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Monseñor
Timothy Broglio
Delegado Apostólico para Puerto Rico
Nunciatura Apostólica
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Peregrino
del Evangelio
Con mucho gusto acojo la sugerencia del director de El Visitante,
José Ortiz Valladares, para conmemorar y recordar el
vigésimo aniversario de la visita histórica de
Su Santidad Juan Pablo II a Puerto Rico. Unas breves horas del
Peregrino del Evangelio han sido suficientes para dejar huellas
en los corazones de creyentes y de todo hombre de buena voluntad.
Ya la historia nos muestra los tres momentos de útiles
de todo Viaje Apostólico papal: la preparación,
la visita misma y los recuerdos, sobre todo a través
del Magisterio abundante pronunciado durante los varios encuentros.
Así pues, en su visita aquí en el 1984, él
recordó la devoción mariana de este pueblo, la
importancia del matrimonio, el respeto a la vida y la libertad
de educación. Y en su encuentro con el clero, el Pontífice
invitó al fervor espiritual, confianza, humildad, madurez
de vida en Cristo, perseverancia y hondo respeto a los laicos
y sus decisiones en los campos propios. Estaría bien
en el vigésimo aniversario de esta visita, tomar otra
vez su mensaje y evaluar cómo ha sido la respuesta.
“Nuestra
identidad católica tiene que ser más grande
que mi parroquia, mi pueblo, mi diócesis, mi partido
político, mi empleo y mi visión limitada
de las cosas” |
De hecho, el aniversario nos invita a mirar atrás
y recordar un acontecimiento del pasado: las preparaciones,
los beneficios espirituales, el compromiso de toda la Isla
en un momento tan significativo y la unidad de la Iglesia.
Al mismo tiempo, hay una invitación a examinar dónde
estamos hoy. ¿Qué respuesta hemos dado a los
desafíos planteados por el Santo Padre? ¿Cómo
hemos crecido en nuestra fe o cómo vivimos nuestra
vocación de bautizados? ¿Estamos más
coherentes hoy, que hace veinte años? ¿Sabemos
dar testimonio auténtico de nuestra fe y de la presencia
de Jesucristo en medio de nosotros? |
Un tercer elemento de nuestra reflexión podría
ser nuestro compromiso cara al futuro. De ahí brota la
necesidad de renovar nuestra disponibilidad a buscar la unidad,
tratando de caminar juntos como Iglesia Católica en Puerto
Rico. La unidad más fuerte sería un ejemplo de
la consistencia de nuestra fe y una ayuda a los miembros más
débiles del rebaño de Cristo. La salud del Cuerpo
de Cristo depende siempre de la fe de su miembro más
tenue. Nuestra identidad católica tiene que ser más
grande que mi parroquia, mi pueblo, mi diócesis, mi partido
político, mi empleo y mi visión limitada de las
cosas. El ministerio de Pedro justamente nos llama a caminar
y a pensar como Iglesia universal. No cabe duda que la visita
del Papa lleva el principio y centro de la unidad y la catolicidad
a nuestra realidad, invitándonos implícitamente
a expandir nuestra visión. Nos cuesta dejar atrás
los prejuicios, pero el premio de poder apreciar la grandeza
y la anchura de nuestra comunidad eclesial vale la pena.
El año pasado, con motivo de la celebración
en San Juan del jubileo de plata del Pontificado, he puesto
de relieve unos elementos muy importantes del ministerio del
Papa Juan Pablo II, es decir: su liderazgo, su parte en los
cambios en Europa central y oriental en 1989, su insistencia
en la doctrina social de la Iglesia y, más aún,
en el efecto de sus contactos con los hombres, mujeres, jóvenes
y niños de nuestro tiempo. Siempre oportunas y relevantes
son sus palabras de invitación al comienzo del Pontificado:
“No tengáis miedo. ¡Abrid las puertas a
Cristo! (...) Abrid las fronteras de los Estados, de los sistemas
económicos y políticos, de los inmensos campos
de la cultura, de la civilización, del desarrollo. ¡No
tengáis miedo! ¡Cristo sabe lo que hay dentro del
hombre! ¡Sólo él lo sabe!”
Recordar su visita a Puerto Rico es comprometerse nuevamente
con ánimo a Cristo, Redentor de la humanidad y Señor
de la historia. Deseándoles fervor, renovado compromiso,
unidad y crecimiento, les felicito y les aseguro la Bendición
del Santo Padre.