Edición 15 • 10 al 16 de abril de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012


Eduardo Lamadrid Aguilar
Para El Visitante

¡La más grande visita!

No voy a contar la historia que todos conocen:

• que el 12 de octubre de 1984 el Papa pisó nuestro suelo por vez primera en 491 años de historia;

• que fue recibido por autoridades religiosas, civiles y militares;

• que presidió la Eucaristía en los terrenos aledaños a Plaza Las Américas, donde se congregaron sobre 650 mil personas;

• que le obsequiaron un cáliz de madera, un cuatro puertorriqueño, unos Reyes Magos, un cuadro de la Catedral de Caguas, un libro de aves autóctonas y una maqueta del Hospital de la Concepción;

• que el coro estuvo soberbio y cantó hasta en polaco para deleitarle;

• y que luego se reunió con los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas en una sesión privada que tuvo lugar en la Universidad del Sagrado Corazón.

¡En definitiva, no voy a contar la historia que todo el mundo conoce, pero qué grato es recordarla como una experiencia viva de fe, de crecimiento y de esperanza!


(© Foto propiedad de El Nuevo Día)

Era estudiante de comunicaciones y escribía reportajes y editoriales para El Visitante. Me sentía y fui muy privilegiado de que el semanario católico me confiara la redacción de sus portadas y me permitiera publicar tantas entrevistas y columnas en aquellos primeros años de la década del 1980.

Pero imagínense la emoción que sentí cuando mi jefe de redacción, Luis E. De la Cruz (el mejor jefe que he tenido en toda mi vida), me dijo que yo reportaría la visita del Santo Padre para las páginas de El Visitante. Me la pasaba en las oficinas del periódico, recopilando información, detalles y planificando estrategias de comunicación para la efeméride.

Era trabajo y era diversión. ¡Había que ver qué ebullición desbordaba en los pasillos del semanario y, sobre todo, en sus teléfonos! Me atrevería a asegurar que el Departamento de Estado -que concedió las credenciales para la visita papal- y El Visitante eran, junto al Arzobispado, las tres localidades más telefoneadas del país.

Aquel día me levanté temprano y me uní a los miles de peregrinos que fueron a pie desde distintos puntos del área metropolitana y se juntaron con los cientos de miles de toda la Isla que también acudieron a esperar al Papa Viajero. Daba alegría y esperanza escuchar a la juventud cantando: “¡Juan Pablo Segundo, te quiere todo el mundo!”

Los periodistas (y yo cola’o entre ellos...) nos agrupamos en un templete ubicado a la izquierda del altar y seguimos con atención todos los detalles de aquella impresionante y emotiva ceremonia, en que la historia de Puerto Rico escribió una de sus páginas más luminosas.

Recuerdo que al concluir la Eucaristía, cuando comenzamos a bajar del templete, nos sorprendieron los miembros del Servicio Secreto, reteniéndonos tras un cordón humano, ya que se acercaba la limosina que el Presidente había enviado para transportar al Papa. Fue así como a unos pocos pies de distancia pude ver y recibir la bendición de un Juan Pablo II lleno de lozanía y vitalidad, que jamás olvidaré.

Lo demás fue correr hasta el Periódico El Mundo, donde nos esperaba el artista gráfico para dar los últimos toques a una edición de El Visitante que debía imprimirse de inmediato. Trabajamos hasta la madrugada del siguiente día. Luego de descansar y con la experiencia recién vivida, redacté una crónica sobre esta memorable visita, que fue publicada y traducida en diferentes idiomas por la revista Familia Cristiana, una de las publicaciones católicas más difundidas en el mundo, con sede en Caracas y distribuida por Ediciones Paulinas.

Ese mismo día, la profesora Carmen Sara García, una de mis mejores maestras de redacción periodística, me obligó a redactar otro reportaje diferente para su clase, porque no estaba dispuesta a aceptarme el que había escrito para El Visitante ni el que me publicó Familia Cristiana... ¡Muchas veces le he dado las gracias por esas “exigencias” que entonces no entendía, pero que ciertamente me beneficiaron!

Claro que no todos los días se escribe por triplicado una buena nueva, tan extremadamente buena y tan siempre nueva como la que ha proclamado a lo largo de su fructífera vida nuestro Juan Pablo II.

(El autor es relacionista y director del Departamento de Comunicación de la Universidad del Turabo.)

 

 

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