Lo que queda
Después del bailecito que simula el acto
sexual de los perros (perreo) entre adolescentes,
después de las letras eróticas
ofensivas a la dignidad humana y todo envuelto
en un ritmo pegajoso en donde se funden el rap,
el hip-hop y el reggae con más “son” o
sea el reggaetón, ¿qué queda?...
la soledad del propio asco, la frustración ácida
del ‘peer pressure’ y mucha rabia
con los responsables directos e indirectos de
la fiestecita.
El baile que podría ser una expresión
digna de alegría, desenfado, ritmo y armonía,
se convierte en un contoneo idiotizante. Las
letras que podrían ser arte que ennoblezca
al ser humano, ensalzan el sexo, las drogas,
el alcohol, el dinero, incitan al odio, la infidelidad
y denigran a la mujer.
Es verdad que ante la alarma social, algunos
pocos intérpretes y productores han corregido
los contenidos de las letras. Cierto es que ante
la utilización de menores, sobre todo
de mujeres, para proyectar mediante videos musicales
una juventud promiscua, se han aprobado leyes
contra la obscenidad y la pornografía
infantil que defiende a los menores.
Aún así, los padres y la comunidad
viven anestesiados e indiferentes ante este ambiente
y se les hunde el ‘titanic’ mientras
ellos tocan el piano.
En esto hay que actuar con firmeza, audacia
y astucia. En los bailes, sí al hip-hop,
al merengue, al rap, a la salsa, al bolero, al
ska, al rock … pero un no al reggaetón
de letras inmorales, ni al perreo.
Los padres tienen que organizar la diversión
de los hijos con enorme inventiva. No se pueden
dejar arrastrar de los bandidos que quieren pervertir
y sonsacar a sus hijos, ni pueden dejar que malintencionados
les organicen la vida. Para divertirse a plenitud
no hay que hacer inmoralidades.
En el fondo esto es un reflejo de la ausencia
de valores familiares y de la falta de vergüenza
y sentido común. Dios quiera que algún
día podamos apreciar el buen ritmo de
la música del reggaetón por todo
cuanto tenga de puro, amable, noble y honorable.