2005. La Eucaristía es el centro vital en torno al cual deseo que se reúnan los jóvenes para alimentar su fe y su entusiasmo. Ya desde hace tiempo pensaba en una iniciativa eucarística de este tipo. En efecto, la Eucaristía representa una etapa natural de la trayectoria pastoral que he marcado a la Iglesia, especialmente desde los años de preparación del Jubileo, y que he retomado en los años sucesivos.»

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine — Juan Pablo II

La Eucaristía, signo del partir, compartir y vivir alegremente la vida cristiana

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Como sucede con los demás misterios, el de la Eucaristía se presta, dentro de la más pura ortodoxia, a muchas interpretaciones y elocubraciones. Miles de libros sobre ella lo demuestran. Hoy quisiera limitarme a tres de sus aspectos sumamente atrayentes: la Eucaristía, signo del partir, compartir y del vivir gozosamente la vida cristiana.

La Eucaristía, signo del partir la vida

La “verdadera, real y sustancial presencia del Cuerpo y de la Sangre, junto con el Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, del Cristo entero en la Eucaristía” (Concilio de Trento, Decreto sobre la Santísima Eucaristía, Canon 1; Catecismo 1374), llega a nosotros tras la muerte de Cristo en la cruz. Cierto que Cristo dio a comer su Cuerpo y a beber su Sangre antes de su muerte real al grupo de discípulos reunidos el primer Jueves Santo en el cenáculo; pero era sólo un anticipo: “este es mi cuerpo que ‘es’ [será] entregado por vosotros”; esta es la copa de la nueva Alianza que ‘es’ [será] derramada por vosotros” (Lc 22, 19-20).

Lo que hace posible el que tengamos verdaderamente al Cristo entero en la Eucaristía fue su muerte real en la cruz. Jesús tuvo que partirse, tuvo que dejar su vida en la cruz para poder convertirse en abundante vida nuestra (ver Jn 10, 10). El daría su Cuerpo y su Sangre por la vida del mundo (Jn 6, 51); Cuerpo y Sangre que ahora, eucaristizados, podemos tomar en la Comunión.

Nuestra configuración con Cristo –hito de la vida de todo cristiano-, exige “conocerle a El y el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacernos semejantes a El en su muerte” (Flp 3, 10). “Reconciliados con Dios mediante la muerte de su Hijo” (Rm 5, 10); “sumergidos por el bautismo en [la muerte de] Cristo” (Rm 6,3); y “sepultados por el bautismo en su muerte” (v. 4), el cristiano no sólo “parte” su vida (muere) como Cristo, por El y sus hermanos, sino que también “trata de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3, 11). Su muerte a la vida –a los vicios y concupiscencias de la misma- se convierte en resurrección y vida eterna, que es precisamente, el gran don que Jesús promete a los que comulgan, claro está, con las debidas disposiciones.

La Eucaristía, signo de nuestro compartir

Nuestra configuración con Cristo no puede alcanzarse sin que nos demos y demos como El dio y se dio. Al hacerse hombre, su donación no pudo ser más total.

Para que pudiéramos compartir su divinidad, no dudó en aceptar plenamente nuestra naturaleza, menos el pecado (ver Hb 4, 15).

Sus 30 años de vida “oculta” en Nazaret fueron un continuo compartir su trabajo, su compañía, su amor y sus desvelos con su padre adoptivo, el humilde San José, con su madre, María y, seguro, con todos sus vecinos.

Pero fue especialmente durante sus 3 años de vida pública cuando compartió todo su ser y obrar no sólo con sus discípulos, sino también con todos los que le seguían. Vivía con ellos y como ellos; les iluminaba la inteligencia con sus palabras de vida; alimentaba sus cuerpos con comida abundante; y, con sus poderes milagrosos, curaba a todos cuantos se acercaban a El (Mt 10, 1: Mc 3, 10).

Ese total compartimiento de su ser y de su vivir, Jesús lo continúa ejerciendo desde y en la Eucaristía. Ahí está El por todos, para todos y en todo momento. Y se nos da no simbólicamente, sino “verdadera, real y sustancialmente”, de tal modo que su ser eucaristizado pasa a ser parte de nosotros. Para que esto se realice, sólo nos pide una cosa: creer verdaderamente en El (Jn 6,29).

Si nosotros, los cristianos, queremos ser verdaderamente discípulos de Jesús, es imperativo que repartamos todo cuanto somos y tenemos con el necesitado. Nadie puede evadirse de esta regla y, el que menos, el sacerdote, que tan de cerca debe vivir la Eucaristía –que es amor efectivo-. Como nos lo advirtió el mismo Jesús, sólo en ese generoso darnos y dar, conocerá la gente que somos sus discípulos (ver Jn 13, 35). Por tanto, acercarse a recibir la Comunión sin estas disposiciones, es abusar de la bondad de Cristo.

La Eucaristía, signo del vivir gozosamente la vida

Del abnegado partir [atención, interés] del cristiano por los hermanos, y del generoso compartir su ser y tener con los necesitados, brotan espontáneamente el deseo sincero y los esfuerzos necesarios para vivir una vida semejante a la de Jesús, cuyo símbolo y realidad nos ha dejado El en la Eucaristía; vida que, por ser santa, tiene que ser alegre.

En la Eucaristía está Cristo simbólicamente muriendo (eso significa la separación física del Cuerpo y de la Sangre (consagrados), para enseñarnos a nosotros, cristianos, que estamos llamados a morir continuamente a nosotros mismos y a todo lo que el mundo tiene de pecaminoso. Pero de esta muerte resucitamos ya aquí y ahora “para caminar una vida nueva” (Rm 6,4); “vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 3). Y esto tiene que llenarnos de alegría.

¡ Gran misterio el de la Eucaristía! Sin embargo, de ella emergen poderosos rayos de luz que iluminan todos los caminos de la vida; y de ella no sólo recibimos las fuerzas necesarias para recorrerlos sin mayores tropiezos, sino que también, a través de ella, nos unimos íntimamente al Autor de la misma vida.

 

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Fecha límite para separar espacio: viernes, 1 de abril de 2005.

Cierre de la edición: viernes, 8 de abril de 2005.

Fecha de publicación: domingo, 17 de abril de 2005.

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