Edición 15 • 10 al 16 de abril de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012


Dr. Aníbal Colón Rosado
Canciller de la Arquidiócesis de San Juan

 

Juan Pablo II en Puerto Rico

El 12 de octubre de 2004 conmemoramos el vigésimo aniversario de la visita de Su Santidad Juan Pablo II a Puerto Rico. Aquel viernes fue un día glorioso para nuestra patria. Se hizo un alto en la vida ordinaria del país, y el pueblo se volcó en los lugares de la ruta papal: aeropuerto internacional, calles y avenidas, Plaza Las Américas, Universidad del Sagrado Corazón.

Un pueblo sencillo y hospitalario esperaba al Papa; y el Papa salió al encuentro de su grey. Preparamos un convite de hermandad para recibir al que venía en nombre del Señor. Rebosamos de júbilo al vislumbrar ese 12 de octubre inédito y extraordinario. El Santo Padre nos acompañó en la solemne efeméride de la evangelización en América. Contempló desde lo alto las tranquilas playas antillanas, lugar de gran significado para el Nuevo Mundo. Por ellas penetraron las primeras avanzadas del cristianismo a este hemisferio. Son riberas, puertos y puertas en los que abrazamos a tantos hermanos de las nuevas tierras, particularmente a los latinoamericanos a quienes nos unen, entrañablemente, lazos de sangre y cultura, como bien afirmó el mismo Papa.

Juan Pablo II, peregrino de la paz y amigo de los enfermos y los pobres, trajo en su alforja pastoral, palabras santas que llaman a la santidad. Bendijo a nuestras familias y abogó por su integridad. El manto de Pedro arropó cada rincón de esta isla luminosa, encrucijada de fe y amor. El Pastor universal nos regaló un mensaje de paz, justicia y libertad. Su palabra profética fue un estímulo ante el nuevo milenio y una llamada a la reafirmación auténtica de la fe y a la vivencia integral de los valores evangélicos. Escuchamos su voz diáfana a favor de los pobres, de los emigrantes, de los oprimidos, de la familia y la juventud, del matrimonio, de los no nacidos, de las vocaciones, de la piedad mariana, de la vida y la educación religiosa. El sucesor de Pedro se encuentra en condición privilegiada para predicar desde un mote de alta moral, por encima de las mezquindades humanas, pregonar las bienaventuranzas y señalar la depravación de la sociedad contemporánea.

“Cuando llegó el momento de la despedida, sentimos la inspiración de repetir las palabras de aquellos discípulos que iban de camino a Emaús...”
El Vicario de Cristo obró un milagro en Puerto Rico. Por siete horas logró unir a un pueblo que se desintegra vertiginosamente. Agradecemos esa señal de esperanza, mientras anhelamos adelantar los ideales de una comunidad fraterna, justa y pacífica. Por donde pasan las sandalias del pescador, auguramos signos de conversión y una transformación saludable de personas y estructuras.

Cuando llegó el momento de la despedida, sentimos la inspiración de repetir las palabras de aquellos discípulos que iban de camino a Emaús: Sí, quédate con nosotros, pues atardece y el día ya declinó. Te hemos reconocido, sacerdote de Cristo, en la fracción del pan, en la pureza de la palabra, en la caridad sin fronteras. ¿Por ventura no ardía nuestro corazón cuando vimos pasar tu sombra benéfica sobre este pedazo de tierra tropical? Como peregrino de tantas playas, queremos acompañarte con nuestras oraciones, con nuestro recuerdo, con nuestra cooperación. Al regalarnos preciosos dones, todavía permaneces en medio de la comunidad borinqueña. Necesitamos un mensaje orientador en tiempos de confusión, cansancio y naufragios. Gracias por confirmarnos en la fe, la esperanza y el amor. Gracias por tu bendición y tu sonrisa.

Se fue el pescador... Su barca surcó los cielos en busca de nuevos mares. “Y dejas, Pastor santo, a tu grey...” Se fue, pero dejó la huella de su presencia y plantó la cruz salvadora en medio de las Américas.

 

 

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