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Padre
Efraín
Zabala |
Acosados
Nuestros niños viven entrampados por una
conceptualización frágil y vacía.
El hogar, otrora abrazo y solidaridad, pasa por
su peor momento. En primer lugar, ese ratito
que se vive entre paredes frías, es demasiado
poco para converger en la lealtad propia de los
que se aman. Los miembros de una misma familia
apenas se conocen. Son transeúntes que
van y vienen portando cada cual sus problemas
y dificultades. El encuentro ocasional nos es
suficiente para establecer unas relaciones adecuadas
firmes, valorativas.
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Los pequeños son azotados por la
soledad, la ceguera de amor y el vandalismo
sexual que se presenta como un bombón
a toda hora. El diminuto corazón intuye
la vaciedad y se sorprende ante el menú amargo
que se sirve en el hogar todos los días.
Las criaturas que vienen al mundo buscando
amor, se encuentran con el desamor que arropa
a la sociedad entera. |
La vida familiar, carente de virtud y éxtasis,
logra reunir lo pasional y concupiscente, sin
ofrecer lo bello y verdadero como emancipadores
del ser humano. La televisión, las conversaciones,
los chistes de doble sentido, predominan sobre
el respeto, la sana educación y el toque
de “bendición papi y mami” tan
cargado de amor y buenos deseos. El pan de lo
mejor es ofrecido en ciertas ocasiones importantes,
pero enseguida se retorna a lo usual, caduco
y superficial.
El ambiente marcado por la carencia de las
buenas costumbres, procrea el embeleso sexual
como única
reserva combativa. Los recién estrenados
en la existencia caminan sobre carbones encendidos
porque la fogata sexual está en todo su
apogeo sobre los nuevos mitos esclavizantes.
Los seudo-pedagogos sexuales se esmeran en clasificar
el más mínimo detalle sin tener
en cuenta la integridad misteriosa del ser humano.
A menudo se le añade gas al fuego y se
deja al niño a su propia suerte. Luego
ellos en su inocencia y deseos de conocer practican
en los baños de la escuela lo que oyen
y ven con la sociedad al fondo como cómplice
y santurrona.
Esos niños que viven en altas temperaturas
vitales se queman al entrar en la etapa de la
adolescencia. La realidad es desbordante en niñas
encintas, abusadas por familiares, amigos y vecinos.
La ausencia de una supervisión adecuada
y de una moral con alas trae residuos venenosos,
un oleaje de problemas mentales que afectan a
los pequeños y los convierten en hojas
al viento.
El acoso es una encerrona, un mal de nuestros
días. Las verdades a medias y el deterioro
moral hacen que el futuro colapse y tengamos
jóvenes tan viejos que haya que organizar
un seguro social para las víctimas de
los estragos del corazón. Hagamos la tarea
asignada de orientar, aconsejar y dirigir a los
muchachos sin crearles ronchas, ni dejar cicatrices
para toda la vida.