(Homilía Papal)

Queridos hijos e hijas de Puerto Rico: el Obispo de Roma y
Sucesor de Pedro profesa hoy junto a vosotros la fe que expresan
las palabras del Apóstol San Pablo, tomadas de la Carta
a los Gálatas: Dios envió a su Hijo nacido de
mujer.
Apoyándome en la verdad salvadora contenida en esas
palabras, saludo cordialmente y doy la bienvenida a toda la
comunidad del Pueblo de Dios que vive en Puerto Rico, así
como a todos los miembros de la sociedad de esta isla de “Borinquen
bella”, a la que Colón dio el nombre de San Juan
Bautista.
¡Qué gozo produce a mi ánimo constatar
que en esta tierra rodeada por el Océano Atlántico,
sus gentes han acogido a Cristo, dan testimonio de Él
y le proclaman como el Hijo de Dios y Salvador, como la Cabeza
de la Iglesia y el objeto de su fe!
Por eso doy gracias a Dios por este encuentro, en el que todos
nos sentimos unidos en Cristo, alegres por su presencia entre
nosotros, reconociéndole como raíz de nuestra
hermandad en Él.
En esta perspectiva de intenso significado eclesial, doy mi
cordial saludo a los Pastores de la Iglesia en Puerto Rico;
ante todo al Señor Cardenal Luis Aponte Martínez,
Arzobispo de San Juan, a los otros Obispos presididos por Monseñor
Juan Fremiot Torres Oliver, a los sacerdotes, seminaristas,
familias religiosas y pueblo fiel. Un saludo que se extiende
al Señor Secretario de Estado de los Estados Unidos,
al Señor Gobernador, a las Autoridades y a los representantes
del pueblo puertorriqueño en sus diversas expresiones
político-sociales.
Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a
su Hijo…para que recibiéramos la filiación
adoptiva”
(Gál 4,5). Tal es el designio eterno de Dios. El plan
eterno de la Divina Providencia. Dios así lo ha querido,
para que los hijos e hijas del género humano alcancen
en su Hijo la dignidad de hijos e hijas de Dios. Para ello,
Aquél que es de la misma naturaleza que el Padre-Dios
verdadero de Dios verdadero, el Hijo eterno, el Verbo del Padre-
se hace hombre.
Y para que esta adopción divina del hombre se realice
constantemente. “Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre”
(Gál. 4, 6).
Gracias al poder santificador del Espíritu Santo: la
gracia santificante, no sólo somos llamados hijos de
Dios, sino que lo somos de verdad (cf. 1 Jn 3,1), y podemos
por ello llamar a Dios “Padre”.
Somos hijos en el Hijo. Y si hijos, también herederos
por voluntad de Dios (Gál 4, 7).
En esta condición de hijos y en esta herencia se manifiesta
cuán llena de amor está la Divina Providencia
hacia los hijos e hijas del género humano.
Dios envió a su Hijo, “nacido de mujer”.
El nombre de esa mujer era María. Toda la Iglesia la
saluda con las palabras del arcángel Gabriel: “Alégrate,
llena de gracia, el Señor está contigo”
(Lc 1, 28).
La Iglesia en Puerto Rico venera a María como Madre
de la Divina Providencia. En ello se manifiesta la profundidad
de vuestra fe. En efecto, la Divina Providencia está
vinculada con la Maternidad divina de María. El Hijo
de Dios, -eternamente de la misma naturaleza que el Padre-mediante
María se hizo hombre semejante a nosotros en todo, menos
en el pecado (cf Heb 4, 15), porque Ella – en la obediencia
más profunda a sus designios divinos – los concibió
virginalmente y lo dio a luz como el Hijo del Hombre.
De esta forma María es verdaderamente la Madre de la
Divina Providencia, y vosotros la proclamáis con este
título particular y la veneráis bajo esta hermosa
advocación.
Sé bien que en esta tierra borinqueña ha sido
siempre muy profunda la devoción a la Madre de Cristo
y de la Iglesia. A Ella el puertorriqueño la siente de
veras como la propia madre del cielo.
Ese amor a María os viene desde los primeros misioneros
venidos de tierras de arraigada tradición mariana. Vuestros
religiosos, sacerdotes y obispos – ininterrumpidamente
desde el primer Pastor de esta sede arzobispal, Alonso Manso,
el primer Prelado que pisó tierra americana – os
han inculcado esta devoción.
Ese profundo sentimiento de hermanos en la fe e hijos de una
Madre común os ha enseñado la mutua comprensión,
la hospitalidad, el amor a la convivencia en paz, la capacidad
de entendimiento por encima de las diversas opciones sociales.
Es algo que debéis preservar en todo momento y circunstancias.
El amor providente del Padre os ha guiado siempre por los
caminos de la historia de la mano de María. En momentos
históricos difíciles para la fe, el jíbaro
bueno de esta tierra llevaba, y lleva aún, colgado de
su cuello el rosario de la Virgen María. Era la identificación
de su fe.
Y mi Predecesor Pablo IV proclamó Patrona de Puerto
Rico a Nuestra Señora de la Divina Providencia.
Sé que ahora tenéis el propósito de edificar
a María, Madre de la Divina Providencia, un santuario,
donde vosotros y vuestros hijos aprendáis a caminar mejor
hacia Jesús por medio de María. Quiero alentar
vuestro deseo y pido al Señor que os conceda poder realizarlo.
Este santuario mariano deberá recordaros que vosotros
sois las piedras vivas del templo espiritual y universal que
es la Iglesia. Esa Iglesia que vive también en Latinoamérica,
en cuyo contexto estáis situados.
En la medida que viváis vuestra fe, daréis vigor
y estabilidad a ese templo, llamado a acoger y proteger a todo
hombre. Haber recibido el Bautismo es una gran gracia. Pero
ella constituye sólo el primer capítulo de una
historia personal y colectiva que es preciso escribir con constantes
ejercicios de fe, capaces de mantener siempre viva la llama
del amor y de la esperanza que Cristo encendió al compartir
nuestra vida. Nuestra respuesta a su encarnación deberá
ser la de seguir fielmente nosotros el programa de vida que
Él escogió. Porque ser cristiano significa acatamiento
de la voluntad salvífica del Padre, imitación
de Cristo en su amor al hombre y trato frecuente con el Espíritu
Santo.
Pensad en este programa cuando entréis en el futuro
templo consagrado da María, Madre de la Divina Providencia,
y que Ella os ayude a realizarlo para bien vuestro y de la eterna
comunidad puertorriqueña.
El evangelio de esta Misa trae a nuestro recuerdo el acontecimiento
que tuvo lugar en Caná de Galilea: las Bodas de Caná:
Durante las mismas viene a faltar el vino. Entonces María
se dirige a Jesús con estas palabras: “No tienen
vino” (Jn 2, 3).
A través de este suceso ordinario, la Iglesia quiere
enseñarnos que María es la Madre de la Divina
Providencia, porque cuida de nuestro acontecer humano.
Ella, en efecto, como Madre de todos (cf Lumen Pentium, 61),
como ejemplo y tipo de la Iglesia (ibi., 63), vela sobre sus
hijos. Y los alienta a esforzarse por edificar el mundo en el
amor, en la comprensión y la justicia, para que la realidad
temporal sea más digna del hombre (cf. Gaudium et spes,
93).
Ella sigue intercediendo por los hombres sus hijos, para que
no olviden sus deberes temporales de fidelidad a Dios y al hombre
(cf. Gaudium et spes, 43) a la vez que continúa alcanzándoles
del Redentor “los dones de la eterna salvación”
(Lumen Pentium 62).
Jesús responde a las apalabras de su Madre: “¿qué
tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”
(Jn 2, 4), sin embargo, a pesar de la respuesta (que parece
negativa) la Madre de Jesús dice a los sirvientes: “Haced
lo que Él os diga” (Jn 2,5). Y, en efecto, Jesús
ordena a los criados llenar las tinajas de agua, que se convierte
en vino. Ante ello nota el evangelista: “Así en
Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales.
Y manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos”
(Jn 2, 11).
La Madre de la Divina Providencia se revela también
en las palabras: “Haced lo que Él os diga”.
Aquí se desvela la función esencial de María,
que es conducir a los hombres hacia la voluntad del Padre manifestada
en Cristo. Conducir a sus hijos hacia el centro del misterio
salvador del Redentor del hombre.
Ella con su palabra, pero sobre todo con su ejemplo de obediencia
perfecta al designio de la Providencia, sigue indicando a cada
hombre y sociedad el camino a seguir: “Haced lo que Él
os diga. Como si dijera: escuchad su palabra, porque Él
es el enviado del Padre (cf. Mt 3,17); seguidle con fidelidad,
porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6);
sed en el mundo de hoy luz y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16);
sed operadores de paz, de justicia, de misericordia, de limpieza
de corazón (cf Mt 5, 1-12); ved en el hambriento, en
el enfermo, en el forastero la presencia de Cristo que reclama
ayuda (cf Mt 25, 31-46).
Queridos hijos e hijas de Puerto Rico: La Madre de la Divina
Providencia está particularmente presente en medio de
vuestra comunidad. Indicando a Cristo el Señor. Ella
repite las palabras dichas en Caná de Galilea: “Haced
lo que Él os diga”.
¿Qué
tiene que deciros hoy?
Uno de los terrenos a los que su solicitud maternal se dirige,
es sin duda el de la familia. La estima profunda por la misma
es uno de los elementos que componen vuestro patrimonio religioso
cultural. Ella transmite los valores culturales, éticos,
cívicos, espirituales y religiosos que desarrollan a
sus miembros y a la sociedad. En su seno, las diversas generaciones
se ayudan a crecer y a armonizar sus derechos con las exigencias
de los demás. Por ello debe ser un ambiente intensamente
evangelizado, para que esté impregnado de los valores
cristianos y refleje el ejemplo de vida de la Sagrada Familia.
La apertura a otras sociedades debe pues serviros para enriquecer
la vuestra. Pero no permitáis que concepciones ajenas
a vuestra fe y peculiaridad como pueblo destruya la familia,
atacando la unidad y la indisolubilidad del matrimonio. ¡Salvad
el amor fiel y estable! Y superad a la concepción divorcista
de la sociedad.
Recordad también que – como enseñó
el último Concilio- “la vida, desde su concepción,
debe ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto
y el infanticidio son crímenes abominables” (Gaudium
et spes, 51). Ninguna ley humana puede, por ello, justificar
moralmente el aborto provocado. Como tampoco son admisibles
en el plano moral las actuaciones de las autoridades públicas
que intentan limitar la libertad responsable de los padres al
decidir sobre los hijos a procrear.
Otro campo al que habéis de aplicar la enseñanza
del Maestro es el de la juventud. A su formación en la
fe habrá de dedicar la Iglesia en Puerto Rico una de
sus solicitudes preferenciales, para que Cristo esté
presente e inspire la conducta de los jóvenes.
La juventud huye de la mediocridad, vive la esperanza y quiere
encontrar su debido puesto en la sociedad de hoy. Por ello su
voz debe ser escuchada y debe tener acceso a los bienes espirituales,
culturales y materiales de nuestro mundo, para evitar que sea
víctima de la frustración, la evasión o
la droga.
Pero no olvidéis nunca que para llenar de ideales válidos
el alma del joven hay que darle horizontes de sólida
educación moral y cultural. Alabo y bendigo, pues, el
esfuerzo que la Iglesia hace en Puerto Rico a favor de la juventud,
tanto en la escuela o colegio como en la Universidad. Y os aliento
a proseguir ese camino, para que todos, de cualquier posición
social sean, puedan recibir en los centros educativos de las
iglesias y fuera de ellos una educación integral.
Ojalá los padres encuentren plena libertad para elegir
el tipo de escuela que prefieran para sus hijos, sin soportar
por ello cargas económicas adicionales (cf. Canos 797),
y que las escuelas provean también a la educación
religiosa y moral de los jóvenes, de acuerdo con la conciencia
de sus padres (cf. Canon 799).
El sector de los laicos es otro al que apunta la necesidad
de aplicar lo que Cristo pide hoy a la Iglesia en Puerto Rico.
El Concilio Vaticano II perfiló claramente la figura
y misión del laicado cristiano en la Iglesia y en el
mundo. Es consolador saber que en este País surgen grupos
de jóvenes y adultos que, conscientes de las exigencias
del propio bautismo, quieren colaborar con generosidad en el
servicio apostólico a la comunidad eclesial, siendo ellos
mismos los primeros en vivir íntegramente su fe.
Quiero, por ello, alentar a los laicos en su dinamismo cristiano,
exhortándolos a ejercer su misión en íntimo
contacto con los Obispos y sacerdotes. Piensen los laicos cristianos
que a ellos corresponde imbuir la realidad temporal de los valores
del Evangelio (df. Apostolicam actuositatem, 7), y luchar desde
dentro en la transformación de la sociedad según
Dios. A ellos se abre un inmenso campo de acción, para
contribuir con todas sus fuerzas a la mejora social en la difícil
situación económica presente. A su tarea generosa
queda abierta la necesaria obra de moralización de la
vida pública, el esfuerzo para que el peso mayor de la
situación no caiga sobre los más pobres, la lucha
contra lo que trastorna la convivencia social, contra la delincuencia,
la drogadicción, la corrupción, el alcoholismo.
Con ideales de insobornable sentido ético y de amor al
hombre imagen de Dios, podrá el laico cristiano cambiar
los corazones y elevar así el tono moral de la sociedad.
Hablando del empeño eclesial y humano de los laicos,
quiero reservar una especial mención, agradecimiento
y aliento a los animadores o presidentes de asamblea, que tanto
bien hacen a las comunidades cristianas donde falta el sacerdote.
Yo lo mismo quiero decir a los numerosos catequistas aquí
representados, y que colaboran tan eficazmente en la obra de
la evangelización. Estos tienen un eximio modelo en Fray
Ramón Pané, que catequizó y conoció
a fondo la cultura de los Taínos. Por ello, queridos
catequistas y animadores de asamblea: en esta tierra de fecundas
realizaciones catequísticas, proseguid vuestro empeño
a favor de la fe de vuestro pueblo.
Reunidos en esta comunidad extraordinaria del Pueblo de Dios,
después de haber meditado la Palabra revelada que nos
presenta la liturgia de hoy, deseamos pronunciar todos, junto
con la Madre de Dios, este himno de alabanza a la Divina Providencia
en el que Ella ha expresado el “magníficat”
de su alma:
“Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, santo
en Su nombre, y su misericordia, alcanza de generación
en generación a los que lo temen” (Lc 1,49s).
Queridos hermanos y hermanas: Esté siempre vivo en
vuestros corazones el temor de Dios. Éste es el principio
de la sabiduría (cf. Sal 110 (111).10). Y de la sabiduría
nace el amor.
No dejéis de dar gracias a Dios, porque “envió
a su Hijo, nacido de mujer…para que recibiéramos
la filiación adoptiva”.
No dejéis de agradecer la herencia de la fe en Cristo
y la gracia de la adopción divina.
No dejéis de dar gracias por la Madre de la Divina
Providencia. Que sea Ella para todas las generaciones de esta
tierra la Puerta de la salvación. Amén.