«Otra consideración me ha inducido a dar este paso:
durante este año se celebrará la Jornada Mundial
de la Juventud, que tendrá lugar en Colonia del 16 al
21 de agosto de 2005. La Eucaristía es el centro vital
en torno al cual deseo que se reúnan los jóvenes
para alimentar su fe y su entusiasmo. Ya desde hace tiempo pensaba
en una iniciativa eucarística de este tipo. En efecto,
la Eucaristía representa una etapa natural de la trayectoria
pastoral que he marcado a la Iglesia, especialmente desde los
años de preparación del Jubileo, y que he retomado
en los años sucesivos.»
Carta
Apostólica Mane Nobiscum Domine — Juan
Pablo II
La
Eucaristía,
signo del partir, compartir y vivir alegremente la vida cristiana
P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
Como sucede con los demás misterios, el de la Eucaristía
se presta, dentro de la más pura ortodoxia, a muchas interpretaciones
y elocubraciones. Miles de libros sobre ella lo demuestran. Hoy
quisiera limitarme a tres de sus aspectos sumamente atrayentes:
la Eucaristía, signo del partir, compartir y del vivir
gozosamente la vida cristiana.
La
Eucaristía,
signo del partir la vida
 |
La “verdadera, real y sustancial presencia del Cuerpo
y de la Sangre, junto con el Alma y Divinidad de nuestro
Señor Jesucristo, y, por consiguiente, del Cristo
entero en la Eucaristía” (Concilio de Trento,
Decreto sobre la Santísima Eucaristía, Canon
1; Catecismo 1374), llega a nosotros tras la muerte de Cristo
en la cruz. Cierto que Cristo dio a comer su Cuerpo y a beber
su Sangre antes de su muerte real al grupo de discípulos
reunidos el primer Jueves Santo en el cenáculo; pero
era sólo un anticipo: “este es mi cuerpo que ‘es’ [será]
entregado por vosotros”; esta es la copa de la nueva
Alianza que ‘es’ [será] derramada por
vosotros” (Lc 22, 19-20). |
Lo que hace posible el que tengamos verdaderamente al Cristo
entero en la Eucaristía fue su muerte real en la cruz.
Jesús tuvo que partirse, tuvo que dejar su vida en la
cruz para poder convertirse en abundante vida nuestra (ver Jn
10, 10). El daría su Cuerpo y su Sangre por la vida del
mundo (Jn 6, 51); Cuerpo y Sangre que ahora, eucaristizados,
podemos tomar en la Comunión.
Nuestra configuración con Cristo –hito de la vida
de todo cristiano-, exige “conocerle a El y el poder de
su resurrección y la comunión en sus padecimientos
hasta hacernos semejantes a El en su muerte” (Flp 3, 10). “Reconciliados
con Dios mediante la muerte de su Hijo” (Rm 5, 10); “sumergidos
por el bautismo en [la muerte de] Cristo” (Rm 6,3); y “sepultados
por el bautismo en su muerte” (v. 4), el cristiano no sólo “parte” su
vida (muere) como Cristo, por El y sus hermanos, sino que también “trata
de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp
3, 11). Su muerte a la vida –a los vicios y concupiscencias
de la misma- se convierte en resurrección y vida eterna,
que es precisamente, el gran don que Jesús promete a los
que comulgan, claro está, con las debidas disposiciones.
La
Eucaristía,
signo de nuestro compartir
Nuestra configuración con Cristo no puede alcanzarse sin
que nos demos y demos como El dio y se dio. Al hacerse hombre,
su donación no pudo ser más total.
Para que pudiéramos compartir su divinidad, no dudó en
aceptar plenamente nuestra naturaleza, menos el pecado (ver Hb
4, 15).
Sus 30 años de vida “oculta” en Nazaret fueron
un continuo compartir su trabajo, su compañía,
su amor y sus desvelos con su padre adoptivo, el humilde San
José, con su madre, María y, seguro, con todos
sus vecinos.
Pero fue especialmente durante sus 3 años de vida pública
cuando compartió todo su ser y obrar no sólo con
sus discípulos, sino también con todos los que
le seguían. Vivía con ellos y como ellos; les iluminaba
la inteligencia con sus palabras de vida; alimentaba sus cuerpos
con comida abundante; y, con sus poderes milagrosos, curaba a
todos cuantos se acercaban a El (Mt 10, 1: Mc 3, 10).
Ese total compartimiento de su ser y de su vivir, Jesús
lo continúa ejerciendo desde y en la Eucaristía.
Ahí está El por todos, para todos y en todo momento.
Y se nos da no simbólicamente, sino “verdadera,
real y sustancialmente”, de tal modo que su ser eucaristizado
pasa a ser parte de nosotros. Para que esto se realice, sólo
nos pide una cosa: creer verdaderamente en El (Jn 6,29).
Si nosotros, los cristianos, queremos ser verdaderamente discípulos
de Jesús, es imperativo que repartamos todo cuanto somos
y tenemos con el necesitado. Nadie puede evadirse de esta regla
y, el que menos, el sacerdote, que tan de cerca debe vivir la
Eucaristía –que es amor efectivo-. Como nos lo advirtió el
mismo Jesús, sólo en ese generoso darnos y dar,
conocerá la gente que somos sus discípulos (ver
Jn 13, 35). Por tanto, acercarse a recibir la Comunión
sin estas disposiciones, es abusar de la bondad de Cristo.
La
Eucaristía,
signo del vivir gozosamente la vida
Del abnegado partir [atención, interés] del cristiano
por los hermanos, y del generoso compartir su ser y tener con
los necesitados, brotan espontáneamente el deseo sincero
y los esfuerzos necesarios para vivir una vida semejante a la
de Jesús, cuyo símbolo y realidad nos ha dejado
El en la Eucaristía; vida que, por ser santa, tiene que
ser alegre.
En la Eucaristía está Cristo simbólicamente
muriendo (eso significa la separación física del
Cuerpo y de la Sangre (consagrados), para enseñarnos a
nosotros, cristianos, que estamos llamados a morir continuamente
a nosotros mismos y a todo lo que el mundo tiene de pecaminoso.
Pero de esta muerte resucitamos ya aquí y ahora “para
caminar una vida nueva” (Rm 6,4); “vida escondida
con Cristo en Dios” (Col 3, 3). Y esto tiene que llenarnos
de alegría.
¡
Gran misterio el de la Eucaristía! Sin embargo, de ella
emergen poderosos rayos de luz que iluminan todos los caminos
de la vida; y de ella no sólo recibimos las fuerzas necesarias
para recorrerlos sin mayores tropiezos, sino que también,
a través de ella, nos unimos íntimamente al Autor
de la misma vida.