 |
Padre Efraín
Zabala |
“Esto tá’malo”
Se oye por doquier un lamento que hiere la
susceptibilidad y ahonda las preocupaciones cotidianas.
La frase
más usada es explosiva y es en muchos
casos producto de la inconformidad y del tener
cosas materiales. Cuando los recursos económicos
se quedan cortos y el instinto consumista emerge
como un tsunamis, se oye un clamor, una queja
de estricta envergadura humana.
 |
La conversación comienza
con un dejo casi apocalíptico que
es respondido con otro de pesimismo desbordante.
A pesar de que las neveras están llenas,
los “closets” rebosan en ropa
y zapatos y hay tres vehículos en
la casa, la clave de reproche está al
acecho. Es como un deporte, un pasatiempo
que altera el sistema cardiovascular y representa
como un análisis social, que parte
de un afán por la abundancia desbordante
por la multiplicación de bienes. |
El esto tá’malo viene envuelto en
papel de regalo de tipo sensorial y económico.
Nadie pondera lo espiritual, la alegría
de vivir, la falta de amistad y compañerismo.
Lo más importante es soslayado, guardado
y oculto bajo las preocupaciones de índole
terrenal y de bienestar a ras de piel. Hay un
desequilibrio propiciado por la percepción
de felicidad que se pretende lograr a billetazo
limpio. Se vive para no escatimar en gastos,
en gestos rejuvenecedores, en símbolos
de un confort frívolo que responde a un
más enloquecedor.
Los que son adictos a la materia no pueden
entender cómo los miles de niños que viven
en vertederos, comen de zafacones y pasan la
noche en vela pueden subsistir sin cobijarse
bajo la frasecita célebre de esto tá’malo.
Hay miles de seres humanos que viven al margen
de la afluencia y todavía sonríen
y cantan cuando se reúnen para celebrar
la existencia.
No se vive bien cuando la estridencia de lo
material maltrata la sosegada virtud y se ensaña
contra lo mesurado, lo sobrio, lo adecuado para
dar gracias a Dios por su amor y su bondad. Esa
ideología de lo mucho ha quebrado todas
las buenas intenciones y ha dañado los
caminos de la educación y la solidaridad
comunitaria.
No se está feliz en esta jurisdicción
de masacres, atentados contra la vida, drogas
y vicios. Lo que se palpa no se corrige con cataplasmas
de materialismo sino con un sentido de equidad,
de armonía, de humanidad. Puerto Rico
necesita de paz, de celebraciones adecuadas,
de una colmena de amor que atraiga al pueblo
a establecer una colindancia con Dios y con el
prójimo.