La
Resurrección de Cristo
y la vida del
cristiano
Padre Pascual Benigno Benabarre
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTEDifícilmente comprenderemos
la naturaleza del hombre, según nos la
explica la Iglesia y la razón, si no partimos
de la base de que todo hombre tiene, y debe,
desarrollar una doble vida: la material, semejante
en muchos aspectos a la de los animales irracionales
superiores; y la espiritual, diseñada
por Dios y por la Iglesia. Dejando aparte la
material—vegetativa y racional—me
ceñiré a la vida espiritual o del
alma.
Somos responsables de nuestra salvación
Salvando la indivisibilidad de la persona humana,
hay que afirmar que el hombre es superior a los
primates gracias a su principio vital, que llamamos “alma”. Ésta
es la sede de la memoria, del entendimiento,
de la voluntad y del sentido de lo moral.
La memoria nos recuerda el pasado y nos ayuda
a no repetir los errores cometidos, y a continuar
las obras buenas. El entendimiento nos permite
distinguir entre el bien y el mal, razonar,
planear y progresar. La voluntad, sujeta en toda
vida
ordenada a la inteligencia, escoge entre todas
las alternativas de la vida, sintetizadas en
el bien y el mal. Y el sentido de lo moral,
nos indica lo que es bueno o malo ante Dios y
ante
nuestra conciencia.
El alma, sede del “YO” del hombre,
es inmortal, es decir, sigue viviendo-- de modo
que no llegamos a entender--, después
de la muerte del cuerpo (Congregación
de la fe, Algunas cuestiones de escatología,
17 de mayo, 1979); y recibirá el premio
o castigo debido a las obras que realizó la
persona durante su vida. Si fueron buenas, y
la persona murió en gracia de Dios, irá al
cielo; si, por el contario, fueron malas, y la
persona murió sin reconciliarse con Dios
y con los hermanos, ella misma se condena e irá al
infierno (ver Mt 25, 31 ss). Salvar nuestra alma
a través de un generoso servicio a Dios
y al prójimo, es la tarea de toda nuestra
vida.
Nueva vida
Pues bien, la Iglesia, en la Oración Colecta
del día de Resurrección, afirma
que Dios nos abrió en ese día las
puertas de la vida [del alma] gracias a la resurrección
de
Jesucristo, vencedor de la muerte, significada
por el pecado.
Esta vida nueva es una vida de amor y de servicio
a Dios a través de la
entrega y compartir generosos con los hermanos, convertidos en hermanos nuestros
en virtud del bautismo del agua y del Espíritu Santo (ver Romanos 8, 15;
Efesios 1, 5; Juan 3, 5). Nuestra filiación divina nos llama a la santidad.
Más aun, a la perfeción (Levítico 20, 26; Mateo 5, 48; 1
Tesalonicenses 4, 3) para no desdecir de la santidad y perfección de Dios,
de cuya familia íntima venimos a ser miembros integrantes.
Contra lo que muchos cristianos creen, esa
santidad está al alcance de
todos, pues no exige ni grandes penitencias ni largas oraciones, ni tampoco prohibe
el disfrute prudente de los bienes de este mundo. Basta que cada cual, en su
propio estado de vida, ya sea célibe, casado, viudo, soltero, sacerdote
o religioso, cumpla bien todas sus obligaciones, y se esmere en hacer cada día
mejor lo que tiene que hacer.
Crecer en la santidad
Insisto en eso, pues hay un peligro que nos
acecha a todos: contentarnos con ser “buenos”. (¡Ya que lo fuéramos todos!). Pudiendo
ser raudas águilas, estamos satisfechos con ser del montón. Y no
es eso lo que Dios quiere, pues nos manda que “le amemos con todo nuestro
corazón, con toda nuestra alma, con todo nuestro ser y con todas nuestras
fuerzas. Y al prójimo como a nosotros mismos” (Marcos 12, 30).
Podemos hacer eso si tenemos el mismo interés por nuestra alma que por
nuestro cuerpo. A éste lo alimentamos, al menos, tres veces al día.
Pues recemos otras tantas veces (los monjes de ésta mi comunidad benedictina
de Manila, vamos a la Iglesia cinco veces al día para celebrar la santa
Misa y rezar el Oficio divino, al cual, dice San Benito, no hay que anteponer
nada; y también rezamos en comunidad el santo Rosario). Procuramos dar
a nuestro cuerpo buenos alimentos; pues démosle también a nuestra
alma—como son todas las obras de misericordia, además de la oración
y los sacramentos--. Aunque no nos sintamos enfermos, de cuando en cuando vamos
al médico para que chequee nuestro estado de salud. ¿Por qué no
hacer lo mismo con el médico del alma--el sacerdote--, para limpiar nuestra
alma y recibir sus consejos a fin de mejorar nuestra vida espiritual?
Hacemos todo lo posible para no morir “antes de hora;” pues tengamos
cuidado con nuestra alma para que, por el pecado mortal, no muera nunca. Finalmente—más
podría decirse--, los que estiman su vida, no la ponen en peligro sin
necesidad; pues evitemos los peligros del alma para que no caiga nunca en pecado.
Podemos resumir todo esto en una sola frase:
que nuestro interés por ser
santos sea igual o mayor que el interés por tener una vida no sólo
saludable, sino boyante.
Resucitar
con Jesús
En la Oración Colecta arriba mencionada, la Iglesia pide, también,
para nosotros que “un día resucitemos en el Reino de la luz y de
la vida.”
Este es objetivo principal de nuestra existencia:
conquistar el cielo sirviendo a Dios y a los
hombres con entusiasmo y lealtad. Claro, esto
sólo lo entendemos
los que tenemos fe en Dios y en la Iglesia, pues creemos lo que ellos nos enseñan,
y tenemos por Norte el cielo.
Porque creemos en la Resurección de Jesucristo y en la nuestra, procuramos
servirle de todo corazón y al prójimo como a nosotros mismos. Y
pues Dios es infinitamente generoso, nos premiará con el cielo. ¿Podemos
pedir más?