Abrirnos
a la acción del
Espíritu Santo
P. José P. Benabarre
Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
Pentecostés es la gran fiesta del Espíritu
Santo, a quien atribuimos la santificación
de las almas; santificación que cada
persona consigue abriéndose a la verdad
y al amor. Es lo que hicieron los apóstoles
el día de Pentescostés, que acaeció 50
días –eso es lo que significa
Pentecostés- después de la Resurrección
del Señor Jesús. Hoy conmemoramos
ese hecho, y bendecimos, adoramos y damos gracias
al Espíritu Santo, que también
nos invita a cada uno de nosotros a abrir nuestro
entendimiento a la verdad y nuestro corazón,
al amor.
Acción del Espíritu
Santo en la Iglesia y en las almas
Sabemos que hay un solo Dios,
a quien adoramos. Pero la fe nos enseña que, en ese único
y verdadero Dios, hay un Padre, un Hijo y un
Espíritu Santo. La Divinidad, el único
Dios, es fuente, origen y dador de todo bien.
Pero en nuestro modo de pensar, atribuimos
la creación al Padre, la redención,
mediante su muerte en la cruz, al Hijo, Jesús,
y la santificación de las almas, al
Espíritu Santo (Credo). En realidad,
las tres divinas Personas intervienen en todo.
La repetida promesa de Jesús a sus apóstoles
que les enviaría el Espíritu
Santo, una vez llegado al cielo (Jn 14, 16-17.26;
15, 26-27; 16, 13-15), se cumplió el
día de Pentecostés. Nos describe
el acontecimiento San Lucas en el Capítulo
2 de su libro Los Hechos de los apóstoles.
No es que el Espíritu Santo estuviera
ausente de las almas hasta esa fecha, pues,
como Dios, está en todo lugar; sino
que, desde aquel día, su presencia en
ellas [las almas] y en la Iglesia será más
manifiesta, más iluminadora, más
santificadora y más evangelizadora.
El Espíritu Santo nos ilumina la inteligencia
porque, con su gracia, nos habilita para aceptar
las verdades de la fe, aun cuando no las podamos
entender.
El Espíritu Santo nos santifica porque,
con su presencia activa en nuestras almas,
nos da fuerza para superar los vicios y practicar
las virtudes. “... vosotros conocéis
el Espíritu de la verdad, porque vive
en vosotros y está en vosotros” (Jn
14, 17b).
Efecto de la presencia, iluminación
y santificación del Espíritu
en las almas, es el deseo, la determinación
y acción de los buenos cristianos de
conquistar almas para Cristo, es decir, de
ser sus apóstoles, y así continuar
su obra salvadora en el mundo. Ese deseo acompaña
a la voluntad que, fiel al mandato de Cristo,
quiere llegar a la santidad; santidad que se
consigue en la medida en que nos abrimos a
la acción del Espíritu Santo
(Lv 20, 26; Mt 5, 48; 1 Ts 4, 3).
Los
dones del Espíritu Santo
Haciéndose eco de los deseos de unos
y de las obligaciones de todos, la Iglesia
pide hoy para todos sus hijos los siete Dones
del Espíritu Santo: sabiduría,
entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza,
piedad y temor de Dios.
El don de sabiduría nos permite saborear
las realidades de la nueva vida en Dios. Ese
sabor nos anima a amar a Dios con todo nuestro
corazón, con toda nuestra alma, con
todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas.
Por el don de entendimiento
nos adentramos en el misterio de Dios, cuyo
conocimiento supera
la capacidad natural del hombre. Por él
captamos la presencia de Dios en todos los
hombres y en todas las cosas.
El don de consejo nos permite
ver el mejor camino para hacer el bien y llegar
a la santidad.
Su presencia en el alma no excluye el que
busquemos el consejo de los expertos.
El don de fortaleza nos permite
afrontar y superar las dificultades, sean grandes
o pequeñas,
que se presentan en nuestro camino hacia Dios.
Desde luego, excluye la violencia. En la Biblia,
Dios es llamado “el fuerte”, “el
valiente” (Sal 24(23), 8).
El don de ciencia no corresponde
a lo que llamamos hoy así. Este don nos facilita conocer
a Dios y todas las cosas relacionadas con El;
y nos inclina a atribuirle todo lo bueno. Es
parte de la Providencia en acción.
El don de piedad, más que actos, designa
la piedad, amor y respeto que debemos a Dios
y a todas las personas por amor a El. Es el “amor
filial” que nos facilita el amor y respeto
hacia todos, pero, especialmente, hacia Dios
Padre.
El don de temor de Dios es el
punto de partida de la sabiduría (Pr 1, 7). En la Biblia, “temor” no
es tanto miedo, cuanto respeto y reconocimiento
de la distancia que experimentamos con relación
a Aquél que está infinitamente
más allá de nosotros.
¿
Cómo podemos conseguir todos esos dones,
que el Espíritu Santo reparte según
su beneplácito? Con la oración
humilde, confiada y frecuente. Dios nos dará los
que nos convenga, bien entendido que el Espíritu
Santo no nos concederá nada si no es
para mayor gloria de Dios (Is 48 11), y salvación
de nuestras almas.
Frutos
del Espíritu Santo
“
Los frutos del Espíritu Santo son los
actos procedentes de los dones del mismo Espíritu.
En ellos se muestran a modo de perfección
espiritual, los efectos de la presencia y acción
del Espíritu ‘como primicias de
la vida eterna’ (Catecismo de la Iglesia
Católica #1832).
Suelen enumerarse doce frutos
del Espíritu,
siguiendo el texto paulino de la Vulgata, aunque
el número no es exhaustivo: caridad,
gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad,
mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad
(Ga 5, 22-23). En estas actitudes o ‘perfecciones’,
el cristiano se muestra testigo de las bienaventuranzas
y del mandato del amor, transparentando las
características del mensaje evangélico” (Juan
Ezquerra Bidet, Diccionario de Evangelización –Madrid,
BAC, 1998).