8
de mayo
La
Ascensión del Señor
El acontecimiento
Esta solemnidad ha sido trasladada
al domingo 7Å de Pascua desde su día originario,
el jueves de la 6Å semana de Pascua, cuando se
cumplen los cuarenta días después
de la resurrección, conforme al relato
de san Lucas en su Evangelio y en los Hechos
de los Apóstoles, pero sigue conservando
el simbolismo de la cuarentena: como el Pueblo
de Dios anduvo cuarenta días en su Éxodo
del desierto hasta llegar a la tierra prometida,
así Jesús cumple su Éxodo
pascual en cuarenta días de apariciones
y enseñanzas hasta ir al Padre. La Ascensión
es un momento más del único misterio
pascual de la muerte y resurrección de
Jesucristo, y expresa sobre todo, la dimensión
de exaltación y glorificación de
la naturaleza humana de Jesús como contrapunto
a la humillación padecida en la pasión,
muerte y sepultura.

Al contemplar la ascensión de su Señor
a la gloria del Padre, los discípulos
quedaron asombrados, porque no entendían
las Escrituras antes del don del Espíritu,
y miraban hacia lo alto. Intervienen dos hombres
vestidos de blanco, es una teofanía, la
misma de los dos hombres que Lucas describe en
el sepulcro (24,4). En ellos la Iglesia Madre
judeo-cristiana veía acertadamente la
forma simbólica de la divina presencia
del Padre, que son Cristo y el Espíritu.
Las palabras de los dos hombres son fundamentales:
Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados
mirando al cielo? El mismo Jesús que os
ha dejado para subir al cielo, volverá como
le habéis visto marcharse (Hechos 1,11).
En un exceso de amor semejante al que le llevó al
sacrificio, el Señor volverá para
tomar a los suyos y para estar con ellos para
siempre; y se mostrará como imagen perfecta
de Dios, como icono transformante por obra del
Espíritu, para volvernos semejantes a él,
para contemplarlo tal como él es (1 Juan
3,1-12). Contemplando en la liturgia el icono
del Señor - sobre todo en la Eucaristía
- intuimos el rostro de Dios tal como es y como
lo veremos eternamente. Y lo invocamos para que
venga ahora y siempre.
En el relato de este misterio
según el
Evangelio de san Mateo (28,19-20), el Señor
envía a los discípulos a proclamar
y a realizar la salvación, según
el triple ministerio de la Iglesia: pastoral,
litúrgico y magisterial: Id y haced discípulos
de todos los pueblos (por el anuncio profético
y el gobierno pastoral, formando y desarrollando
la vida de la Iglesia), bautizándolos
en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo (aplicándoles la salvación,
introduciendo sacramentalmente en la Iglesia);
y enseñándoles a guardar todo lo
que os he mandado (mediante el magisterio apostólico
y la vida en la caridad, el gran mandato). Se
está cumpliendo el plan de Dios, y la
salvación, anunciada primero a Israel,
es proclamada a todos los pueblos. En esta obra
de conversión universal, por larga y laboriosa
que pueda ser, el Resucitado estará vivo
y operante en medio de los suyos: “Y sabed
que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo.”
El misterio
La lectura apostólica que propone la Iglesia
interpreta perfectamente el acontecimiento de
la Ascensión del Señor, adentrándonos
en el misterio del ingreso del resucitado en
el santuario celeste. Ahora podemos decir con
el canto del Santo que los cielos y la tierra
están llenos de la gloria de Dios (En
Isaías 6,3 sólo se nombraba a la
tierra). Ahora, con la ascensión de la
humanidad del Hijo de Dios, conmemorada en el
misterio litúrgico, sobre la que reposa
la gloria del Padre, adorada por los ángeles,
también nosotros somos unidos por la gracia
a esta alabanza eterna, en el cielo y en la tierra.
Estamos en el penúltimo momento del misterio
pascual, antes de la donación del Espíritu
Santo al cumplirse los días de la cincuentena,
el Pentecostés.
La vida cristiana
Las oraciones de esta solemnidad
piden que permanezcamos fieles a la doble condición de la vida
cristiana, orientada simultáneamente a
las realidades temporales y a las eternas. Esta
es la vida en la Iglesia, comprometida en la
acción y constante en la contemplación.
Porque Cristo, levantado en alto sobre la tierra,
atrajo hacia sí a todos los hombres; resucitando
de entre los muertos envió a su Espíritu
vivificador sobre sus discípulos y por él
constituyó a su Cuerpo que es la Iglesia,
como sacramento universal de salvación;
estando sentado a la derecha del Padre, sin cesar
actúa en el mundo para conducir a los
hombres a su Iglesia y por Ella unirlos a sí más
estrechamente y, alimentándolos con su
propio Cuerpo y Sangre, hacerlos partícipes
de su vida gloriosa. Instruidos por la fe acerca
del sentido de nuestra vida temporal, al mismo
tiempo, con la esperanza de los bienes futuros,
llevamos a cabo la obra que el Padre nos ha confiado
en el mundo y labramos nuestra salvación
(Vaticano II, Lumen gentium 48).
(Fuente: aciprensa.com)