Edición 13 • 27 de marzo al 2 de abril de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

¡Resucitó!

Héctor M. Vega Ramos
Para EL VISITANTE

La fe cristiana está fundamentada en el misterio de la Resurrección de Cristo, según El mismo lo anticipara a sus discípulos en sus días postreros. Pruebas concluyentes, definitivas, que puedan esgrimirse como evidencia incuestionable del suceso histórico, parecen no haberla; todo al respecto se basa en el relato evangélico...

La razón nada tiene que hacer en tan intrincado asunto. El pensamiento no puede romper el velo de misterio y, mucho menos, hurgar en el abismo y extraer la verdad certera... Ante la muralla que separa la fe de la razón, sólo el silencio dubitativo tiene la primacía. Pero, frente a la trascendencia impenetrable, ¿tiene la ciencia o el conocimiento empírico objetivo alguno?

Hay cosas que sólo al corazón conciernen. En la dimensión del amor, lo más absurdo tiene explicación y razón de ser, lógica y sustancia... El amor es irracional, y sin embargo, la vida sin amor es pasto seco, tierra calcinada... si de la vida escapase el amor, la poesía se vaciaría en la nada.

La fe es entonces antorcha de luz radiosa que despeja las sombras y al habitáculo de la existencia le presta sus claridades. Y aunque la Escritura presenta la Resurrección del Maestro como un hecho incontrovertible, como una verdad inconmovible, lo cierto es que tal hecho no es concebible por la inteligencia.

De igual modo que la Eucaristía es un Misterio de Fe –“Misterium Fidei”- entiendo que la aceptación de la Resurrección de Jesús de Galilea, independientemente de su planteamiento como un suceso enmarcado en la historia, corresponde más al universo de la fe.

A Rubén Darío, el nicaragüense genial, se le atribuye el decir que quien no cree en Dios es capaz de creer en cualquier cosa, hasta en la mala suerte del número trece. Añado yo que quien no acepta la Resurrección del “Hijo de Dios” se entrega a cualquier aberración del intelecto...

¡ Se han esgrimido tantos argumentos para ridiculizar el postulado evangélico, bíblico, del levantamiento del sepulcro! Todos, no hay dudas, por lo menos resultan risibles. Más estúpido y sin tangencia racional, el argumento desquiciado y torpe contenido en la llamada “teoría del sopor”, que afirma –sin bochorno ni vergüenza- que la esponja empapada en agua y vinagre con la que un soldado romano, pienso que burlonamente, intentó calmar la sed de Cristo en la agonía de la cruz, en verdad, contenía un soporífero...

El Mesías entró en un profundo sopor, se adormeció, de acuerdo con descabellada teoría, y así fue llevado al sepulcro... despertó, se levantó y se fue tranquilamente a los tres días del enterramiento... ¡Mire que hay quien apuesta todo cuanto tiene a que a eso se debió la “resurrección”! Quien no cree en la Resurrección de Cristo, cree en cualquier sandez, hasta en la “teoría del sopor.”

Creer en la resurrección es una necesidad psicológica. No estamos dispuestos a morir para siempre; tenemos hambre de inmortalidad. La Resurrección es, pues, si no una realidad ostensible, un sueño inveterado de los mortales. Nos creemos inmortales sin que la razón nos frene. La Resurrección es un consuelo para el alma atormentada por la caducidad de la vida. La vida tiene que prevalecer sobre las sombras de la muerte es un aforismo que se desprende del Evangelio, y a ese principio escatológico nos aferramos.

El sepulcro vacío es la proclamación del triunfo de la vida sobre la irrevocabilidad de la muerte. “¿Muerte, dónde está tu poder?” Himno de gloria, cántico de optimismo, poema heroico que exalta la grandeza de la fe que eleva y glorifica sobre el imperio del entendimiento racional que nos ata a lo caduco y efímero.

La muerte la tenemos siempre a nuestro lado, nos acompaña adondequiera que vamos, la aceptamos como una realidad inevitable. Por el contrario, es duro creer a pie juntillas en la resurrección. El Evangelio nos insufla ánimo y esperanza; San Pablo nos dice que si “Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”. ¡Aleluya! A nadie quepa duda: ¡Resucitó!

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