Padre
Efraín Zabala, Editor
Aquel día de fe
El 12 de octubre de 1984, año feliz, Puerto Rico hizo un paréntesis en su rutina diaria para acortar distancias. La cotidianidad echó alas y los recursos del espíritu se abalanzaron sobre la pequeña geografía isleña. De todos los puntos cardinales llegaban los eufóricos creyentes con sus gargantas renovadas por la devoción y el corazón en rítmico concierto de un “yo creo” desbordante.
Sólo había una ruta: la fe. La virtud teologal abrió brecha a Pedro el Pescador, a Juan Pablo II, esforzado luchador por el Evangelio que pondría sus pies sobre el verdor en súplica de la santa esperanza. Aquella efemérides católica del 1493, en que la cruz y la Virgen María penetraron en nuestra piel colectiva, se codificó en ancla de verdad y luz. Llegó Pedro el pastor visible; llegó con él el Señor invisible, real, referencia trinitaria de un amor eterno y global.

(© Foto propiedad de El Nuevo Día)
La Llegada del Vicario de Cristo desde Quisquella la bella, ciudad primada de América, enalteció a una multitud que aguardaba su figura egregia e hilaba fervor desgranando Ave Marías, repitiendo jaculatorias, rezando el Padre Nuestro. El confeti ilusionado se desparramó por entre la música de “Tú es Petrus” que surcaba el aire estableciendo los coordinados sobrenaturales y la vivencia del misterio.
El Pastor de ágil paso se confundía con una multitud policromada, ávida de abrazos y bendiciones. Habló a Borinquen desde su realidad histórica, desde su génesis patria. Pablo VI, de feliz memoria, puntualizó la identidad boricua y se refirió a Puerto Rico como la nación bendecida por la Divina Providencia, Juan Pablo II hizo referencia a este mosaico de voluntades e hizo hincapié en la figura del jíbaro que llevaba el rosario al cuello y así demostraba su confiada devoción a la Madre de Dios, la siempre Virgen, María.
Los Señores Obispos de Puerto Rico, anfitriones del ilustre visitante, elevaban su fidelidad a la cátedra de Pedro en solicitud y entrega. El buen vino estaba servido y las copas “crujían” en el brindis fraternal en las instalaciones de la Universidad del Sagrado Corazón. Aquí, en este recinto en que la palabra bien articulada es menú de bien, porque converge con el Verbo siempre nuevo, se hizo el paréntesis de las cercanías en parábolas.
Aquel 12 de octubre de 1984 fue un hito glorioso en la historia de la Iglesia Católica en Puerto Rico. La figura de Juan Pablo II, voz moral del mundo, tuvo ese cariz de festejo, de misterio. La barca de Pedro, que viaja por mares embravecidos, tiene su timonel que la conduce con paso firme y estrategia de fe.
La desorientación de estos días borrascosos tiene que analizarse desde aquel día de luz en que Juan Pablo II partió su pan con nosotros. Su voz, sus gestos, su disponibilidad contradicen la falta de creencia que se filtra en Puerto Rico a través de los falsos profetas. El 12 de octubre de 1984 es una fecha luminosa, un ágape amoroso con sabor a cielo y tierra.