“La Eucaristía es
luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia
de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística,
en la unidad de las dos «mesas»,
la de la Palabra y la del Pan.”
Carta
Apostólica Mane Nobiscum Domine
--Juan Pablo II
Trasfondo
histórico de la Eucaristía
Haydée E. Reichard de
Cancio
Para EL VISITANTE
Desde la creación del hombre y la mujer
hasta la venida de Jesucristo, se le ofrecían
sacrificios a Dios, bien para adorarle o en remisión
por los pecados cometidos. Con la llegada del
pecado y la pérdida de la gracia, los
sacrificios que se le presentaban a Dios eran
de modo expiatorios y siempre con la espe-ranza
de ser reconciliados.
Por esa razón el oferente se despren-día
de algo suyo para expresarle al Creador su adoración,
dependencia y ansias de perdón. Al principio
se presentaban animales muertos por la remisión
de los pecados. Luego se consideró que
era de mayor agrado a Dios tomar un animal vivo
y ofrecerle la vida de éste, como si el
animal cargara con los pecados del penitente.
Lo que se ofrecía era inmolado o destruido
por medio del fuego y dejado en el lugar del
sacrificio. A través del Antiguo Testamento,
encontramos las ofrendas de corderos, bueyes
y otros animales a Dios, por ser Él, el
Hacedor y Creador del Universo. Los animales
sustituían al oferente, ya que Dios tenía
prohibido los sacrificios humanos.

Sin embargo no siempre los sacrificios
que eran presentados a Yahvé (Dios Padre) eran
de su agrado. El pueblo israelita en ocasiones
ofrecía al Señor lo que le sobraba
o estaba dañado. “Y se quejan de
que no les gusta y me desprecian, dice el Señor.
Ustedes toman para ofrecerlo en sacrificio a
un animal robado, cojo o apestado. ¿Creen
que les voy a aceptar eso?” (Malaquías
1,13). Mas, a través del profeta Malaquías,
Dios nos anuncia el culto perfecto que recibirá de
su pueblo nuevo; “Del Oriente al Occidente
y por todas las naciones me ofrecerán
un sacrificio”, que no es otro que el de
la Eucaristía.
“
Efectivamente, en tiempos de Moisés, Dios
libró a los israelitas de la esclavitud
de Egipto. La víspera del día en
que iban a abandonar el país Dios les
mandó sacrificar un cordero, comer de él
y marcar las puertas de “su casa con la
sangre. Cuando pasó el ángel exterminador,
al ver esta marca, no les hizo nada; en cambio,
hirió de muerte a los egipcios” (Libro
Básico Del Creyente, p. 384).
El cordero es prefigura de Cristo
que derramará hasta
la última gota de su sangre por nuestros
pecados. En Éxodo 13, 14, Yahvé anuncia
nuevamente la celebración de lo que al
pasar de los siglos se conocerá como la
Misa o Eucaristía. “Ustedes harán
recuerdo de esta fiesta en honor a Yahvé.
Esta ley es para siempre: los descendientes de
ustedes no dejarán de celebrar este día.” Hoy
el Paso del Señor lo recordamos en la
comida fraternal en la cual recibimos el cuerpo
y la sangre de Cristo-Cordero que murió y
resucitó por nuestros pecados.
En el Nuevo Testamento encontramos
innumerables citas en que se nos prefigura la
Eucaristía.
Mediante la multiplicación de los panes
aprendemos cómo Dios, por su infinito
poder y sabiduría, puede multiplicar no
sólo el pan que nos alimenta físicamente,
sino el pan que va a ser consagrado por el sacerdote
en el cuerpo y la sangre de Jesús.
Jesús además nos invita a no preocuparnos
por la comida diaria “sino por otra que
permanece y da vida eterna, es la que dará el
Hijo del Hombre. Porque participamos todos del
mismo pan... Este es el que el Padre señaló con
su propio sello” (Juan 6.27).
Más adelante en Juan 6,35; Jesús
se identifica personalmente con esa comida que “permanece
y da vida eterna”, cuando afirma: “Yo
soy el Pan de Vida. El que viene a mí nunca
tendrá hambre, el que cree en mí nunca
tendrá sed. Sin embargo ustedes me han
visto y no creen.” Jesús, el Maestro,
acude al método repetitivo y recalca: “Yo
soy el Pan de Vida... Aquí tienen el pan
que bajó del cielo para que el que coma
no muera.”
Luego que nos ha dicho que Él es “El
Pan del Cielo”, de varias formas y en diferentes
ocasiones, nos aclara otros tres puntos: “Yo
soy el Pan Vivo bajado del cielo, el que coma
de este pan vivirá para siempre. El pan
que yo daré es mi carne, y la daré por
la vida del mundo” (Juan 6,51). En otras
palabras, nos manifiesta que ese Pan está vivo,
tiene vida; luego declara, que el que coma de
este Pan, no verá la muerte, (claro, la
espiritual); y que Él (Jesús) dará su
vida, por la vida del mundo, que será el
retorno de la gracia al hombre, por los méritos
de la pasión, muerte y resurrección
del Señor.
El Maestro, conociendo las flaquezas
del ser humano, lo despreocupado que es ante
las cosas
del cielo, además de repetir su mensaje
de la importancia que tiene el reconocer su presencia
viva en el Pan de Vida, sí la presenta
al lector, en forma simple y clara para que pueda
ser captada por los sencillos y humildes de corazón.
Aunque todavía no ha instituido la Eucaristía
el Señor quiere ir preparando el rebaño,
para que cuando llegue el momento entiendan.
Por esa razón en Juan 6,53,56, Jesús
claramente advierte la importancia que tiene
el comer de su cuerpo y el beber de su sangre,
cuando dice: “En verdad les digo: si no
comen la carne del Hijo del Hombre, y no beben
su sangre, no tendrán la vida eterna.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida
eterna y yo lo resucitaré en el último
día. Mi carne es comida verdadera y mi
sangre es bebida verdadera.”
(Continuará...)