Edición 20 • 15 al 21de mayo de 2005
Hoy es miércoles, 7 de enero de 2009

Abrirnos a la acción del Espíritu Santo

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Pentecostés es la gran fiesta del Espíritu Santo, a quien atribuimos la santificación de las almas; santificación que cada persona consigue abriéndose a la verdad y al amor. Es lo que hicieron los apóstoles el día de Pentescostés, que acaeció 50 días –eso es lo que significa Pentecostés- después de la Resurrección del Señor Jesús. Hoy conmemoramos ese hecho, y bendecimos, adoramos y damos gracias al Espíritu Santo, que también nos invita a cada uno de nosotros a abrir nuestro entendimiento a la verdad y nuestro corazón, al amor.

Acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en las almas

Sabemos que hay un solo Dios, a quien adoramos. Pero la fe nos enseña que, en ese único y verdadero Dios, hay un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo. La Divinidad, el único Dios, es fuente, origen y dador de todo bien. Pero en nuestro modo de pensar, atribuimos la creación al Padre, la redención, mediante su muerte en la cruz, al Hijo, Jesús, y la santificación de las almas, al Espíritu Santo (Credo). En realidad, las tres divinas Personas intervienen en todo.

La repetida promesa de Jesús a sus apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo, una vez llegado al cielo (Jn 14, 16-17.26; 15, 26-27; 16, 13-15), se cumplió el día de Pentecostés. Nos describe el acontecimiento San Lucas en el Capítulo 2 de su libro Los Hechos de los apóstoles. No es que el Espíritu Santo estuviera ausente de las almas hasta esa fecha, pues, como Dios, está en todo lugar; sino que, desde aquel día, su presencia en ellas [las almas] y en la Iglesia será más manifiesta, más iluminadora, más santificadora y más evangelizadora.

El Espíritu Santo nos ilumina la inteligencia porque, con su gracia, nos habilita para aceptar las verdades de la fe, aun cuando no las podamos entender.

El Espíritu Santo nos santifica porque, con su presencia activa en nuestras almas, nos da fuerza para superar los vicios y practicar las virtudes. “... vosotros conocéis el Espíritu de la verdad, porque vive en vosotros y está en vosotros” (Jn 14, 17b).

Efecto de la presencia, iluminación y santificación del Espíritu en las almas, es el deseo, la determinación y acción de los buenos cristianos de conquistar almas para Cristo, es decir, de ser sus apóstoles, y así continuar su obra salvadora en el mundo. Ese deseo acompaña a la voluntad que, fiel al mandato de Cristo, quiere llegar a la santidad; santidad que se consigue en la medida en que nos abrimos a la acción del Espíritu Santo (Lv 20, 26; Mt 5, 48; 1 Ts 4, 3).

Los dones del Espíritu Santo

Haciéndose eco de los deseos de unos y de las obligaciones de todos, la Iglesia pide hoy para todos sus hijos los siete Dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios.

El don de sabiduría nos permite saborear las realidades de la nueva vida en Dios. Ese sabor nos anima a amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas.

Por el don de entendimiento nos adentramos en el misterio de Dios, cuyo conocimiento supera la capacidad natural del hombre. Por él captamos la presencia de Dios en todos los hombres y en todas las cosas.

El don de consejo nos permite ver el mejor camino para hacer el bien y llegar a la santidad. Su presencia en el alma no excluye el que busquemos el consejo de los expertos.

El don de fortaleza nos permite afrontar y superar las dificultades, sean grandes o pequeñas, que se presentan en nuestro camino hacia Dios. Desde luego, excluye la violencia. En la Biblia, Dios es llamado “el fuerte”, “el valiente” (Sal 24(23), 8).

El don de ciencia no corresponde a lo que llamamos hoy así. Este don nos facilita conocer a Dios y todas las cosas relacionadas con El; y nos inclina a atribuirle todo lo bueno. Es parte de la Providencia en acción.

El don de piedad, más que actos, designa la piedad, amor y respeto que debemos a Dios y a todas las personas por amor a El. Es el “amor filial” que nos facilita el amor y respeto hacia todos, pero, especialmente, hacia Dios Padre.

El don de temor de Dios es el punto de partida de la sabiduría (Pr 1, 7). En la Biblia, “temor” no es tanto miedo, cuanto respeto y reconocimiento de la distancia que experimentamos con relación a Aquél que está infinitamente más allá de nosotros.

¿ Cómo podemos conseguir todos esos dones, que el Espíritu Santo reparte según su beneplácito? Con la oración humilde, confiada y frecuente. Dios nos dará los que nos convenga, bien entendido que el Espíritu Santo no nos concederá nada si no es para mayor gloria de Dios (Is 48 11), y salvación de nuestras almas.

Frutos del Espíritu Santo

“ Los frutos del Espíritu Santo son los actos procedentes de los dones del mismo Espíritu. En ellos se muestran a modo de perfección espiritual, los efectos de la presencia y acción del Espíritu ‘como primicias de la vida eterna’ (Catecismo de la Iglesia Católica #1832).

Suelen enumerarse doce frutos del Espíritu, siguiendo el texto paulino de la Vulgata, aunque el número no es exhaustivo: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad (Ga 5, 22-23). En estas actitudes o ‘perfecciones’, el cristiano se muestra testigo de las bienaventuranzas y del mandato del amor, transparentando las características del mensaje evangélico” (Juan Ezquerra Bidet, Diccionario de Evangelización –Madrid, BAC, 1998).

Ir al tope del documento
Ir atrs
Página Principal De Portada Esta Semana En Foco Formación Liturgia Por las diócesis EV de Revista