Edición 16 • 17 al 23 de abril de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Mensaje Pastoral de los Obispos de Puerto Rico en ocasión de la muerte de Su Santidad el Papa Juan Pablo II

Amados hermanos y hermanas:

Las familias se comunican y se juntan en la muerte de sus miembros: se comparte el dolor, el consuelo y la voluntad de proseguir la convivencia en familia. Nuestra Iglesia Católica vive este momento entrañable de la muerte del Papa Juan Pablo II, dando gracias a Dios, aceptando el dolor, reiterando la admiración por la gigantesca figura histórica de este Papa y depositando nuestra firme esperanza en la fuerza del Espíritu Santo que gobierna a la Iglesia.

Reconocemos también que estos días son para nuestra Comunidad de creyentes un paso del Espíritu que, más allá de los protagonismos de los hombres, anuncia la salvación y el amor de Dios y el destino eterno a toda persona humana. Es deber nuestro sintonizarnos con él. Como Pastores, asumimos nuestra función de guías del Rebaño, aprovechamos los ejemplos, enseñanzas y proyecciones pastorales del fenecido Sucesor de San Pedro. Entramos así todos a escudriñar los signos de los tiempos y en la obediencia de la Palabra del “Espíritu que habla a las Iglesias” (Ap. 2,11).

En este espíritu compartimos con todos Uds., nuestros hermanos en la Fe, la inspiración y el eco de los 26 años de Pontificado de Juan Pablo II.

1. MINISTERIO DE UNIDAD

El Papa es el sucesor de San Pedro, depositario de las “llaves” o funciones que Cristo encomendó a la “Roca sobre la que Él edifica la Iglesia”. Su tarea inmediata es “confirmar a los hermanos en la Fe” (Lc. 22,32). Es el signo de la unidad de los discípulos del Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, para levantar la Iglesia “Una, Santa, Católica y Apostólica”.

Esta unidad afecta a la Comunión en la Caridad y a los principios de la Fe “que es una sola” (Ef. 4,5). Así se ha enseñado uniforme en la diversidad de las lenguas, culturas y circunstancias. Se interpreta autorizadamente la verdadera doctrina de la moral y del verdadero camino hacia Dios.

La figura del Obispo de Roma es la base de unidad en la comunión de ministerios y carismas en la Iglesia Universal. Así el Papa, como cabeza del Colegio de los Obispos, Sucesores de los Apóstoles, gobierna el servicio de la Palabra Revelada, de los Sacramentos que comunican la vida de Cristo, de la Comunión Eclesial y de la acción evangelizadora de la Iglesia.

Esta múltiple función asignada a San Pedro y a sus sucesores es un don del Señor para nosotros que lo recibimos con gratitud y obediencia filial. La fidelidad a sus consignas nos da el sello del auténtico seguimiento de Jesús y del anuncio de su Evangelio salvador.

Así también esta unidad de la Iglesia en comunión con el Papa y bajo el Papa, es el camino de encuentro de hermanos y hermanas en la familia de Dios y signo también de la unidad de toda la humanidad entre sí. De ahí la embajada permanente que el Papa ha llevado a todas las partes de la tierra en las más difíciles coyunturas de guerras, tensiones, injusticias e incomprensiones entre pueblos y políticas públicas. El mensaje del Papa, recibido de Cristo, se ha evidenciado como el mejor árbitro y el fundamento más sólido para solucionar los problemas más agudos y lograr la justicia para todos los intereses legítimos de los pueblos.

Desde esa base el Papa Juan Pablo II se constituyó en humilde y perseverante luchador por el Ecumenismo, es decir, la búsqueda de unión entre las Iglesias y Comunidades que se profesan “cristianas”. Esas mismas Iglesias han sentido este llamamiento del Espíritu y reciprocan con sinceridad los esfuerzos, para que Dios nos conceda profesar “un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre” (Ef. 4, 5-6) según el ruego de Jesús “que todos sean uno, como Tu, Padre, estás en mí y yo en Ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tu me enviaste”. (Jn. 17,21). La Iglesia Católica en Puerto Rico, en el sepelio del Papa Juan Pablo II, reafirma su voluntad y abre sus brazos a los hermanos de otras confesiones cristianas para implementar la súplica del Señor.

Que los Maestros y Profetas de nuestra Iglesia se pongan al servicio de estos objetivos en el interior y el exterior de la Comunidad, haciendo que tengamos “libertad en los temas discutibles, unidad en lo esencial y caridad en toda ocasión” (San Agustín).

2. TESTIGO Y PROMOTOR DE LA FE

San Pedro, en sus primeras manifestaciones después de la Resurrección y Pentecostés, reiteradamente hace referencia de ser “testigo de todo eso”. Y con él todos los discípulos del Señor. Y es la tarea que lo llevó hasta Roma y hasta el martirio por la fe en Cristo.

El Papa, como todos los Obispos, recibe la antorcha del testimonio de la fe como tarea primordial de su misión. Y todo fiel, testigo también de lo que el Señor le ha concedido por el don de la fe y su experiencia íntima y social, se constituye en portador y anunciador de la nueva vida que nos dan la fe y los Sacramentos.

La promoción de esta fe vivida por los distintos estamentos de la Iglesia, ha sido la preocupación y el sueño permanente del Papa Juan Pablo II. Su abundante magisterio, sus viajes apostólicos y sus convocatorias de Sínodos, Encuentros Episcopales como los de Puebla y Santo Domingo, etc. han incidido con constancia en la promoción de las experiencias personales, en la transmisión de la fe en la Iglesia y su difusión en el mundo entero.

A esta consistente entrega se ha contrapuesto, como un reto, la crisis de la fe que invade grandes extensiones del Occidente cristiano. Juan Pablo II ha identificado este “comején” como dañino más allá de toda persecución religiosa. La escasez de las vocaciones para el sacerdocio y la vida religiosa, el decaimiento de la fuerza pública de los grupos creyentes, la dispersión de los esfuerzos generosos de muchos apóstoles y el “cansancio de los buenos”, son una herencia retadora para el sucesor de Juan Pablo II.

Así lo hemos comprobado en la vida de nuestra Iglesia en Puerto Rico. El secularismo, el relativismo y el abandono de la práctica pública y responsable de la fe, están requiriendo una respuesta inmediata en las comunidades cristianas.

La acción pastoral y la oración de la Iglesia han de orientarse intensamente para tomar conciencia de las urgentes exigencias de nuestra fe. La coherencia entre la fe y la vida, la obediencia a las directrices de la Jerarquía, alimentan y sostienen el mantenimiento de nuestra fe.

Una consecuencia esencial de toda nuestra adhesión a Cristo, su aceptación como Salvador y Maestro, implica una transmisión de la fe. Sin ella la fe personal y colectiva se extingue. ¿Cómo ordenar nuestra organización eclesial y la vida de las familias, la acción de las escuelas y de las actividades evangelizadoras de la Iglesia? Ha llegado la hora de promocionar aun más la Catequesis infantil y la de adultos, la enseñanza pre-sacramental, la creación y acompañamiento de la iniciación cristiana para los bautizados.

Pero es necesario crecer en la fe, para comunicarla y testimoniarla en la propia vida. La asistencia e invitación a la práctica de la “lectio divina”, los distintos Cursillos, Retiros, Talleres, etc. son una magnífica oportunidad para provocar y desarrollar estas experiencias de fe vivida. Y en nuestras Diócesis estamos gozando como bendición del Espíritu la vitalidad de los Movimientos Apostólicos.

La entrañable devoción del Papa a la Virgen María, su consagración tras las huellas de la Madre de Dios y la confianza en su amparo maternal, nos quedan como una herencia en el proceso de la fe y la espiritualidad católica.

La vivencia leal de la fe lleva al creyente al camino de la santidad, vía obligatoria de todo bautizado y meta apremiante señalada por el Papa Juan Pablo II en las numerosas beatificaciones y canonizaciones; entre ellas la de nuestro Beato Carlos Manuel Rodríguez. La santidad es posible y es el propósito de la vida cristiana.

El envolvimiento personal en el culto a Dios, dentro de la Comunidad y en el ámbito personal “en espíritu y verdad”, la vivencia intensa del misterio de la Eucaristía (don, alimento, presencia, memorial de la Pasión y prenda de la futura Gloria) y la recepción de los demás Sacramentos, el compartir tiempo y haberes en las obras de misericordia, el compromiso personal dentro de las actividades de justicia y servicio público y la prevalencia de los valores eternos por encima de los de la tierra: he ahí un itinerario para el crecimiento, transmisión y maduración de la fe que nos salva.

3. PROFETA DE LA SOLIDARIDAD

Muchas frases y temas han personificado a Juan Pablo II en su Pontificado. ¿Quién no conoce su amor por los jóvenes, su amor por la paz y el rechazo de toda guerra, su lucha por la vida y su dignidad, su defensa de la familia y del auténtico matrimonio y otras? Pero hay una expresión, acuñada por el mismo Papa, que resume todo este panorama de trabajos y pensamientos, y es “LA CIVILIZACION DEL AMOR”.

La convivencia de los hombres, tan convulsionada en todo el siglo XX y aterrorizada por tanto atropello militar y terrorista en el comienzo del nuevo, incidieron con impacto en la vida y programas pontificales del Papa. Y, frente a este infierno de divisiones y matanzas, Juan Pablo II recordó a la Iglesia su misión de ser instrumento de unión con Dios y de la humanidad entre sí (Cf. Concilio Vaticano II).

Siguiendo el magisterio de Juan Pablo II, aceptamos como tarea urgente profesar y salvaguardar y respetar la dignidad de la vida y de la persona humana en toda coyuntura, edad, raza, cultura o religión.

El mandamiento y ejemplo de Cristo que murió por nosotros, nos solidariza con toda persona en su totalidad, tanto en lo divino como en lo humano. Y esta es la vocación cristiana. La lucha por la inviolabilidad de la familia, por su dignidad y funciones nos empeñan frente a la lucha a veces sorda y otras veces descarada de muchos intereses económicos y predominio de los poderosos sobre los más débiles. Proclamamos nuestra solidaridad con todo aquel que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y está llamado a entrar en la vida misma de Dios. Y este es capítulo básico de la “Civilización del Amor”.

En el mundo occidental vivimos tiempos de bienestar y abundancia de bienes materiales como nunca en toda la historia. Pero jamás han sufrido la humanidad y los varios pueblos de la tierra tanta injusticia en la distribución de los bienes esenciales, como es la comida, la salud y las medicinas, la educación, la oportunidad de trabajo y futuro para jóvenes y pueblos en mínimo desarrollo. La solidaridad efectiva, el apoyo a las empresas de beneficencia y el socorro de la Iglesia, son capítulos urgentes y exigentes de la “Opción de la Iglesia por los Pobres”.

La cultura del diálogo a ultranza para respetar personas y pueblos en sus derechos inalienables, la acogida de toda suerte de culturas, religiones y expectativas humanas han llenado la agenda pastoral de los 26 años del Pontificado de Juan Pablo II. Y es la herencia que nos comprometemos a proseguir.

En el mismo Puerto Rico, sentimos un gran vacío de fraternidad, provocado en parte por nuestro individualismo y el ambiente político. ¿No es lo que el Papa ha recordado siempre a los Obispos de Puerto Rico como programa para dentro y fuera de la Iglesia? En la muerte de Juan Pablo II, reconocemos esta asignatura pendiente en nuestro quehacer público y pastoral.

Somos parte del mundo occidental dominado por el capitalismo insolidario. Los medios de comunicación y publicidad nos van creando necesidades y afanes de poseer más, mucho más cada día, para consumir y consumir. Esta manipulación de la persona y de nuestra sociedad necesita un mejor discernimiento que autoridades responsables, educadores y servidores del pueblo acogemos como tarea propuesta por el Papa Juan Pablo II.

CONCLUSION

Del cúmulo de temas y tareas que ha distinguido el pontificado de Juan Pablo II hemos destacado estos temas en gesto de agradecimiento y de lealtad hacia quien nos guió en la comunión, nos apacentó como Pastor, nos acompañó como hermano mayor, nos visitó como amigo entrañable y nos ha bendecido como Padre. Y esta agenda pasa a ser sagrada para los fieles de la Iglesia Católica.

Nos sentimos llamados por Cristo a una nueva etapa, y en ella oiremos en el trasfondo la voz del Papa para:

- una total fidelidad a Cristo, a su Evangelio y a la Iglesia a una cordial fidelidad a toda persona humana y a nuestra identidad como pueblo.

- un empeño apostólico y testimonial para hacer de todos los hombres “un solo Rebaño bajo un solo Pastor” (Jn.10, 16).

Recordamos el ejemplo de María, mujer de fe y esperanza, a quien el Papa amó y entregó su pontificado con su frase “Totus tuus.” Con María, Nuestra Señora de la Providencia, patrona nacional puertorriqueña, le decimos al Padre Dios en estos momentos: hágase tu voluntad.

Les bendecimos sus Obispos,
Conferencia Episcopal Puertorriqueña

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