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Luis Cardenal Aponte Martínez
Arzobispo Emérito de San Juan
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Llegada
del Santo Padre
a Puerto Rico
En Puerto Rico hemos tenido momentos muy inolvidables, pero
para mí, el más importante fue la visita del Santo
Padre, Juan Pablo II, a Puerto Rico. Desde que él hizo
la primera visita a Santo Domingo en ruta a Puebla, México,
ya yo pensé en la posibilidad de que él parara
en algún momento en Puerto Rico. Insistí en otras
ocasiones en que visitó América Latina, hasta
que finalmente lo logré, cuando hizo su viaje a España
en ruta a la República Dominicana para iniciar la preparación
del Quinto Centenario de la Evangelización de América.
Todo sucedió de la siguiente manera:
Los
preparativos
Yo acostumbraba aprovechar mis vacaciones en el mes de julio
para llevar grupos de peregrinos a Europa. Una parada obligada
era España, Roma y, naturalmente, la asistencia a la
audiencia general de los miércoles con el Santo Padre
en el Vaticano. Lógicamente, durante el verano, el Santo
Padre solía estar en Castelgandolfo, donde hacía
también el tradicional rezo del “Angelus”
los domingos al mediodía, como lo suele hacer cuando
está en el Vaticano. En el mes de julio del año
1984, estábamos en Roma, y el grupo viajó a Castelgandolfo
para el rezo del “Angelus”. Como no era visita coordinada
con antelación, el grupo no tendría acceso al
interior del patio, sino que recibirían la bendición
desde las afueras, por lo que, al ser menos formal, me arriesgué
a ir con el grupo vestido con mi traje clerical, en lugar del
hábito negro, en la esperanza de que no me reconocieran
y no tuviera que presentarme ante el Santo Padre. Pero fue en
vano, tan pronto me acerqué a los portones los Guardias
Suizos me reconocieron y se lo comunicaron a uno de los ayudantes
del Santo Padre. Tremenda fue mi sorpresa cuando después
de la bendición me avisaron que el Santo Padre quería
verme, y aún mayor fue mi sorpresa cuando me comunicó
que en su próximo viaje a Santo Domingo, en el mes de
octubre, visitaría también Puerto Rico, para que
iniciáramos los preparativos para la visita. El miércoles
siguiente asistimos con el grupo a la audiencia general en la
Plaza de San Pedro, y al terminar la misma, se nos avisó
que el Santo Padre quería tomarse una foto con el grupo
de Puerto Rico, lo cual fue una sorpresa bien agradable para
todos y una experiencia inolvidable.
Al regresar a Puerto Rico, y con el poco tiempo que teníamos,
comenzamos inmediatamente los preparativos y arreglos con la
Conferencia Episcopal y el Gobierno. Para ese entonces el Gobernador
era el Honorable Carlos Romero Barceló, quien cooperó
grandemente y tengo que agradecerle toda su colaboración.
Había que comenzar seleccionando un predio de terreno
donde se pudiera acomodar la inmensa muchedumbre que sabíamos
se congregaría. Debía ser también un lugar
céntrico y bien accesible. Afortunadamente para aquel
tiempo el área norte de Plaza Las Américas, contigua
al Expreso de Diego, estaba libre y el licenciado Jaime Fonalledas
fue tan generoso que nos cedió el lugar. Lo próximo
era levantar un gran altar que fuera suficientemente amplio
para una Misa Papal con varios Cardenales y Obispos, y cientos
de sacerdotes. Nos dimos a la tarea y, con la ayuda de Mons.
Víctor J. Torres (q.e.p.d.), levantamos un altar que
era una verdadera fortaleza.
Contra
viento y marea
El Papa y el Cardenal conversan con algunos miembros
de la
Conferencia Episcopal Puertorriqueña. (foto suministrada)
Pero no faltaron las dificultades: primero, el Servicio Secreto
que prácticamente quería escondernos al Santo
Padre. En aquellos tiempos estaba para la reelección
el Presidente Reagan, la visita era en octubre y las elecciones
en noviembre, y se había regado la voz de que venía
un comando del Medio Oriente a Puerto Rico con la idea de hacerle
daño al Santo Padre y así poner en dificultad
la reelección de Reagan. Por eso la seguridad era extrema,
hasta el punto que no querían que el Santo Padre pasara
por el túnel hacia el lugar de la Santa Misa, poniéndonos
toda clase de dificultades. De hecho, cuando yo fui a inspeccionar
el lugar donde se celebraría la Misa, me advirtieron
que no podía poner a nadie en la parte izquierda del
altar, entonces les dije, “el Santo Padre no ha venido
aquí a ver las vacas, viene a ver la gente y ese lugar
está reservado para las Religiosas y los enfermos”.
Entonces el jefe del servicio secreto me dijo: “si hubiéramos
sabido esto, hubiéramos rehusado la seguridad del Santo
Padre pues ni en Boston ni en Nueva York nos pasó algo
semejante”, a lo que yo le contesté, “tiene
usted razón, en Boston y Nueva York a ustedes no les
pasó eso porque ustedes fueron a recibir órdenes
y aquí han venido a darlas, y quiero aclararles que aquí
las órdenes las doy yo, porque soy el principal responsable
de la persona del Santo Padre”. Ya desde antes, cuando
ellos empezaron con sus exigencias, yo me quejé ante
el Gobernador y llamé a la Nunciatura Apostólica
para cancelar la visita, ya que yo no quería traer al
Santo Padre para que solamente viniera a ver el paisaje y las
playas. Tuvimos también dificultades con el gobierno,
ya que el Gobernador, como Primer Ejecutivo, quería dar
la bienvenida al Santo Padre y la Secretaría de Estado
Federal insistía que sería el representante del
Presidente. De hecho, había el rumor de que si no venía
el Presidente, vendría el Vicepresidente Bush. En eso
decidieron que vendría el Secretario de Estado, quien
oficialmente daría la bienvenida al Santo Padre. Yo lamenté
esto muchísimo, pues el Gobernador se había portado
muy bien y yo no quería que se sintiera ofendido. Pero
esto no fue todo; entró la cuestión político-partidista;
era el momento cuando existía la lucha entre el Gobernador
y el Alcalde Hernán Padilla, y se decía que éste
último se había trasladado de Estados Unidos a
Santo Domingo y que vendría en el avión con el
Santo Padre. Naturalmente, recibí llamada de la Fortaleza
preguntándome si era verdad y mi reacción fue
que hasta cuando íbamos a estar con ese tipo de problemas.
De manera que así tuvimos que seguir venciendo obstáculos
y dificultades porque la próxima fue la lluvia como veremos
más adelante.
El
gran día
Su Llegada fue el 12 de octubre de 1984, fecha que coincidía
con mi 24 aniversario de Ordenación Episcopal. El Santo
Padre venía de la República Dominicana donde había
asistido a la inauguración del novenario para celebrar
la Llegada del Evangelio al Nuevo Mundo y el Descubrimiento
de América. Le recibimos en el aeropuerto un buen grupo:
todos los Obispos de Puerto Rico, el Gobernador, el Secretario
de Estado de los Estados Unidos, estaba también el Embajador
Wilson, quien era en ese momento Embajador de Washington ante
la Santa Sede, y otros Arzobispos y Obispos que se nos unieron,
y un grupo de niños de las Escuelas Católicas
que le presentaron un ramo de flores. Debido a las exigencias
del Servicio Secreto, hubo que trasladarlo en carro negro blindado.
Naturalmente, él echó mucho de menos el Papa Móvil,
pero aún así, se daba cuenta del gentío
y del calor humano que le manifestaba la gente, lanzándole
a su paso rosas y toda clase de flores. Nos dirigimos por la
Avenida Baldorioty de Castro hasta el Puente Dos Hermanos, de
allí regresamos pasando por el túnel Minillas,
tomando el expreso Las Américas hasta llegar al área
del altar.

Juan Pablo II besa suelo boricua en
el Aeropuerto Luis Muñoz Marín. (Foto suministrada)
En la homilía, el Santo Padre nos exhortó, entre
otras muchas cosas, a construirle un Santuario a la Virgen de
la Providencia, recordando también la gran tradición
del jíbaro puertorriqueño de llevar el Rosario
colgando del cuello. Se reunieron allí no menos de 650,000
personas, con la suerte de que ese día no nos llovió.
La semana antes, durante los preparativos, estuvo lloviendo
torrencialmente; aún el día antes, cuando fui
al área del altar, Monseñor Víctor Torres,
que Dios lo tenga en la gloria, quien estuvo a cargo de preparar
el altar, me dijo, “aquí difícilmente se
podrá celebrar la Misa mañana”, ya que el
área estaba fangosa y llena de charcos. Encomendamos
la actividad a la misma Santísima Virgen y al otro día
hizo un día precioso.
La gente empezó a llegar desde temprano por la mañana,
con sus paraguas, sombrillas, neveritas, sillas, etc., y se
fueron acomodando a todo lo largo y ancho de toda aquella propiedad
sin importarles que estuviera fangosa. Tuvimos a Monseñor
Capó motivando la gente y cuando ya iba llegando el avión,
de la línea aérea Alitalia, empezó a gritar
“ahí viene Pedro, ahí viene Pedro”,
y entonces la gente entonó el lindo himno que compuso
Monseñor Francisco Arenas, “Tú eres Pedro
y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia”, con
una melodía muy pegajosa que la gente se aprendió
rápidamente. La ceremonia fue preciosa, la conducta del
pueblo, extraordinaria. Terminada la Santa Misa nos dirigimos
a la Universidad del Sagrado Corazón donde el Santo Padre
con su comitiva tendría una cena con los Obispos, y después
de la cena se reunió con todos los religiosos y religiosas;
luego, se reunió con un grupo de seglares, sobre todo
con los líderes que habían ayudado en la coordinación
y preparación de la visita.
También se reunió con los miembros de la Junta
de Síndicos de la Universidad del Sagrado Corazón;
fue una reunión breve pero muy bien aprovechada. De hecho
se me olvidaba decir que cerca del altar se colocaron los enfermos
y personas en sillas de rueda para que, terminada la Misa, el
Santo Padre se les acercara y los bendijera. Fue una visita
preciosa e histórica. Fueron momentos grandiosos en la
historia de la Iglesia puertorriqueña. La primera vez
que un Papa nos visitaba.
Una
mirada al ayer
Han pasado ya 20 años y no puedo menos que recordar
que mientras los 650,000 fieles que se congregaron en los predios
de Plaza Las Américas cantaban aquel hermoso himno que
nos compuso Monseñor Arenas: “Tú eres Pedro,
y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia...”,
Monseñor Jaime Capó lanzaba al aire, con toda
la fuerza de sus pulmones aquel grito: “ahí viene
Pedro”. Se acercaba el avión de la línea
aérea Alitalia con el personaje más insigne que
ha visitado a Puerto Rico: Su Santidad Juan Pablo II. El próximo
12 de octubre, cuando este servidor cumplirá sus 44 años
de Obispo, celebraremos el 20 aniversario de tan grata e inolvidable
visita. Quiera el Señor permitirnos que hayamos hecho,
y sigamos haciendo realidad este gran consejo de él “haced
lo que Él os diga”, y que el recuerdo de esa memorable
visita nos mueva a cumplir cada día más y mejor
con el compromiso de buenos cristianos.