Edición 15 • 10 al 16 de abril de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012


Luis Cardenal Aponte Martínez
Arzobispo Emérito de San Juan

Llegada del Santo Padre
a Puerto Rico

En Puerto Rico hemos tenido momentos muy inolvidables, pero para mí, el más importante fue la visita del Santo Padre, Juan Pablo II, a Puerto Rico. Desde que él hizo la primera visita a Santo Domingo en ruta a Puebla, México, ya yo pensé en la posibilidad de que él parara en algún momento en Puerto Rico. Insistí en otras ocasiones en que visitó América Latina, hasta que finalmente lo logré, cuando hizo su viaje a España en ruta a la República Dominicana para iniciar la preparación del Quinto Centenario de la Evangelización de América. Todo sucedió de la siguiente manera:

Los preparativos

Yo acostumbraba aprovechar mis vacaciones en el mes de julio para llevar grupos de peregrinos a Europa. Una parada obligada era España, Roma y, naturalmente, la asistencia a la audiencia general de los miércoles con el Santo Padre en el Vaticano. Lógicamente, durante el verano, el Santo Padre solía estar en Castelgandolfo, donde hacía también el tradicional rezo del “Angelus” los domingos al mediodía, como lo suele hacer cuando está en el Vaticano. En el mes de julio del año 1984, estábamos en Roma, y el grupo viajó a Castelgandolfo para el rezo del “Angelus”. Como no era visita coordinada con antelación, el grupo no tendría acceso al interior del patio, sino que recibirían la bendición desde las afueras, por lo que, al ser menos formal, me arriesgué a ir con el grupo vestido con mi traje clerical, en lugar del hábito negro, en la esperanza de que no me reconocieran y no tuviera que presentarme ante el Santo Padre. Pero fue en vano, tan pronto me acerqué a los portones los Guardias Suizos me reconocieron y se lo comunicaron a uno de los ayudantes del Santo Padre. Tremenda fue mi sorpresa cuando después de la bendición me avisaron que el Santo Padre quería verme, y aún mayor fue mi sorpresa cuando me comunicó que en su próximo viaje a Santo Domingo, en el mes de octubre, visitaría también Puerto Rico, para que iniciáramos los preparativos para la visita. El miércoles siguiente asistimos con el grupo a la audiencia general en la Plaza de San Pedro, y al terminar la misma, se nos avisó que el Santo Padre quería tomarse una foto con el grupo de Puerto Rico, lo cual fue una sorpresa bien agradable para todos y una experiencia inolvidable.

Al regresar a Puerto Rico, y con el poco tiempo que teníamos, comenzamos inmediatamente los preparativos y arreglos con la Conferencia Episcopal y el Gobierno. Para ese entonces el Gobernador era el Honorable Carlos Romero Barceló, quien cooperó grandemente y tengo que agradecerle toda su colaboración.

Había que comenzar seleccionando un predio de terreno donde se pudiera acomodar la inmensa muchedumbre que sabíamos se congregaría. Debía ser también un lugar céntrico y bien accesible. Afortunadamente para aquel tiempo el área norte de Plaza Las Américas, contigua al Expreso de Diego, estaba libre y el licenciado Jaime Fonalledas fue tan generoso que nos cedió el lugar. Lo próximo era levantar un gran altar que fuera suficientemente amplio para una Misa Papal con varios Cardenales y Obispos, y cientos de sacerdotes. Nos dimos a la tarea y, con la ayuda de Mons. Víctor J. Torres (q.e.p.d.), levantamos un altar que era una verdadera fortaleza.

Contra viento y marea


El Papa y el Cardenal conversan con algunos miembros de la
Conferencia Episcopal Puertorriqueña. (foto suministrada)

Pero no faltaron las dificultades: primero, el Servicio Secreto que prácticamente quería escondernos al Santo Padre. En aquellos tiempos estaba para la reelección el Presidente Reagan, la visita era en octubre y las elecciones en noviembre, y se había regado la voz de que venía un comando del Medio Oriente a Puerto Rico con la idea de hacerle daño al Santo Padre y así poner en dificultad la reelección de Reagan. Por eso la seguridad era extrema, hasta el punto que no querían que el Santo Padre pasara por el túnel hacia el lugar de la Santa Misa, poniéndonos toda clase de dificultades. De hecho, cuando yo fui a inspeccionar el lugar donde se celebraría la Misa, me advirtieron que no podía poner a nadie en la parte izquierda del altar, entonces les dije, “el Santo Padre no ha venido aquí a ver las vacas, viene a ver la gente y ese lugar está reservado para las Religiosas y los enfermos”. Entonces el jefe del servicio secreto me dijo: “si hubiéramos sabido esto, hubiéramos rehusado la seguridad del Santo Padre pues ni en Boston ni en Nueva York nos pasó algo semejante”, a lo que yo le contesté, “tiene usted razón, en Boston y Nueva York a ustedes no les pasó eso porque ustedes fueron a recibir órdenes y aquí han venido a darlas, y quiero aclararles que aquí las órdenes las doy yo, porque soy el principal responsable de la persona del Santo Padre”. Ya desde antes, cuando ellos empezaron con sus exigencias, yo me quejé ante el Gobernador y llamé a la Nunciatura Apostólica para cancelar la visita, ya que yo no quería traer al Santo Padre para que solamente viniera a ver el paisaje y las playas. Tuvimos también dificultades con el gobierno, ya que el Gobernador, como Primer Ejecutivo, quería dar la bienvenida al Santo Padre y la Secretaría de Estado Federal insistía que sería el representante del Presidente. De hecho, había el rumor de que si no venía el Presidente, vendría el Vicepresidente Bush. En eso decidieron que vendría el Secretario de Estado, quien oficialmente daría la bienvenida al Santo Padre. Yo lamenté esto muchísimo, pues el Gobernador se había portado muy bien y yo no quería que se sintiera ofendido. Pero esto no fue todo; entró la cuestión político-partidista; era el momento cuando existía la lucha entre el Gobernador y el Alcalde Hernán Padilla, y se decía que éste último se había trasladado de Estados Unidos a Santo Domingo y que vendría en el avión con el Santo Padre. Naturalmente, recibí llamada de la Fortaleza preguntándome si era verdad y mi reacción fue que hasta cuando íbamos a estar con ese tipo de problemas. De manera que así tuvimos que seguir venciendo obstáculos y dificultades porque la próxima fue la lluvia como veremos más adelante.

El gran día

Su Llegada fue el 12 de octubre de 1984, fecha que coincidía con mi 24 aniversario de Ordenación Episcopal. El Santo Padre venía de la República Dominicana donde había asistido a la inauguración del novenario para celebrar la Llegada del Evangelio al Nuevo Mundo y el Descubrimiento de América. Le recibimos en el aeropuerto un buen grupo: todos los Obispos de Puerto Rico, el Gobernador, el Secretario de Estado de los Estados Unidos, estaba también el Embajador Wilson, quien era en ese momento Embajador de Washington ante la Santa Sede, y otros Arzobispos y Obispos que se nos unieron, y un grupo de niños de las Escuelas Católicas que le presentaron un ramo de flores. Debido a las exigencias del Servicio Secreto, hubo que trasladarlo en carro negro blindado. Naturalmente, él echó mucho de menos el Papa Móvil, pero aún así, se daba cuenta del gentío y del calor humano que le manifestaba la gente, lanzándole a su paso rosas y toda clase de flores. Nos dirigimos por la Avenida Baldorioty de Castro hasta el Puente Dos Hermanos, de allí regresamos pasando por el túnel Minillas, tomando el expreso Las Américas hasta llegar al área del altar.


Juan Pablo II besa suelo boricua en
el Aeropuerto Luis Muñoz Marín. (Foto suministrada)

En la homilía, el Santo Padre nos exhortó, entre otras muchas cosas, a construirle un Santuario a la Virgen de la Providencia, recordando también la gran tradición del jíbaro puertorriqueño de llevar el Rosario colgando del cuello. Se reunieron allí no menos de 650,000 personas, con la suerte de que ese día no nos llovió. La semana antes, durante los preparativos, estuvo lloviendo torrencialmente; aún el día antes, cuando fui al área del altar, Monseñor Víctor Torres, que Dios lo tenga en la gloria, quien estuvo a cargo de preparar el altar, me dijo, “aquí difícilmente se podrá celebrar la Misa mañana”, ya que el área estaba fangosa y llena de charcos. Encomendamos la actividad a la misma Santísima Virgen y al otro día hizo un día precioso.

La gente empezó a llegar desde temprano por la mañana, con sus paraguas, sombrillas, neveritas, sillas, etc., y se fueron acomodando a todo lo largo y ancho de toda aquella propiedad sin importarles que estuviera fangosa. Tuvimos a Monseñor Capó motivando la gente y cuando ya iba llegando el avión, de la línea aérea Alitalia, empezó a gritar “ahí viene Pedro, ahí viene Pedro”, y entonces la gente entonó el lindo himno que compuso Monseñor Francisco Arenas, “Tú eres Pedro y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia”, con una melodía muy pegajosa que la gente se aprendió rápidamente. La ceremonia fue preciosa, la conducta del pueblo, extraordinaria. Terminada la Santa Misa nos dirigimos a la Universidad del Sagrado Corazón donde el Santo Padre con su comitiva tendría una cena con los Obispos, y después de la cena se reunió con todos los religiosos y religiosas; luego, se reunió con un grupo de seglares, sobre todo con los líderes que habían ayudado en la coordinación y preparación de la visita.

También se reunió con los miembros de la Junta de Síndicos de la Universidad del Sagrado Corazón; fue una reunión breve pero muy bien aprovechada. De hecho se me olvidaba decir que cerca del altar se colocaron los enfermos y personas en sillas de rueda para que, terminada la Misa, el Santo Padre se les acercara y los bendijera. Fue una visita preciosa e histórica. Fueron momentos grandiosos en la historia de la Iglesia puertorriqueña. La primera vez que un Papa nos visitaba.

Una mirada al ayer

Han pasado ya 20 años y no puedo menos que recordar que mientras los 650,000 fieles que se congregaron en los predios de Plaza Las Américas cantaban aquel hermoso himno que nos compuso Monseñor Arenas: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia...”, Monseñor Jaime Capó lanzaba al aire, con toda la fuerza de sus pulmones aquel grito: “ahí viene Pedro”. Se acercaba el avión de la línea aérea Alitalia con el personaje más insigne que ha visitado a Puerto Rico: Su Santidad Juan Pablo II. El próximo 12 de octubre, cuando este servidor cumplirá sus 44 años de Obispo, celebraremos el 20 aniversario de tan grata e inolvidable visita. Quiera el Señor permitirnos que hayamos hecho, y sigamos haciendo realidad este gran consejo de él “haced lo que Él os diga”, y que el recuerdo de esa memorable visita nos mueva a cumplir cada día más y mejor con el compromiso de buenos cristianos.

 

 

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