Edición 13 • 27 de marzo al 2 de abril de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

Un grito de triunfo
¡Cristo Vive!

El sepulcro de Jesús... Allí está en medio de un jardín entre árboles y flores. Cincuenta pasos nada más del ignominioso Calvario. Es un sepulcro nuevo cavado en la viva roca. La entrada cerrada con una pesada piedra circular, y la piedra sellada con los sellos del Presidente romano. Junto a la puerta hacen guardia día y noche soldados romanos y se burlan tal vez del encargo que les han confiado: custodiar a un muerto.

Dentro del sepulcro dos cavidades: el vestíbulo donde se embalsamó el cadáver y más adentro la cámara mortuoria. Allí, en el nicho cavado en la viva roca, reposa el cuerpo de Jesús. Aunque lavado y ungido está amoratado, magullado y deshecho. Sus miembros vendados con fajas de fino lienzo y todo El envuelto en la sábana blanca y nueva que le prepararon sus amigos. Un blanco sudario cubre su rostro. Unida a ese cuerpo sagrado está la divinidad. Es el cadáver de un Hombre-Dios; por eso los ángeles le veneran y adoran reverentes.

Mientras tanto, el alma de Jesús se ha internado en las regiones de los espíritus. Ha ido a recoger el fruto de su conquista, a rescatar los cautivos que esperan con ansia su llegada. Todas las almas santas que han pasado por la tierra están allí, en el Limbo de los justos, en el Seno de Abrahán, privadas de la vista de Dios, sin poder penetrar en el cielo, pues el pecado tiene cerradas sus puertas. Esperan de un momento a otro la llegada del Libertador.

David les había anunciado que nacería de su descendencia. Daniel había concretado más; había prometido que al cabo de setenta semanas de años aparecería en el mundo. El anciano Simeón les ha llevado nuevas jubilosas: le ha tenido en sus brazos, niño de cuarenta días. Y el glorioso Patriarca José les ha referido los hechos de su vida. Ha convivido con Él en un mismo hogar. Ha hecho con Él las veces de Padre. Jesús era esperado por los santos de la Antigua Ley de un momento a otro. Y se presentó. Con toda la gloria de su divinidad; escoltado por legiones de ángeles, convirtiendo en paraíso aquella mansión de castigo.

No recibe con más gozo la noticia de su indulto el sentenciado a muerte como aquellas almas santas acogieron la llegada de su Libertador. Todos desfilan ante Él, todos le adoran y le entonan himnos de gratitud y de triunfo. Ellos serán la corona más gloriosa que ciña eternamente las sienes del Rey de la gloria.

La resurrección gloriosa

Comenzaba a despuntar la aurora del Domingo, tiempo prefijado por Jesús para el milagro más portentoso que han presenciado los siglos: su resurrección. Milagro que el mismo Jesús aduce como la prueba más contundente de su divinidad.

Velan los soldados a la puerta del sepulcro ¡qué ajenos están a lo que sucede en el interior! En torno del cadáver yerto se ha congregado el alma de Jesús con su egregia comitiva. Las almas de los patriarcas y profetas contemplan con veneración y respeto aquellos restos sagrados, donde están escritos con sangre los tormentos que su Redentor ha sufrido por rescatarlas. Es hora de que ese cuerpo martirizado reciba la merecida recompensa.

El alma gloriosa de Cristo penetra de nuevo en Él, le vivifica, le anima y le transfunde toda su gloria y su hermosura. La gloria y hermosura de la divinidad que le empapa por completo y se transparenta a través de todos sus miembros y con vivos destellos a través de las llagas y de las heridas.

Una nube oscura se interpone en el camino del sol; y éste avanza hacia ella, la embiste, penetra en su interior, la transforma y la pinta de variadísimos colores, filtra los haces de rayos y de luz a través de sus grietas. Así el alma gloriosa de Jesús penetra en el cuerpo lívido y amoratado y le ilumina y le embellece con la gloria de la divinidad.

Mientras era mortal, la divinidad moraba dentro de él y el alma gozaba de la visión beatífica; pero la gloria interior no se transparentaba por fuera. Esa divinidad, oculta durante toda la vida de Jesús, se había recogido y escondido aún más durante la pasión, para que el cuerpo y el alma del Señor sufrieran sin consuelo.

Aquel cuerpo inocente, en frase de San Pablo, se había hecho cuerpo de pecado, había cargado sobre sí los pecados de los hombres; y ese cuerpo de pecado, como un velo grueso y opaco, impedía que se trasparentase al exterior la gloria de la divinidad.

Pero los pecados de los hombres han sido expiados en la cruz. El cuerpo de pecado ha muerto y ha quedado para siempre sepultado. El cuerpo de Jesús resucitaba, libre ya de esa carga, por eso deja paso franco a los destellos de su gloria interna. Las vendas y lienzos que envuelven el cadáver se desprenden de él y quedan cuidadosamente plegados. La sangre divina que los ángeles han recogido, vuelve a circular por sus venas. Y el cuerpo glorioso, unido al alma y a la divinidad, se incorpora en el sepulcro, mientras los ángeles y santos le adoran y le entonan himnos de triunfo: Venció el león de la tribu de Judá. “Tú, oh Cristo, eres el rey de la gloria”. Es el nuevo Adán que despierta del sueño, después de haber nacido de su costado abierto la Iglesia, su esposa.

Es Jonás que sale al tercer día del vientre de la ballena. Es Daniel que sale ileso del lago de los leones. Es el templo de Dios deshecho y reedificado. Es el grano de trigo sepultado en la tierra y muerto, que brota pujante. Hoy recibe Jesús el premio de sus humillaciones y sufrimientos.

Ese cuerpo que se levanta del sepulcro, qué distinto aparece de aquel otro que yacía medio exánime en el suelo del Pretorio después de la flagelación y de aquél suspendido de una cruz. Conserva las llagas de la lanza y de los clavos, es verdad; pero son su mayor timbre de gloria. Las muestra con orgullo como ostenta el soldado las cicatrices del combate.

Las conserva para confirmar a sus discípulos en la fe de la resurrección. Acércate, le dirá al incrédulo Tomás, acércate y mete tu dedo en las llagas de mis manos y tu mano en la llaga del costado y no seas incrédulo, sino fiel. Y el apóstol pertinaz caerá de rodillas a sus pies y exclamará: Señor mío y Dios mío.

Las conserva para presentarlas al Eterno Padre en memoria de sus padecimientos; para que en virtud de ellas, las gracias desciendan sobre los hombres. Las conserva para que los bienaventurados las contemplen en el cielo y le agradezcan eternamente lo que por ellos ha sufrido.

Las conserva, en fin, para ostentarlas el día del juicio final, para confundir con ellas a sus enemigos y hacerles sentir la justicia con que son castigados: Yo soy el Hijo del Hombre a quien crucificasteis. Os lo anuncié en el momento de ser juzgado: algún día veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra de la majestad de Dios y venir sobre las nubes del cielo. Yo soy. Mirad las heridas que me abristeis; mirad este corazón rasgado; vosotros le abristeis y para vosotros le he tenido siempre abierto, pero no habéis querido entrar en él.

Durante la pasión, el alma de Jesús quedó sumida en la desolación más pavorosa. El gozo que recibía con la visión beatífica quedó reprimido y una nube de tristeza, de tedio y de pavor envolvió todo su espíritu. Hoy se deshace esa nube, se rompe el dique que represaba el gozo de la divinidad y un torrente de felicidad se desborda por el alma de Jesucristo.

Mi esperanza

El santo Job, sentado sobre el muladar fuera de la ciudad, pobre, cubierto de úlceras, vilipendiado, levantaba sus ojos al cielo cargados de lágrimas y se consolaba con la esperanza de una futura resurrección. Sé que vive mi Salvador y que el último día de los tiempos he de resucitar del polvo de la tierra. Sé que le he de ver yo mismo y no otro, que le he de contemplar con estos mismos ojos. Y con esta esperanza todos los sufrimientos se le hacían llevaderos.

¿ Sufrimos enfermedades, tristezas, desgracias, humillaciones? Desde ese montón de miserias levantemos los ojos a Jesús resucitado y que un rayo de esperanza ilumine nuestra frente. Yo sé, porque la fe me lo dice, yo sé que un día he de resucitar glorioso como Jesús.

Jesús resucitado es mi cabeza. Yo soy un miembro de su cuerpo místico. Donde está la cabeza allí tienen que estar los miembros; tienen que participar de su vida y de su gloria como han participado de sus pensamientos. No, no es posible que la cabeza viva gloriosa en el cielo y sus miembros duerman en el polvo de la tierra el sueño eterno de la muerte.

Creo que un día resucitaré con Jesucristo y que mi gloria será tanto más semejante a la suya cuanto más se hayan parecido a los suyos mis sufrimientos. Las llagas de Cristo ¿no brillan en la resurrección con mayores resplandores?

Y cuando avancen sobre mí las sombras de la eternidad; cuando sienta oprimido mi pecho por la mano pesada de la muerte; cuando advierta que todo mi cuerpo se deshace y desmorona para rodar al sepulcro, al recibir sobre mi lengua seca y resquebrajada la hostia pura, la hostia santa, la hostia inmaculada, en que viene a consolarme Jesucristo resucitado, desde el borde del sepulcro desafiaré a la muerte y lanzaré un grito de triunfo: Creo que vive mi Redentor, creo que este cuerpo que se desploma se levantará algún día del polvo de la tierra y resucitaré glorioso, y con estos mismos ojos que ahora se nublan y se van a cerrar a la luz de este mundo, contemplaré la gloria de mi Salvador.

Fuente: Luz, Meditaciones
Juan Rey, s.j.

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