Edición 19 • 8 al 14 de mayo de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Prenda de la nuestra y motivo de alegría
La Ascensión de Cristo

P. José Pascual Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Como Dios, igual al Padre y al Espíritu Santo, Jesús no tuvo ni tendrá fin. Esto es lo que significa ser eterno. Pero la fe y las ciencias históricas nos dicen que, además de Dios, Jesús de Nazaret, nacido de María Virgen, fue un hombre cabal como cada uno de nosotros, excepto en el pecado, que no conoció (Jn 8, 46; Hb 4, 15). Como hombre, su trayectoria fue la de todos los mortales: nacer, vivir por cierto tiempo (unos 33 años), y rendir su alma a Dios.

Ese rendimiento de su alma a su Padre celestial tuvo lugar en la misma cruz cuando, como acto último de sublime obediencia, de fe y de esperanza, exclamó: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23, 46; Jn 19,30).

Cuerpo y alma

Pero Jesús no sólo tuvo un alma inmortal; también tuvo un cuerpo, que participó de sus alegrías y de sus penas, de sus gozos y de sus sufrimientos. Y así como el alma fue glorificada, en parte ya en vida, (Jn 12, 28), así tenía que ser glorificado su sagrado cuerpo, es decir, el Cristo total.

Esta glorificación total de Jesús tuvo lugar 40 días después de su resurrección cuando, despidiéndose de sus discípulos, se subió a los cielos (Hch 1, 9), para allí retomar todos los poderes que su Padre le había entregado al hacerse hombre (Mt 28, 18). Eso significa “estar sentado a la diestra de Dios Padre” (Credo).

Hoy, día de su gloriosa Ascensión a los cielos, nosotros, sus nuevos hermanos (Mt 28, 10) y amigos (Lc 12, 4), le acompañamos con nuestra mirada atónita, exactamente como lo hicieron los apóstoles (Hch 1, 11). Y, como ellos, participamos de su gran gozo (Lc 24, 52).

La Ascensión de Cristo, motivo de nuestra alegría

Como nuestra alegría es totalmente espiritual, y nosotros no somos capaces de sentirla sin la ayuda de la gracia (Jn 15, 5), nuestra Madre la Iglesia, que sabe de esta nuestra impotencia, se encarga de solicitarla para nosotros al Padre celestial en la oración Colecta de la misa del día con estas palabras: “Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza...”.

El motivo de pedir a Dios que podamos brincar de alegría en el día de hoy es que Cristo -cuerpo y alma- recibió su descanso definitivo y gloria en lo más alto de los cielos.

Cuando Cristo anunció a sus apóstoles que iba a dejarlos, notó que se pusieron tristes (Jn 16, 6); y al ver que no reaccionaban ni con la promesa que ellos podrían hacer cosas más grandes que las que había hecho él (Jn 14, 12), ni con el anuncio del envío del Espíritu Santo, que les ayudaría y estaría siempre a su lado (Jn 14, 16), el buen Jesús, algo molesto, se encaró con ellos, y les dijo: “Vamos a ver, ¿me amáis o no? Pues si me amáis, ‘tendríais que alegraros, pues me vuelvo al Padre, que es mayor que yo’” (Jn 14, 28).

Porque nosotros amamos a nuestro Señor Jesucristo, y porque comprendemos su deseo de gloria y descanso definitivo junto a su Padre celestial, que bien merecido lo tenía, nos llenamos de gozo en el día de hoy. Recuérdese que Jesús, como Dios, nunca se había alejado del cielo; siempre había estado junto a su Padre, con lo cual era inmensamente feliz. Pero como Dios-hombre, tuvo una vida sacrificada desde su nacimiento en una miserable cueva, hasta su ignominiosa e injusta muerte en la cruz. Por eso –bien cumplida su misión en la tierra (Jn 19, 30)- deseaba subir en cuerpo y alma a los cielos, que bien ganado lo tenía (Flp 2, 8-9). El gozo de Cristo es también el nuestro.

La Ascensión de Cristo, prenda de la nuestra

Pero aún tenemos otro motivo para estar inmensamente alegres en el día de hoy: la Ascensión de Cristo en cuerpo y alma a los cielos es prenda y esperanza de la nuestra (Col 1, 27). Nos lo aseguró claramente el mismo Jesús: “Voy a prepararos un lugar [en el cielo]” (Jn 14, 2), pues desea que “donde esté El, estemos también nosotros” (Jn 14, 3).

Y aún hay otra razón para que un día estemos todos juntos en las moradas eternas: El es la cabeza del cuerpo místico, cuyos miembros somos todos los que hemos creído en El (Ef 4, 15), a los que invita a reinar con El en el cielo (Mt 25, 34).

Mientras no llega ese glorioso y eterno día, Jesús “intercede por nosotros ante su Padre celestial” (Hb 7, 25); y eso es, también, un buen motivo para estar alegres hoy y siempre. Esa es la razón por la que la Iglesia dirige al Padre celestial, “por Jesucristo,” todas sus oraciones oficiales que, al ser presentadas en su nombre, Dios Padre las atiende siempre, si son para su mayor gloria y provecho de nuestras almas (Is 48, 11; Mt 6, 6; Jn 14, 13; Stg 1, 6).

Como nuestra subida a los cielos en cuerpo y alma tendrá lugar al final de los tiempos, necesitaremos un poco de paciencia; un poco solamente, pues el alma, descarnada por la muerte del cuerpo, ya podrá ir allí inmediatamente si en el juicio particular, que tendrá lugar en el mismo momento de la muerte, recibió una sentencia favorable. Sentencia favorable que ya podemos asegurar ahora si “amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente,... y al prójimo como a nosotros mismos” (Mt 22, 37-39).


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