“La enseñanza del Concilio profundizó en
el conocimiento de la naturaleza de la Iglesia,
abriendo el ánimo de los creyentes a una
mejor comprensión, tanto de los misterios
de la fe como de las realidades terrenas a la
luz de Cristo.”
Carta
Apostólica Mane Nobiscum Domine
-Juan Pablo II
Meditación sobre la Eucaristía
Dr. Aníbal Colón
Rosado
Para EL VISITANTE
“Levántate y come, porque el camino
es demasiado largo para ti. Se levantó,
comió y
bebió, y con la fuerza de aquella comida
caminó cuarenta días y cuarenta
noches hasta el monte de Dios, el Horeb” (I
Reyes, 19,8)
¿
Por qué Jesucristo, antes de partir, nos
dejó la Eucaristía? Esta pregunta,
sencilla y profunda, toca el núcleo del
misterio cristiano. Mahatma Gandhi dijo en cierta
ocasión: “Para la gente hambrienta,
la única manera en la que Dios osaría
aparecer sería en forma de alimento”.
Este pensamiento tiene sabor marxista. Dios no
debe reducirse a la proyección de las
necesidades humanas inmediatas. Por otro lado,
el Señor sí se ha revelado como
alimento de los hambrientos, en el sentido más
hondo de la indigencia humana. Asimismo, Jesús
confirió significado religioso al acto
de socorrer al hambriento. Recordemos aquellas
palabras de Mateo 25, 35: “Tuve hambre
y me disteis de comer”. Según Jesús
partió y compartió el pan con sus
discípulos en la última cena-¿última?-así también
nosotros estamos llamados a seguir su ejemplo
y encontrar caminos para repartir el trigo, el
afecto y la palabra. Desde el principio, los
cristianos presentaban el pan y el vino –la
ofrenda divina-, a los cuales unían sus
dones para compartirlos con los pobres. Esta
costumbre de la colecta, tan importante ayer
como hoy, se inspira en el ejemplo del Señor. “Los
que tienen y quieren, cada uno según su
libre determinación, da lo que bien le
parece, y lo recogido se entrega al presidente
y él socorre de ello a huérfanos
y viudas, a los que por enfermedad o por otra
causa estén necesitados, a los que están
en las cárceles, a los forasteros de paso,
y, en una palabra, él se constituye provisor
de cuantos se hallan en necesidad” (San
Justino, Apologiae 1, 67, 6)
Ciertamente, en el mundo actual sufrimos un
grave problema de hambre. Más de 800 millones
de seres humanos están críticamente
subalimentados o desnutridos. Alrededor de 200
millones de niños, cuya edad no alcanza
los cinco años, padecen agudas deficiencias
proteínicas. Este año unas 40,000
personas morirán a consecuencia del hambre
y la mala nutrición. Mientras los precios
de los alimentos aumentan, la ayuda humanitaria
disminuye.
Multitudes famélicas esperan la multiplicación
de los panes y los peces, como un milagro de
justicia y caridad. En 1963, John F. Kennedy,
a la sazón Presidente de los Estados Unidos
de América, declaró: “Contamos
con los medios, contamos con la capacidad para
eliminar el hambre y la pobreza de la faz de
la tierra en esta generación. Solamente
necesitamos la voluntad de hacerlo”. Lamentablemente,
transcurrió el tiempo y nos faltó la
voluntad. Y lo que es más triste aún:
un 20% de la población consume el 80%
de los recursos mundiales. Esa quinta parte favorecida
está integrada por países cristianos.
Quienes creemos realmente en la Eucaristía
que celebramos, ¿encontraremos el corazón
y la voluntad para romper las cadenas del hambre? ¿Tendremos
la valentía de liberar los templos vivos
de Cristo que padecen hambre, enfermedad y aflicción?
No nos extraña, pues, la tesis paulina
en el sentido de que es imposible celebrar dignamente
la Eucaristía si, a la vez, desatendemos
al hambriento. Este mora-o muere-un poco lejos
de nuestro hogar, en islas y continentes perdidos.
(Aunque a veces está muy cerca de nosotros
y no lo vemos…) La distancia, el individualismo
y el consumismo crean una barrera impenetrable
entre los cristos sufrientes y los hijos de la
abundancia. Tal vez no poseamos bienes suficientes,
pero creemos que al compartir nuestra pequeñez,
Dios bendecirá los dones y multiplicará los
alimentos. Quien no pueda cambiar las estructuras
de injusticia que imperan en el ancho mundo,
por lo menos colaborará con los agentes
de la pastoral social (v.g. Guerra contra el
hambre, Caristas) y sacrificará algún
placer por el bien de los desamparados.
El Señor de la Eucaristía suscita
y encamina una conciencia social que supera los
síntomas y penetra hasta las causas del
fenómeno. Alguien quiere atribuir la pobreza
a la haraganería, la ignorancia, la desgracia.
Olvida otras causas objetivas ligadas al mercado
global y que hablan de crédito, aranceles,
salarios, precios, materias primas y tecnología… Lázaro
espera una invitación al banquete eucarístico;
y otra convocatoria, también importante,
a la mesa del desarrollo integral y el progreso
solidario. Desde luego, Lázaro no sigue
al Cristo taumaturgo por el simple motivo de
llenar un estómago vacío; ni se
saciará de panes y peces para abandonar
la búsqueda superior que se alimenta de
fe, esperanza y caridad.
Nos sentimos hartos de tantas cosas superfluas,
que apenas queda espacio para lo esencial. Ahogamos
o desplazamos el deseo de saciarnos de Dios. “Mi
alma te ansía en la noche, con qué ansia
por tu nombre y tu recuerdo” (Is. 26, 8).
Llueven las tentaciones de una sociedad satisfecha
y hedonista, que se alimenta de venenos y baratijas.
Urge, pues, “mantener despierto el deseo
de otro Pan diferente del que intentan vendernos
desde tantos mercados” (D. Aleixandre,
Siete verbos de accesos a la Eucaristía,
Sal Terrae V 1995).
Hoy, hasta la mesa ha quedado en entredicho.
Comemos a la ligera-fast food, a deshora, en
masas anónimas, en soledad. Ya la catequesis
carece de referencias significativas a la hora
de representar la cena sacramental. Sin embargo,
el banquete es la metáfora del Reino y
un símbolo profundo de convivialidad,
reconciliación e inclusión. Resulta
interesante el hecho de que somos selectivos
cuando invitamos o somos invitados a la mesa.
Desde luego, la comunión exige ciertas
condiciones del alma. Mas en la mesa del Señor
ya no hay griegos ni judíos. En ella se
crea y se expresa la fraternidad universal frente
a la sociedad dividida y discriminatoria. Recordemos
la exhortación de Cristo al que lleva
la ofrenda al altar sin haberse reconciliado
con su hermano.
Para participar plenamente en la Santa Misa
y glorificar a Dios, debemos vivir eucarísticamente. ¿Qué significa
esto? No consiste sólo en dar gracias,
sino además en prolongar la Eucaristía
más allá de la Eucaristía,
más allá del convite ritual, compartiendo,
comulgando y comunicando. Es decir, llevar la
vida a la Eucaristía y la Eucaristía
a la vida: partirse generosamente y vaciarse
hasta la muerte para hacer de nuestras jornadas
una ofrenda grata a Dios.
(Continuará)