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+Rubén
Antonio González Medina, c.m.f.
Obispo de Caguas |
Juan
Pablo II, veinte años después...
“Aquella
hermosa tarde, el Papa con su rápida visita, confirmó
la fe de la Iglesia...”
Al releer las palabras que el Papa Juan Pablo II nos dirigió
a los puertorriqueños y puertorriqueñas, en aquella
breve, pero histórica visita que nos hizo en el 1984,
descubro un hilo conductor que las hacen tan actuales como entonces.
Aquel 12 de octubre, con fuerte voz, nos dijo: “Qué
gozo produce en mi ánimo constatar que en estas tierras
rodeadas por el Océano Atlántico, sus gentes han
acogido a Cristo, dan testimonio de Él y lo proclaman
como Hijo de Dios y Salvador, como la cabeza de la Iglesia y
el objeto de su fe”.
Aquella hermosa tarde, el Papa con su rápida visita,
confirmó la fe de la Iglesia que peregrina guiada por
la Palabra de Dios y que intenta, pese a las dificultades y
problemas, responder con generosidad a los retos que se nos
presentan.
Juan Pablo II reconoció nuestra firme devoción
a la Virgen María, cuando nos dijo:“Sé muy
bien que en esta tierra borinqueña ha sido siempre muy
profunda la devoción a la Madre de Cristo y de la Iglesia.
A Ella el puertorriqueño la siente de veras como la propia
Madre del cielo”.
El Santo Padre en aquella histórica visita nos animó
a que “Ese profundo sentimiento de hermanos en la fe e
hijos de una Madre común que nos ha enseñado la
mutua comprensión, la hospitalidad, el amor a la convivencia
en paz, la capacidad de entendimiento por encima de las diversas
opciones sociales.” no lo perdiéramos sino que
nos instó a preservarlo “en todo momento y circunstancias”.
Ese día motivó de una manera especial a la juventud
y la invitó a asumir valientemente el compromiso de la
fe, urgió a no dejarse vencer por el mal, porque “La
juventud huye de la mediocridad, vive la esperanza y quiere
encontrar su debido puesto en la sociedad de hoy. Por ello su
voz debe ser escuchada y debe tener acceso a los bienes espirituales,
culturales y materiales de nuestro mundo, para evitar que sea
víctima de la frustración, de la evasión
y las drogas.”
También alentó a los laicos en su dinamismo
cristiano, a:
1. “Imbuir la realidad temporal de los valores
del Evangelio”.
2. “Luchar desde dentro en la transformación
de la sociedad según Dios”.
3. “Contribuir con todas sus fuerzas a la
mejora social en la difícil situación económica
presente”.
4. No cansarse, ya que en “su tarea generosa
queda abierta la necesaria obra de moralización de
la vida pública”.
5. “La lucha contra lo que trastorna la convivencia
social, la delincuencia, la drogadicción, la corrupción,
el alcoholismo”.
6. “Con insobornable sentido ético
y de amor el hombre, imagen de Dios, pueda cambiar los corazones
y elevar así el tono moral de la sociedad”.
Estas fueron algunas de las palabras que el Santo Padre Juan
Pablo II nos dirigió en aquella memorable tarde del 12
de octubre de 1984. Hoy, veinte años después,
las leo con emoción. Vienen a mi memoria un sinnúmero
de recuerdos, entre otros, la hermosa peregrinación de
tantos hombres y mujeres de fe, grandes y pequeños que
regresaban a sus hogares a pie... cantando. Si por casualidad
les preguntabas ¿cómo se sienten? Te respondían
con alegría desbordante en sus rostros: “Muy bien,
valió la pena. Sí, valió la pena, las largas
horas de espera, el aguantar el sol abrasador, la lluvia...
valió la pena”. ¿La razón? Bien sencilla,
sus corazones estaban encendidos, porque al escuchar a Juan
Pablo II, habían vivido la experiencia de Emaús...ya
que, “Ardían sus corazones mientras él les
hablaba en el camino y les explicaba las Escrituras” (Lc.
24.32). Que hoy, como ayer, sus palabras llenas de sabiduría
resuenen en nuestros corazones, y que al recordarlas y meditarlas,
nos sirvan de estímulo para reafirmar nuestro compromiso
de trabajar cada día más, por nuestra querida
nación puertorriqueña.
¡Dios bendiga a Puerto Rico!