 |
Roberto Octavio
González Nieves, Ofm
Arzobispo Metropolitano de San Juan
de Puerto Rico
|
Más
que un recuerdo
Queridos hermanos y hermanas en Jesús Resucitado:
Saludos de paz y bien.
Cierto es que ya han pasado veinte años de la histórica
e inolvidable visita del Su Santidad, Juan Pablo II a nuestras
tierras borincanas. Hoy, al conmemorar esta visita no podemos
únicamente pensar en que fue la primera vista de un Papa
a Puerto Rico, en que ha sido la actividad más multitudinaria
en nuestra historia que reunió cerca de un millón
de personas. Pensar en estos eventos solamente sería
perder la esencia misma de la visita papal.

De izquierda a derecha, Monseñor Fremiot Torres Oliver,
Luis Cardenal Aponte Martínez, Su Santidad Juan Pablo
II,
Monseñor Ricardo Suriñach.
(Foto: Archivo Histórico Biblioteca
Madre Teresa Guevara, USC)
Esta visita del Santo Padre, más que un recuerdo histórico
debe ser una continua vivencia de fe para nuestro pueblo. Hoy,
veinte años después nuestras almas deben estremecerse
con aquel beso amoroso que el Santo Padre nos dio a todos al
besar suelo boricua manifestando su profundo amor por nuestra
patria, gesto que realiza al visitar por primera vez a una nación.
Aún debemos todos, como multitud, seguir gritándole
al Papa: “Tú eres Pedro” y pedirle que nos
confirme en la fe inquebrantable para que el poder de las tinieblas
no arrebate el alma de nuestro pueblo de la presencia amorosa
de Dios y para permanecer siempre unidos a Cristo Jesús.
El Santo Padre, en su homilía aquel día, en
alusión al episodio de las Bodas de Caná, repetía
las palabras de María “Haced lo que Él os
diga”. Nos decía que este hacer lo que Jesús
nos diga significa: escuchar su palabra, porque Él es
enviado del Padre; seguirlo con fidelidad porque Él es
el camino, la verdad y la vida; ser en el mundo de hoy luz y
sal de la tierra; ser operadores de la paz, de justicia, de
misericordia, de limpieza de corazón; ver en el hambriento,
en el enfermo, en el forastero, la presencia de Cristo que reclama
ayuda.
Al conmemorar el vigésimo aniversario de la visita
del sucesor de Pedro nuestro compromiso como pueblo cristiano
debe estar enmarcado en tener una firme disposición en
hacer todo cuanto Jesús nos diga, según nos exhortó
nuestro querido Papa. Cuando aquellos sirvientes hicieron caso
a las palabras de María e hicieron lo que Jesús
les dijo, acaeció el primer milagro de Jesús poniendo
de manifiesto su gloria y su poder. Si nosotros hiciéramos
como aquellos sirvientes que escucharon obedientemente las palabras
de María y actuásemos de acuerdo a la voluntad
de Jesús, su gloria y su poder también se harían
manifiesto en nuestras familias y nuestros corazones.
Ayer, igual que hoy, tiene una inmensa importancia la exhortación
que nos hiciera el Papa de no permitir que se destruya la familia,
especialmente cuando se ataca la unidad y la indisolubilidad
del matrimonio. Tristemente hemos visto como se ha querido transformar
a la familia y como se ha intentando desprestigiar la institución
del matrimonio. El matrimonio no puede ser reducido a un mero
contrato. Para los católicos el matrimonio es un sacramento,
es una canal de gracia e instrumento de salvación y bendición
para la familia. Hagamos lo que Jesús nos diga, hagamos
de nuestras familias y matrimonios instituciones de amor al
servicio de la salvación.
También al revivir esta visita papal, vienen a mi mente
y hacen arder mi corazón las palabras a los sacerdotes,
religiosos, religiosas y seminaristas que Su Santidad dijo en
el palacio de los Deportes en la Universidad del Sagrado Corazón.
El Papa en esa ocasión nos llamó: “mensajeros
del Evangelio, testigos de la fe y servidores de los hombres”.
Estas palabras describen nuestra misión como personas
consagradas y denotan la grandeza y responsabilidad de nuestro
apostolado. Hoy más que nunca urge que todos seamos mensajeros,
heraldos del Evangelio para anunciar la Buena Nueva de la salvación
en Cristo Jesús.
Ruego a Dios para que nuestra Patria siempre abra su corazón
a las palabras y mensaje del Papa y siempre muestre su adhesión
al Vicario de Cristo, quien ama y ora por Puerto Rico.