Por
el eterno descanso del Papa Juan Pablo II
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Rorberto O. González
Nieves, ofm
Arzobispo Metropolitano
de San Juan de Puerto Rico |
Que nuestra primera palabra sea para recordar al Santo Padre,
Juan Pablo II, peregrino de la paz, desde ahora conocido como
Juan Pablo Magno [cuyos restos yacen (ahora) en capilla ardiente
en la Basílica de San Pedro]. Se nos fue el querido Papa
Juan Pablo, brillante heraldo del Evangelio de Cristo. El Señor
se lo llevó: Hoy lloramos su muerte -- y celebramos su
vida, porque después del Viernes Santo viene la Pascua.
Confrontados por la muerte de Juan Pablo, tropezamos con lo
que parece absurdo a Nicodemo, si no ponemos por delante la
resurrección del Señor. ¿Cómo se
puede nacer de nuevo? Se pregunta. Ahora es tiempo Pascual,
tiempo de resurrección. Es en este contexto que tenemos
que entender la muerte del Papa y responder a la pregunta de
Nicodemo.
Juan Pablo, ante todo, ha sido para el mundo entero el predicador
incansable de Cristo resucitado. Con el Apóstol San Pablo,
el Papa ya puede decir: “He combatido bien mi combate,
he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda
la corona merecida, con la que el Señor, juez justo,
me premiará en aquel día; y no sólo a mi,
sino a todos los que tienen amor a su venida”. [Timoteo
4, 6-8].

El Papa ha partido de este mundo después de una larga
y penosa enfermedad no sin antes cumplir a cabalidad con la
tarea que el Señor le había encomendado, para
lo cual –continúa San Pablo-- “El Señor
me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro
el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. El me
libró de la boca del león. El Señor seguirá
librándome de todo mal, me salvará y me llevará
a su reino en el cielo. A El la gloria por los siglos de los
siglos. Am én.” [Timoteo 4, 17-18].
Persona muy polifacética, ante todo, siempre comprometido
con la verdad y los valores; pensador, literato, filósofo,
sacerdote, actor de teatro, atleta, deportista; de jovencito,
Juan Pablo había sido jugador de fútbol. Era portero,
y dicen sus amigos que lo hacía muy bien porque lo tomaba
en serio y observaba gran concentración en el juego.
Era difícil que le hicieran un gol. El no dejaba pasar
los balones que iban enfilados a la portería. Como Papa,
ciertamente supo defender a la Iglesia de los que pretendían
introducir doctrinas y prácticas ajenas a la fe y la
moral. Como Papa, supo defender los derechos humanos cuando
tuvo que enfrentarse a esas ‘naciones amotinadas’,
que podemos encontrar en el Segundo Salmo, de ‘esos pueblos
que hacen vanos proyectos.’ De esos ‘reyes rebelados
y príncipes aliados contra el Señor y contra su
Ungido.’ Ante ellos puso Dios a Juan Pablo para que les
anunciara la Palabra con toda libertad. Y tembló la tierra
y cayeron estrepitosamente.

(© Fotos: Ricardo Rivera)
Nos visitó aquí, en Puerto Rico, en 1984, y
se presentó como Padre del Pueblo Puertorriqueño,
forjador de la paz y la unidad. Nos habló del ‘jíbaro
con el rosario colgado de su cuello.’ ¡Qué
bien nos conocía! Debemos promover con más entusiasmo
la devoción al rosario entre nuestro pueblo y encomendar
a Juan Pablo cada vez que recemos los Misterios de la Luz, que
él estableció en el rosario. Encomendémoslo
cada vez que recemos el novenario de difuntos. Ante todo, promovamos
la devoción a la Madre de Dios, a quien él se
había entregado, Totus tuus, todo tuyo, cuando fue elegido
Papa. Este era un Papa consciente de la religiosidad popular.
Como su antecesor, San Pío Quinto, que hace cuatrocientos
cincuenta años oficialmente completó el texto
del Ave María [Santa María, Madre de Dios…]
cuando pidió que se rezara el rosario durante la Batalla
de Lepanto.
Cultivemos, pues, la unidad entre nosotros y el respeto mutuo
que Juan Pablo siempre predicó. Su mensaje ha sido uno
de tolerancia. Que esto se aplique en el nuevo contexto social
de Puerto Rico, para fortalecer la unidad de la gran familia
puertorriqueña y propiciar un verdadero espíritu
ecuménico e interreligioso entre los puertorriqueños
y las puertorriqueñas. Seamos instrumentos de la Divina
Misericordia, devoción que Juan Pablo estableció
oficialmente en la Iglesia y que tuvo su origen en su tierra
natal de Polonia.
Hoy, en que este año providencialmente Puerto Rico
celebra la Anunciación del Señor, recordemos que
el Verbo se hizo carne y tomó la naturaleza humana en
el seno de la Virgen María. Así comenzó
la nueva creación, la redención que se completó
con la muerte y resurrección de Jesús. >Sólo
en Jesús, Dios y hombre verdadero, es que llegamos a
ser hijos e hijas de Dios.
S ólo en Jesús, renacemos de lo alto a la vida
eterna.
Sólo en Jesús podemos pronunciar, como lo hizo
el Papa Juan Pablo Segundo, el último Amén a nuestras
vidas. El f íat final al primer fíat de María.
Cuando llegue ese momento, recordemos las palabras del Primer
Prefacio de Difuntos, que dice que “aunque la certeza
de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura
inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor,
no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo.” La
promesa de futura inmortalidad se enraíza en nuestro
ser al momento del bautismo en agua y el Esp íritu Santo.
Allí se renace de lo alto. En el bautismo nos sepultamos
con Cristo, en el sepulcro se deshace el hombre viejo.
All í se hace el hombre nuevo en Cristo resucitado.
Desde allí salta el manantial de agua viva que traspasa
las nubes y llega al cielo, donde se oye a Dios decir: “Tú
eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. ”
En este día, cuando el Papa descansa en capilla ardiente
[con San Juan Damasceno] proclamemos a toda voz:
¡ Aleluya! Que pase lo viejo, que surja lo nuevo.
“¡ Cristo resucitó de entre los muertos,
por su muerte la muerte ha conquistado,
y a los que estaban en la tumba, vida ha dado!”
Y digamos todos a Nuestra Señora, la que primero cosechó
los frutos de la redenci ón:
Reina del cielo ¡Alégrate! Aleluya.
Porque el que mereciste llevar en tu vientre. Aleluya.
Resucitó como dijo. Aleluya.
Ruega a Dios por nosotros. Aleluya.
Homilía en la Parroquia María Auxiliadora, Cantera
lunes 4 de abril de 2005.