Esta Novena tiene dos propósitos:
orar por el eterno descanso de nuestro queridísimo Pontífice Juan Pablo II y recordar algunas de
las enseñanzas principales de su Pontificado.
Tiene una estructura
sencilla: una oración introductoria y una oración final común a todos los días,
ambas tomadas de las Oraciones por los Difuntos del Misal Romano, y unos textos
del propio Papa y nuestro comentario, que cambian cada día de la Novena. El
Texto del Papa podría leerse excluyendo las partes en letra más pequeña, que
aunque enriquecen el mensaje, no son indispensables para la comprensión del
mismo.
La Novena está
estructurada en torno a sus dos grandes amores a los que sirvió con fidelidad
total: Cristo y la Iglesia. El tema de su Pontificado ha sido una frase
luminosa de la Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia en el Mundo, la
Gaudium et spes: “En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo encarnado” (GS 22). El Papa contemplaba al ser humano desde
Cristo y tenían un inmenso afán apostólico de que todo ser humano se conociera,
se reconociera y se transformara en otro Cristo contemplando a Cristo el Hombre
según el Corazón de Dios. Este ha sido el motor evangelizador de su largo y
fecundo Pontificado. En la Virgen María el Papa ha encontrado la realización
máxima del plan de salvación que Dios tiene en Cristo para cada ser humano, sea
hombre o mujer, niño, joven, anciano o niño por nacer, casado, soltero o consagrado.
Para este Papa peregrino del mundo y pregonero de Cristo, la Iglesia tiene que
andar por ese camino del hombre, inspirándose en su modelo acabado que es Santa
María.
EcE: Ecclesia de Eucaristía,
Encíclica del 17 de abril de 2003
EV. Evangelium Vitae,
Encíclica del 25 de marzo de 1995
FC: Familiaris Consortio,
Exhortación Apostólica del 22 de noviembre de 1981
GS: Gaudium et spes,
Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo
Actual
NMI: Novo Millennio Ineunte,
Carta Apostólica del 6 de enero de 2001
RH: Redemptor Hominis, Encíclica del 4 de marzo de 1979
RM: Redemptoris Matris,
Encíclica del 25 de marzo de 1987
RP: Reconciliatio et
Peniteniae, Exhortación Apostólica del 2 de diciembre de
1984
Santo Domingo 92
: Discurso inaugural del Santo Padre a la IV Conferencia
General del Episcopado
Latinoamericano en Santo Domingo, 12 de
octubre de 1992.
UUS: Ut unum sint, Encíclica
del 25 de mayo de 1995
Primer Día: Jesucristo, único Redentor de los Hombres, Rostro e Imagen del Nuevo
Adán (El Papa, relanza el humanismo cristiano en fidelidad al Concilio, para
estos tiempos)
Oración introductoria:
Oh Dios, que
recompensas con justicia a todos los hombres,
concede a tu
siervo, nuestro Papa Juan Pablo II,
a quien constituiste
Sucesor de Pedro,
y pastor de toda la Iglesia,
que pueda gozar
eternamente en el cielo
de la gracia y del
perdón,
que él administró
fielmente en la tierra
por los
sacramentos.
Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina
contigo
en la unidad del
Espíritu Santo
y es Dios por los
siglos de los siglos. Amén.
Texto del Papa:
“¡Redentor del mundo! En Él se ha revelado de un
modo nuevo y más admirable la verdad fundamental sobre la creación que
testimonia el Libro del Génesis cuando repite varias veces: «Y vio Dios ser
bueno» (Gen 1, ). El bien tiene su
fuente en la Sabiduría y en el Amor. En Jesucristo, el mundo visible, creado
por Dios para el hombre—el mundo que, entrando el pecado está sujeto a la
vanidad—adquiere nuevamente el vínculo original con la misma fuente divina de
la Sabiduría y del Amor. En efecto, «amó Dios tanto al mundo, que le dio su
unigénito Hijo». Así como en el hombre-Adán este vínculo quedó roto, así en el
Hombre-Cristo ha quedado unido de nuevo. ¿ Es posible que no nos convenzan, a
nosotros hombres del siglo XX, las palabras del Apóstol de las gentes,
pronunciadas con arrebatadora elocuencia, acerca de «la creación entera que
hasta ahora gime y siente dolores de parto»(Rom 8) y «está esperando la
manifestación de los hijos de Dios», acerca de la creación que está sujeta a la
vanidad? El inmenso progreso, jamás conocido, que se ha verificado
particularmente durante este nuestro siglo, en el campo de dominación del mundo
por parte del hombre, ¿no revela quizá el mismo, y por lo demás en un grado
jamás antes alcanzado, esa multiforme sumisión «a la vanidad»? Baste recordar
aquí algunos fenómenos como la amenaza de contaminación del ambiente natural en
los lugares de rápida industrialización, o también los conflictos armados que
explotan y se repiten continuamente, o las perspectivas de autodestrucción a
través del uso de las armas atómicas: al hidrógeno, al neutrón y similares, la
falta de respeto a la vida de los no-nacidos. El mundo de la nueva época, el
mundo de los vuelos cósmicos, el mundo de las conquistas científicas y
técnicas, jamás logradas anteriormente, ¿no es al mismo tiempo que «gime y
sufre» y «está esperando
la manifestación de los hijos de Dios»?
El Concilio Vaticano II, en su análisis penetrante «del mundo contemporáneo», llegaba al punto más importante del mundo visible: el hombre bajando —como Cristo— a lo profundo de las conciencias humanas, tocando el misterio interior del hombre, que en el lenguaje bíblico, y no bíblico también, se expresa con la palabra «corazón». Cristo, Redentor del mundo, es Aquel que ha penetrado, de modo único e irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su «corazón». Justamente pues enseña el Concilio Vaticano II (GS 22): «En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir (Rom 5, 14), es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación». Y más adelante: «Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado».¡Él, el Redentor del hombre!” (RH 8)
“Al reflexionar nuevamente sobre este texto maravilloso del Magisterio conciliar, no olvidamos ni por un momento que Jesucristo, Hijo de Dios vivo, se ha convertido en nuestra reconciliación ante el Padre. Precisamente Él, solamente Él ha dado satisfacción al amor eterno del Padre, a la paternidad que desde el principio se manifestó en la creación del mundo, en la donación al hombre de toda la riqueza de la creación, en hacerlo «poco menor que Dios»,en cuanto creado «a imagen y semejanza de Dios»; e igualmente ha dado satisfacción a la paternidad de Dios y al amor, en cierto modo rechazado por el hombre con la ruptura de la primera Alianza y de las posteriores que Dios «ha ofrecido en diversas ocasiones a los hombres». La redención del mundo —ese misterio tremendo del amor, en el que la creación es renovada— es en su raíz más profunda «la plenitud de la justicia en un Corazón humano: en el Corazón del Hijo Primogénito, para que pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales, precisamente en el Hijo Primogénito, han sido predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios y llamados a la gracia, llamados al amor. La Cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Jesucristo —Hombre, Hijo de María Virgen, hijo putativo de José de Nazaret— «deja» este mundo, es al mismo tiempo una nueva manifestación de la eterna paternidad de Dios, el cual se acerca de nuevo en Él a la humanidad, a todo hombre, dándole el tres veces santo «Espíritu de verdad».
Con esta revelación del Padre y con la efusión del Espíritu Santo, que marcan un sello imborrable en el misterio de la Redención, se explica el sentido de la cruz y de la muerte de Cristo. El Dios de la creación se revela como Dios de la redención, como Dios que es fiel a sí mismo, fiel a su amor al hombre y al mundo, ya revelado el día de la creación. El suyo es amor que no retrocede ante nada de lo que en él mismo exige la justicia. Y por esto al Hijo «a quien no conoció el pecado le hizo pecado por nosotros para que en Él fuéramos justicia de Dios». Si «trató como pecado» a Aquel que estaba absolutamente sin pecado alguno, lo hizo para revelar el amor que es siempre más grande que todo lo creado, el amor que es Él mismo, porque «Dios es amor». Y sobre todo el amor es más grande que el pecado, que la debilidad, que la «vanidad de la creación», más fuerte que la muerte; es amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar, siempre dispuesto a ir al encuentro con el hijo pródigo, siempre a la búsqueda de la «manifestación de los hijos de Dios», que están llamados a la gloria. Esta revelación del amor es definida también misericordia, y tal revelación del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo” (RH 9).
“El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo! «Ya no es judío ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe «apropiarse» y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan grande Redentor», si «Dios ha dado a su Hijo», a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga la vida eterna»!
En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este estupor justifica la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá aún más, «en el mundo contemporáneo». Este estupor y al mismo tiempo persuasión y certeza que en su raíz profunda es la certeza de la fe, pero que de modo escondido y misterioso vivifica todo aspecto del humanismo auténtico, está estrechamente vinculado con Cristo. Él determina también su puesto, su —por así decirlo— particular derecho de ciudadanía en la historia del hombre y de la humanidad. La Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado. Por esta razón la Redención se ha cumplido en el misterio pascual que a través de la cruz y la muerte conduce a la resurrección.
El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús. Contemporáneamente, se toca también la más profunda obra del hombre, la esfera —queremos decir— de los corazones humanos, de las conciencias humanas y de las vicisitudes humanas” (RH 10).
“Con la apertura realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia y todos los cristianos han podido alcanzar una conciencia más completa del misterio de Cristo, «misterio escondido desde los siglos» en Dios, para ser revelado en el tiempo: en el Hombre Jesucristo, y para revelarse continuamente, en todos los tiempos. En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia.
Es necesario por tanto que todos nosotros, cuantos somos seguidores de Cristo, nos encontremos y nos unamos en torno a Él mismo. Esta unión, en los diversos sectores de la vida, de la tradición, de las estructuras y disciplinas de cada una de las Iglesias y Comunidades eclesiales, no puede actuarse sin un valioso trabajo que tienda al conocimiento recíproco y a la remoción de los obstáculos en el camino de una perfecta unidad. No obstante podemos y debemos, ya desde ahora, alcanzar y manifestar al mundo nuestra unidad: en el anuncio del misterio de Cristo, en la revelación de la dimensión divina y humana también de la Redención, en la lucha con perseverancia incansable en favor de esta dignidad que todo hombre ha alcanzado y puede alcanzar continuamente en Cristo, que es la dignidad de la gracia de adopción divina y también dignidad de la verdad interior de la humanidad, la cual —si ha alcanzado en la conciencia común del mundo contemporáneo un relieve tan fundamental— sobresale aún más para nosotros a la luz de la realidad que es él: Cristo Jesús.
Jesucristo es principio estable y centro permanente de la misión que Dios mismo ha confiado al hombre. En esta misión debemos participar todos, en ella debemos concentrar todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria más que nunca al hombre de nuestro tiempo. Y si tal misión parece encontrar en nuestra época oposiciones más grandes que en cualquier otro tiempo, tal circunstancia demuestra también que es en nuestra época aún más necesaria y —no obstante las oposiciones— es más esperada que nunca” (RH 11).
Reflexión sobre le texto:
Buscar a Cristo, su
Rostro. Encontrar a Cristo, conocer su Amor. Unirse a Cristo como Él ha querido
unirse a nosotros. He ahí la misión de la Iglesia en la cual nuestro Papa Juan
Pablo II se ha distinguido. ¡Por cuántos lugares del mundo a tiempo y destiempo
ha ido proclamando esta verdad, ha ido invitando a los hombres, sean cristianos o no, a
formularse la pregunta que todos tenemos que contestar: ¿Quién es Cristo para
mí? Ya el Papa en su primer viaje a Hispanoamérica, a Puebla nos había dicho
que la verdad sobre Dios la encontramos en Cristo, pero la verdad sobre el
hombre también la encontramos en Cristo Jesús.
Recordar las enseñanzas
de Juan Pablo II como Vicario de Cristo y Sucesor de San Pedro, hombre guiado
por el Espíritu Santo para nuestros tiempos, es comprometernos con el verdadero
humanismo que es el cristianismo.
Oración Conclusiva:
Oh Dios, Pastor
inmortal de los hombres,
mira con bondad al
pueblo que te implora
y concede a tu
siervo, nuestro Papa Juan Pablo II,
que presidió en
caridad tu Iglesia santa,
alcanzar el premio
del siervo bueno y fiel
junto al pueblo
que le fue confiado.
Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo.
que vive y reina
contigo
en la unidad del
Espíritu Santo
y es Dios por los
siglos de los siglos. Amén.
Segundo Día:
Jesucristo, Sacerdote Santo de la Santa Iglesia, Madre de todos los Santos (El
Papa, alentador de la Santidad de la Iglesia)
Oración introductoria:
(como el primer día)
Texto del Papa:
“«Señor, busco tu
rostro» (Sal 27,8). El antiguo anhelo del Salmista no podía recibir una
respuesta mejor y sorprendente más que en la contemplación del rostro de
Cristo. En él Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho « brillar su
rostro sobre nosotros» (Sal 67,3). Al mismo tiempo, Dios y hombre como
es, Cristo nos revela también el auténtico rostro del hombre, « manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre».
Jesús es el « hombre nuevo» (cfr. Ef
4,24; Col 3,10) que llama a participar de su vida divina a la humanidad
redimida. En el misterio de la Encarnación están las bases para una
antropología que es capaz de ir más allá de sus propios límites y
contradicciones, moviéndose hacia Dios mismo, más aún, hacia la meta de la «
divinización», a través de la incorporación a Cristo del hombre redimido,
admitido a la intimidad de la vida trinitaria. Sobre esta dimensión salvífica
del misterio de la Encarnación los Padres han insistido mucho: sólo porque el
Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el hombre puede, en él y por medio
de él, llegar a ser realmente hijo de Dios” (NMI 23).
“La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a
acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la
hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser
humano ha de postrarse en adoración. Pasa ante nuestra mirada la intensidad de
la escena de la agonía en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado por la
previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual
y tierna expresión de confianza: «¡Abbá, Padre!». Le pide que aleje de él, si
es posible, la copa del sufrimiento (cf. Mc 14,36). Pero el Padre parece
que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del
Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso
del « rostro » del pecado. «Quien no conoció pecado, se hizo pecado por
nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él » (2 Cor
5,21).
Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la
aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente
desesperado, que Jesús da en la cruz: « "Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?"
—que quiere decir— "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?"
» (Mc 15,34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad
más densa? En realidad, el angustioso « por qué» dirigido al Padre con las
palabras iniciales del Salmo 22, aun conservando todo el realismo de un
dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda la oración en la que el
Salmista presenta unidos, en un conjunto conmovedor de sentimientos, el
sufrimiento y la confianza. En efecto, continúa el Salmo: « En ti esperaron
nuestros padres, esperaron y tú los liberaste... ¡No andes lejos de mí, que la
angustia está cerca, no hay para mí socorro! » (Salmo 21, 5 y 12)” (NMI 25).
“Ante este misterio, además de la investigación
teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la
« teología vivida » de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones
preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto
gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu
Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los
terribles estados de prueba que la tradición mística describe como « noche
oscura ». Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia
de Jesús en la cruz en la paradójica confluencia de felicidad y dolor. En
el Diálogo de la Divina Providencia Dios Padre muestra a Catalina de
Siena cómo en las almas santas puede estar presente la alegría junto con el
sufrimiento: « Y el alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del
prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en sí
misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando
en la cruz estaba feliz y doliente ».13 Del mismo modo Teresa de
Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma
precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: « Nuestro Señor en
el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin
embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de
lo que pruebo yo misma, comprendo algo ».14 Es un testimonio muy
claro. Por otra parte, la misma narración de los evangelistas da lugar a esta
percepción eclesial de la conciencia de Cristo cuando recuerda que, aun en su
profundo dolor, él muere implorando el perdón para sus verdugos (cfr. Lc
23,34) y expresando al Padre su extremo abandono filial: « Padre, en tus manos
pongo mi espíritu » (Lc 23,46)” (NMI 27)
“En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva
en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. ¿Acaso
no era éste el sentido último de la indulgencia jubilar, como gracia especial
ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera purificarse y
renovarse profundamente?
Espero que, entre quienes han participado en el
Jubileo, hayan sido muchos los beneficiados con esta gracia, plenamente
conscientes de su carácter exigente. Terminado el Jubileo, empieza de nuevo el
camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una
urgencia pastoral.
Conviene además
descubrir en todo su valor programático el capítulo V de la Constitución
dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, dedicado a la «vocación
universal a la santidad». Si los Padres conciliares concedieron tanto relieve a
esta temática no fue para dar una especie de toque espiritual a la
eclesiología, sino más bien para poner de relieve una dinámica intrínseca y
determinante. Descubrir a la Iglesia como « misterio », es decir, como pueblo «
congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo », llevaba a
descubrir también su « santidad », entendida en su sentido fundamental de
pertenecer a Aquél que por excelencia es el Santo, el « tres veces Santo »
(cfr. Is 6,3). Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su
rostro de Esposa de Cristo, por la cual él se entregó, precisamente para
santificarla (cfr. Ef 5,25-26). Este don de santidad, por así decir,
objetiva, se da a cada bautizado.
Pero el don se
plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: «
Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4,3). Es un
compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: « Todos los cristianos, de
cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana
y a la perfección del amor».
Recordar esta
verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que
nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento,
algo poco práctico. ¿Acaso se puede « programar» la santidad? ¿Qué puede
significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?
En realidad,
poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena
de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es
una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en
Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con
una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad
superficial. Preguntar a un catecúmeno, « ¿quieres recibir el Bautismo? »,
significa al mismo tiempo preguntarle, « ¿quieres ser santo? » Significa
ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: « Sed perfectos como es perfecto
vuestro Padre celestial » (Mt 5,48).
Como el Concilio
mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si
implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «
genios » de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a
la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y
canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos
que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el
momento de proponer de nuevo a todos con convicción este « alto grado » de
la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de
las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que
los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la
santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de
cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con
las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes
ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia” (NMI 30,
31).
“Para esta
pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo
en el arte de la oración. El Año jubilar ha sido un año de oración
personal y comunitaria más intensa. Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo
que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de
nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros
discípulos: « Señor, enséñanos a orar » (Lc 11,1). En la plegaria se
desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: «
Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15,4). Esta reciprocidad es
el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda
vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre,
por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta
lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en
la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial,17 pero también de
la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital, que
no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las
fuentes y se regenera en ellas.
¿No es acaso un « signo de los tiempos » el que hoy, a
pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa
exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente
en una renovada necesidad de orar? También las otras religiones, ya
presentes extensamente en los territorios de antigua cristianización, ofrecen
sus propias respuestas a esta necesidad, y lo hacen a veces de manera
atractiva. Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del
Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado de interiorización nos
puede llevar la relación con él.
Sí, queridos
hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas
« escuelas de oración », donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente
en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración,
contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el « arrebato del corazón. Una
oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia:
abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y
nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios” (NMI 32 y
33)
Reflexión sobre le texto:
Ningún otro Papa
ha realizado tantas canonizaciones y beatificaciones como Juan Pablo II (cerca
de 1,800 nuevos beatos y santos, entre ellos a un laico puertorriqueño). ¿Por
qué este afán tan pronunciado en nuestro Sumo Pontífice? Porque la misión
fundamental de la Iglesia es santificar a los seres humanos, liberarlos del
pecado y configurarlos con Cristo Jesús. La IV Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo en el 1992 así nos lo volvió a
recordar en los números 31 al 53.
Recordar la
memoria y las enseñanzas, muy vigentes todavía, del gran Juan Pablo II es
comprometernos a favorecer los medios para nuestra personal santificación y la
santificación de nuestra familia, de nuestra parroquia, de nuestro vecindario,
de nuestra Diócesis y de la Iglesia y del mundo entero.
Oración Conclusiva:
(como el primer
día)
Tercer Día:
Jesucristo, Pastor del Único Rebaño (El Papa, Promotor de la Unidad y de la
Comunión en la Iglesia)
Oración introductoria:
(como el primer
día)
Texto del Papa:
“Hacer de la
Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que
tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al
designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo.
¿Qué significa
todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida
operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes
de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad
de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares
donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del
altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen
las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante
todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que
habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los
hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa,
además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo
místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus
alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus
necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de
la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el
otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además
de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin,
espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio» al hermano, llevando
mutuamente la carga de los otros (Cfr. Ga 6,2) y rechazando las
tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad,
ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin
este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la
comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus
modos de expresión y crecimiento” (NMI 43).
“¿Y qué decir,
además, de la urgencia de promover la comunión en el delicado ámbito del campo
ecuménico? La triste herencia del pasado nos afecta todavía al cruzar el
umbral del nuevo milenio. La celebración jubilar ha incluido algún signo
verdaderamente profético y conmovedor, pero queda aún mucho camino por hacer.
En realidad, al hacernos
poner la mirada en Cristo, el Gran Jubileo ha hecho tomar una conciencia más
viva de la Iglesia como misterio de unidad. «Creo en la Iglesia, que es una»:
esto que manifestamos en la profesión de fe tiene su fundamento último en
Cristo, en el cual la Iglesia no está dividida (1 Co 1,11-13). Como
Cuerpo suyo, en la unidad obtenida por los dones del Espíritu, es indivisible.
La realidad de la división se produce en el ámbito de la historia, en las
relaciones entre los hijos de la Iglesia, como consecuencia de la fragilidad
humana para acoger el don que fluye continuamente del Cristo-Cabeza en el
Cuerpo místico. La oración de Jesús en el cenáculo —« como tú, Padre, en mí y
yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros » (Jn 17, 21)— es a la
vez revelación e invocación. Nos revela la unidad de Cristo con
el Padre como el lugar de donde nace la unidad de la Iglesia y como don perenne
que, en él, recibirá misteriosamente hasta el fin de los tiempos. Esta unidad
que se realiza concretamente en la Iglesia católica, a pesar de los límites
propios de lo humano, emerge también de manera diversa en tantos elementos de
santificación y de verdad que existen dentro de las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales; dichos elementos, en cuanto dones propios de la Iglesia
de Cristo, les empujan sin cesar hacia la unidad plena.
La oración de
Cristo nos recuerda que este don ha de ser acogido y desarrollado de manera
cada vez más profunda. La invocación « ut unum sint » es, a la vez,
imperativo que nos obliga, fuerza que nos sostiene y saludable reproche por
nuestra desidia y estrechez de corazón. La confianza de poder alcanzar, incluso
en la historia, la comunión plena y visible de todos los cristianos se apoya en
la plegaria de Jesús, no en nuestras capacidades.
En esta perspectiva de renovado camino post jubilar,
miro con gran esperanza a las Iglesias de Oriente, deseando que se
recupere plenamente ese intercambio de dones que ha enriquecido la Iglesia del
primer milenio. El recuerdo del tiempo en que la Iglesia respiraba con « dos
pulmones» ha de impulsar a los cristianos de oriente y occidente a caminar
juntos, en la unidad de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias,
acogiéndose y apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo.
Con análogo esmero se ha de cultivar el diálogo
ecuménico con los hermanos y hermanas de la Comunión anglicana y de las Comunidades
eclesiales nacidas de la Reforma. La confrontación teológica sobre puntos
esenciales de la fe y de la moral cristiana, la colaboración en la caridad y,
sobre todo, el gran ecumenismo de la santidad, con la ayuda de Dios, producirán
sus frutos en el futuro” (NMI 48).
Reflexión sobre le texto:
Una
de las grandes esperanzas del Concilio era promover el ecumenismo, la
reconciliación entre todos los bautizados para que todos pudieran reconocer a
un mismo Pastor y pertenecer a un mismo rebaño (Cfr. Jn 17, 21).
Juan Pablo II ha sido un
extraordinario promotor del ecumenismo. Desde su primera Encíclica quiso
abordar el tema del Ecumenismo (RH 6).
Él venía de un país que es frontera con el mundo ortodoxo. La mayor parte de
los eslavos, es decir, del grupo lingüístico y étnico al que él pertenece, son
Ortodoxos. Hizo todo lo que estaba a su alcance para que Europa respire con sus
dos pulmones, el Occidental y el Oriental. Lo vió como necesario para
enriquecer el Occidente paganizado con la espiritualidad oriental. Sus
Encíclicas sobre el Espíritu Santo (Dominum et Vivificantem del 18 de mayo del
1986), sobre los Patronos eslavos de Europa (Slavorum Apostoli del 2 de junio
de 1985 y sobre todo en su Encíclica Ut
unum sint (del 25 de marzo de
1993) manifiestan esta prioridad pastoral ecuménica. También abrió las puertas del Papado a un estudio sobre la función
del Romano Pontífice en la Iglesia contemporánea. Todos estos gestos son
muestras de ese tirar puentes que es tan propio de alguien que tiene como
oficio ser el Sumo hacedor de puentes (Pontífice). Sus esfuerzos por tirar
puentes y estrechar diálogos fructíferos con las distintas iglesias y comuniones
eclesiales desgraciadamente ha dado un fruto muy inferior al que Su Santidad
esperaba.
Sus esfuerzos a favor del
entendimiento mutuo no se ha limitado a los bautizados que se profesan
cristianos. También entre los líderes religiosos ha visto la necesidad de
manifestarse uno con ellos. Recordemos los grandes encuentros por la paz y la
oración tenidos en Asís y en algunos de sus viajes apostólicos.
No podemos recordar el legado de
Juan Pablo II sin comprometernos con la oración, la acción conjunta, el diálogo
y esfuerzo de entendimiento y reconciliación entre los hermanos de la misma fe
cristiana y con todos los hombres de buena voluntad.
Oración Conclusiva:
(como
el primer día)
Cuarto Día:
Jesucristo, Siervo Doliente de Dios a favor de toda la humanidad (El Papa,
Siervo de los Siervos de Dios)
Oración introductoria:
(como el primer
día)
Texto del Papa:
“Esta (Encíclica sobre el Ecumenismo) es
un preciso deber del Obispo de Roma como sucesor del apóstol Pedro. Yo lo llevo
a cabo con la profunda convicción de obedecer al Señor y con plena conciencia
de mi fragilidad humana. En efecto, si Cristo mismo confió a Pedro esta misión
especial en la Iglesia y le encomendó confirmar a los hermanos, al mismo tiempo
le hizo conocer su debilidad humana y su particular necesidad de conversión: «
Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos » (Lc 22, 32). Precisamente en la debilidad humana de Pedro se
manifiesta plenamente cómo el Papa, para cumplir este especial ministerio en la
Iglesia, depende totalmente de la gracia y de la oración del Señor: « Yo he
rogado por ti, para que tu fe no desfallezca » (Lc 22, 32). La conversión de Pedro y de sus sucesores se apoya en
la oración misma del Redentor, en la cual la Iglesia participa constantemente.
En nuestra época ecuménica, marcada por el Concilio Vaticano II, la misión del
Obispo de Roma trata particularmente de recordar la exigencia de la plena
comunión de los discípulos de Cristo.
El Obispo de Roma en primera persona debe hacer propia con fervor la oración de Cristo por la conversión, que es indispensable a « Pedro » para poder servir a los hermanos. Pido encarecidamente que participen de esta oración los fieles de la Iglesia católica y todos los cristianos. Junto conmigo, rueguen todos por esta conversión”(UUS 4)
“Entre todas las Iglesias y
Comunidades eclesiales, la Iglesia católica es consciente de haber conservado
el ministerio del Sucesor del apóstol Pedro, el Obispo de Roma, que Dios ha
constituido como « principio y fundamento perpetuo y visible de unidad», y que
el Espíritu sostiene para que haga partícipes de este bien esencial a todas las
demás. Según la hermosa expresión del Papa Gregorio Magno, mi ministerio es el
del servus servorum Dei. Esta
definición preserva de la mejor manera el riesgo de separar la potestad (y en
particular el primado) del ministerio, lo cual estaría en contradicción con el
significado de potestad según el Evangelio: « Yo estoy en medio de vosotros
como el que sirve » (Lc 22, 27), dice
nuestro Señor Jesucristo, Cabeza de la Iglesia. Por otra parte, como tuve la
oportunidad de afirmar con ocasión del importante encuentro con el Consejo
Ecuménico de las Iglesias en Ginebra, el 12 de junio de 1984, el convencimiento
de la Iglesia católica de haber conservado, en fidelidad a la tradición
apostólica y a la fe de los Padres, en el ministerio del Obispo de Roma, el
signo visible y la garantía de la unidad, constituye una dificultad para la
mayoría de los demás cristianos, cuya memoria está marcada por ciertos
recuerdos dolorosos. Por aquello de lo que somos responsables, con mi
Predecesor Pablo VI imploro perdón”(UUS 88).
“Refiriéndose a la triple
profesión de amor de Pedro, que corresponde a la triple traición, su sucesor
sabe que debe ser signo de misericordia. El suyo es un ministerio de
misericordia nacido de un acto de misericordia de Cristo. Toda esta lección del
Evangelio ha de ser releída continuamente, para que el ejercicio del ministerio
petrino no pierda su autenticidad y transparencia.
La Iglesia de Dios está llamada por Cristo a manifestar a
un mundo esclavo de sus culpabilidades y de sus torcidos propósitos que, a
pesar de todo, Dios puede, en su misericordia, convertir los corazones a la
unidad, haciéndoles acceder a su comunión.
Este servicio a la unidad, basado en
la obra de la divina misericordia, es confiado, dentro mismo del colegio de los
Obispos a uno de aquéllos que han recibido del Espíritu el encargo, no de
ejercer el poder sobre el pueblo —como hacen los jefes de las naciones y los
poderosos (Cfr. Mt 20, 25; Mc 10,42)—, sino de guiarlo para que
pueda encaminarse hacia pastos tranquilos. Este encargo puede exigir el ofrecer
la propia vida (Cfr. Jn 10, 11-18).
Después de haber mostrado que Cristo es « el único Pastor, en el que todos los
pastores son uno », san Agustín concluye: « Que todos se identifiquen con el
único Pastor y hagan oír la única voz del Pastor, para que la oigan las ovejas
y sigan al único Pastor, y no a éste o a aquél, sino al único y que todos en él
hagan oír la misma voz, y que no tengan cada uno su propia voz 4 Que las ovejas
oigan esta voz, limpia de toda división y purificada de toda herejía ». La
misión del Obispo de Roma en el grupo de todos los Pastores consiste
precisamente en « vigilar » (episkopein)
como un centinela, de modo que, gracias a los Pastores, se escuche en todas las
Iglesias particulares la verdadera voz de Cristo-Pastor. Así, en cada una de
estas Iglesias particulares confiadas a ellos se realiza la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
Todas las Iglesias están en comunión plena y visible porque todos los Pastores
están en comunión con Pedro, y así en la unidad de Cristo.
El Obispo de Roma,
con el poder y la autoridad sin los cuales esta función sería ilusoria, debe
asegurar la comunión de todas las Iglesias. Por esta razón, es el primero entre
los servidores de la unidad. Este primado se ejerce en varios niveles, que se
refieren a la vigilancia sobre la transmisión de la Palabra, la celebración
sacramental y litúrgica, la misión, la disciplina y la vida cristiana. Corresponde
al Sucesor de Pedro recordar las exigencias del bien común de la Iglesia, si
alguien estuviera tentado de olvidarlo en función de sus propios intereses.
Tiene el deber de advertir, poner en guardia, declarar a veces inconciliable
con la unidad de fe esta o aquella opinión que se difunde. Cuando las
circunstancias lo exigen, habla en nombre de todos los Pastores en comunión con
él. Puede incluso —en condiciones bien precisas, señaladas por el Concilio
Vaticano I— declarar ex cathedra que
una doctrina pertenece al depósito de la fe. Testimoniando así la verdad, sirve
a la unidad.
Todo esto, sin embargo, se debe realizar siempre en la comunión. Cuando la Iglesia católica afirma que la función del Obispo de Roma responde a la voluntad de Cristo, no separa esta función de la misión confiada a todos los Obispos, también ellos « vicarios y legados de Cristo ». El Obispo de Roma pertenece a su « colegio » y ellos son sus hermanos en el ministerio.
Lo que afecta a la
unidad de todas las Comunidades cristianas forma parte obviamente del ámbito de
preocupaciones del primado. Como Obispo de Roma soy consciente, y lo he
reafirmado en esta Carta encíclica, que la comunión plena y visible de todas
las Comunidades, en las que gracias a la fidelidad de Dios habita su Espíritu,
es el deseo ardiente de Cristo. Estoy convencido de tener al respecto una
responsabilidad particular, sobre todo al constatar la aspiración ecuménica de
la mayor parte de las Comunidades cristianas y al escuchar la petición que se
me dirige de encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de
ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva. Durante
un milenio los cristianos estuvieron unidos « por la comunión fraterna de fe y
vida sacramental, siendo la Sede Romana, con el consentimiento común, la que
moderaba cuando surgían disensiones entre ellas en materia de fe o de
disciplina ».
De este modo el
primado ejercía su función de unidad. Dirigiéndome al Patriarca ecuménico, Su
Santidad Dimitrios I, he afirmado ser consciente de que « por razones muy
diversas, y contra la voluntad de unos y otros, lo que debía ser un servicio
pudo manifestarse bajo una luz bastante distinta. Pero por el deseo de obedecer
verdaderamente a la voluntad de Cristo, me considero llamado, como Obispo de
Roma, a ejercer ese ministerio. Que el Espíritu Santo nos dé su luz e ilumine a
todos los Pastores y teólogos de nuestras Iglesias para que busquemos, por
supuesto juntos, las formas con las que este ministerio pueda realizar un
servicio de fe y de amor reconocido por unos y otros » (UUS 93-95)
Reflexión
sobre le texto:
El gran servicio que nos ha dado el
Santo Padre ha sido su ejemplo y las enseñanzas que lo hacen explícito y
comunicable. Incluso cuando ha tenido que ejercitar su oficio de maestro y ha
tenido que apoyarse en su autoridad magisterial o disciplinar, lo ha hecho con
un compromiso muy sentido de obligación en conciencia ante el encargo recibido
de Cristo. No ha temido las críticas, incomprensiones, acusaciones de
abanderizarse a partidos o estilos “ conservadores”.
En esto el Papa ha sido
un siervo al estilo del Siervo de Yahvé, un Siervo blanco de ataques y de
incomprensiones. Ya Jesús había dicho que los discípulos no serían tratados
mejor que el Maestro. Recordar el legado del Papa y darle gracias a Dios por su
Pontificado es comprometerse lealmente con su preclaro ejemplo de ser
servidores de la verdad que libera, de la verdad sobre el amor y sobre la
dignidad humana vista desde el amoroso plan divino que se llama el Reino de
Dios, un Reino donde reinan los que sirven, a ejemplo de María y de aquel que
siendo todo suyo, ha sido todo de Cristo y de Dios.
Oración Conclusiva:
(como
el primer día)
Quinto Día:
Jesucristo, Verdad Evangelizadora de todos los pueblos, culturas y tiempos (El
Papa, testigo que garantiza la universalidad católica de la Iglesia)
Oración introductoria:
(como el primer
día)
Texto del Papa:
“Esta Conferencia se reúne para celebrar a
Jesucristo, para dar gracias a Dios por su presencia en estas tierras de
América, donde hace ahora 500 años comenzó a difundirse el mensaje de la
salvación; se reúne para celebrar la implantación de la Iglesia, que durante
estos cinco siglos tan abundantes frutos de santidad y amor ha dado en el Nuevo
Mundo.
Jesucristo
es la Verdad eterna que se manifestó en la plenitud de los tiempos. Y
precisamente, para transmitir la Buena Nueva a todos los pueblos, fundó su
Iglesia con la misión específica de evangelizar. «Id por todo el mundo y
proclamad el evangelio a toda creatura» (Mc 16,15). Se puede decir que
en estas palabras está contenida la proclama solemne de la evangelización.
Así pues, desde el día en que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo, la
Iglesia inició la gran tarea de la evangelización. San Pablo lo expresa
en una frase lapidaria y emblemática: «Evangelizare Iesum Christum»,
«anunciar a Jesucristo» (Ga 1,16). Esto es lo que han hecho los
discípulos del Señor, en todos los tiempos y en todas la latitudes del mundo”
(Discurso Inaugural IV Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, 12 de octubre
de 1992, citado como Santo Domingo 92, 2).
“La nueva evangelización es la idea central de toda la
temática de esta Conferencia. Desde mi encuentro en Haití con los Obispos del
CELAM en 1983 he venido poniendo particular énfasis en esta expresión, para
despertar así un nuevo fervor y nuevos afanes evangelizadores en América y en
el mundo entero; esto es, para dar a la acción pastoral "un impulso nuevo,
capaz de crear tiempos nuevos de evangelización, en una Iglesia todavía más
arraigada en la fuerza y en el poder perennes de Pentecostés" (Evangelii
nuntiandi, 2).
La
nueva evangelización no consiste en un "nuevo evangelio", que
surgiría siempre de nosotros mismos, de nuestra cultura, de nuestros análisis
de las necesidades del hombre. Por ello, no sería "evangelio", sino
mera Invención humana, y no habría en él salvación. Tampoco consiste en
recortar del Evangelio todo aquello que parece difícilmente asimilable para la
mentalidad de hoy. No es la cultura la medida del Evangelio, sino Jesucristo la
medida de toda cultura y de toda obra humana. No, la nueva evangelización no
nace del deseo "de agradar a los hombres" o de "buscar su
favor" (Gál 1,10), sino de la responsabilidad para con el don que
Dios nos ha hecho en Cristo, en el que accedemos a la verdad sobre Dios y sobre
el hombre, y a la posibilidad de la vida verdadera.
La
nueva evangelización tiene, como punto de partida, la certeza de que en Cristo
hay una "inescrutable riqueza" (Ef 5,8), que no agota ninguna
cultura, ni ninguna época, y a la cual podemos acudir siempre los hombres para
enriquecernos (cf. Asamblea especial para Europa del
Sínodo de los Obispos, Declaración final, 3). Esa riqueza es, ante todo, Cristo
mismo, su persona, porque Él mismo es nuestra salvación. Los hombres de
cualquier tiempo y de cualquier cultura podemos, acercándonos a Él mediante la
fe y la incorporación a su Cuerpo, que es la Iglesia, hallar respuesta a esas
preguntas, siempre antiguas y siempre nuevas, con las que los hombres
afrontamos el misterio de nuestra existencia, y que llevamos indeleblemente
grabadas en nuestro corazón desde la creación y desde la herida del pecado.
La
novedad no afecta al contenido del mensaje evangélico que es inmutable, pues
Cristo es "el mismo ayer, hoy y siempre". Por esto, el evangelio ha
de ser predicado en plena fidelidad y pureza, tal como ha sido custodiado y
transmitido por la Tradición de la Iglesia. Evangelizar es anunciar a una
persona, que es Cristo. En efecto, no hay evangelización verdadera, mientras no
se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio
de Jesús de Nazareth, Hijo de Dios (Evangelii nuntiandi, 22). Por eso,
las cristologías reductivas, de las que en diversas ocasiones he señalado sus desviaciones
(cf. Discurso Inaugural de la Conferencia de Puebla, 28 de enero 1979,
1,4), no pueden aceptarse como instrumentos de la nueva evangelización. Al
evangelizar, la unidad de la fe de la Iglesia tienen que resplandecer no sólo
en el magisterio auténtico de los Obispos, sino también en el servicio a la
verdad por parte de los pastores de almas, de los teólogos, de los catequistas
y de todos los que están comprometidos en la proclamación y predicación de la
fe” (Santo Domingo 92, 6 y 7).
“Como lo habéis manifestado en los encuentros y
conversaciones que hemos tenido a lo largo de estos años, tanto en Roma como en
mis visitas a vuestras Iglesias particulares, hoy la fe sencilla de vuestros
pueblos sufre el embate de la secularización, con el consiguiente
debilitamiento de los valores religiosos y morales. En los ambientes urbanos
crece una modalidad cultural que, confiando sólo en la ciencia y en los avances
de la técnica, se presenta como hostil a la fe. Se transmiten unos «modelos» de
vida en contraste con los valores del Evangelio. Bajo la presión del secularismo,
se llega a presentar la fe como si fuera una amenaza a la libertad y autonomía
del hombre.
Sin embargo, no podemos olvidar que la historia
reciente ha mostrado que cuando, al amparo de ciertas ideologías, se niegan la
verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, se hace imposible construir una
sociedad de rostro humano. Con la caída de los regímenes del llamado
«socialismo real» en Europa oriental cabe esperar que también en este continente
se saquen las deducciones pertinentes en relación con el valor efímero de tales
ideologías. La crisis del colectivismo marxista no ha tenido sólo raíces
económicas, como he puesto de relieve en la Encíclica Centesimus annus
(n. 41), pues la verdad sobre el hombre está íntima y necesariamente ligada a
la verdad sobre Dios.
La nueva
evangelización ha de dar, pues, una respuesta integral, pronta, ágil, que
fortalezca la fe católica, en sus verdades fundamentales, en sus dimensiones
individuales, familiares y sociales.
A ejemplo del Buen Pastor, habéis de apacentar el
rebaño que os ha sido confiado y defenderlo de los lobos rapaces. Causa de
división y discordia en vuestras comunidades eclesiales son -lo sabéis bien- las
sectas y movimientos «pseudo-espirituales» de que habla el Documento de
Puebla (n. 628), cuya expansión y agresividad urge afrontar” (Santo Domingo,
92, 11 y 12).
“Aunque
el Evangelio no se identifica con ninguna cultura en particular, sí debe
inspirarías, para de esta manera transformarlas desde dentro, enriqueciéndolas
con los valores cristianos que derivan de la fe. En verdad, la evangelización
de las culturas representa la forma más profunda y global de evangelizar a una
sociedad, pues mediante ella el mensaje de Cristo penetra en las conciencias de
las personas y se proyecta en el «ethos» de un pueblo, en sus actitudes
vitales, en sus instituciones y en todas las estructuras (cf. Discurso a los
intelectuales y al mundo universitario, Medellín, 5 de julio 1986, 2).
El
tema «cultura« ha sido objeto de particular estudio y reflexión por parte del
CELAM en los últimos años. También la Iglesia toda dirige su atención a esta
importante materia «ya que la nueva evangelización ha de proyectarse
sobre la cultura "adveniente", sobre todas las culturas, incluidas
las culturas indígenas« (cfr. Angelus, 28 de junio 1992). Anunciar a
Jesucristo en todas las culturas es la preocupación central de la Iglesia y
objeto de su misión. En nuestros días, esto exige, en primer lugar, el
discernimiento de las culturas como realidad humana a evangelizar y,
consiguientemente, la urgencia de un nuevo tipo de colaboración entre todos los
responsables de la obra evangelizadora.
En nuestros días se percibe una crisis cultural de
proporciones insospechadas. Es cierto que el sustrato cultural actual presenta
un buen número de valores positivos, muchos de ellos fruto de la
evangelización; pero, al mismo tiempo, ha eliminado valores religiosos
fundamentales y ha introducido concepciones engañosas que no son aceptables
desde el punto de vista cristiano.
La ausencia de esos valores cristianos fundamentales
en la cultura de la modernidad no solamente ha ofuscado la dimensión de lo
trascendente, abocando a muchas personas hacia el indiferentismo religioso
-también en América Latina-, sino que, a la vez, es causa determinante del
desencanto social en que se ha gestado la crisis de esta cultura. Tras la
autonomía introducida por el racionalismo, hoy se tiende a basar los valores
sobre todo en consensos sociales subjetivos que, no raramente, llevan a
posiciones contrarias incluso a la misma ética natural. Piénsese en el drama
del aborto, los abusos en Ingeniería genética, los atentados a la vida y a la
dignidad de la persona.
Frente
a la pluralidad de opciones que hoy se ofrecen, se requiere una profunda
renovación pastoral mediante el discernimiento evangélico sobre los
valores dominantes, las actitudes, los comportamientos colectivos, que
frecuentemente representan un factor decisivo para optar tanto por el bien como
por el mal. En nuestros días se hace necesario un esfuerzo y un tacto especial
para inculturar el mensaje de Jesús, de tal manera que los valores cristianos
puedan transformar los diversos núcleos culturales, purificándolos, si fuera
necesario, y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana
que renueve, amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes, para
responder así en modo adecuado a los desafíos de nuestro tiempo (cfr. Redemptoris
missio, 52). Uno de estos retos a la evangelización es el de intensificar
el diálogo entre las ciencias y la fe, en orden a crear un verdadero humanismo
cristiano. Se trata de mostrar que la ciencia y la técnica contribuyen a la
civilización y a la humanización del mundo en la medida en que están penetradas
por la sabiduría de Dios. A este propósito, deseo alentar vivamente a las
Universidades y Centros de estudios superiores, especialmente los que dependen
de la Iglesia, a renovar su empeño en el diálogo entre fe y ciencia.
La Iglesia mira con preocupación la fractura existente
entre los valores evangélicos y las culturas modernas, pues éstas corren el
riesgo de encerrarse dentro de sí en una especie de involución agnóstica y sin
referencia a la dimensión moral (cf. Discurso al Pontificio Consejo para la
Cultura, 18 de enero 1983). A este respecto, conservan pleno vigor aquellas
palabras del Papa Pablo VI: «La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda
alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí
que haya que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización
de la cultura, o más exactamente de las culturas. Éstas deben ser regeneradas
por el encuentro con la Buena Nueva» (Evangelii nuntiandi,20).
La
Iglesia, que considera al hombre como su «camino» (cfr. Redemptor hominis,
14), ha de saber dar una respuesta adecuada a la actual crisis de la cultura.
Frente al complejo fenómeno de la modernidad, es necesario dar vida a una
alternativa cultural plenamente cristiana. Si la verdadera cultura es la que
expresa los valores universales de la persona, ¿qué puede proyectar más luz
sobre la realidad del hombre, sobre su dignidad y razón de ser, sobre su
libertad y destino que el Evangelio de Cristo?
En este hito histórico del medio milenio de la
evangelización de vuestros pueblos, os invito pues, queridos Hermanos, a que,
con el ardor de la nueva evangelización, animados por el Espíritu del Señor
Jesús, hagáis presente la Iglesia en la encrucijada cultural de nuestro tiempo,
para impregnar con los valores cristianos las raíces mismas de la cultura
«adveniente» y de todas las culturas ya existentes. A este respecto, particular
atención habréis de prestar a las culturas indígenas y afroamericanas,
asimilando y poniendo de relieve todo lo que en ellas hay de profundamente
humano y humanizante. Su visión de la vida, que reconoce la sacralidad del ser
humano, su profundo respeto a la naturaleza, la humildad, la sencillez, la
solidaridad son valores que han de estimular el esfuerzo por llevar a cabo una
auténtica evangelización inculturada, que sea también promotora de progreso y
conduzca siempre a la «adoración a Dios en espíritu y en verdad» (Jn
4,23). Mas, el reconocimiento de dichos valores no os exime de proclamar en
todo momento que «Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en
condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios« (Redemptoris missio,
5).
«La
evangelización de la cultura es un esfuerzo por comprender las mentalidades y
las actitudes del mundo actual e iluminarías desde el Evangelio. Es la voluntad
de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna« (Discurso
al mundo de la cultura, Lima, 15 de mayo 1988, 5). Pero este esfuerzo de
comprensión e iluminación debe estar siempre acompañado del anuncio de la Buena
Nueva (cfr. Redemptoris missio, 46), de tal manera que la penetración
del Evangelio en las culturas no sea una simple adaptación externa, sino un
«proceso profundo y global que abarque tanto el mensaje cristiano, como la
reflexión y la praxis de la Iglesia» (Ibid., 52), respetando siempre las
características y la integridad de la fe.
Se nos
presenta ahora el reto formidable de la continua inculturación del
evangelio en vuestros pueblos, tema que habréis de abordar con clarividencia y
profundidad durante los próximos días. América Latina, en Santa María de
Guadalupe, ofrece un gran ejemplo de evangelización perfectamente
inculturada. En efecto, en la figura de María -desde el principio de la
cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del evangelio de Jesús- se
encarnaron auténticos valores culturales indígenas. En el rostro mestizo de la
Virgen del Tepeyac se resume el gran principio de la inculturación: la íntima
transformación de los auténticos valores culturales mediante la integración en
el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las varias culturas (cf.
Redemptoris missio, 52) (Santo Domingo 92, 20-24).
Reflexión sobre le texto:
El Papa Wojtyla ha sido un hombre con una sensibilidad
artística, con una amplitud cultural y con una inquietud por todo lo moderno.
Sus intereses se manifiestan en las cartas y mensajes dirigidos a las mujeres,
a los niños, a los jóvenes, a los artistas, a los obreros, a los trabajadores
de distintas profesiones, a los políticos, a los médicos, a los científicos y
no digamos a los sacerdotes y a los religiosos y religiosas. No ha sido
indiferente a nada humano porque ha tenido un universal deseo de comunicarles a
todos la capacidad del amor misericordioso de Dios de hacerse uno con cada uno
de los seres humanos, distintos e irrepetibles, preciosos y amados por sí
mismos.
Pero así como Dios no deja de ser
Dios por hacerse un hombre particular, el Evangelio es católico in ser propiedad de ninguna nación, cultura o
tiempo. Por eso escogió el tema de “Jesucristo, ayer, hoy y siempre” para la
Cuarta Asamblea General del Episcopado
Latinoamericano en Santo Domingo. La Nueva Evangelización que no es sino traer
a Cristo a los hombres y mujeres de hoy y de todos los rincones del mundo,
tiene que elevar y dignificar todo lo bueno de cada pueblo y cultura, encarnándose
en ellos pero a la misma vez que los purifica, eleva y evangeliza.
Agradecer a Dios lo que nos ha dado
en Juan Pablo II, su ejemplo y magisterio, es comprometernos a encarnar el
único y perenne Evangelio de Cristo en la cultura de nuestros ambientes
familiares, sociales, educativos, políticos, en los medios de comunicación
social con una genuina catolicidad que no disminuye el bien propio de ninguna
persona.
Oración Conclusiva:
(como
el primer día)
Sexto Día:
Jesucristo, Misericordia del Padre que derrama su Espíritu Santo para librarnos
del misterio del Mal (El Papa, promotor de la Reconciliación y de la
solidaridad humana y cristiana)
Oración introductoria:
(como el primer día)
Texto del Papa:
“Hablar de RECONCILIACION Y PENITENCIA es, para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, una invitación a volver a encontrar —traducidas al propio lenguaje— las mismas palabras con las que Nuestro Salvador y Maestro Jesucristo quiso inaugurar su predicación: «Convertíos y creed en el Evangelio»(Mc 1,15), esto es, acoged la Buena Nueva del amor, de la adopción como hijos de Dios y, en consecuencia, de la fraternidad.
¿Por qué la Iglesia propone de nuevo este tema, y esta invitación?
El ansia por conocer y comprender mejor al hombre de hoy y al mundo contemporáneo, por descifrar su enigma y por develar su misterio; el deseo de poder discernir los fermentos de bien o de mal que se agitan ya desde hace bastante tiempo; todo esto, lleva a muchos a dirigir a este hombre y a este mundo una mirada interrogante. Es la mirada del historiador y del sociólogo, del filósofo y del teólogo, del psicólogo y del humanista, del poeta y del místico; es sobre todo la mirada preocupada —y a pesar de todo cargada de esperanza— del pastor” (RP 1).
“Indagando sobre los elementos generadores de división, observadores
atentos detectan los más variados: desde la creciente desigualdad entre grupos,
clases sociales y Países, a los antagonismos ideológicos todavía no apagados;
desde la contraposición de intereses económicos, a las polarizaciones
políticas; desde las divergencias tribales a las discriminaciones por motivos
socio-religiosos.
Por lo demás,
algunas realidades que están ante los ojos de todos, vienen a ser como el
rostro lamentable de la división de la que son fruto, a la vez que ponen de
manifiesto su gravedad con irrefutable concreción. Entre tantos otros dolorosos
fenómenos sociales de nuestro tiempo podemos traer a la memoria:
— la conculcación de los
derechos fundamentales de la persona humana; en primer lugar el derecho a la
vida y a una calidad de vida digna; esto es tanto más escandaloso en cuanto
coexiste con una retórica hasta ahora desconocida sobre los mismos derechos;
— las asechanzas y presiones
contra la libertad de los individuos y las colectividades, sin excluir la
tantas veces ofendida y amenazada libertad de abrazar, profesar y practicar la
propia fe;
— las varias formas de
discriminación: racial, cultural, religiosa, etc.;
— la violencia y el
terrorismo;
— el uso de la tortura y de
formas injustas e ilegítimas de represión;
— la acumulación de armas
convencionales o atómicas; la carrera de armamentos, que implica gastos bélicos
que podrían servir para aliviar la pobreza inmerecida de pueblos social y
económicamente deprimidos;
— la distribución inicua de las riquezas del mundo y de los bienes de la civilización que llega a su punto culminante en un tipo de organización social en la que la distancia en las condiciones humanas entre ricos y pobres aumenta cada vez más. La potencia arrolladora de esta división hace del mundo en que vivimos un mundo desgarrado hasta en sus mismos cimientos.
Por otra parte, puesto que la Iglesia —aun sin identificarse con el mundo ni ser del mundo— está inserta en el mundo y se encuentra en diálogo con él, no ha de causar extrañeza si se detectan en el mismo conjunto eclesial repercusiones y signos de esa división que afecta a la sociedad humana. Además de las escisiones ya existentes entre las Comunidades cristianas que la afligen desde hace siglos, en algunos lugares la Iglesia de nuestro tiempo experimenta en su propio seno divisiones entre sus mismos componentes, causadas por la diversidad de puntos de vista y de opciones en campo doctrinal y pastoral. También estas divisiones pueden a veces parecer incurables.
Sin embargo, por muy impresionantes que a primera vista puedan aparecer tales laceraciones, sólo observando en profundidad se logra individuar su raíz: ésta se halla en una herida en lo más íntimo del hombre. Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su propia libertad” (RP 2).
“(T)toda institución u organización dedicada a servir al hombre e interesada en salvarlo en sus dimensiones fundamentales, debe dirigir una mirada penetrante a la reconciliación, para así profundizar su significado y alcance pleno, sacando las consecuencias necesarias en orden a la acción” (RP 4).
“Dios es fiel a su designio eterno incluso cuando el hombre, empujado por el Maligno y arrastrado por su orgullo, abusa de la libertad que le fue dada para amar y buscar el bien generosamente, negándose a obedecer a su Señor y Padre; continúa siéndolo incluso cuando el hombre, en lugar de responder con amor al amor de Dios, se le enfrenta como a un rival, haciéndose ilusiones y presumiendo de sus propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones con Aquel que lo creó. A pesar de esta prevaricación del hombre, Dios permanece fiel al amor. Ciertamente, la narración del paraíso del Edén nos hace meditar sobre las funestas consecuencias del rechazo del Padre, lo cual se traduce en un desorden en el interior del hombre y en la ruptura de la armonía entre hombre y mujer, entre hermano y hermano. También la parábola evangélica de los dos hijos —que de formas diversas se alejan del padre, abriendo un abismo entre ellos— es significativa. El rechazo del amor paterno de Dios y de sus dones de amor está siempre en la raíz de las divisiones de la humanidad.
Pero nosotros sabemos que Dios «rico en misericordia (Ef 2,4) a semejanza del padre de la parábola, no cierra el corazón a ninguno de sus hijos. El los espera, los busca, los encuentra donde el rechazo de la comunión los hace prisioneros del aislamiento y de la división, los llama a reunirse en torno a su mesa en la alegría de la fiesta del perdón y de la reconciliación.
Esta iniciativa de Dios se concreta y manifiesta en el acto redentor de Cristo que se irradia en el mundo mediante el ministerio de la Iglesia.
En efecto, según nuestra fe, el Verbo de Dios se hizo hombre y ha venido a habitar la tierra de los hombres; ha entrado en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí(Cfr. Ef 1,10). El nos ha revelado que Dios es amor y que nos ha dado el «mandamiento nuevo»(Jn 13,34) del amor, comunicándonos al mismo tiempo la certeza de que la vía del amor se abre a todos los hombres, de tal manera que el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal no es vano (Cfr. GS 38). Venciendo con la muerte en la cruz el mal y el poder del pecado con su total obediencia de amor, Él ha traído a todos la salvación y se ha hecho «reconciliación» para todos. En Él Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo” (RP 10).
“Una vez más se ha de proclamar la fe de la Iglesia en el acto redentor de Cristo, en el misterio pascual de su muerte y resurrección, como causa de la reconciliación del hombre en su doble aspecto de liberación del pecado y de comunión de gracia con Dios.
Y precisamente ante el doloroso cuadro de las divisiones y de las dificultades de la reconciliación entre los hombres, invito a mirar hacia el mysterium Crucis como al drama más alto en el que Cristo percibe y sufre hasta el fondo el drama de la división del hombre con respecto a Dios, hasta el punto de gritar con las palabras del Salmista: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46), llevando a cabo, al mismo tiempo, nuestra propia reconciliación.
La mirada fija en el misterio del Gólgota debe hacernos recordar siempre aquella dimensión «vertical» de la división y de la reconciliación en lo que respecta a la relación hombre-Dios, que para la mirada de la fe prevalece siempre sobre la dimensión «horizontal», esto es, sobre la realidad de la división y sobre la necesidad de la reconciliación entre los hombres. Nosotros sabemos, en efecto, que tal reconciliación entre los mismos no es y no puede ser sino el fruto del acto redentor de Cristo, muerto y resucitado para derrotar el reino del pecado, restablecer la alianza con Dios y de este modo derribar el muro de separación (Cfr. Ef 2, 14-16) que el pecado había levantado entre los hombres.
Pero como decía San León Magno hablando de la pasión de Cristo, «todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también en la eficacia de lo que él realiza en el presente».
Experimentamos la reconciliación realizada en su humanidad mediante la eficacia de los sagrados misterios celebrados por su Iglesia, por la que Él se entregó a sí mismo y la ha constituido signo y, al mismo tiempo, instrumento de salvación.
Así lo afirma San Pablo cuando escribe que Dios ha dado a los apóstoles de Cristo una participación en su obra reconciliadora. «Dios —nos dice— ha confiado el misterio de la reconciliación... y la palabra de reconciliación» (2Cor 5,18s)” (RP 7 y 8).
Reflexión sobre le texto:
Para el Papa la Santísima Trinidad no es una verdad
abstracta de la fe transmitida por los Apóstoles a la Iglesia. La Santísima
Trinidad juega un papel decisivo en revelarle al hombre su propia identidad. Es
por ello que sus primeras tres Encíclicas estuvieron dedicadas a cada una de
las Tres Divinas Personas, siendo la Encíclica sobre la Misericordia la
dedicada al Padre. En la preparación para el nuevo Tercer Milenio cristiano
también figuró muy prominentemente una reflexión y ponderación de las Personas
de la Santísima Trinidad. El misterio de Dios Uno en Tres Personas es un
misterio de Amor, de Reconciliación de aquello que nos hace distintos a los
individuos.
El Papa
experimentó en su propia vida y en la vida de su patria el grado destructivo
del poder del mal y sin embargo fue un hombre que predicó la reconciliación
universal en la verdad. Perdonó al que lo trató de asesinar temprano en su
Pontificado. Dialogó con los promotores de sistemas opresivos de gobierno
inspirados en visiones ateas del hombre y de la sociedad para invitarlos a un
verdadero amor al prójimo, no a una masificación anónima socializada de los
problemas humanos. En proclamó que en la Eucaristía hay más bien que todo el
mal del mundo porque en ella está Cristo y Cristo ha vencido el mal y nos
ofrece su Paz, paz con Dios y con el hermano.
Desde su primera
Encíclica abordó el tema tanto del Sacramento de la Reconciliación como el de
la Eucaristía, Sacramento de la comunión reconciliada entre los hombres (Cfr.
RH 20). Pero fue sobre todo en su Encíclica sobre la metodología de la Teología
Moral (Veritatis Splendor, 6 de agosto de 1993) cuando el Papa quiso aclarar
los fundamentos de la misma teología moral y el proceso de iluminar la decisión
de la persona humana cara a Dios. En esto ha sido un Papa que ha entrado en una
reflexión sobre el quehacer teológico en el campo moral como ningún otro
Pontífice precedente. En su testamento pastoral, la Novo Millennio Ineunte, el
Papa vuelve a tocar el tema de la necesidad de la Reconciliación Sacramental en
nuestras vidas (scn 37).
El Papa Juan Pablo II no quiso que se cerrara el
Segundo Milenio sin pedir perdón por lo que los hijos de la Iglesia habían
hecho en dicho milenio contra el mandamiento del amor. Desde muy temprano en su
Pontificado ha querido insistir en la belleza, la necesidad, la urgencia de la
Reconciliación que se derrama en la Iglesia sobre todo a través del Sacramento
de la Confesión. Recordar a Juan Pablo II es tener un deseo grande de tanto los
individuos como las sociedades y estructuras que él crea sean penetrados y
transformados por la misericordia divina.
Oración Conclusiva:
(como el primer día)
Sétimo Día:
Jesucristo, Profeta y conciencia de la humanidad (El Papa, valiente Maestro y
Defensor de la Verdad de la Fe)
Oración introductoria:
(como el primer día)
Texto del Papa:
“Llamados a la salvación mediante la fe en Jesucristo, «luz verdadera que
ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), los
hombres llegan a ser «luz en el Señor» e «hijos de la luz» (Ef 5, 8), y se santifican «obedeciendo a
la verdad» (1 P 1, 22).
Mas esta obediencia
no siempre es fácil. Debido al misterioso pecado del principio, cometido por
instigación de Satanás, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), el hombre es tentado
continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los
ídolos (cf. 1 Ts 1, 9), cambiando «la
verdad de Dios por la mentira» (Rm 1,
25); de esta manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y
debilitada su voluntad para someterse a ella. Y así, abandonándose al
relativismo y al escepticismo (cf. Jn 18,
38), busca una libertad ilusoria fuera de la verdad misma.
Pero las tinieblas
del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de
Dios creador. Por esto, siempre permanece en lo más profundo de su corazón la
nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la plenitud de su
conocimiento. Lo prueba de modo elocuente la incansable búsqueda del hombre en
todo campo o sector. Lo prueba aún más su búsqueda del sentido de la vida. El desarrollo de la ciencia y la técnica
—testimonio espléndido de las capacidades de la inteligencia y de la tenacidad
de los hombres—, no exime a la humanidad de plantearse los interrogantes
religiosos fundamentales, sino que más bien la estimula a afrontar las luchas
más dolorosas y decisivas, como son las del corazón y de la conciencia moral.
Ningún hombre puede eludir las preguntas fundamentales:
¿qué debo hacer?, ¿cómo puedo discernir el bien del mal? La respuesta es
posible sólo gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo más íntimo del
espíritu humano, como dice el salmista: «Muchos dicen: "¿Quién nos hará
ver la dicha?". ¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!» (Sal 4, 7).
La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza
en el rostro de Jesucristo, «imagen de Dios invisible» (Col 1, 15), «resplandor de su gloria» (Hb 1, 3), «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14): él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Por esto la respuesta
decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus interrogantes
religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún, como recuerda el concilio
Vaticano II, la respuesta es la persona misma de Jesucristo: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en
el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura
del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán,
en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»
(GS 22).
Jesucristo, «luz de los pueblos», ilumina el rostro de su
Iglesia, la cual es enviada por él para anunciar el Evangelio a toda criatura
(cfr. Mc 16, 15). Así la Iglesia,
pueblo de Dios en medio de las naciones, mientras mira
atentamente a los nuevos desafíos de la historia y a los esfuerzos que los
hombres realizan en la búsqueda del sentido de la vida, ofrece a todos la
respuesta que brota de la verdad de Jesucristo y de su Evangelio. En la Iglesia
está siempre viva la conciencia de su «deber permanente de escrutar a fondo los
signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de
manera adecuada a cada generación, pueda responder a los permanentes
interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y
sobre la relación mutua entre ambas».
Los pastores de la
Iglesia, en comunión con el Sucesor de Pedro, están siempre cercanos a los
fieles en este esfuerzo, los acompañan y guían con su magisterio, hallando
expresiones siempre nuevas de amor y misericordia para dirigirse no sólo a los
creyentes sino también a todos los hombres de buena voluntad. El concilio
Vaticano II sigue siendo un testimonio privilegiado de esta actitud de la Iglesia que, «experta en humanidad», se pone al servicio de cada hombre
y de todo el mundo” (VS, 1-3).
“Es necesario que el hombre de
hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de él la respuesta sobre lo que
es bueno y lo que es malo. Él es el Maestro, el Resucitado que tiene en sí mismo la
vida y que está siempre presente en su Iglesia y en el mundo. Es él quien
desvela a los fieles el libro de las Escrituras y, revelando plenamente la
voluntad del Padre, enseña la verdad sobre el obrar moral. Fuente y culmen de
la economía de la salvación, Alfa y Omega de la historia humana (cfr. Ap 1, 8; 21, 6; 22, 13), Cristo revela
la condición del hombre y su vocación integral. Por esto, «el hombre que quiere
comprenderse hasta el fondo a sí mismo —y no sólo según pautas y medidas de su
propio ser, que son inmediatas, parciales, a veces superficiales e incluso
aparentes—, debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y
pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por
decirlo así, entrar en él con todo su ser, debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la
Redención para encontrarse a sí mismo. Si se realiza en él este hondo proceso,
entonces da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda
maravilla de sí mismo (RH 10)»” (SV 8)
“La perfección
exige aquella madurez en el darse a sí mismo, a que está llamada la libertad
del hombre. Jesús indica al joven los mandamientos como la primera
condición irrenunciable para conseguir la vida eterna; el abandono de todo lo
que el joven posee y el seguimiento del Señor asumen, en cambio, el carácter de
una propuesta: «Si quieres...». La palabra de Jesús manifiesta la dinámica
particular del crecimiento de la libertad hacia su madurez y, al mismo tiempo, atestigua la relación fundamental de la
libertad con la ley divina. La libertad del hombre y la ley de Dios no se
oponen, sino, al contrario, se reclaman mutuamente. El discípulo de Cristo sabe
que la suya es una vocación a la libertad. «Hermanos, habéis sido llamados a la
libertad» (Ga 5, 13), proclama con
alegría y decisión el apóstol Pablo. Pero, a continuación, precisa: «No toméis
de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor
los unos a los otros» (ib.). La
firmeza con la cual el Apóstol se opone a quien confía la propia justificación
a la Ley, no tiene nada que ver con la «liberación» del hombre con respecto a
los preceptos, los cuales, en verdad, están al servicio del amor: «Pues el que
ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás, y todos los
demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Rm 13, 8-9)” (VS 17).
“El camino y, a la
vez, el contenido de esta perfección consiste en la sequela Christi, en el seguimiento de Jesús, después de haber
renunciado a los propios bienes y a sí mismos. Precisamente ésta es la
conclusión del coloquio de Jesús con el joven: «luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Es una invitación cuya
profundidad maravillosa será entendida plenamente por los discípulos después de
la resurrección de Cristo, cuando el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad completa
(cf. Jn 16, 13).
Es Jesús mismo
quien toma la iniciativa y llama a seguirle. La llamada está dirigida sobre
todo a aquellos a quienes confía una misión particular, empezando por los Doce;
pero también es cierto que la condición de todo creyente es ser discípulo de
Cristo (cf.Hch 6, 1). Por esto, seguir a Cristo es el fundamento esencial y
original de la moral cristiana: como el pueblo de Israel seguía a Dios, que
lo guiaba por el desierto hacia la tierra prometida (cf. Ex 13, 21), así el discípulo debe seguir a Jesús, hacia el cual lo
atrae el mismo Padre (cf. Jn 6, 44).
No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de
cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino,
participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre. El
discípulo de Jesús, siguiendo, mediante la adhesión por la fe, a aquél que es
la Sabiduría encarnada, se hace verdaderamente discípulo de Dios (cf. Jn 6,
45). En efecto, Jesús es la luz del mundo, la luz de la vida (cf. Jn 8, 12); es el pastor que guía y
alimenta a las ovejas (cf. Jn 10,
11-16), es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6), es aquel que lleva hacia el Padre, de tal manera que
verle a él, al Hijo, es ver al Padre (cf. Jn
14, 6-10). Por eso, imitar al Hijo, «imagen de Dios invisible» (Col 1, 15), significa imitar al Padre”
(VS 19)
“Seguir a Cristo no es una imitación
exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser
discípulo de Jesús significa hacerse
conforme a él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la
cruz (cf. Flp 2, 5-8). Mediante la
fe, Cristo habita en el corazón del creyente (cf. Ef 3, 17), el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con
él; lo cual es fruto de la gracia, de
la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros” (VS 21).
“El coloquio de Jesús con el joven rico continúa, en cierto sentido, en cada época de la historia; también hoy. La
pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?»
brota en el corazón de todo hombre, y es siempre y sólo Cristo quien ofrece la
respuesta plena y definitiva. El Maestro que enseña los mandamientos de Dios,
que invita al seguimiento y da la gracia para una vida nueva, está siempre
presente y operante en medio de nosotros, según su promesa: «He aquí que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). La
contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el
cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto el Señor prometió a sus discípulos el
Espíritu Santo, que les «recordaría» y les haría comprender sus mandamientos
(cf. Jn 14, 26), y, al mismo tiempo,
sería el principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3, 5-8; Rm 8, 1-13).
Las prescripciones morales, impartidas por Dios en la
antigua alianza y perfeccionadas en la nueva y eterna en la persona misma del
Hijo de Dios hecho hombre, deben ser custodiadas
fielmente y actualizadas permanentemente en las diferentes culturas a lo
largo de la historia. La tarea de su interpretación ha sido confiada por Jesús
a los Apóstoles y a sus sucesores, con la asistencia especial del Espíritu de
la verdad: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10, 16). Con la luz y la fuerza de este Espíritu, los Apóstoles
cumplieron la misión de predicar el Evangelio y señalar el «camino» del Señor
(cf. Hch 18, 25), enseñando ante todo
el seguimiento y la imitación de Cristo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21). (VS 25).
“Los problemas humanos más debatidos y resueltos de
manera diversa en la reflexión moral contemporánea se relacionan, aunque sea de
modo distinto, con un problema crucial: la libertad
del hombre.
No hay duda de que
hoy día existe una concientización particularmente viva sobre la libertad. «Los
hombres de nuestro tiempo tienen una conciencia cada vez mayor de la dignidad
de la persona humana», como constataba ya la declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la libertad
religiosa (DH 1). De ahí la reivindicación de la posibilidad de que los hombres
«actúen según su propio criterio y hagan uso de una libertad responsable, no
movidos por coacción, sino guiados por la conciencia del deber» (DH 1). En
concreto, el derecho a la libertad religiosa y al respeto de la conciencia en
su camino hacia la verdad es sentido cada vez más como fundamento de los
derechos de la persona, considerados en su conjunto (Cfr. RH 17).
De este modo, el sentido más profundo de la dignidad de
la persona humana y de su unicidad, así como del respeto debido al camino de la
conciencia, es ciertamente una adquisición positiva de la cultura moderna. Esta
percepción, auténtica en sí misma, ha encontrado múltiples expresiones, más o
menos adecuadas, de las cuales algunas, sin embargo, se alejan de la verdad
sobre el hombre como criatura e imagen de Dios y necesitan por tanto ser
corregidas o purificadas a la luz de la fe.
En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha
llegado a exaltar la libertad hasta el
extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. En
esta dirección se orientan las doctrinas que desconocen el sentido de lo
trascendente o las que son explícitamente ateas. Se han atribuido a la
conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio
moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al
presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido
indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho
mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la
necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de
autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una
concepción radicalmente subjetivista del juicio moral.
Como se puede
comprender inmediatamente, no es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad
universal sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado también
inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a ésta ya no se la considera
en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona,
que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada
situación y expresar así un juicio sobre la conducta recta que hay que elegir
aquí y ahora; sino que más bien se está orientado a conceder a la conciencia
del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien
y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visión coincide con una ética
individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de
la verdad de los demás. El individualismo, llevado a sus extremas
consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de naturaleza humana.
Estas diferentes concepciones están en la base de las corrientes de pensamiento que sostienen la antinomia entre ley moral y conciencia, entre naturaleza y libertad (VS 31-32).
“«Maestro bueno, ¿qué he de hacer para
tener en herencia la vida eterna?». La
pregunta moral, a la que responde Cristo, no puede prescindir del problema de la libertad, es más, lo considera
central, porque no existe moral sin libertad: «El hombre puede convertirse
al bien sólo en la libertad» (GS 17). Pero,
¿qué libertad? El Concilio —frente a aquellos contemporáneos nuestros que
«tanto defienden» la libertad y que la «buscan ardientemente», pero que «a
menudo la cultivan de mala manera, como si fuera lícito todo con tal de que
guste, incluso el mal»—, presenta la verdadera
libertad: «La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en
el hombre. Pues quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propia
decisión" (cfr. Si 15, 14), de
modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue
libremente a la plena y feliz perfección» (GS 17). Si existe el derecho de ser
respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la
obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una
vez conocida (DH 2). En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de
los derechos de la conciencia, afirmaba con decisión: «La conciencia tiene unos
derechos porque tiene unos deberes».
Algunas tendencias
de la teología moral actual, bajo el influjo de las corrientes subjetivistas e
individualistas a que acabamos de aludir, interpretan de manera nueva la
relación de la libertad con la ley moral, con la naturaleza humana y con la
conciencia, y proponen criterios innovadores de valoración moral de los actos.
Se trata de tendencias que, aun en su diversidad, coinciden en el hecho de
debilitar o incluso negar la dependencia
de la libertad con respecto a la verdad.
Si queremos hacer un discernimiento crítico de estas
tendencias —capaz de reconocer cuanto hay en ellas de legítimo, útil y valioso
y de indicar, al mismo tiempo, sus ambigüedades, peligros y errores—, debemos
examinarlas teniendo en cuenta que la libertad depende fundamentalmente de la
verdad. Dependencia que ha sido expresada de manera límpida y autorizada por
las palabras de Cristo: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32)” (VS 34)
Reflexión sobre le texto:
En su Encíclica sobre el Esplendor
de la Verdad Juan Pablo II aborda los temas más fundamentales de la crisis de
la autoridad de la Iglesia como maestra de Fe y custodia sobre la verdad del
Hombre a la luz de Cristo. Sin miedo el Papa va al fondo de la cuestión que
contrapone la ley ya la libertad, la conciencia y la autoridad, la verdad y el
amor. Con su gran capacidad de entender el punto de vista contrario al
Evangelio de Cristo actualizado por la Iglesia para el hombre de hoy, explica
las deficiencias del liberalismo, del marxismo, del hedonismo, del
individualismo indiferente y de la crisis moral tan profunda en que se hunden
muchos aspectos de la cultura Occidental.
Honrar al gran Profeta de estos
tiempos de turbulencia moral, al faro de claridad y fidelidad a Cristo,
seguidor no de leyes sino de la Persona de Cristo en fidelidad al Espíritu y a
la Tradición de la Iglesia que interpreta legítimamente en su magisterio el
depósito de la Revelación es adherirnos a su visión plenamente humanística y
divina que en Jesucristo encuentra la respuesta sobre el misterio del hombre.
Oración Conclusiva:
(como el primer
día)
Octavo Día: Jesucristo, Hijo de la Virgen María, Madre espiritual de todos (El
Papa, defensor de la Familia, de la Mujer y de los Pobres)
Oración introductoria:
(como el primer día)
Textos del Papa:
“La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido, quizá como ninguna
otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y
rápidas de la sociedad y de la cultura. Muchas familias viven esta situación
permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la
institución familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su
cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado
último y a la verdad de la vida conyugal y familiar. Otras, en fin, a causa de
diferentes situaciones de injusticia, se ven impedidas para realizar sus
derechos fundamentales.
La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la
familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere
hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor
del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que,
en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad, y a todo aquel
que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto
familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a
los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los
destinos del matrimonio y de la familia (Cfr. GS 52).
De manera especial, se dirige a los jóvenes que están
para emprender su camino hacia el matrimonio y la familia, con el fin de
abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de
la vocación al amor y al servicio de la vida.” (FC 1)
“La Iglesia, iluminada por la fe, que le da a conocer
toda la verdad acerca del bien precioso del matrimonio y de la familia y acerca
de sus significados más profundos, siente, una vez más, el deber de anunciar el
Evangelio, esto es, la 'buena nueva', a todos indistintamente, en particular a
aquellos que son llamados al matrimonio y se preparan para él, a todos los
esposos y padres del mundo.
Está íntimamente convencida de que sólo con la
aceptación del Evangelio se realiza de manera plena toda esperanza puesta
legítimamente en el matrimonio y en la familia.
Queridos por Dios con la misma creación [Cfr. Gen 1-2], matrimonio y familia están
internamente ordenados a realizarse en Cristo [Cfr. Ef 5] y tienen necesidad de su gracia para ser curados de las
heridas del pecado [Cfr. GS 47] y
ser devueltos 'a su principio' [Cfr. Mt
19, 4], es decir, al conocimiento pleno y a la realización integral del
designio de Dios.
En un momento histórico en
que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o
deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma
está profundamente vinculado al bien de la familia [Cfr. GS 47], siente de
manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios
sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena vitalidad, así como su
promoción humana y cristiana, contribuyendo de este modo a la renovación de la
sociedad y del mismo Pueblo de Dios” (FC 3).
“Dios ha creado el hombre a su imagen y semejanza [Cfr. Gen 1, 26 ss.]; llamándolo la existencia por amor, lo ha llamado, al mismo tiempo, al amor.
Dios es amor [1 Jn 4, 8], y vive en Sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y, consiguientemente, la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión [GS 12]. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano, y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el matrimonio y la virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una realización concreta de la verdad más profunda del hombre, de su 'ser imagen de Dios'.
En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se donan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte” (FC 11).
Que la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de la 'Iglesia doméstica', y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una 'pequeña Iglesia', en la que se refleje y reviva el misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a los pies de la cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de sus familias” (FC 86).
“El Concilio Vaticano II, presentando a María en el misterio de Cristo, encuentra también, de este modo el camino para profundizar en el conocimiento del misterio de la Iglesia. En efecto, María, como Madre de Cristo, está unida de modo particular a la Iglesia, 'que el Señor constituyó como su Cuerpo' [Lumen gentium, 52.]. El texto conciliar acerca significativamente esta verdad sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo (según la enseñanza de las Cartas paulinas) a la verdad de que el Hijo de Dios 'por obra del Espíritu Santo nació de María Virgen'. La realidad de la Encarnación encuentra casi su prolongación en el misterio de la Iglesia-cuerpo de Cristo. Y no puede pensarse en la realidad misma de la Encarnación sin hacer referencia a María, Madre del Verbo encarnado.
En las presentes reflexiones, sin embargo, quiero hacer referencia sobre todo a aquella 'peregrinación de la fe', en la que 'la Santísima Virgen avanzó', manteniendo fielmente su unión con Cristo [Cfr. ibid. 58.]. De esta manera aquel doble vínculo, que une la Madre de Dios a Cristo y a la Iglesia, adquiere un significado histórico. No se trata aquí sólo de la historia de la Virgen Madre, de su personal camino de fe y de la 'parte mejor' que ella tiene en el misterio de la salvación, sino además de la historia de todo el Pueblo de Dios, de todos los que toman parte en la misma peregrinación de la fe.
Esto lo expresa el Concilio constatando en otro pasaje que María 'precedió', convirtiéndose en 'tipo de la Iglesia… en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo' [Ibid. 63]. Este 'preceder' suyo como tipo, o modelo, se refiere al mismo misterio íntimo de la Iglesia, la cual realiza su misión salvífica uniendo en sí ‑como María‑ las cualidades de madre y virgen. Es virgen que 'guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo' y que 'se hace también madre… pues… engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios' [Cfr. Lumen gentium, 64.]” (RM 5).
“Si por medio de la fe María se ha convertido en la Madre del Hijo que le ha sido dado por el Padre con el poder del Espíritu Santo, conservando íntegra su virginidad en la misma fe ha descubierto y acogido la otra dimensión de la maternidad, revelada por Jesús durante su misión mesiánica. Se puede afirmar que esta dimensión de la maternidad pertenece a María desde el comienzo, o sea desde el momento de la concepción y del nacimiento del Hijo. Desde entonces era 'la que ha creído'. A medida que se esclarecía ante sus ojos y ante su espíritu la misión del Hijo, ella misma como Madre se abría cada vez más a aquella novedad de la maternidad, que debía constituir su 'papel' junto al Hijo. ¿No había dicho desde el comienzo: 'He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra'? (Lc 1, 38). Por medio de la fe, María seguía oyendo y meditando aquella palabra, en la que se hacía cada vez más transparente, de un modo 'que excede todo conocimiento' (Ef 3, 19), la autorrevelación del Dios viviente. María madre se convertía así, en cierto sentido, en la primera discípula, de su Hijo, la primera a la cual parecía decir: 'Sígueme', aun antes de dirigir esa llamada a los apóstoles o a cualquier otra persona (Cfr. Jn 1, 43)” (RM 20)
“En Caná de Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca importancia ('No tienen vino'). Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone 'en medio', o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede ‑más bien 'tiene el derecho de'‑ hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión: María 'intercede' por los hombres. No sólo como Madre desea también que se manifieste el poder mesiánico del Hijo, es decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa sobre su vida. Precisamente como había predicho del Mesías el Profeta Isaías en el conocido texto, al que Jesús se ha referido ante sus conciudadanos de Nazaret: 'Para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos…' (Cfr. Lc 4, 18).
Otro elemento esencial de esta función materna de María se encuentra en las palabras dirigidas a los criados: 'Haced lo que él os diga'. La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías. En Caná, merced a la intercesión de María y a la obediencia de los criados, Jesús da comienzo a 'su hora'. En Caná, María aparece como la que cree en Jesús; su fe provoca la primera 'señal' y contribuye a suscitar la fe de los discípulos” (RM 21).
“Es esencial a la maternidad la referencia a la persona. La maternidad determina siempre una relación única e irrepetible entre dos personas: la de la madre con el hijo y la del hijo con la madre. Aun cuando una misma mujer sea madre de muchos hijos, su relación personal con cada uno de ellos caracteriza la maternidad en su misma esencia. En efecto, cada hijo es engendrado de un modo único e irrepetible, y esto vale tanto para la madre como para el hijo. Cada hijo es rodeado del mismo modo por aquel amor materno, sobre el que se basa su formación y maduración en la humanidad.
Esta relación filial, esta entrega de un hijo a la Madre, no solo tiene su comienzo en Cristo, sino que se puede decir que definitivamente se orienta hacia EL Se puede afirmar que María sigue repitiendo a todos las mismas palabras que dijo en Caná de Galilea: 'Haced lo que él os diga'. En efecto es El, Cristo, el único mediador entre Dios y los hombres, es El 'el Camino, la Verdad y la Vida' (Jn 4,6), es El a quien el Padre ha dado al mundo, para que el hombre 'no perezca, sino que tenga vida eterna' (Jn 3,16). La virgen de Nazaret se ha convertido en la primera 'testigo' de este amor salvífico del Padre y desea permanecer también su humilde esclava siempre y por todas partes. Para todo cristiano y todo hombre, María es la primera que 'ha creído', y precisamente con esta fe suya de esposa y de madre quiere actuar sobre todos los que se entregan a ella como hijos. Y es sabido que cuanto más perseveran los hijos en esta actitud y avanzan en la misma, tanto más María les acerca a la 'inescrutable riqueza de Cristo' (Ef 3, 8). E igualmente ellos reconocen cada vez mejor la dignidad del hombre en toda su plenitud, y el sentido definitivo de su vocación, porque 'Cristo… manifiesta plenamente el hombre al propio hombre' [Gaudium et spes 22].
Esta dimensión mariana en la vida cristiana adquiere un acento peculiar respecto a la mujer y a su condición. En efecto, la feminidad tiene una relación singular con la Madre del Redentor, tema que podrá profundizarse en otro lugar. Aquí sólo deseo poner de relieve que la figura de María de Nazaret proyecta luz sobre la mujer en cuanto tal por el mismo hecho de que Dios, en el sublime acontecimiento de la encarnación del Hijo, se ha entregado al ministerio libre y activo de una mujer. Por lo tanto, se puede afirmar que la mujer, al mirar a María, encuentra en ella el secreto para vivir dignamente su feminidad y para llevar a cabo su verdadera promoción. A la luz de María, la Iglesia lee en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza, que es espejo de los más altos sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación total del amor, la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores, la fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo” (RM 45,46).
Reflexión sobre le texto:
El Papa Juan Pablo II en su escudo
escogió hacer suyas la frase de San Luis María Grignion de Montfort sobre la
verdadera devoción a la Virgen María: “Soy todo tuyo” (Totus Tuus). En toda su
vida y en toda su doctrina era palpable la presencia singular, especial,
profunda de Santa María. Entre las frases del magisterio Pontificio más
radicales y atrevidas de Juan Pablo II están aquellas que nos hablan sobre la
relación de la Virgen con cada ser humano como su Madre, de su relación con
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y con la Eucaristía, de su misión en la vida
espiritual de cada cristiano. Lo que Dios hizo en ella, quiere hacer en cada
uno de nosotros, ella es modelo de la unión nupcial que Dios quiere tener con
todos los seres humanos (Cfr. Audiencias generales del 18 de abril y del 2 de
mayo de 1990).
Recordar y honrar la memoria de Juan
Pablo II pide que recibamos, como San Juan al pie de la Cruz, a la Virgen como
Madre nuestra, que la admitamos en nuestra vida interior como algo nuestro, muy
nuestro y que la imitemos en sus virtudes, sobre todo en su peregrinación de Fe
como socia generosa del Redentor y de su caridad ardiente ante toda miseria
humana. Nuestra visión de la mujer, de la madre, de la virgen y de la vocación
esponsal de cada alma para con Dios quedará sólidamente anclada en la Madre de
Dios y madre de la Iglesia y nuestra.
Oración Conclusiva:
(como el primer
día)
Noveno Día: Jesucristo, defensor y promotor de la Vida y Dignidad de todos los
seres humanos (El Papa, promotor de la justicia para todos)
Oración introductoria:
(como el primer día)
Texto del Papa:
“El
Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor
cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena
noticia a los hombres de todas las épocas y culturas. En la aurora de la
salvación, el nacimiento de un niño es proclamado como gozosa noticia: « Os
anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en
la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor » (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente esta «
gran alegría »; pero la Navidad pone también de manifiesto el sentido profundo
de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento
y realización de la alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16, 21).
Presentando el núcleo central de su misión redentora,
Jesús dice: « Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida «
nueva » y « eterna », que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo
hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu
Santificador. Pero es precisamente en esa « vida » donde encuentran pleno
significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.
El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más
allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la
participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación
sobrenatural manifiesta la grandeza y
el valor de la vida humana incluso en
su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento
inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un
proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y
renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena realización en la
eternidad (cfr. 1 Jn 3, 1-2). Al
mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de la vida terrena del
hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad « última », sino «
penúltima »; es realidad sagrada, que
se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la
llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los
hermanos.
La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido de su Señor, tiene un eco profundo y
persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e incluso no creyente,
porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo
sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre
dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo
secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su
corazón (cfr. Rm 2, 14-15) el valor
sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el
derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo.
En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la
misma comunidad política.
Los creyentes en Cristo deben, de modo particular,
defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad
recordada por el Concilio Vaticano II: « El Hijo de Dios, con su encarnación,
se ha unido, en cierto modo, con todo hombre » (GS 22). En efecto, en este
acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de
Dios que « tanto amó al mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16), sino también el valor
incomparable de cada persona humana.
La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la
Redención, descubre con renovado asombro este valor (Cfr. RH 10) y se siente
llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos este «evangelio», fuente
de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría para cada época de la
historia. El Evangelio del amor de Dios
al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son
un único e indivisible Evangelio.
Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el
camino primero y fundamental de la Iglesia (RH 14)” (EV 1, 2).
«La presente encíclica (el
Evangelio de la Vida), fruto de la colaboración del Episcopado de todos los
países del mundo quiere ser, pues, una confirmación precisa y firme del
valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo
tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta,
defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este
camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!
¡Qué estas palabras lleguen a todos los hijos e hijas de la Iglesia! ¡Que
lleguen a todas las personas de buena voluntad, interesadas por el bien de cada
hombre y mujer y por el destino de toda la sociedad!» (EV 5).
Reflexión sobre le texto:
¿Cuál es la mayor amenaza contra la persona humana en la actualidad? En el magisterio del Papa Juan Pablo II la respuesta es la propuesta cultural de una existencia humana personal y social de la que se ha excluido la idea de una verdad acerca de la persona; la planificación de la existencia humana en términos de pura libertad, de libertad que no tiene como referencia una verdad sobre la persona humana que sea siempre y universalmente válida; una libertad que sólo persigue aquello que es útil.
Entre los muchos atentados contra la vida de que somos testigos en la actualidad, según la Encíclica, dos son los que particularmente deben llamar nuestra atención: los actos contra la vida que acontecen en el contexto del inicio de la vida y aquellos que acontecen en el contexto del final de la misma (Cfr. EV 3). Esto es así porque el inicio y el fin de la vida son dos momentos en los que la libertad de la persona es llamada a una decisión crucial: una elección frente a Dios. Estos dos momentos están impregnados de misterio, son momentos en los que, en cierto sentido, Dios mismo se hace presente.
El inicio de la persona humana no es sólo un evento biológico, sino que es un espacio donde Dios cumple un acto creativo. Aceptar esta realidad significa aceptar nuestra condición de dependencia radical de Alguien, de Dios. La libre afirmación de Dios creador posibilita y fundamenta la afirmación de la dignidad de la persona humana. Nuestras decisiones delante del misterio del recién concebido, que pide ser acogido, son, en última instancia, decisiones que tomamos delante del Misterio de Dios. La justificación del aborto, incluso a considerarlo un derecho, es un afirmación radical de un proyecto de liberación que consiste en la decisión del hombre de tomar la vida exclusivamente en sus propias manos. Una decisión que obviamente conlleva necesariamente la exclusión de Dios (Cfr. EV 21) El mismo razonamiento vale para el final de la vida. Se justifica la eutanasia si sólo depende del hombre decidir cuándo merece la pena vivir o no vivir.
En un discurso del Papa a una asociación de
ayuda a discapacitados afirmaba: "(Vosotros) recordáis a nuestros
contemporáneos que la persona no se reduce a sus aptitudes y a su lugar en la
vida económica: es una criatura de Dios, amada por El por sí misma y no por lo
que hace".
Acoger la memoria de Juan Pablo II es hacernos
apóstoles de la cultura de la vida y de la civilización del amor, sabiendo en cada vida humana, aunque
sea frágil, enfermiza, no útil, siempre hay un don magnífico de Dios en una
nueva persona creada a imagen y semejanza del Hijo y llamada a ser santa en su
Iglesia.
Oración Conclusiva:
(como el primer
día)
Oración final para la Novena:
Hermanos, hemos agradecido a Dios el
don de un Pastor Bueno, de una Papa excepcional, del humanista más grande y
verdadero de nuestros tiempos, de un Sacerdote conquistado por Cristo, Maestro
y Profeta para estos tiempos, Defensor de la Vida, de la Justicia y de la Fe,
admirador y promotor de la Santidad de todos los hijos de Dios, defensor de la
dignidad de todo ser humano, de la familia, de la mujer, de los necesitados,
indómito ministro de la Misericordia divina, abogado de la solidaridad humana y
cristiana, incansable evangelizador de estos tiempos y de las culturas
advenientes, ministro de la unidad de la Iglesia y de todos los hombres,
portavoz de la vocación inanta de todo ser humano al amor, a la plenitud de la
libertad en Dios. Este Siervo de los siervos de Dios, Vicario de Cristo en la
tierra y sucesor de Pedro ha sido, como decía Santa Catalina de Siena, nuestro
dulce Cristo en la tierra durante más de 26 años. Su báculo ha sido el
Crucificado, que lo ha acompañado hasta el final. Su vida y su doctrina, porque
están enraizadas en el Evangelio de siempre que la Iglesia tiene que seguir
transmitiendo, defendiendo y custodiando, siguen vigentes, son un testamento
que no podemos olvidar.
Cuando todavía era un joven Obispo
en Polonia Karol Wojtyla, futuro Papa, escribió en su libro Amor y
Responsabilidad unas palabras que nos ofrecen una luz profunda sobre su
ministerio: “El parentesco
espiritual crea frecuentemente lazos más fuertes que el de la sangre…Todo
hombre, incluso celibatario, está llamado de una manera o de otra, a la
paternidad o la maternidad espiritual, señales de madurez interior de su
persona. Es una vocación incluida en el llamamiento evangélico a la perfección
de la que el “Padre” es el supremo modelo. El hombre adquiere, por tanto, la
mayor semejanza con Dios cuando llega a ser padre o madre espiritual”.
Nuestro Santo Padre ha llegado a su madurez en
Cristo, a su mayor semejanza con Dios porque no sólo ha sido un Padre fecundo,
señal de su gran madurez interior sino porque ha compartido con Cristo la
muerte como fiel discípulo. Precisamente en el Año de la Eucaristía ha
consumado su configuración con Cristo, su consagración total con el misterio
del Verbo Encarnado para ser Crucificado.
No nos cansemos de apreciar su magisterio, de
imitar su amor a Cristo y a la Iglesia, su empeño evangelizador, su caridad
pastoral. ¡Gracias Juan Pablo por tu testimonio! Te has hecho parte de nuestra
vida de fe....
¡Gracias Padre por un Papa tan extraordinario!
Amén.