“Justo en el corazón del Año
del Rosario promulgué la Encíclica
Ecclesia de Eucharistia, en la cual ilustré el
misterio de la Eucaristía en su relación
inseparable y vital con la Iglesia. Exhorté a
todos a celebrar el Sacrificio eucarístico
con el esmero que se merece, dando a Jesús
presente en la Eucaristía, incluso fuera
de la Misa, un culto de adoración digno
de un Misterio tan grande. Recordé sobre
todo la exigencia de una espiritualidad eucarística,
presentando el modelo de María como «mujer
eucarística».”
Carta
Apostólica Mane
Nobiscum Domine -Juan Pablo II
La santa Misa
La santa Misa es la acción más
augusta de nuestra Santa Religión; en
ella en efecto se renueva de modo incruento,
pero muy real, el sacrificio del Calvario.
Como Jesús ha querido quedar con nosotros
por todos los siglos bajo los velos eucarísticos,
para ser verdadero amigo nuestro, nuestro consolador,
nuestra ayuda, nuestro alimento, nuestro todo,
así también no contento con derramar
toda su sangre preciosa en el madero de la cruz
para nuestra redención, ha querido que
esta acción sacrifical y santificadora
se renueve cada día en todos los lugares
de la tierra, de modo que todos puedan participar
y sacar de ella frutos saludables.

Por tanto, cuando participamos en la santa
Misa, debemos imaginar que nos encontramos en
el calvario,
a los pies de la cruz; hemos de imaginar ante
nosotros al divino Redentor que voluntaria y
amorosamente se abraza con la cruz; sobre ella
se tiende como víctima inocente de nuestros
pecados; y luego de ser clavado en ella, es levantado
en alto, colgado entre el cielo y tierra, holocausto
de propiciación entre los hombres y Dios.
Mirémosle cómo derrama hasta la última
gota, toda su sangre; mirémosle cómo,
con mirada moribunda, pide perdón para
los que le han crucificado y para todos nosotros,
que por nuestros pecados hemos hecho causa común
con ellos.
Miremos allí, junto a la cruz, a su Madre
Santísima, que fija su mirada llorosa
en el Hijo que agoniza; y estremecida con el
dolor y amor más grande, que puede caber
en humana criatura, se sacrifica a sí misma
con amor materno en unión con Jesús,
para redención y salud nuestra.
Una oblación semejante hemos de hacer
nosotros cuando asistimos al Sacrificio del altar:
es decir, la oblación de nosotros mismos
en unión con Jesús. Si tenemos
dolores que nos atormentan y desgarran, ofrezcámoslos
a una con los de Jesús.
Si tenemos pasiones que se agitan en nuestro
interior y nos arrastran demasiadas veces al
pecado, hagamos sacrificio de ellas animosamente
por amor a Jesús.
Si tenemos odios y rencores, indiferencias
para con nuestros hermanos, sacrifiquemos también
todo esto por amor a Jesús, que perdonó a
todos y rogó por los que le crucificaban.
Acordémonos que el Sacrificio de la santa
Misa debe ser también sacrificio nuestro.
No lo ofrece sólo el sacerdote; con él
lo ofrecemos también nosotros, en unión
con Jesús: «El sacrificio que te
ofrecemos». Unamos pues, la oblación
de nuestras personas al sacrificio de Jesús
y de este modo sacaremos de él copiosos
y saludables frutos.
Es conveniente meditar cómo el sacrificio
Eucarístico ha sido instituido por cuatro
fines:
1. Para culto de Dios. Ni los ángeles
y Santos del Cielo, ni los hombres de la tierra
pueden dar a Dios el culto que se le debe, porque
son criaturas que obtienen cuanto poseen del
mismo Dios.
Sólo Jesús, Hombre-Dios, ofreciéndose
al Padre Eterno, le puede tributar un honor digno
de El, es decir, infinito.
2. El segundo fin es la satisfacción plena
y perfecta de todos nuestros pecados.
Nuestras culpas al dirigirse contra Dios, tienen
algo de infinito, en cuanto que ofenden a la
Bondad infinita. Sólo Jesús, hombre
y Dios a la vez, puede dar por nosotros, sus
hermanos, una satisfacción infinita al
Eterno Padre y redimirnos de la culpa y pena
contraída para con El, ofreciéndose
a sí mismo en el Sacrificio Eucarístico.
Pero hay que notar que aunque la Misa tiene
en sí misma un valor infinito, el Señor
nos aplica este valor según una medida
limitada conforme a su beneplácito, y
según las disposiciones con que asistimos
a ella. Conviene oír por tanto el mayor
número de Misas posible y con el mayor
fervor.
3. En tercer lugar con la santa Misa damos
a Dios una acción de gracias conveniente
por todos los beneficios que de El hemos recibido.
4. Finalmente la santa Misa tiene un valor
impetratorio; es decir, por medio de ella podemos
obtener las
gracias y favores que nos son necesarios para
nosotros y para los demás.
Gran cosa, por tanto la santa Misa: oigámosla
con recogimiento, con humildad, con piedad profunda
y sentida. Ella será para nosotros el
manantial de todas las gracias, de la virtud
y de nuestra santificación.
(Fuente: Meditaciones. Mons. Antonio Bacci.
Editorial Mensajero)