“La «fracción del pan» -como al principio
se llamaba a la Eucaristía ha estado siempre en el centro
de la vida de la Iglesia. ”
Carta Apost ólica
Mane Nobiscum Domine - Juan Pablo II
Meditación sobre la Eucaristía
Aníbal Colón Rosado
Para EL VISITANTE
El Evangelio y la liturgia apuntan simultáneamente hacia
una dimensión interior, trascendental y social. Expresamos
nuestra fe en la piedad y la proclamamos concretamente en el servicio
a los pobres y sufridos. Cuando Jesús dijo: “Este
es mi cuerpo” aludía, en cierta medida, a los pobres.
Claro está, es otro género de presencia, pero verdadero,
pues Jesús se ha identifi - cado con ellos. El nos da de
comer en la Eucaristía; y nosotros lo alimentamos en la
otra mesa de la caridad. El Señor dijo que un acto de bondad
hacia los más pequeños sería contado como
un acto de benevolencia hacia El mismo. Y si miramos a los explotados
y heridos, podemos aplicarles las palabras del Maestro: “Esta
es mi sangre”. Irónicamente, las abortistas dicen “Este
es mi cuerpo”, con el propósito de justifi car el
asesinato del ser humano inocente, ¿Cómo pueden acercarse,
sin arrepentirse, a recibir a Aquél que entregó su
cuerpo para dar vida en abundancia? ¿Por qué convierten
el sagrario de sus cuerpos en mazmorra y cadalso, horror y patíbulo,
crucifi cando al inocente? Hombres y mujeres, velemos por la pureza
de alma y cuerpo. El cuerpo es templo del Espíritu Santo,
digno tabernáculo del Dios sacramentado. Somos custodios
vivientes de la presencia activa del Señor. Yo añadiría:
nos transformamos en él por su gracia. Podríamos
pensar en una especie de transubstanciación sui generis.
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La resurrección implica plenitud de vida. Una primicia
de dicha plenitud consiste en compartir la vida, como se comparten
milagrosamente los panes y los peces. Sí, repartirla
para engrandecerla en todo el sentido de la palabra. Ay de
aquél que no respete la vida y más bien la disminuya
por su perversa mezquindad. |
Cuenta Ramiro Cantalamessa que el fi lósofo B. Pascal no
podía recibir el viático porque no era capaz de retener
nada en su organismo. Ante esta crítica situación,
Pascal pidió que llevasen un pobre a su habitación
para que, en la imposibilidad física de comulgar con Cristo-Cabeza,
pudiera al menos comulgar con su cuerpo. Después de la partida
de Cristo, los aspectos visibles de su existencia han pasado a
los ritos sacramentales y a los pobres-sufrientes que son su presentación
viva.
Don Miguel de Unamuno consideraba que si los
católicos creían realmente en la presencia real de
Cristo en la Eucaristía, deberían permanecer postrados
o de hinojos frente al Sagrario. Admiro la devoción y el
desafío radical de Don Miguel, pero a la vez le hubiese
sugerido que enmarcara la teología sacramental en la teología
del evangelio total. Aceptamos la presencia de Dios en la hostia
consagrada y la adoramos. La visita al Santísimo es prueba
de gratitud y amor, y un deber de adoración. La presencia
eucarística se denomina “real”, no a título
exclusivo, sino por excelencia (cf. Mysterium fi dei, 39). Sin
embargo, no nos quedamos mirando al cielo, como los espectadores
de la Ascensión. Si bien es cierto que los apóstoles
se postraron ante el Señor, y vueltos a Jerusalén
con gran gozo, estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios,
también es verdad que obedecieron a su mandato: “Id
por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc
16, 15). Unamuno olvidó el sagrario que se esconde en el
rostro del otro. Jesús está presente en el prójimo
y act úa de la caridad fraterna.
En cierto sentido, Unamuno no estaba lejos de
la verdad. Los sacramentos, los misterios y las
obras apostólicas
están vinculados a la Eucaristía y a ella se ordenan. “La
Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia,
es decir, a Cristo mismo, nuestra Pascua” (C.D.C. 1354, cf.
P.O. 5). Como compendio y suma de nuestra fe, palpita en su misterio
la presencia trinitaria. En ella encontramos simultáneamente
la cumbre de la acción mediante la cual Dios santifi ca
al mundo en Cristo, y del culto que en el Espíritu Santo
la humanidad ofrece a Cristo y, por él, al Padre (cf. Eucharisticum
Mysterium, 6). La realidad de la Eucaristía es tan rica
que no se puede expresar en una sola palabra. Por consiguiente,
ha recibido diversos nombres en la teología sacramental.
Curiosamente, la palabra “Eucaristía” –acción
de gracias- no es la más adecuada, aunque aparece como verbo
en Lc 22, 18 y I Co 11, 24. Como sustantivo, lo encontramos por
el 110 d.C. en Ignacio de Antioquia. Tiene un gran valor como bendición
que proclama las obras de Dios, i.e. la creación, la redención
y la santifi cación. Pero los relatos neotestamentarios
prefi eren hablar de la “fracción del pan” y “cena
del Señor”. La teología paulina nos invita
a comer del único pan, partido, que es Cristo, para entrar
en comunión con él y formar un solo cuerpo en él
(cf. I Co 10 16-17).
He aquí otros términos que se emplean para referirse
a este sacramento consumativo, perfección y complemento
de los demás: banquete del Señor, Asamblea eucarística
(synaxis), Memorial, Santo sacrifi cio, Santa y divina liturgia,
Comunión, Viático, Santa Misa... Este último
reviste importancia particular para establecer el vínculo
entre la vivencia sacramental y el compromiso existencial de los
creyentes. La celebración litúrgica en que se realiza
el misterio de la salvación concluye con el envío
de los fi eles -missio- para que estos cumplan la voluntad divina
en su vida cotidiana. Tarea difícil, por cierto. Mas, por
algo llamamos al pan consagrado “alimento de fuertes e inmortales”.
El maná divino nos ayuda en el diario peregrinar. Sólo
así somos capaces de perseverar en la dura andadura del
desierto, cuarenta días y cuarenta noches, hasta llegar
al santuario del Señor. Por la Eucaristía “son
alimentados y fortifi cados los que viven de la vida de Cristo” (C.D.C.
1436, cf. Trento: DS;1638). Hermano, hermana, el camino es duro
y supera tus fuerzas. Come, bebe y echa a andar, como el profeta.
Por un lado, San Justino afi rma que sólo debe participar
de la Eucaristía aquel que “cree ser verdaderas nuestras
enseñanzas y se ha lavado en el baño que da la remisión
de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que
Cristo nos ense ñó” (Apologiae, 1, 66, 1).
Por otro lado, San Ambrosio asoció la Comunión con
el anuncio de la muerte del Señor. Este anuncio implica
la buena noticia del perdón. “Si cada vez que su Sangre
es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo
recibirla siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo
que peco siempre, debo tener siempre un remedio” (De sacramentis,
4.28. PL 16, 446A).
En todo caso, la comunión nos separa del pecado. “La
Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purifi carnos al
mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros
pecados ” (C.D.C. 1393).
La Eucaristía, como memorial y anticipación indica
una presencia soteriológica, retrospectiva y prospectivamente,
además de la intervención actual. Los evangelistas
asocian la última Cena con la Pascua y sus temas de liberación.
En ella se encierra una paradoja donde convergen la muerte y la
fi esta. Así es la vida cristiana: una combinación
de mortifi cación y celebración. Existe una relación
intrínseca entre la comida pascual y el cordero sacrifi
cado; entre la mesa de la Cena y el Calvario.
Fin.
(El autor es Canciller de la Arquidi ócesis de San Juan)