Edición 15 • 10 al 16 de abril de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

editorial

Apóstol fiel

Juan Pablo II, dulce Cristo en la tierra, nos obsequió el retrato auténtico de la Iglesia, sacramento de Cristo. Desde el día de su elección como Sumo Pontífice, hasta su muerte, el hombre que vino del este, se inmoló en el servicio a la humanidad. Su sandalia ágil y su báculo de sólida fe, encendieron distancias, proyectaron los equilibrios humanos. Caminó sin tregua, sin demora, porque en esta tierra el tiempo cuenta y acentúa la disponibilidad de los que portan la antorcha de la Resurrección de Cristo.

Su pontificado, extenso y global, desvaneció los intentos de socavar la verdad revelada porque allí donde había un hilito de agua alborotada, El situaba la fuente bautismal con el agua que salta hasta la vida eterna. Más allá de la bipolaridad liberal-conservador, Juan Pablo II, cuerdo en el espíritu, rompía con esmerado empeño esas categorías y continuaba con las manos sobre el arado, como un vigilante que espera la llegada de un amanecer luminoso.

Su cuerpo y su alma viajaban juntos en el deporte, en el arte, la poesía, la faena laboral, y unió todos esos menesteres dignos a la convicción del servicio por amor, del hombre para todos. Su tierra natal, Polonia, fue parte esencial de su agenda y se enfrentó al comunismo como un quijote de altos vuelos, representado por laicos y creyentes con dulces sueños solidarios.

El pensamiento teológico y filosófico encontró en sus dotes de sabio escritor una apertura para sacar a flote la verdad y exponerla con solicitud de pastor. Las encíclicas de su pontificado son un caudal de ideas, originadoras de cambios mentales, un puente hacia el diálogo elevado. Entre ellos descuellan Evangelium Vitae, Splendor veritatis, Ratio et Fides. Estas tres, sin desvalorar las otras, reflejan una intimidad de luz interior, una riqueza contundente de espiritualidad que no rehuye la pobreza de verdades truncas, sino que las penetra con su absoluta disponibilidad y apertura.

La lucha por los pobres y marginados fue elevada a preocupación constante, proponiendo la justicia social, como bálsamo y solución perenne al hambre, a la guerra, a las luchas fratricidas. La vida encontró en Juan Pablo II un buen samaritano que estableció el no al aborto, a la eutanasia, al alquiler del vientre, a la pena de muerte y a otras situaciones de emergencias universales.

El mundo pierde la más grande voz moral y la Iglesia echa de menos al coleccionista de rostros, al ferviente luchador por lo justo y lo bello. Ahora nos corresponde rezar por el que construyó vertientes de solidaridad y entusiasmo. Ha muerto Juan Pablo II, queda la Iglesia con su inagotable piedad y su infinita misericordia.

 

 

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