Edición 17 • 24 al 30 de abril de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

“La «fracción del pan» -como al principio se llamaba a la Eucaristía ha estado siempre en el centro de la vida de la Iglesia. ”

Carta Apost ólica Mane Nobiscum Domine - Juan Pablo II

Meditación sobre la Eucaristía

Aníbal Colón Rosado
Para EL VISITANTE

El Evangelio y la liturgia apuntan simultáneamente hacia una dimensión interior, trascendental y social. Expresamos nuestra fe en la piedad y la proclamamos concretamente en el servicio a los pobres y sufridos. Cuando Jesús dijo: “Este es mi cuerpo” aludía, en cierta medida, a los pobres. Claro está, es otro género de presencia, pero verdadero, pues Jesús se ha identifi - cado con ellos. El nos da de comer en la Eucaristía; y nosotros lo alimentamos en la otra mesa de la caridad. El Señor dijo que un acto de bondad hacia los más pequeños sería contado como un acto de benevolencia hacia El mismo. Y si miramos a los explotados y heridos, podemos aplicarles las palabras del Maestro: “Esta es mi sangre”. Irónicamente, las abortistas dicen “Este es mi cuerpo”, con el propósito de justifi car el asesinato del ser humano inocente, ¿Cómo pueden acercarse, sin arrepentirse, a recibir a Aquél que entregó su cuerpo para dar vida en abundancia? ¿Por qué convierten el sagrario de sus cuerpos en mazmorra y cadalso, horror y patíbulo, crucifi cando al inocente? Hombres y mujeres, velemos por la pureza de alma y cuerpo. El cuerpo es templo del Espíritu Santo, digno tabernáculo del Dios sacramentado. Somos custodios vivientes de la presencia activa del Señor. Yo añadiría: nos transformamos en él por su gracia. Podríamos pensar en una especie de transubstanciación sui generis.

La resurrección implica plenitud de vida. Una primicia de dicha plenitud consiste en compartir la vida, como se comparten milagrosamente los panes y los peces. Sí, repartirla para engrandecerla en todo el sentido de la palabra. Ay de aquél que no respete la vida y más bien la disminuya por su perversa mezquindad.

Cuenta Ramiro Cantalamessa que el fi lósofo B. Pascal no podía recibir el viático porque no era capaz de retener nada en su organismo. Ante esta crítica situación, Pascal pidió que llevasen un pobre a su habitación para que, en la imposibilidad física de comulgar con Cristo-Cabeza, pudiera al menos comulgar con su cuerpo. Después de la partida de Cristo, los aspectos visibles de su existencia han pasado a los ritos sacramentales y a los pobres-sufrientes que son su presentación viva.

Don Miguel de Unamuno consideraba que si los católicos creían realmente en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, deberían permanecer postrados o de hinojos frente al Sagrario. Admiro la devoción y el desafío radical de Don Miguel, pero a la vez le hubiese sugerido que enmarcara la teología sacramental en la teología del evangelio total. Aceptamos la presencia de Dios en la hostia consagrada y la adoramos. La visita al Santísimo es prueba de gratitud y amor, y un deber de adoración. La presencia eucarística se denomina “real”, no a título exclusivo, sino por excelencia (cf. Mysterium fi dei, 39). Sin embargo, no nos quedamos mirando al cielo, como los espectadores de la Ascensión. Si bien es cierto que los apóstoles se postraron ante el Señor, y vueltos a Jerusalén con gran gozo, estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios, también es verdad que obedecieron a su mandato: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15). Unamuno olvidó el sagrario que se esconde en el rostro del otro. Jesús está presente en el prójimo y act úa de la caridad fraterna.

En cierto sentido, Unamuno no estaba lejos de la verdad. Los sacramentos, los misterios y las obras apostólicas están vinculados a la Eucaristía y a ella se ordenan. “La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, a Cristo mismo, nuestra Pascua” (C.D.C. 1354, cf. P.O. 5). Como compendio y suma de nuestra fe, palpita en su misterio la presencia trinitaria. En ella encontramos simultáneamente la cumbre de la acción mediante la cual Dios santifi ca al mundo en Cristo, y del culto que en el Espíritu Santo la humanidad ofrece a Cristo y, por él, al Padre (cf. Eucharisticum Mysterium, 6). La realidad de la Eucaristía es tan rica que no se puede expresar en una sola palabra. Por consiguiente, ha recibido diversos nombres en la teología sacramental. Curiosamente, la palabra “Eucaristía” –acción de gracias- no es la más adecuada, aunque aparece como verbo en Lc 22, 18 y I Co 11, 24. Como sustantivo, lo encontramos por el 110 d.C. en Ignacio de Antioquia. Tiene un gran valor como bendición que proclama las obras de Dios, i.e. la creación, la redención y la santifi cación. Pero los relatos neotestamentarios prefi eren hablar de la “fracción del pan” y “cena del Señor”. La teología paulina nos invita a comer del único pan, partido, que es Cristo, para entrar en comunión con él y formar un solo cuerpo en él (cf. I Co 10 16-17).

He aquí otros términos que se emplean para referirse a este sacramento consumativo, perfección y complemento de los demás: banquete del Señor, Asamblea eucarística (synaxis), Memorial, Santo sacrifi cio, Santa y divina liturgia, Comunión, Viático, Santa Misa... Este último reviste importancia particular para establecer el vínculo entre la vivencia sacramental y el compromiso existencial de los creyentes. La celebración litúrgica en que se realiza el misterio de la salvación concluye con el envío de los fi eles -missio- para que estos cumplan la voluntad divina en su vida cotidiana. Tarea difícil, por cierto. Mas, por algo llamamos al pan consagrado “alimento de fuertes e inmortales”. El maná divino nos ayuda en el diario peregrinar. Sólo así somos capaces de perseverar en la dura andadura del desierto, cuarenta días y cuarenta noches, hasta llegar al santuario del Señor. Por la Eucaristía “son alimentados y fortifi cados los que viven de la vida de Cristo” (C.D.C. 1436, cf. Trento: DS;1638). Hermano, hermana, el camino es duro y supera tus fuerzas. Come, bebe y echa a andar, como el profeta. Por un lado, San Justino afi rma que sólo debe participar de la Eucaristía aquel que “cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y se ha lavado en el baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo nos ense ñó” (Apologiae, 1, 66, 1).

Por otro lado, San Ambrosio asoció la Comunión con el anuncio de la muerte del Señor. Este anuncio implica la buena noticia del perdón. “Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirla siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio” (De sacramentis, 4.28. PL 16, 446A).

En todo caso, la comunión nos separa del pecado. “La Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purifi carnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados ” (C.D.C. 1393).

La Eucaristía, como memorial y anticipación indica una presencia soteriológica, retrospectiva y prospectivamente, además de la intervención actual. Los evangelistas asocian la última Cena con la Pascua y sus temas de liberación. En ella se encierra una paradoja donde convergen la muerte y la fi esta. Así es la vida cristiana: una combinación de mortifi cación y celebración. Existe una relación intrínseca entre la comida pascual y el cordero sacrifi cado; entre la mesa de la Cena y el Calvario.

Fin.

(El autor es Canciller de la Arquidi ócesis de San Juan)

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