Edición 15 • 10 al 16 de abril de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012


Monseñor Timothy Broglio
Delegado Apostólico para Puerto Rico
Nunciatura Apostólica

Peregrino del Evangelio

Con mucho gusto acojo la sugerencia del director de El Visitante, José Ortiz Valladares, para conmemorar y recordar el vigésimo aniversario de la visita histórica de Su Santidad Juan Pablo II a Puerto Rico. Unas breves horas del Peregrino del Evangelio han sido suficientes para dejar huellas en los corazones de creyentes y de todo hombre de buena voluntad. Ya la historia nos muestra los tres momentos de útiles de todo Viaje Apostólico papal: la preparación, la visita misma y los recuerdos, sobre todo a través del Magisterio abundante pronunciado durante los varios encuentros.

Así pues, en su visita aquí en el 1984, él recordó la devoción mariana de este pueblo, la importancia del matrimonio, el respeto a la vida y la libertad de educación. Y en su encuentro con el clero, el Pontífice invitó al fervor espiritual, confianza, humildad, madurez de vida en Cristo, perseverancia y hondo respeto a los laicos y sus decisiones en los campos propios. Estaría bien en el vigésimo aniversario de esta visita, tomar otra vez su mensaje y evaluar cómo ha sido la respuesta.

“Nuestra identidad católica tiene que ser más grande que mi parroquia, mi pueblo, mi diócesis, mi partido político, mi empleo y mi visión limitada de las cosas”
De hecho, el aniversario nos invita a mirar atrás y recordar un acontecimiento del pasado: las preparaciones, los beneficios espirituales, el compromiso de toda la Isla en un momento tan significativo y la unidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, hay una invitación a examinar dónde estamos hoy. ¿Qué respuesta hemos dado a los desafíos planteados por el Santo Padre? ¿Cómo hemos crecido en nuestra fe o cómo vivimos nuestra vocación de bautizados? ¿Estamos más coherentes hoy, que hace veinte años? ¿Sabemos dar testimonio auténtico de nuestra fe y de la presencia de Jesucristo en medio de nosotros?

Un tercer elemento de nuestra reflexión podría ser nuestro compromiso cara al futuro. De ahí brota la necesidad de renovar nuestra disponibilidad a buscar la unidad, tratando de caminar juntos como Iglesia Católica en Puerto Rico. La unidad más fuerte sería un ejemplo de la consistencia de nuestra fe y una ayuda a los miembros más débiles del rebaño de Cristo. La salud del Cuerpo de Cristo depende siempre de la fe de su miembro más tenue. Nuestra identidad católica tiene que ser más grande que mi parroquia, mi pueblo, mi diócesis, mi partido político, mi empleo y mi visión limitada de las cosas. El ministerio de Pedro justamente nos llama a caminar y a pensar como Iglesia universal. No cabe duda que la visita del Papa lleva el principio y centro de la unidad y la catolicidad a nuestra realidad, invitándonos implícitamente a expandir nuestra visión. Nos cuesta dejar atrás los prejuicios, pero el premio de poder apreciar la grandeza y la anchura de nuestra comunidad eclesial vale la pena.

El año pasado, con motivo de la celebración en San Juan del jubileo de plata del Pontificado, he puesto de relieve unos elementos muy importantes del ministerio del Papa Juan Pablo II, es decir: su liderazgo, su parte en los cambios en Europa central y oriental en 1989, su insistencia en la doctrina social de la Iglesia y, más aún, en el efecto de sus contactos con los hombres, mujeres, jóvenes y niños de nuestro tiempo. Siempre oportunas y relevantes son sus palabras de invitación al comienzo del Pontificado:

“No tengáis miedo. ¡Abrid las puertas a Cristo! (...) Abrid las fronteras de los Estados, de los sistemas económicos y políticos, de los inmensos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. ¡No tengáis miedo! ¡Cristo sabe lo que hay dentro del hombre! ¡Sólo él lo sabe!”

Recordar su visita a Puerto Rico es comprometerse nuevamente con ánimo a Cristo, Redentor de la humanidad y Señor de la historia. Deseándoles fervor, renovado compromiso, unidad y crecimiento, les felicito y les aseguro la Bendición del Santo Padre.

 

 

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