¡Resucitó!
Héctor M. Vega Ramos
Para EL VISITANTE
La fe cristiana está fundamentada en el
misterio de la Resurrección de Cristo, según
El mismo lo anticipara a sus discípulos
en sus días postreros. Pruebas concluyentes,
definitivas, que puedan esgrimirse como evidencia
incuestionable del suceso histórico, parecen
no haberla; todo al respecto se basa en el relato
evangélico...
La razón nada tiene que hacer en tan intrincado
asunto. El pensamiento no puede romper el velo
de misterio y, mucho menos, hurgar en el abismo
y extraer la verdad certera... Ante la muralla
que separa la fe de la razón, sólo
el silencio dubitativo tiene la primacía.
Pero, frente a la trascendencia impenetrable, ¿tiene
la ciencia o el conocimiento empírico objetivo
alguno?

Hay cosas que sólo al corazón conciernen.
En la dimensión del amor, lo más
absurdo tiene explicación y razón
de ser, lógica y sustancia... El amor es
irracional, y sin embargo, la vida sin amor es
pasto seco, tierra calcinada... si de la vida escapase
el amor, la poesía se vaciaría en
la nada.
La fe es entonces antorcha de luz radiosa que
despeja las sombras y al habitáculo de la existencia
le presta sus claridades. Y aunque la Escritura
presenta la Resurrección del Maestro como
un hecho incontrovertible, como una verdad inconmovible,
lo cierto es que tal hecho no es concebible por
la inteligencia.
De igual modo que la Eucaristía es un Misterio
de Fe –“Misterium Fidei”- entiendo
que la aceptación de la Resurrección
de Jesús de Galilea, independientemente
de su planteamiento como un suceso enmarcado en
la historia, corresponde más al universo
de la fe.
A Rubén Darío, el nicaragüense
genial, se le atribuye el decir que quien no cree
en Dios es capaz de creer en cualquier cosa, hasta
en la mala suerte del número trece. Añado
yo que quien no acepta la Resurrección del “Hijo
de Dios” se entrega a cualquier aberración
del intelecto...
¡
Se han esgrimido tantos argumentos para ridiculizar
el postulado evangélico, bíblico,
del levantamiento del sepulcro! Todos, no hay dudas,
por lo menos resultan risibles. Más estúpido
y sin tangencia racional, el argumento desquiciado
y torpe contenido en la llamada “teoría
del sopor”, que afirma –sin bochorno
ni vergüenza- que la esponja empapada en agua
y vinagre con la que un soldado romano, pienso
que burlonamente, intentó calmar la sed
de Cristo en la agonía de la cruz, en verdad,
contenía un soporífero...
El Mesías entró en un profundo sopor,
se adormeció, de acuerdo con descabellada
teoría, y así fue llevado al sepulcro...
despertó, se levantó y se fue tranquilamente
a los tres días del enterramiento... ¡Mire
que hay quien apuesta todo cuanto tiene a que a
eso se debió la “resurrección”!
Quien no cree en la Resurrección de Cristo,
cree en cualquier sandez, hasta en la “teoría
del sopor.”
Creer en la resurrección es una necesidad
psicológica. No estamos dispuestos a morir
para siempre; tenemos hambre de inmortalidad. La
Resurrección es, pues, si no una realidad
ostensible, un sueño inveterado de los mortales.
Nos creemos inmortales sin que la razón
nos frene. La Resurrección es un consuelo
para el alma atormentada por la caducidad de la
vida. La vida tiene que prevalecer sobre las sombras
de la muerte es un aforismo que se desprende del
Evangelio, y a ese principio escatológico
nos aferramos.
El sepulcro vacío es la proclamación
del triunfo de la vida sobre la irrevocabilidad
de la muerte. “¿Muerte, dónde
está tu poder?” Himno de gloria, cántico
de optimismo, poema heroico que exalta la grandeza
de la fe que eleva y glorifica sobre el imperio
del entendimiento racional que nos ata a lo caduco
y efímero.
La muerte la tenemos siempre a nuestro lado,
nos acompaña adondequiera que vamos, la aceptamos
como una realidad inevitable. Por el contrario,
es duro creer a pie juntillas en la resurrección.
El Evangelio nos insufla ánimo y esperanza;
San Pablo nos dice que si “Cristo no resucitó,
vana es nuestra fe”. ¡Aleluya! A nadie
quepa duda: ¡Resucitó!