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Dr. Aníbal
Colón Rosado
Canciller de la Arquidiócesis de San Juan |
Juan
Pablo II en Puerto Rico
El 12 de octubre de 2004 conmemoramos el vigésimo aniversario
de la visita de Su Santidad Juan Pablo II a Puerto Rico. Aquel
viernes fue un día glorioso para nuestra patria. Se hizo
un alto en la vida ordinaria del país, y el pueblo se
volcó en los lugares de la ruta papal: aeropuerto internacional,
calles y avenidas, Plaza Las Américas, Universidad del
Sagrado Corazón.
Un pueblo sencillo y hospitalario esperaba al Papa; y el Papa
salió al encuentro de su grey. Preparamos un convite
de hermandad para recibir al que venía en nombre del
Señor. Rebosamos de júbilo al vislumbrar ese 12
de octubre inédito y extraordinario. El Santo Padre nos
acompañó en la solemne efeméride de la
evangelización en América. Contempló desde
lo alto las tranquilas playas antillanas, lugar de gran significado
para el Nuevo Mundo. Por ellas penetraron las primeras avanzadas
del cristianismo a este hemisferio. Son riberas, puertos y puertas
en los que abrazamos a tantos hermanos de las nuevas tierras,
particularmente a los latinoamericanos a quienes nos unen, entrañablemente,
lazos de sangre y cultura, como bien afirmó el mismo
Papa.
Juan Pablo II, peregrino de la paz y amigo de los enfermos
y los pobres, trajo en su alforja pastoral, palabras santas
que llaman a la santidad. Bendijo a nuestras familias y abogó
por su integridad. El manto de Pedro arropó cada rincón
de esta isla luminosa, encrucijada de fe y amor. El Pastor universal
nos regaló un mensaje de paz, justicia y libertad. Su
palabra profética fue un estímulo ante el nuevo
milenio y una llamada a la reafirmación auténtica
de la fe y a la vivencia integral de los valores evangélicos.
Escuchamos su voz diáfana a favor de los pobres, de los
emigrantes, de los oprimidos, de la familia y la juventud, del
matrimonio, de los no nacidos, de las vocaciones, de la piedad
mariana, de la vida y la educación religiosa. El sucesor
de Pedro se encuentra en condición privilegiada para
predicar desde un mote de alta moral, por encima de las mezquindades
humanas, pregonar las bienaventuranzas y señalar la depravación
de la sociedad contemporánea.
“Cuando
llegó el momento de la despedida, sentimos la inspiración
de repetir las palabras de aquellos discípulos
que iban de camino a Emaús...” |
El Vicario de Cristo obró un milagro en Puerto
Rico. Por siete horas logró unir a un pueblo que
se desintegra vertiginosamente. Agradecemos esa señal
de esperanza, mientras anhelamos adelantar los ideales de
una comunidad fraterna, justa y pacífica. Por donde
pasan las sandalias del pescador, auguramos signos de conversión
y una transformación saludable de personas y estructuras. |
Cuando llegó el momento de la despedida, sentimos la
inspiración de repetir las palabras de aquellos discípulos
que iban de camino a Emaús: Sí, quédate
con nosotros, pues atardece y el día ya declinó.
Te hemos reconocido, sacerdote de Cristo, en la fracción
del pan, en la pureza de la palabra, en la caridad sin fronteras.
¿Por ventura no ardía nuestro corazón cuando
vimos pasar tu sombra benéfica sobre este pedazo de tierra
tropical? Como peregrino de tantas playas, queremos acompañarte
con nuestras oraciones, con nuestro recuerdo, con nuestra cooperación.
Al regalarnos preciosos dones, todavía permaneces en
medio de la comunidad borinqueña. Necesitamos un mensaje
orientador en tiempos de confusión, cansancio y naufragios.
Gracias por confirmarnos en la fe, la esperanza y el amor. Gracias
por tu bendición y tu sonrisa.
Se fue el pescador... Su barca surcó los cielos en
busca de nuevos mares. “Y dejas, Pastor santo, a tu grey...”
Se fue, pero dejó la huella de su presencia y plantó
la cruz salvadora en medio de las Américas.