Edición 13 • 27 de marzo al 2 de abril de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Padre Efraín Zabala

Id por el mundo...

La Resurrección de Cristo expande nuestro ser en búsqueda de luz y sosiego. Desde el día del bautismo dio comienzo una oferta especial de vida, un contrato de amor que está firmado por el Señor para toda la vida. El nos amó primero y nos llamó a esa aventura patrocinada por la fe, la esperanza y la caridad. Estamos en medio de los equilibrios, en una obscuridad matizada de resplandor a medias porque el misterio no devela toda la esencial intimidad de Dios, ni de las cosas.

Crecer es avanzar por la ruta trillada, siempre en desafío con la realidad apremiante. El Tabor, paraje iluminado, choca irremediablemente con la Cruz, con las espinas, con la oración de ¿Por qué me has abandonado?. La vida no es un charco muerto. Representa un oleaje gigante que masacra el cuerpo y aflige el alma. La travesía existencial es un todo de perplejidad y dura lucha.

En medio del ecleticismo reinante y de la variedad de opiniones nos corresponde afianzar la fe en la resurrección al proyectar en el comportamiento y manera de vivir la mentalidad del que muere por nosotros y vive para siempre. Nos envió para ir por el mundo para sanar, bendecir, liberar. Esa es la tarea fundamental del cristiano y de la Iglesia en particular.

Cada gesto, cada acción, deben llevar el sello de Cristo por ser diáfano reflejo de un corazón en llamas. La indiferencia, o el “allá ellos”, no han sido nunca una respuesta a la tarea fraternal. Indica más bien, un apocamiento de espíritu, una decadencia de principios y valores.

La actitud misionera incluye una mirada de amor esbozada en la que nos regaló el Señor Jesús. No puede haber una filosofía de vida que contraste con la del Resucitado porque nos llevaría a la bancarrota y al caos. Sólo El tiene palabras de vida eterna. Cualquier razonamiento, por moderno que sea, no es útil si desparrama las verdades fundamentales y nos arrincona con teorías y falsos conceptos.

La Resurrección de Cristo nos ofrece energía para caminar sin mirar hacia atrás. Este peregrinar es la oferta más justa para llegar a una meta de paz y felicidad. Al detenernos a mirar el horizonte, descansamos de las pesadillas orientadas hacia el fracaso y retomamos la ruta con claridad y verdad.

Los hijos de la resurrección viajan a pie y enfrentan el mal con las armas de la fe y gracia divina. Somos caminantes con un boleto del cielo que nos ofrece el Señor bueno y generoso.

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