Edición 14 • 3 al 9 de abril de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

“La enseñanza del Concilio profundizó en el conocimiento de la naturaleza de la Iglesia, abriendo el ánimo de los creyentes a una mejor comprensión, tanto de los misterios de la fe como de las realidades terrenas a la luz de Cristo.”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine -Juan Pablo II

Meditación sobre la Eucaristía

Dr. Aníbal Colón Rosado
Para EL VISITANTE

“Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti. Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb” (I Reyes, 19,8)

¿ Por qué Jesucristo, antes de partir, nos dejó la Eucaristía? Esta pregunta, sencilla y profunda, toca el núcleo del misterio cristiano. Mahatma Gandhi dijo en cierta ocasión: “Para la gente hambrienta, la única manera en la que Dios osaría aparecer sería en forma de alimento”. Este pensamiento tiene sabor marxista. Dios no debe reducirse a la proyección de las necesidades humanas inmediatas. Por otro lado, el Señor sí se ha revelado como alimento de los hambrientos, en el sentido más hondo de la indigencia humana. Asimismo, Jesús confirió significado religioso al acto de socorrer al hambriento. Recordemos aquellas palabras de Mateo 25, 35: “Tuve hambre y me disteis de comer”. Según Jesús partió y compartió el pan con sus discípulos en la última cena-¿última?-así también nosotros estamos llamados a seguir su ejemplo y encontrar caminos para repartir el trigo, el afecto y la palabra. Desde el principio, los cristianos presentaban el pan y el vino –la ofrenda divina-, a los cuales unían sus dones para compartirlos con los pobres. Esta costumbre de la colecta, tan importante ayer como hoy, se inspira en el ejemplo del Señor. “Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, da lo que bien le parece, y lo recogido se entrega al presidente y él socorre de ello a huérfanos y viudas, a los que por enfermedad o por otra causa estén necesitados, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso, y, en una palabra, él se constituye provisor de cuantos se hallan en necesidad” (San Justino, Apologiae 1, 67, 6)

Ciertamente, en el mundo actual sufrimos un grave problema de hambre. Más de 800 millones de seres humanos están críticamente subalimentados o desnutridos. Alrededor de 200 millones de niños, cuya edad no alcanza los cinco años, padecen agudas deficiencias proteínicas. Este año unas 40,000 personas morirán a consecuencia del hambre y la mala nutrición. Mientras los precios de los alimentos aumentan, la ayuda humanitaria disminuye.

Multitudes famélicas esperan la multiplicación de los panes y los peces, como un milagro de justicia y caridad. En 1963, John F. Kennedy, a la sazón Presidente de los Estados Unidos de América, declaró: “Contamos con los medios, contamos con la capacidad para eliminar el hambre y la pobreza de la faz de la tierra en esta generación. Solamente necesitamos la voluntad de hacerlo”. Lamentablemente, transcurrió el tiempo y nos faltó la voluntad. Y lo que es más triste aún: un 20% de la población consume el 80% de los recursos mundiales. Esa quinta parte favorecida está integrada por países cristianos.

Quienes creemos realmente en la Eucaristía que celebramos, ¿encontraremos el corazón y la voluntad para romper las cadenas del hambre? ¿Tendremos la valentía de liberar los templos vivos de Cristo que padecen hambre, enfermedad y aflicción? No nos extraña, pues, la tesis paulina en el sentido de que es imposible celebrar dignamente la Eucaristía si, a la vez, desatendemos al hambriento. Este mora-o muere-un poco lejos de nuestro hogar, en islas y continentes perdidos. (Aunque a veces está muy cerca de nosotros y no lo vemos…) La distancia, el individualismo y el consumismo crean una barrera impenetrable entre los cristos sufrientes y los hijos de la abundancia. Tal vez no poseamos bienes suficientes, pero creemos que al compartir nuestra pequeñez, Dios bendecirá los dones y multiplicará los alimentos. Quien no pueda cambiar las estructuras de injusticia que imperan en el ancho mundo, por lo menos colaborará con los agentes de la pastoral social (v.g. Guerra contra el hambre, Caristas) y sacrificará algún placer por el bien de los desamparados.

El Señor de la Eucaristía suscita y encamina una conciencia social que supera los síntomas y penetra hasta las causas del fenómeno. Alguien quiere atribuir la pobreza a la haraganería, la ignorancia, la desgracia. Olvida otras causas objetivas ligadas al mercado global y que hablan de crédito, aranceles, salarios, precios, materias primas y tecnología… Lázaro espera una invitación al banquete eucarístico; y otra convocatoria, también importante, a la mesa del desarrollo integral y el progreso solidario. Desde luego, Lázaro no sigue al Cristo taumaturgo por el simple motivo de llenar un estómago vacío; ni se saciará de panes y peces para abandonar la búsqueda superior que se alimenta de fe, esperanza y caridad.

Nos sentimos hartos de tantas cosas superfluas, que apenas queda espacio para lo esencial. Ahogamos o desplazamos el deseo de saciarnos de Dios. “Mi alma te ansía en la noche, con qué ansia por tu nombre y tu recuerdo” (Is. 26, 8). Llueven las tentaciones de una sociedad satisfecha y hedonista, que se alimenta de venenos y baratijas. Urge, pues, “mantener despierto el deseo de otro Pan diferente del que intentan vendernos desde tantos mercados” (D. Aleixandre, Siete verbos de accesos a la Eucaristía, Sal Terrae V 1995).

Hoy, hasta la mesa ha quedado en entredicho. Comemos a la ligera-fast food, a deshora, en masas anónimas, en soledad. Ya la catequesis carece de referencias significativas a la hora de representar la cena sacramental. Sin embargo, el banquete es la metáfora del Reino y un símbolo profundo de convivialidad, reconciliación e inclusión. Resulta interesante el hecho de que somos selectivos cuando invitamos o somos invitados a la mesa. Desde luego, la comunión exige ciertas condiciones del alma. Mas en la mesa del Señor ya no hay griegos ni judíos. En ella se crea y se expresa la fraternidad universal frente a la sociedad dividida y discriminatoria. Recordemos la exhortación de Cristo al que lleva la ofrenda al altar sin haberse reconciliado con su hermano.

Para participar plenamente en la Santa Misa y glorificar a Dios, debemos vivir eucarísticamente. ¿Qué significa esto? No consiste sólo en dar gracias, sino además en prolongar la Eucaristía más allá de la Eucaristía, más allá del convite ritual, compartiendo, comulgando y comunicando. Es decir, llevar la vida a la Eucaristía y la Eucaristía a la vida: partirse generosamente y vaciarse hasta la muerte para hacer de nuestras jornadas una ofrenda grata a Dios.

(Continuará)

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