Voz inconfundible
Lirios blancos, paz, alegría yacen esparcidos
por el mundo como un diluvio de piedad y misericordia.
La vida venció a la muerte y convocó a
los creyentes al banquete de la fraternidad,
que es anticipo del celestial. Se restaura la
ruta de los emancipados en el espíritu
y ya no hay tregua para el no caótico
que inmoviliza y agrieta la esencial invitación
para la reconstrucción del mundo.
La Resurrección del Señor Jesús,
misterio de la fe, establece el equilibrio cielo-tierra
y asfalta la vida desde el yo creo que sobrepasa
todo raciocinio y lógica. Los redimidos
sólo tienen un camino, una mirada luminosa
que pasa por el fuego de la excelencia y hacen
contacto con lo bueno, lo justo y lo bello. Domina
el punto de vista de la verdad que impacta a
la justicia, y a todo argumento que da un lugar
de primera importancia al Dios Santo y Misericordioso.

No hay cabida para el mal, que
se manifiesta con la sutileza de la serpiente
y cambia de rostro
y de actitudes según convenga. Los que
saborean la Pascua florida están identificados
con una fe liberadora que no cesa de advertir,
profetizar y señalar lo que degrada y
ofende a la humanidad. Los que cantan loas a
la supremacía del hombre sobre el Creador
y sobre los hermanos, se enfrentan necesariamente
con el holocausto de sus propias convicciones.
La vivencia del misterio abre
cauce a la aceptación
de la cruz y del sufrimiento no por una arbitrariedad
morbosa, sino por un “Aquí estoy,
Señor”, identificador del Cristo
sufriente. En la época de la mitigación
del dolor a través de la técnica
y de los recursos de la medicina, la participación
en la pasión del Señor se hace
más selectiva, más interiorizada.
Las penas del alma claman por una amplia luz
que caliente la frialdad del espíritu
y la inconsistencia de la materia y sus sucursales.
Una vez inmersos en la Resurrección de
Cristo se abre un abanico de posibilidades para
pasar por este mundo sin errar y ver más
claramente los peligros de la existencia. El
temor de Dios, básico para crecer en entendimiento,
se queda intacto pero recibe confianza del Resucitado
que muere y vive por nosotros.
Las muchas voces que frenan el
coro de opciones en el mundo de hoy se nutren
necesariamente de
la voz inconfundible del Cristo vivo. El nos
da la nota del amor y nos convoca a vivir bien,
a llevar la carga, a estructurar la paz personal
y colectiva.
aplaude
Observantes
A
los que vivieron la Semana Mayor con reverencia,
silencio y oración, para así tocar
de cerca el misterio de Cristo y progresar
en la virtud.
Los que miran para otro lado se
encuentran en el yo abarrotado de problemas y
dudas. Languidece
el alma cuando se perpetúa el egoísmo
en todas sus manifestaciones.
El tiempo santo es regadío de emancipación
humana. El respeto a sí mismo, a la vida,
a la naturaleza, orienta hacia el pocito de luz
que emerge en cada hombre y mujer.
El misterio de Cristo incluye
una mirada global que puede ser atisbada por
aquellos cristianos
anónimos que hacen el bien y creen en
la justicia.
Virtuosos
A
los que sembraron paz, amor y verdad y hoy
Domingo de Resurrección reciben su cosecha
y su paga.
La inocencia del corazón, la alegría
del alma, los sentimientos nobles, señalan
al misterio de fe, que es convocatoria y misión.
Las pruebas científicas o materiales de
la Resurrección del Señor no tocan
el ámbito de la fe. Creemos en Cristo
por su palabra santa, por su llamada que va más
allá de una voz inspiradora.
Los creyentes claman por amor
y se consagran en el bien y en la hermandad.
La resurrección es vida, compromiso, entrega.
Editor
censura
Indiferentes
A
los que no opinan, ni cantan, ni bailan, pero
exigen sus derechos a punta de
revólver
o de cuchillo
La fila de los no comprometidos
es larga. Cada día se unen más para censurar,
criticar y desdeñar a los que dan el todo
por el todo.
La actitud malsana de “yo no me meto en
nada” hace estragos y desestabiliza a la
sociedad en general.
El bien común exige la participación
de todos los ciudadanos para que haya un progreso
armonioso.
La Resurrección de Cristo abre las puertas
a la participación y solidaridad.
Falta de amor
A
los familiares, que durante la Semana Santa
dieron la siguiente instrucción a los
que cuidan a su padre o madre en el asilo: “Me
voy de vacaciones; no me llamen para nada”.
Estas palabras lúgubres son trágicas
para aquellos que carecen de conciencia y viven
en su festín personal.
Los que no tienen amor se balancean
en la cuerda floja y se hunden en la confusión y en
la desorientación.
No es la Semana Santa un tiempo
para desparramar hiel, sino para llevar miel
a familiares y amigos.
Editor