Edición 15 • 10 al 16 de abril de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Por el eterno descanso del Papa Juan Pablo II

 

Rorberto O. González Nieves, ofm
Arzobispo Metropolitano
de San Juan de Puerto Rico

Que nuestra primera palabra sea para recordar al Santo Padre, Juan Pablo II, peregrino de la paz, desde ahora conocido como Juan Pablo Magno [cuyos restos yacen (ahora) en capilla ardiente en la Basílica de San Pedro]. Se nos fue el querido Papa Juan Pablo, brillante heraldo del Evangelio de Cristo. El Señor se lo llevó: Hoy lloramos su muerte -- y celebramos su vida, porque después del Viernes Santo viene la Pascua.

Confrontados por la muerte de Juan Pablo, tropezamos con lo que parece absurdo a Nicodemo, si no ponemos por delante la resurrección del Señor. ¿Cómo se puede nacer de nuevo? Se pregunta. Ahora es tiempo Pascual, tiempo de resurrección. Es en este contexto que tenemos que entender la muerte del Papa y responder a la pregunta de Nicodemo.

Juan Pablo, ante todo, ha sido para el mundo entero el predicador incansable de Cristo resucitado. Con el Apóstol San Pablo, el Papa ya puede decir: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mi, sino a todos los que tienen amor a su venida”. [Timoteo 4, 6-8].

El Papa ha partido de este mundo después de una larga y penosa enfermedad no sin antes cumplir a cabalidad con la tarea que el Señor le había encomendado, para lo cual –continúa San Pablo-- “El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. El me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino en el cielo. A El la gloria por los siglos de los siglos. Am én.” [Timoteo 4, 17-18].

Persona muy polifacética, ante todo, siempre comprometido con la verdad y los valores; pensador, literato, filósofo, sacerdote, actor de teatro, atleta, deportista; de jovencito, Juan Pablo había sido jugador de fútbol. Era portero, y dicen sus amigos que lo hacía muy bien porque lo tomaba en serio y observaba gran concentración en el juego. Era difícil que le hicieran un gol. El no dejaba pasar los balones que iban enfilados a la portería. Como Papa, ciertamente supo defender a la Iglesia de los que pretendían introducir doctrinas y prácticas ajenas a la fe y la moral. Como Papa, supo defender los derechos humanos cuando tuvo que enfrentarse a esas ‘naciones amotinadas’, que podemos encontrar en el Segundo Salmo, de ‘esos pueblos que hacen vanos proyectos.’ De esos ‘reyes rebelados y príncipes aliados contra el Señor y contra su Ungido.’ Ante ellos puso Dios a Juan Pablo para que les anunciara la Palabra con toda libertad. Y tembló la tierra y cayeron estrepitosamente.


(© Fotos: Ricardo Rivera)

Nos visitó aquí, en Puerto Rico, en 1984, y se presentó como Padre del Pueblo Puertorriqueño, forjador de la paz y la unidad. Nos habló del ‘jíbaro con el rosario colgado de su cuello.’ ¡Qué bien nos conocía! Debemos promover con más entusiasmo la devoción al rosario entre nuestro pueblo y encomendar a Juan Pablo cada vez que recemos los Misterios de la Luz, que él estableció en el rosario. Encomendémoslo cada vez que recemos el novenario de difuntos. Ante todo, promovamos la devoción a la Madre de Dios, a quien él se había entregado, Totus tuus, todo tuyo, cuando fue elegido Papa. Este era un Papa consciente de la religiosidad popular. Como su antecesor, San Pío Quinto, que hace cuatrocientos cincuenta años oficialmente completó el texto del Ave María [Santa María, Madre de Dios…] cuando pidió que se rezara el rosario durante la Batalla de Lepanto.

Cultivemos, pues, la unidad entre nosotros y el respeto mutuo que Juan Pablo siempre predicó. Su mensaje ha sido uno de tolerancia. Que esto se aplique en el nuevo contexto social de Puerto Rico, para fortalecer la unidad de la gran familia puertorriqueña y propiciar un verdadero espíritu ecuménico e interreligioso entre los puertorriqueños y las puertorriqueñas. Seamos instrumentos de la Divina Misericordia, devoción que Juan Pablo estableció oficialmente en la Iglesia y que tuvo su origen en su tierra natal de Polonia.

Hoy, en que este año providencialmente Puerto Rico celebra la Anunciación del Señor, recordemos que el Verbo se hizo carne y tomó la naturaleza humana en el seno de la Virgen María. Así comenzó la nueva creación, la redención que se completó con la muerte y resurrección de Jesús. >Sólo en Jesús, Dios y hombre verdadero, es que llegamos a ser hijos e hijas de Dios.

S ólo en Jesús, renacemos de lo alto a la vida eterna.

Sólo en Jesús podemos pronunciar, como lo hizo el Papa Juan Pablo Segundo, el último Amén a nuestras vidas. El f íat final al primer fíat de María.

Cuando llegue ese momento, recordemos las palabras del Primer Prefacio de Difuntos, que dice que “aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.” La promesa de futura inmortalidad se enraíza en nuestro ser al momento del bautismo en agua y el Esp íritu Santo.

Allí se renace de lo alto. En el bautismo nos sepultamos con Cristo, en el sepulcro se deshace el hombre viejo.

All í se hace el hombre nuevo en Cristo resucitado.

Desde allí salta el manantial de agua viva que traspasa las nubes y llega al cielo, donde se oye a Dios decir: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. ”

En este día, cuando el Papa descansa en capilla ardiente [con San Juan Damasceno] proclamemos a toda voz:

¡ Aleluya! Que pase lo viejo, que surja lo nuevo.
“¡ Cristo resucitó de entre los muertos,
por su muerte la muerte ha conquistado,
y a los que estaban en la tumba, vida ha dado!”
Y digamos todos a Nuestra Señora, la que primero cosechó los frutos de la redenci ón:

Reina del cielo ¡Alégrate! Aleluya.
Porque el que mereciste llevar en tu vientre. Aleluya.
Resucitó como dijo. Aleluya.
Ruega a Dios por nosotros. Aleluya.

Homilía en la Parroquia María Auxiliadora, Cantera lunes 4 de abril de 2005.

 

 

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