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Padre Efraín Zabala |
Id por el mundo...
La Resurrección de Cristo expande nuestro
ser en búsqueda de luz y sosiego. Desde
el día del bautismo dio comienzo una oferta
especial de vida, un contrato de amor que está firmado
por el Señor para toda la vida. El nos
amó primero y nos llamó a esa aventura
patrocinada por la fe, la esperanza y la caridad.
Estamos en medio de los equilibrios, en una obscuridad
matizada de resplandor a medias porque el misterio
no devela toda la esencial intimidad de Dios,
ni de las cosas.
Crecer es avanzar por la ruta
trillada, siempre en desafío con la realidad apremiante.
El Tabor, paraje iluminado, choca irremediablemente
con la Cruz, con las espinas, con la oración
de ¿Por qué me has abandonado?.
La vida no es un charco muerto. Representa un
oleaje gigante que masacra el cuerpo y aflige
el alma. La travesía existencial es un
todo de perplejidad y dura lucha.

En medio del ecleticismo reinante
y de la variedad de opiniones nos corresponde
afianzar la fe en
la resurrección al proyectar en el comportamiento
y manera de vivir la mentalidad del que muere
por nosotros y vive para siempre. Nos envió para
ir por el mundo para sanar, bendecir, liberar.
Esa es la tarea fundamental del cristiano y de
la Iglesia en particular.
Cada gesto, cada acción, deben llevar
el sello de Cristo por ser diáfano reflejo
de un corazón en llamas. La indiferencia,
o el “allá ellos”, no han
sido nunca una respuesta a la tarea fraternal.
Indica más bien, un apocamiento de espíritu,
una decadencia de principios y valores.
La actitud misionera incluye una
mirada de amor esbozada en la que nos regaló el Señor
Jesús. No puede haber una filosofía
de vida que contraste con la del Resucitado porque
nos llevaría a la bancarrota y al caos.
Sólo El tiene palabras de vida eterna.
Cualquier razonamiento, por moderno que sea,
no es útil si desparrama las verdades
fundamentales y nos arrincona con teorías
y falsos conceptos.
La Resurrección de Cristo nos ofrece energía
para caminar sin mirar hacia atrás. Este
peregrinar es la oferta más justa para
llegar a una meta de paz y felicidad. Al detenernos
a mirar el horizonte, descansamos de las pesadillas
orientadas hacia el fracaso y retomamos la ruta
con claridad y verdad.
Los hijos de la resurrección viajan a
pie y enfrentan el mal con las armas de la fe
y gracia divina. Somos caminantes con un boleto
del cielo que nos ofrece el Señor bueno
y generoso.