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Eduardo Lamadrid
Aguilar
Para El Visitante |
¡La
más grande visita!
No voy a contar la historia que todos conocen:
• que el 12 de octubre de 1984 el Papa pisó
nuestro suelo por vez primera en 491 años de historia;
• que fue recibido por autoridades religiosas, civiles
y militares;
• que presidió la Eucaristía en los
terrenos aledaños a Plaza Las Américas, donde
se congregaron sobre 650 mil personas;
• que le obsequiaron un cáliz de madera, un
cuatro puertorriqueño, unos Reyes Magos, un cuadro
de la Catedral de Caguas, un libro de aves autóctonas
y una maqueta del Hospital de la Concepción;
• que el coro estuvo soberbio y cantó hasta
en polaco para deleitarle;
• y que luego se reunió con los sacerdotes,
religiosos, religiosas y seminaristas en una sesión
privada que tuvo lugar en la Universidad del Sagrado Corazón.
¡En definitiva, no voy a contar la historia que todo
el mundo conoce, pero qué grato es recordarla como una
experiencia viva de fe, de crecimiento y de esperanza!

(© Foto propiedad de El Nuevo Día)
Era estudiante de comunicaciones y escribía reportajes
y editoriales para El Visitante. Me sentía y fui muy
privilegiado de que el semanario católico me confiara
la redacción de sus portadas y me permitiera publicar
tantas entrevistas y columnas en aquellos primeros años
de la década del 1980.
Pero imagínense la emoción que sentí
cuando mi jefe de redacción, Luis E. De la Cruz (el mejor
jefe que he tenido en toda mi vida), me dijo que yo reportaría
la visita del Santo Padre para las páginas de El Visitante.
Me la pasaba en las oficinas del periódico, recopilando
información, detalles y planificando estrategias de comunicación
para la efeméride.
Era trabajo y era diversión. ¡Había que
ver qué ebullición desbordaba en los pasillos
del semanario y, sobre todo, en sus teléfonos! Me atrevería
a asegurar que el Departamento de Estado -que concedió
las credenciales para la visita papal- y El Visitante eran,
junto al Arzobispado, las tres localidades más telefoneadas
del país.
Aquel día me levanté temprano y me uní
a los miles de peregrinos que fueron a pie desde distintos puntos
del área metropolitana y se juntaron con los cientos
de miles de toda la Isla que también acudieron a esperar
al Papa Viajero. Daba alegría y esperanza escuchar a
la juventud cantando: “¡Juan Pablo Segundo, te quiere
todo el mundo!”
Los periodistas (y yo cola’o entre ellos...) nos agrupamos
en un templete ubicado a la izquierda del altar y seguimos con
atención todos los detalles de aquella impresionante
y emotiva ceremonia, en que la historia de Puerto Rico escribió
una de sus páginas más luminosas.
Recuerdo que al concluir la Eucaristía, cuando comenzamos
a bajar del templete, nos sorprendieron los miembros del Servicio
Secreto, reteniéndonos tras un cordón humano,
ya que se acercaba la limosina que el Presidente había
enviado para transportar al Papa. Fue así como a unos
pocos pies de distancia pude ver y recibir la bendición
de un Juan Pablo II lleno de lozanía y vitalidad, que
jamás olvidaré.
Lo demás fue correr hasta el Periódico El Mundo,
donde nos esperaba el artista gráfico para dar los últimos
toques a una edición de El Visitante que debía
imprimirse de inmediato. Trabajamos hasta la madrugada del siguiente
día. Luego de descansar y con la experiencia recién
vivida, redacté una crónica sobre esta memorable
visita, que fue publicada y traducida en diferentes idiomas
por la revista Familia Cristiana, una de las publicaciones católicas
más difundidas en el mundo, con sede en Caracas y distribuida
por Ediciones Paulinas.
Ese mismo día, la profesora Carmen Sara García,
una de mis mejores maestras de redacción periodística,
me obligó a redactar otro reportaje diferente para su
clase, porque no estaba dispuesta a aceptarme el que había
escrito para El Visitante ni el que me publicó Familia
Cristiana... ¡Muchas veces le he dado las gracias por
esas “exigencias” que entonces no entendía,
pero que ciertamente me beneficiaron!
Claro que no todos los días se escribe por triplicado
una buena nueva, tan extremadamente buena y tan siempre nueva
como la que ha proclamado a lo largo de su fructífera
vida nuestro Juan Pablo II.
(El autor es relacionista y director del Departamento de Comunicación
de la Universidad del Turabo.)