Prenda
de la nuestra y motivo de alegría
La Ascensión de Cristo
P. José Pascual Benabarre
Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
Como Dios, igual al Padre y al Espíritu
Santo, Jesús no tuvo ni tendrá fin.
Esto es lo que significa ser eterno. Pero la
fe y las ciencias históricas nos dicen
que, además de Dios, Jesús de Nazaret,
nacido de María Virgen, fue un hombre
cabal como cada uno de nosotros, excepto en el
pecado, que no conoció (Jn 8, 46; Hb 4,
15). Como hombre, su trayectoria fue la de todos
los mortales: nacer, vivir por cierto tiempo
(unos 33 años), y rendir su alma a Dios.
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Ese rendimiento de su alma a su Padre celestial
tuvo lugar en la misma cruz cuando, como
acto último de sublime obediencia,
de fe y de esperanza, exclamó: “Padre,
en tus manos entrego mi espíritu” (Lc
23, 46; Jn 19,30). |
Cuerpo y alma
Pero Jesús no sólo tuvo un alma
inmortal; también tuvo un cuerpo, que
participó de sus alegrías y de
sus penas, de sus gozos y de sus sufrimientos.
Y así como el alma fue glorificada, en
parte ya en vida, (Jn 12, 28), así tenía
que ser glorificado su sagrado cuerpo, es decir,
el Cristo total.
Esta glorificación total de Jesús
tuvo lugar 40 días después de su
resurrección cuando, despidiéndose
de sus discípulos, se subió a los
cielos (Hch 1, 9), para allí retomar todos
los poderes que su Padre le había entregado
al hacerse hombre (Mt 28, 18). Eso significa “estar
sentado a la diestra de Dios Padre” (Credo).
Hoy, día de su gloriosa Ascensión
a los cielos, nosotros, sus nuevos hermanos (Mt
28, 10) y amigos (Lc 12, 4), le acompañamos
con nuestra mirada atónita, exactamente
como lo hicieron los apóstoles (Hch 1,
11). Y, como ellos, participamos de su gran gozo
(Lc 24, 52).
La
Ascensión de Cristo, motivo de nuestra
alegría
Como nuestra alegría es totalmente espiritual,
y nosotros no somos capaces de sentirla sin la
ayuda de la gracia (Jn 15, 5), nuestra Madre
la Iglesia, que sabe de esta nuestra impotencia,
se encarga de solicitarla para nosotros al Padre
celestial en la oración Colecta de la
misa del día con estas palabras: “Concédenos,
Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias
en esta liturgia de alabanza...”.
El motivo de pedir a Dios que podamos brincar
de alegría en el día de hoy es
que Cristo -cuerpo y alma- recibió su
descanso definitivo y gloria en lo más
alto de los cielos.
Cuando Cristo anunció a sus apóstoles
que iba a dejarlos, notó que se pusieron
tristes (Jn 16, 6); y al ver que no reaccionaban
ni con la promesa que ellos podrían hacer
cosas más grandes que las que había
hecho él (Jn 14, 12), ni con el anuncio
del envío del Espíritu Santo, que
les ayudaría y estaría siempre
a su lado (Jn 14, 16), el buen Jesús,
algo molesto, se encaró con ellos, y les
dijo: “Vamos a ver, ¿me amáis
o no? Pues si me amáis, ‘tendríais
que alegraros, pues me vuelvo al Padre, que es
mayor que yo’” (Jn 14, 28).
Porque nosotros amamos a nuestro Señor
Jesucristo, y porque comprendemos su deseo de
gloria y descanso definitivo junto a su Padre
celestial, que bien merecido lo tenía,
nos llenamos de gozo en el día de hoy.
Recuérdese que Jesús, como Dios,
nunca se había alejado del cielo; siempre
había estado junto a su Padre, con lo
cual era inmensamente feliz. Pero como Dios-hombre,
tuvo una vida sacrificada desde su nacimiento
en una miserable cueva, hasta su ignominiosa
e injusta muerte en la cruz. Por eso –bien
cumplida su misión en la tierra (Jn 19,
30)- deseaba subir en cuerpo y alma a los cielos,
que bien ganado lo tenía (Flp 2, 8-9).
El gozo de Cristo es también el nuestro.
La
Ascensión de Cristo, prenda de la nuestra
Pero aún tenemos otro motivo para estar
inmensamente alegres en el día de hoy:
la Ascensión de Cristo en cuerpo y alma
a los cielos es prenda y esperanza de la nuestra
(Col 1, 27). Nos lo aseguró claramente
el mismo Jesús: “Voy a prepararos
un lugar [en el cielo]” (Jn 14, 2), pues
desea que “donde esté El, estemos
también nosotros” (Jn 14, 3).
Y aún hay otra razón para que un
día estemos todos juntos en las moradas
eternas: El es la cabeza del cuerpo místico,
cuyos miembros somos todos los que hemos creído
en El (Ef 4, 15), a los que invita a reinar con
El en el cielo (Mt 25, 34).
Mientras no llega ese glorioso y eterno día,
Jesús “intercede por nosotros ante
su Padre celestial” (Hb 7, 25); y eso es,
también, un buen motivo para estar alegres
hoy y siempre. Esa es la razón por la
que la Iglesia dirige al Padre celestial, “por
Jesucristo,” todas sus oraciones oficiales
que, al ser presentadas en su nombre, Dios Padre
las atiende siempre, si son para su mayor gloria
y provecho de nuestras almas (Is 48, 11; Mt 6,
6; Jn 14, 13; Stg 1, 6).
Como nuestra subida a los cielos en cuerpo
y alma tendrá lugar al final de los tiempos,
necesitaremos un poco de paciencia; un poco solamente,
pues el alma, descarnada por la muerte del cuerpo,
ya podrá ir allí inmediatamente
si en el juicio particular, que tendrá lugar
en el mismo momento de la muerte, recibió una
sentencia favorable. Sentencia favorable que
ya podemos asegurar ahora si “amamos a
Dios con todo nuestro corazón, con toda
nuestra alma y con toda nuestra mente,... y al
prójimo como a nosotros mismos” (Mt
22, 37-39).