Un grito de triunfo
¡Cristo
Vive!
El sepulcro de Jesús... Allí está en
medio de un jardín entre árboles
y flores. Cincuenta pasos nada más del
ignominioso Calvario. Es un sepulcro nuevo cavado
en la viva roca. La entrada cerrada con una pesada
piedra circular, y la piedra sellada con los
sellos del Presidente romano. Junto a la puerta
hacen guardia día y noche soldados romanos
y se burlan tal vez del encargo que les han confiado:
custodiar a un muerto.
Dentro del sepulcro dos cavidades: el vestíbulo
donde se embalsamó el cadáver y
más adentro la cámara mortuoria.
Allí, en el nicho cavado en la viva roca,
reposa el cuerpo de Jesús. Aunque lavado
y ungido está amoratado, magullado y deshecho.
Sus miembros vendados con fajas de fino lienzo
y todo El envuelto en la sábana blanca
y nueva que le prepararon sus amigos. Un blanco
sudario cubre su rostro. Unida a ese cuerpo sagrado
está la divinidad. Es el cadáver
de un Hombre-Dios; por eso los ángeles
le veneran y adoran reverentes.

Mientras tanto, el alma de Jesús se ha
internado en las regiones de los espíritus.
Ha ido a recoger el fruto de su conquista, a
rescatar los cautivos que esperan con ansia su
llegada. Todas las almas santas que han pasado
por la tierra están allí, en el
Limbo de los justos, en el Seno de Abrahán,
privadas de la vista de Dios, sin poder penetrar
en el cielo, pues el pecado tiene cerradas sus
puertas. Esperan de un momento a otro la llegada
del Libertador.
David les había anunciado que nacería
de su descendencia. Daniel había concretado
más; había prometido que al cabo
de setenta semanas de años aparecería
en el mundo. El anciano Simeón les ha
llevado nuevas jubilosas: le ha tenido en sus
brazos, niño de cuarenta días.
Y el glorioso Patriarca José les ha referido
los hechos de su vida. Ha convivido con Él
en un mismo hogar. Ha hecho con Él las
veces de Padre. Jesús era esperado por
los santos de la Antigua Ley de un momento a
otro. Y se presentó. Con toda la gloria
de su divinidad; escoltado por legiones de ángeles,
convirtiendo en paraíso aquella mansión
de castigo.
No recibe con más gozo la noticia de su
indulto el sentenciado a muerte como aquellas
almas santas acogieron la llegada de su Libertador.
Todos desfilan ante Él, todos le adoran
y le entonan himnos de gratitud y de triunfo.
Ellos serán la corona más gloriosa
que ciña eternamente las sienes del Rey
de la gloria.
La
resurrección gloriosa
Comenzaba a despuntar la aurora del Domingo,
tiempo prefijado por Jesús para el milagro
más portentoso que han presenciado los
siglos: su resurrección. Milagro que el
mismo Jesús aduce como la prueba más
contundente de su divinidad.
Velan los soldados a la puerta del sepulcro ¡qué ajenos
están a lo que sucede en el interior!
En torno del cadáver yerto se ha congregado
el alma de Jesús con su egregia comitiva.
Las almas de los patriarcas y profetas contemplan
con veneración y respeto aquellos restos
sagrados, donde están escritos con sangre
los tormentos que su Redentor ha sufrido por
rescatarlas. Es hora de que ese cuerpo martirizado
reciba la merecida recompensa.
El alma gloriosa de Cristo penetra de nuevo
en Él,
le vivifica, le anima y le transfunde toda su
gloria y su hermosura. La gloria y hermosura
de la divinidad que le empapa por completo y
se transparenta a través de todos sus
miembros y con vivos destellos a través
de las llagas y de las heridas.
Una nube oscura se interpone en el camino del
sol; y éste avanza hacia ella, la embiste,
penetra en su interior, la transforma y la pinta
de variadísimos colores, filtra los haces
de rayos y de luz a través de sus grietas.
Así el alma gloriosa de Jesús penetra
en el cuerpo lívido y amoratado y le ilumina
y le embellece con la gloria de la divinidad.
Mientras era mortal, la divinidad moraba dentro
de él y el alma gozaba de la visión
beatífica; pero la gloria interior no
se transparentaba por fuera. Esa divinidad, oculta
durante toda la vida de Jesús, se había
recogido y escondido aún más durante
la pasión, para que el cuerpo y el alma
del Señor sufrieran sin consuelo.
Aquel cuerpo inocente, en frase de San Pablo,
se había hecho cuerpo de pecado, había
cargado sobre sí los pecados de los hombres;
y ese cuerpo de pecado, como un velo grueso y
opaco, impedía que se trasparentase al
exterior la gloria de la divinidad.
Pero los pecados de los hombres han sido expiados
en la cruz. El cuerpo de pecado ha muerto y ha
quedado para siempre sepultado. El cuerpo de
Jesús resucitaba, libre ya de esa carga,
por eso deja paso franco a los destellos de su
gloria interna. Las vendas y lienzos que envuelven
el cadáver se desprenden de él
y quedan cuidadosamente plegados. La sangre divina
que los ángeles han recogido, vuelve a
circular por sus venas. Y el cuerpo glorioso,
unido al alma y a la divinidad, se incorpora
en el sepulcro, mientras los ángeles y
santos le adoran y le entonan himnos de triunfo:
Venció el león de la tribu de Judá. “Tú,
oh Cristo, eres el rey de la gloria”. Es
el nuevo Adán que despierta del sueño,
después de haber nacido de su costado
abierto la Iglesia, su esposa.
Es Jonás que sale al tercer día
del vientre de la ballena. Es Daniel que sale
ileso del lago de los leones. Es el templo de
Dios deshecho y reedificado. Es el grano de trigo
sepultado en la tierra y muerto, que brota pujante.
Hoy recibe Jesús el premio de sus humillaciones
y sufrimientos.
Ese cuerpo que se levanta del sepulcro, qué distinto
aparece de aquel otro que yacía medio
exánime en el suelo del Pretorio después
de la flagelación y de aquél suspendido
de una cruz. Conserva las llagas de la lanza
y de los clavos, es verdad; pero son su mayor
timbre de gloria. Las muestra con orgullo como
ostenta el soldado las cicatrices del combate.
Las conserva para confirmar a sus discípulos
en la fe de la resurrección. Acércate,
le dirá al incrédulo Tomás,
acércate y mete tu dedo en las llagas
de mis manos y tu mano en la llaga del costado
y no seas incrédulo, sino fiel. Y el apóstol
pertinaz caerá de rodillas a sus pies
y exclamará: Señor mío y
Dios mío.
Las conserva para presentarlas al Eterno Padre
en memoria de sus padecimientos; para que en
virtud de ellas, las gracias desciendan sobre
los hombres. Las conserva para que los bienaventurados
las contemplen en el cielo y le agradezcan
eternamente lo que por ellos ha sufrido.
Las conserva, en fin, para ostentarlas el día
del juicio final, para confundir con ellas a
sus enemigos y hacerles sentir la justicia con
que son castigados: Yo soy el Hijo del Hombre
a quien crucificasteis. Os lo anuncié en
el momento de ser juzgado: algún día
veréis al Hijo del Hombre sentado a la
diestra de la majestad de Dios y venir sobre
las nubes del cielo. Yo soy. Mirad las heridas
que me abristeis; mirad este corazón rasgado;
vosotros le abristeis y para vosotros le he tenido
siempre abierto, pero no habéis querido
entrar en él.
Durante la pasión, el alma de Jesús
quedó sumida en la desolación más
pavorosa. El gozo que recibía con la visión
beatífica quedó reprimido y una
nube de tristeza, de tedio y de pavor envolvió todo
su espíritu. Hoy se deshace esa nube,
se rompe el dique que represaba el gozo de la
divinidad y un torrente de felicidad se desborda
por el alma de Jesucristo.
Mi esperanza
El santo Job, sentado sobre el muladar fuera
de la ciudad, pobre, cubierto de úlceras,
vilipendiado, levantaba sus ojos al cielo cargados
de lágrimas y se consolaba con la esperanza
de una futura resurrección. Sé que
vive mi Salvador y que el último día
de los tiempos he de resucitar del polvo de la
tierra. Sé que le he de ver yo mismo y
no otro, que le he de contemplar con estos mismos
ojos. Y con esta esperanza todos los sufrimientos
se le hacían llevaderos.
¿
Sufrimos enfermedades, tristezas, desgracias,
humillaciones? Desde ese montón de miserias
levantemos los ojos a Jesús resucitado
y que un rayo de esperanza ilumine nuestra frente.
Yo sé, porque la fe me lo dice, yo sé que
un día he de resucitar glorioso como Jesús.
Jesús resucitado es mi cabeza. Yo soy
un miembro de su cuerpo místico. Donde
está la cabeza allí tienen que
estar los miembros; tienen que participar de
su vida y de su gloria como han participado de
sus pensamientos. No, no es posible que la cabeza
viva gloriosa en el cielo y sus miembros duerman
en el polvo de la tierra el sueño eterno
de la muerte.
Creo que un día resucitaré con
Jesucristo y que mi gloria será tanto
más semejante a la suya cuanto más
se hayan parecido a los suyos mis sufrimientos.
Las llagas de Cristo ¿no brillan en la
resurrección con mayores resplandores?
Y cuando avancen sobre mí las sombras
de la eternidad; cuando sienta oprimido mi pecho
por la mano pesada de la muerte; cuando advierta
que todo mi cuerpo se deshace y desmorona para
rodar al sepulcro, al recibir sobre mi lengua
seca y resquebrajada la hostia pura, la hostia
santa, la hostia inmaculada, en que viene a consolarme
Jesucristo resucitado, desde el borde del sepulcro
desafiaré a la muerte y lanzaré un
grito de triunfo: Creo que vive mi Redentor,
creo que este cuerpo que se desploma se levantará algún
día del polvo de la tierra y resucitaré glorioso,
y con estos mismos ojos que ahora se nublan y
se van a cerrar a la luz de este mundo, contemplaré la
gloria de mi Salvador.
Fuente: Luz, Meditaciones
Juan Rey, s.j.