editorial
Apóstol
fiel
Juan Pablo II, dulce Cristo en la tierra,
nos obsequió el retrato auténtico de la Iglesia,
sacramento de Cristo. Desde el día de su elección
como Sumo Pontífice, hasta su muerte, el hombre que vino
del este, se inmoló en el servicio a la humanidad. Su sandalia ágil
y su báculo de sólida fe, encendieron distancias,
proyectaron los equilibrios humanos. Caminó sin tregua,
sin demora, porque en esta tierra el tiempo cuenta y acentúa
la disponibilidad de los que portan la antorcha de la Resurrección
de Cristo.
Su pontificado, extenso y global, desvaneció los intentos
de socavar la verdad revelada porque allí donde había
un hilito de agua alborotada, El situaba la fuente bautismal con
el agua que salta hasta la vida eterna. Más allá de
la bipolaridad liberal-conservador, Juan Pablo II, cuerdo en el
espíritu, rompía con esmerado empeño esas categorías
y continuaba con las manos sobre el arado, como un vigilante que
espera la llegada de un amanecer luminoso.
Su cuerpo y su alma viajaban juntos en
el deporte, en el arte, la poesía, la faena laboral, y unió todos
esos menesteres dignos a la convicción del servicio por amor,
del hombre para todos. Su tierra natal, Polonia, fue parte esencial
de su agenda y se enfrentó al comunismo como un quijote de
altos vuelos, representado por laicos y creyentes con dulces sueños
solidarios.
El pensamiento teológico y filosófico encontró en
sus dotes de sabio escritor una apertura para sacar a flote la verdad
y exponerla con solicitud de pastor. Las encíclicas de su
pontificado son un caudal de ideas, originadoras de cambios mentales,
un puente hacia el diálogo elevado. Entre ellos descuellan
Evangelium Vitae, Splendor veritatis, Ratio et Fides. Estas tres,
sin desvalorar las otras, reflejan una intimidad de luz interior,
una riqueza contundente de espiritualidad que no rehuye la pobreza
de verdades truncas, sino que las penetra con su absoluta disponibilidad
y apertura.
La lucha por los pobres y marginados
fue elevada a preocupación constante, proponiendo la justicia
social, como bálsamo y solución perenne al hambre,
a la guerra, a las luchas fratricidas. La vida encontró en
Juan Pablo II un buen samaritano que estableció el no al
aborto, a la eutanasia, al alquiler del vientre, a la pena de muerte
y a otras situaciones de emergencias universales.
El mundo pierde la más grande voz moral y la Iglesia echa
de menos al coleccionista de rostros, al ferviente luchador por
lo justo y lo bello. Ahora nos corresponde rezar por el que construyó vertientes
de solidaridad y entusiasmo. Ha muerto Juan Pablo II, queda la Iglesia
con su inagotable piedad y su infinita misericordia.