Edición 14 • 3 al 9 de abril de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

La Resurrección de Cristo
y la vida del cristiano

Padre Pascual Benigno Benabarre
benigno_benabarre@hotmail.com

Para EL VISITANTEDifícilmente comprenderemos la naturaleza del hombre, según nos la explica la Iglesia y la razón, si no partimos de la base de que todo hombre tiene, y debe, desarrollar una doble vida: la material, semejante en muchos aspectos a la de los animales irracionales superiores; y la espiritual, diseñada por Dios y por la Iglesia. Dejando aparte la material—vegetativa y racional—me ceñiré a la vida espiritual o del alma.

Somos responsables de nuestra salvación

Salvando la indivisibilidad de la persona humana, hay que afirmar que el hombre es superior a los primates gracias a su principio vital, que llamamos “alma”. Ésta es la sede de la memoria, del entendimiento, de la voluntad y del sentido de lo moral.

La memoria nos recuerda el pasado y nos ayuda a no repetir los errores cometidos, y a continuar las obras buenas. El entendimiento nos permite distinguir entre el bien y el mal, razonar, planear y progresar. La voluntad, sujeta en toda vida ordenada a la inteligencia, escoge entre todas las alternativas de la vida, sintetizadas en el bien y el mal. Y el sentido de lo moral, nos indica lo que es bueno o malo ante Dios y ante nuestra conciencia.

El alma, sede del “YO” del hombre, es inmortal, es decir, sigue viviendo-- de modo que no llegamos a entender--, después de la muerte del cuerpo (Congregación de la fe, Algunas cuestiones de escatología, 17 de mayo, 1979); y recibirá el premio o castigo debido a las obras que realizó la persona durante su vida. Si fueron buenas, y la persona murió en gracia de Dios, irá al cielo; si, por el contario, fueron malas, y la persona murió sin reconciliarse con Dios y con los hermanos, ella misma se condena e irá al infierno (ver Mt 25, 31 ss). Salvar nuestra alma a través de un generoso servicio a Dios y al prójimo, es la tarea de toda nuestra vida.

Nueva vida

Pues bien, la Iglesia, en la Oración Colecta del día de Resurrección, afirma que Dios nos abrió en ese día las puertas de la vida [del alma] gracias a la resurrección de

Jesucristo, vencedor de la muerte, significada por el pecado.

Esta vida nueva es una vida de amor y de servicio a Dios a través de la entrega y compartir generosos con los hermanos, convertidos en hermanos nuestros en virtud del bautismo del agua y del Espíritu Santo (ver Romanos 8, 15; Efesios 1, 5; Juan 3, 5). Nuestra filiación divina nos llama a la santidad. Más aun, a la perfeción (Levítico 20, 26; Mateo 5, 48; 1 Tesalonicenses 4, 3) para no desdecir de la santidad y perfección de Dios, de cuya familia íntima venimos a ser miembros integrantes.

Contra lo que muchos cristianos creen, esa santidad está al alcance de todos, pues no exige ni grandes penitencias ni largas oraciones, ni tampoco prohibe el disfrute prudente de los bienes de este mundo. Basta que cada cual, en su propio estado de vida, ya sea célibe, casado, viudo, soltero, sacerdote o religioso, cumpla bien todas sus obligaciones, y se esmere en hacer cada día mejor lo que tiene que hacer.

Crecer en la santidad

Insisto en eso, pues hay un peligro que nos acecha a todos: contentarnos con ser “buenos”. (¡Ya que lo fuéramos todos!). Pudiendo ser raudas águilas, estamos satisfechos con ser del montón. Y no es eso lo que Dios quiere, pues nos manda que “le amemos con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas. Y al prójimo como a nosotros mismos” (Marcos 12, 30).

Podemos hacer eso si tenemos el mismo interés por nuestra alma que por nuestro cuerpo. A éste lo alimentamos, al menos, tres veces al día. Pues recemos otras tantas veces (los monjes de ésta mi comunidad benedictina de Manila, vamos a la Iglesia cinco veces al día para celebrar la santa Misa y rezar el Oficio divino, al cual, dice San Benito, no hay que anteponer nada; y también rezamos en comunidad el santo Rosario). Procuramos dar a nuestro cuerpo buenos alimentos; pues démosle también a nuestra alma—como son todas las obras de misericordia, además de la oración y los sacramentos--. Aunque no nos sintamos enfermos, de cuando en cuando vamos al médico para que chequee nuestro estado de salud. ¿Por qué no hacer lo mismo con el médico del alma--el sacerdote--, para limpiar nuestra alma y recibir sus consejos a fin de mejorar nuestra vida espiritual?

Hacemos todo lo posible para no morir “antes de hora;” pues tengamos cuidado con nuestra alma para que, por el pecado mortal, no muera nunca. Finalmente—más podría decirse--, los que estiman su vida, no la ponen en peligro sin necesidad; pues evitemos los peligros del alma para que no caiga nunca en pecado.

Podemos resumir todo esto en una sola frase: que nuestro interés por ser santos sea igual o mayor que el interés por tener una vida no sólo saludable, sino boyante.

Resucitar con Jesús

En la Oración Colecta arriba mencionada, la Iglesia pide, también, para nosotros que “un día resucitemos en el Reino de la luz y de la vida.”

Este es objetivo principal de nuestra existencia: conquistar el cielo sirviendo a Dios y a los hombres con entusiasmo y lealtad. Claro, esto sólo lo entendemos los que tenemos fe en Dios y en la Iglesia, pues creemos lo que ellos nos enseñan, y tenemos por Norte el cielo.

Porque creemos en la Resurección de Jesucristo y en la nuestra, procuramos servirle de todo corazón y al prójimo como a nosotros mismos. Y pues Dios es infinitamente generoso, nos premiará con el cielo. ¿Podemos pedir más?

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