Edición 13 • 27 de marzo al 2 de abril de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

“Justo en el corazón del Año del Rosario promulgué la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, en la cual ilustré el misterio de la Eucaristía en su relación inseparable y vital con la Iglesia. Exhorté a todos a celebrar el Sacrificio eucarístico con el esmero que se merece, dando a Jesús presente en la Eucaristía, incluso fuera de la Misa, un culto de adoración digno de un Misterio tan grande. Recordé sobre todo la exigencia de una espiritualidad eucarística, presentando el modelo de María como «mujer eucarística».”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine -Juan Pablo II

La santa Misa

La santa Misa es la acción más augusta de nuestra Santa Religión; en ella en efecto se renueva de modo incruento, pero muy real, el sacrificio del Calvario.

Como Jesús ha querido quedar con nosotros por todos los siglos bajo los velos eucarísticos, para ser verdadero amigo nuestro, nuestro consolador, nuestra ayuda, nuestro alimento, nuestro todo, así también no contento con derramar toda su sangre preciosa en el madero de la cruz para nuestra redención, ha querido que esta acción sacrifical y santificadora se renueve cada día en todos los lugares de la tierra, de modo que todos puedan participar y sacar de ella frutos saludables.

Por tanto, cuando participamos en la santa Misa, debemos imaginar que nos encontramos en el calvario, a los pies de la cruz; hemos de imaginar ante nosotros al divino Redentor que voluntaria y amorosamente se abraza con la cruz; sobre ella se tiende como víctima inocente de nuestros pecados; y luego de ser clavado en ella, es levantado en alto, colgado entre el cielo y tierra, holocausto de propiciación entre los hombres y Dios. Mirémosle cómo derrama hasta la última gota, toda su sangre; mirémosle cómo, con mirada moribunda, pide perdón para los que le han crucificado y para todos nosotros, que por nuestros pecados hemos hecho causa común con ellos.

Miremos allí, junto a la cruz, a su Madre Santísima, que fija su mirada llorosa en el Hijo que agoniza; y estremecida con el dolor y amor más grande, que puede caber en humana criatura, se sacrifica a sí misma con amor materno en unión con Jesús, para redención y salud nuestra.

Una oblación semejante hemos de hacer nosotros cuando asistimos al Sacrificio del altar: es decir, la oblación de nosotros mismos en unión con Jesús. Si tenemos dolores que nos atormentan y desgarran, ofrezcámoslos a una con los de Jesús.

Si tenemos pasiones que se agitan en nuestro interior y nos arrastran demasiadas veces al pecado, hagamos sacrificio de ellas animosamente por amor a Jesús.

Si tenemos odios y rencores, indiferencias para con nuestros hermanos, sacrifiquemos también todo esto por amor a Jesús, que perdonó a todos y rogó por los que le crucificaban.

Acordémonos que el Sacrificio de la santa Misa debe ser también sacrificio nuestro.

No lo ofrece sólo el sacerdote; con él lo ofrecemos también nosotros, en unión con Jesús: «El sacrificio que te ofrecemos». Unamos pues, la oblación de nuestras personas al sacrificio de Jesús y de este modo sacaremos de él copiosos y saludables frutos.

Es conveniente meditar cómo el sacrificio Eucarístico ha sido instituido por cuatro fines:

1. Para culto de Dios. Ni los ángeles y Santos del Cielo, ni los hombres de la tierra pueden dar a Dios el culto que se le debe, porque son criaturas que obtienen cuanto poseen del mismo Dios.

Sólo Jesús, Hombre-Dios, ofreciéndose al Padre Eterno, le puede tributar un honor digno de El, es decir, infinito.

2. El segundo fin es la satisfacción plena y perfecta de todos nuestros pecados.

Nuestras culpas al dirigirse contra Dios, tienen algo de infinito, en cuanto que ofenden a la Bondad infinita. Sólo Jesús, hombre y Dios a la vez, puede dar por nosotros, sus hermanos, una satisfacción infinita al Eterno Padre y redimirnos de la culpa y pena contraída para con El, ofreciéndose a sí mismo en el Sacrificio Eucarístico.

Pero hay que notar que aunque la Misa tiene en sí misma un valor infinito, el Señor nos aplica este valor según una medida limitada conforme a su beneplácito, y según las disposiciones con que asistimos a ella. Conviene oír por tanto el mayor número de Misas posible y con el mayor fervor.

3. En tercer lugar con la santa Misa damos a Dios una acción de gracias conveniente por todos los beneficios que de El hemos recibido.

4. Finalmente la santa Misa tiene un valor impetratorio; es decir, por medio de ella podemos obtener las gracias y favores que nos son necesarios para nosotros y para los demás.

Gran cosa, por tanto la santa Misa: oigámosla con recogimiento, con humildad, con piedad profunda y sentida. Ella será para nosotros el manantial de todas las gracias, de la virtud y de nuestra santificación.

(Fuente: Meditaciones. Mons. Antonio Bacci. Editorial Mensajero)

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