Mensaje
Pastoral de los Obispos de Puerto Rico en ocasión
de la muerte de Su Santidad el Papa Juan Pablo
II
Amados hermanos y hermanas:
Las familias se comunican y se
juntan en la muerte de sus miembros: se comparte
el dolor, el consuelo y la voluntad de proseguir la convivencia en familia.
Nuestra Iglesia Católica vive este momento entrañable de la muerte del
Papa Juan Pablo II, dando gracias a Dios, aceptando el dolor, reiterando la admiración
por la gigantesca figura histórica de este Papa y depositando nuestra
firme esperanza en la fuerza del Espíritu Santo que gobierna a la Iglesia.

Reconocemos también que estos días son para nuestra Comunidad de
creyentes un paso del Espíritu que, más allá de los protagonismos
de los hombres, anuncia la salvación y el amor de Dios y el destino eterno
a toda persona humana. Es deber nuestro sintonizarnos con él. Como Pastores,
asumimos nuestra función de guías del Rebaño, aprovechamos
los ejemplos, enseñanzas y proyecciones pastorales del fenecido Sucesor
de San Pedro. Entramos así todos a escudriñar los signos de los
tiempos y en la obediencia de la Palabra del “Espíritu que habla
a las Iglesias” (Ap. 2,11).
En este espíritu compartimos con todos Uds., nuestros hermanos en la Fe,
la inspiración y el eco de los 26 años de Pontificado de Juan Pablo
II.
1. MINISTERIO DE UNIDAD
El Papa es el sucesor de San Pedro,
depositario de las “llaves” o
funciones que Cristo encomendó a la “Roca sobre la que Él
edifica la Iglesia”. Su tarea inmediata es “confirmar a los hermanos
en la Fe” (Lc. 22,32). Es el signo de la unidad de los discípulos
del Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, para levantar la Iglesia “Una,
Santa, Católica y Apostólica”.
Esta unidad afecta a la Comunión en la Caridad y a los principios de la
Fe “que es una sola” (Ef. 4,5). Así se ha enseñado
uniforme en la diversidad de las lenguas, culturas y circunstancias. Se interpreta
autorizadamente la verdadera doctrina de la moral y del verdadero camino hacia
Dios.
La figura del Obispo de Roma es
la base de unidad en la comunión de ministerios
y carismas en la Iglesia Universal. Así el Papa, como cabeza del Colegio
de los Obispos, Sucesores de los Apóstoles, gobierna el servicio de la
Palabra Revelada, de los Sacramentos que comunican la vida de Cristo, de la Comunión
Eclesial y de la acción evangelizadora de la Iglesia.
Esta múltiple función asignada a San Pedro y a sus sucesores es
un don del Señor para nosotros que lo recibimos con gratitud y obediencia
filial. La fidelidad a sus consignas nos da el sello del auténtico seguimiento
de Jesús y del anuncio de su Evangelio salvador.
Así también esta unidad de la Iglesia en comunión con el
Papa y bajo el Papa, es el camino de encuentro de hermanos y hermanas en la familia
de Dios y signo también de la unidad de toda la humanidad entre sí.
De ahí la embajada permanente que el Papa ha llevado a todas las partes
de la tierra en las más difíciles coyunturas de guerras, tensiones,
injusticias e incomprensiones entre pueblos y políticas públicas.
El mensaje del Papa, recibido de Cristo, se ha evidenciado como el mejor árbitro
y el fundamento más sólido para solucionar los problemas más
agudos y lograr la justicia para todos los intereses legítimos de los
pueblos.
Desde esa base el Papa Juan Pablo
II se constituyó en humilde y perseverante
luchador por el Ecumenismo, es decir, la búsqueda de unión entre
las Iglesias y Comunidades que se profesan “cristianas”. Esas mismas
Iglesias han sentido este llamamiento del Espíritu y reciprocan con sinceridad
los esfuerzos, para que Dios nos conceda profesar “un solo Señor,
una sola Fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre” (Ef. 4, 5-6) según
el ruego de Jesús “que todos sean uno, como Tu, Padre, estás
en mí y yo en Ti; que también ellos sean uno en nosotros, para
que el mundo crea que tu me enviaste”. (Jn. 17,21). La Iglesia Católica
en Puerto Rico, en el sepelio del Papa Juan Pablo II, reafirma su voluntad y
abre sus brazos a los hermanos de otras confesiones cristianas para implementar
la súplica del Señor.
Que los Maestros y Profetas de
nuestra Iglesia se pongan al servicio de estos
objetivos en el interior y el exterior de la Comunidad, haciendo que tengamos “libertad
en los temas discutibles, unidad en lo esencial y caridad en toda ocasión” (San
Agustín).
2. TESTIGO Y PROMOTOR DE LA
FE
San Pedro, en sus primeras manifestaciones
después de la Resurrección
y Pentecostés, reiteradamente hace referencia de ser “testigo de
todo eso”. Y con él todos los discípulos del Señor.
Y es la tarea que lo llevó hasta Roma y hasta el martirio por la fe en
Cristo.
El Papa, como todos los Obispos,
recibe la antorcha del testimonio de la fe como
tarea primordial de su misión. Y todo fiel, testigo también de
lo que el Señor le ha concedido por el don de la fe y su experiencia íntima
y social, se constituye en portador y anunciador de la nueva vida que nos dan
la fe y los Sacramentos.
La promoción de esta fe vivida por los distintos estamentos de la Iglesia,
ha sido la preocupación y el sueño permanente del Papa Juan Pablo
II. Su abundante magisterio, sus viajes apostólicos y sus convocatorias
de Sínodos, Encuentros Episcopales como los de Puebla y Santo Domingo,
etc. han incidido con constancia en la promoción de las experiencias personales,
en la transmisión de la fe en la Iglesia y su difusión en el mundo
entero.
A esta consistente entrega se
ha contrapuesto, como un reto, la crisis de la
fe que invade grandes extensiones del Occidente cristiano. Juan Pablo II ha
identificado este “comején” como dañino más allá de
toda persecución religiosa. La escasez de las vocaciones para el sacerdocio
y la vida religiosa, el decaimiento de la fuerza pública de los grupos
creyentes, la dispersión de los esfuerzos generosos de muchos apóstoles
y el “cansancio de los buenos”, son una herencia retadora para el
sucesor de Juan Pablo II.
Así lo hemos comprobado en la vida de nuestra Iglesia en Puerto Rico.
El secularismo, el relativismo y el abandono de la práctica pública
y responsable de la fe, están requiriendo una respuesta inmediata en las
comunidades cristianas.
La acción pastoral y la oración de la Iglesia han de orientarse
intensamente para tomar conciencia de las urgentes exigencias de nuestra fe.
La coherencia entre la fe y la vida, la obediencia a las directrices de la Jerarquía,
alimentan y sostienen el mantenimiento de nuestra fe.
Una consecuencia esencial de toda
nuestra adhesión a Cristo, su aceptación
como Salvador y Maestro, implica una transmisión de la fe. Sin ella la
fe personal y colectiva se extingue. ¿Cómo ordenar nuestra organización
eclesial y la vida de las familias, la acción de las escuelas y de las
actividades evangelizadoras de la Iglesia? Ha llegado la hora de promocionar
aun más la Catequesis infantil y la de adultos, la enseñanza pre-sacramental,
la creación y acompañamiento de la iniciación cristiana
para los bautizados.
Pero es necesario crecer en la
fe, para comunicarla y testimoniarla en la propia
vida. La asistencia e invitación a la práctica de la “lectio
divina”, los distintos Cursillos, Retiros, Talleres, etc. son una magnífica
oportunidad para provocar y desarrollar estas experiencias de fe vivida. Y en
nuestras Diócesis estamos gozando como bendición del Espíritu
la vitalidad de los Movimientos Apostólicos.
La entrañable devoción del Papa a la Virgen María, su consagración
tras las huellas de la Madre de Dios y la confianza en su amparo maternal, nos
quedan como una herencia en el proceso de la fe y la espiritualidad católica.
La vivencia leal de la fe lleva
al creyente al camino de la santidad, vía
obligatoria de todo bautizado y meta apremiante señalada por el Papa Juan
Pablo II en las numerosas beatificaciones y canonizaciones; entre ellas la de
nuestro Beato Carlos Manuel Rodríguez. La santidad es posible y es el
propósito de la vida cristiana.
El envolvimiento personal en el
culto a Dios, dentro de la Comunidad y en el ámbito
personal “en espíritu y verdad”, la vivencia intensa del misterio
de la Eucaristía (don, alimento, presencia, memorial de la Pasión
y prenda de la futura Gloria) y la recepción de los demás Sacramentos,
el compartir tiempo y haberes en las obras de misericordia, el compromiso personal
dentro de las actividades de justicia y servicio público y la prevalencia
de los valores eternos por encima de los de la tierra: he ahí un itinerario
para el crecimiento, transmisión y maduración de la fe que nos
salva.
3. PROFETA DE LA SOLIDARIDAD
Muchas frases y temas han personificado
a Juan Pablo II en su Pontificado. ¿Quién
no conoce su amor por los jóvenes, su amor por la paz y el rechazo de
toda guerra, su lucha por la vida y su dignidad, su defensa de la familia y del
auténtico matrimonio y otras? Pero hay una expresión, acuñada
por el mismo Papa, que resume todo este panorama de trabajos y pensamientos,
y es “LA CIVILIZACION DEL AMOR”.
La convivencia de los hombres,
tan convulsionada en todo el siglo XX y aterrorizada
por tanto atropello militar y terrorista en el comienzo del nuevo, incidieron
con impacto en la vida y programas pontificales del Papa. Y, frente a este
infierno de divisiones y matanzas, Juan Pablo
II recordó a la Iglesia su misión
de ser instrumento de unión con Dios y de la humanidad entre sí (Cf.
Concilio Vaticano II).
Siguiendo el magisterio de Juan
Pablo II, aceptamos como tarea urgente profesar
y salvaguardar y respetar la dignidad de la vida y de la persona humana en
toda coyuntura, edad, raza, cultura o religión.
El mandamiento y ejemplo de Cristo
que murió por nosotros, nos solidariza
con toda persona en su totalidad, tanto en lo divino como en lo humano. Y esta
es la vocación cristiana. La lucha por la inviolabilidad de la familia,
por su dignidad y funciones nos empeñan frente a la lucha a veces sorda
y otras veces descarada de muchos intereses económicos y predominio de
los poderosos sobre los más débiles. Proclamamos nuestra solidaridad
con todo aquel que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y está llamado
a entrar en la vida misma de Dios. Y este es capítulo básico de
la “Civilización del Amor”.
En el mundo occidental vivimos
tiempos de bienestar y abundancia de bienes materiales
como nunca en toda la historia. Pero jamás han sufrido la humanidad y
los varios pueblos de la tierra tanta injusticia en la distribución de
los bienes esenciales, como es la comida, la salud y las medicinas, la educación,
la oportunidad de trabajo y futuro para jóvenes y pueblos en mínimo
desarrollo. La solidaridad efectiva, el apoyo a las empresas de beneficencia
y el socorro de la Iglesia, son capítulos urgentes y exigentes de la “Opción
de la Iglesia por los Pobres”.
La cultura del diálogo a ultranza para respetar personas y pueblos en
sus derechos inalienables, la acogida de toda suerte de culturas, religiones
y expectativas humanas han llenado la agenda pastoral de los 26 años del
Pontificado de Juan Pablo II. Y es la herencia que nos comprometemos a proseguir.
En el mismo Puerto Rico, sentimos
un gran vacío de fraternidad, provocado
en parte por nuestro individualismo y el ambiente político. ¿No
es lo que el Papa ha recordado siempre a los Obispos de Puerto Rico como programa
para dentro y fuera de la Iglesia? En la muerte de Juan Pablo II, reconocemos
esta asignatura pendiente en nuestro quehacer público y pastoral.
Somos parte del mundo occidental
dominado por el capitalismo insolidario. Los
medios de comunicación y publicidad nos van creando necesidades y afanes
de poseer más, mucho más cada día, para consumir y consumir.
Esta manipulación de la persona y de nuestra sociedad necesita un mejor
discernimiento que autoridades responsables, educadores y servidores del pueblo
acogemos como tarea propuesta por el Papa Juan Pablo II.
CONCLUSION
Del cúmulo de temas y tareas que ha distinguido el pontificado de Juan
Pablo II hemos destacado estos temas en gesto de agradecimiento y de lealtad
hacia quien nos guió en la comunión, nos apacentó como Pastor,
nos acompañó como hermano mayor, nos visitó como amigo entrañable
y nos ha bendecido como Padre. Y esta agenda pasa a ser sagrada para los fieles
de la Iglesia Católica.
Nos sentimos llamados por Cristo
a una nueva etapa, y en ella oiremos en el trasfondo
la voz del Papa para:
- una total fidelidad a Cristo,
a su Evangelio y a la Iglesia a una cordial fidelidad
a toda persona humana y a nuestra identidad como pueblo.
- un empeño apostólico y testimonial para hacer de todos los hombres “un
solo Rebaño bajo un solo Pastor” (Jn.10, 16).
Recordamos el ejemplo de María, mujer de fe y esperanza, a quien el Papa
amó y entregó su pontificado con su frase “Totus tuus.” Con
María, Nuestra Señora de la Providencia, patrona nacional puertorriqueña,
le decimos al Padre Dios en estos momentos: hágase tu voluntad.
Les bendecimos sus Obispos,
Conferencia Episcopal Puertorriqueña