Edición 19 • 8 al 14 de mayo de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

“La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan.”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine --Juan Pablo II

Trasfondo histórico de la Eucaristía

Haydée E. Reichard de Cancio
Para EL VISITANTE

Desde la creación del hombre y la mujer hasta la venida de Jesucristo, se le ofrecían sacrificios a Dios, bien para adorarle o en remisión por los pecados cometidos. Con la llegada del pecado y la pérdida de la gracia, los sacrificios que se le presentaban a Dios eran de modo expiatorios y siempre con la espe-ranza de ser reconciliados.

Por esa razón el oferente se despren-día de algo suyo para expresarle al Creador su adoración, dependencia y ansias de perdón. Al principio se presentaban animales muertos por la remisión de los pecados. Luego se consideró que era de mayor agrado a Dios tomar un animal vivo y ofrecerle la vida de éste, como si el animal cargara con los pecados del penitente. Lo que se ofrecía era inmolado o destruido por medio del fuego y dejado en el lugar del sacrificio. A través del Antiguo Testamento, encontramos las ofrendas de corderos, bueyes y otros animales a Dios, por ser Él, el Hacedor y Creador del Universo. Los animales sustituían al oferente, ya que Dios tenía prohibido los sacrificios humanos.

Sin embargo no siempre los sacrificios que eran presentados a Yahvé (Dios Padre) eran de su agrado. El pueblo israelita en ocasiones ofrecía al Señor lo que le sobraba o estaba dañado. “Y se quejan de que no les gusta y me desprecian, dice el Señor. Ustedes toman para ofrecerlo en sacrificio a un animal robado, cojo o apestado. ¿Creen que les voy a aceptar eso?” (Malaquías 1,13). Mas, a través del profeta Malaquías, Dios nos anuncia el culto perfecto que recibirá de su pueblo nuevo; “Del Oriente al Occidente y por todas las naciones me ofrecerán un sacrificio”, que no es otro que el de la Eucaristía.

“ Efectivamente, en tiempos de Moisés, Dios libró a los israelitas de la esclavitud de Egipto. La víspera del día en que iban a abandonar el país Dios les mandó sacrificar un cordero, comer de él y marcar las puertas de “su casa con la sangre. Cuando pasó el ángel exterminador, al ver esta marca, no les hizo nada; en cambio, hirió de muerte a los egipcios” (Libro Básico Del Creyente, p. 384).

El cordero es prefigura de Cristo que derramará hasta la última gota de su sangre por nuestros pecados. En Éxodo 13, 14, Yahvé anuncia nuevamente la celebración de lo que al pasar de los siglos se conocerá como la Misa o Eucaristía. “Ustedes harán recuerdo de esta fiesta en honor a Yahvé. Esta ley es para siempre: los descendientes de ustedes no dejarán de celebrar este día.” Hoy el Paso del Señor lo recordamos en la comida fraternal en la cual recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo-Cordero que murió y resucitó por nuestros pecados.

En el Nuevo Testamento encontramos innumerables citas en que se nos prefigura la Eucaristía. Mediante la multiplicación de los panes aprendemos cómo Dios, por su infinito poder y sabiduría, puede multiplicar no sólo el pan que nos alimenta físicamente, sino el pan que va a ser consagrado por el sacerdote en el cuerpo y la sangre de Jesús.

Jesús además nos invita a no preocuparnos por la comida diaria “sino por otra que permanece y da vida eterna, es la que dará el Hijo del Hombre. Porque participamos todos del mismo pan... Este es el que el Padre señaló con su propio sello” (Juan 6.27).

Más adelante en Juan 6,35; Jesús se identifica personalmente con esa comida que “permanece y da vida eterna”, cuando afirma: “Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed. Sin embargo ustedes me han visto y no creen.” Jesús, el Maestro, acude al método repetitivo y recalca: “Yo soy el Pan de Vida... Aquí tienen el pan que bajó del cielo para que el que coma no muera.”

Luego que nos ha dicho que Él es “El Pan del Cielo”, de varias formas y en diferentes ocasiones, nos aclara otros tres puntos: “Yo soy el Pan Vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré por la vida del mundo” (Juan 6,51). En otras palabras, nos manifiesta que ese Pan está vivo, tiene vida; luego declara, que el que coma de este Pan, no verá la muerte, (claro, la espiritual); y que Él (Jesús) dará su vida, por la vida del mundo, que será el retorno de la gracia al hombre, por los méritos de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

El Maestro, conociendo las flaquezas del ser humano, lo despreocupado que es ante las cosas del cielo, además de repetir su mensaje de la importancia que tiene el reconocer su presencia viva en el Pan de Vida, sí la presenta al lector, en forma simple y clara para que pueda ser captada por los sencillos y humildes de corazón.

Aunque todavía no ha instituido la Eucaristía el Señor quiere ir preparando el rebaño, para que cuando llegue el momento entiendan. Por esa razón en Juan 6,53,56, Jesús claramente advierte la importancia que tiene el comer de su cuerpo y el beber de su sangre, cuando dice: “En verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre, y no beben su sangre, no tendrán la vida eterna. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera.”

(Continuará...)

 


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