Hna.
Jacinta Jaraiz, ccv
Carmelita
de profunda espiritualidad
Sister Iris Rivera Cintrón,
ccv
Para EL VISITANTE
 |
Vivió cuarenta y cinco años
en el campus de la Pontificia Universidad
Católica de Ponce. No era una profesional
académica, pero sí una Carmelita
de profunda espiritualidad y de una vida
excepcional, que nos dejó un gran
testimonio de fidelidad al Señor.
La
Hna. Jacinta nació en Cáceres,
España, el 3 de febrero de 1920, en
el seno de una familia sencilla y con varios
hermanos, quienes muy pronto quedaron huérfanos. |
Ella sintió la llamada del Señor
ya con madurez para saber la opción que
tomaba. Contaba que hizo un retiro con las Hermanas
Carmelitas y allí, con la ayuda del sacerdote,
aclaró su vocación. Decía
también que su búsqueda en respuesta
a encauzar su vocación fue muy bonita,
de mucha ilusión, viendo la mano de Dios
en el proceso.
En uno de los primeros grupos que vino a trabajar
a la recién fundada y llamada en aquel
entonces, la Universidad Santa María de
Ponce, llegó a Puerto Rico la Hna. Jacinta
en el 1954. Para ella la misión apostólica
en toda su vida religiosa transcurrió en
la Residencia de las Hermanas Carmelitas de esta
Universidad. No se la veía caminar por
el campus, pero se preocupaba y oraba por todos
sus miembros y por sus necesidades. Conocía
la administración, desde el Presidente
hasta las personas que tenían a cargo
el embellecimiento del campus universitario.
Su corazón estuvo centrado en el servicio
a las estudiantes universitarias que se hospedaban
en la Residencia y en aquel su oficio de sacristana. ¡Cuánto
cuidado prestaba a estas jóvenes, con
un cariño excepcional! A las cinco de
la mañana, la Hna. Jacinta ya estaba rondando
por la casa. Todo estaba impecable, y no se veía
quién lo hacía... pero era ella,
la Hermana dispuesta a todo. Llevaba la orientación
espiritual de cada estudiante, pues actuaba como
su consejera... su amiga. Era la madre a quien
cada joven iba a saludar a la cocina cuando llegaba
de clase. Enfermera de todas,... cuidadosa de
preparar la sopita, dar el medicamento, escuchar
la queja, dar el consuelo.
Muy pronto en la mañana ya la encontrábamos
en nuestra capilla, dando los cuidados a las
flores que adornarían el Sagrario... el
florerito a la Virgen... las plantas ornamentales...
Tantos detalles para disfrutar, preparados en
un gran silencio, sin buscar reconocimiento,
ni agradecimiento de las que vivíamos
con ella. Jamás la oímos decir
que estaba cansada, cuando sobre las once de
la noche rondaba por los pasillos de los dormitorios
vigilando por el descanso de estudiantes y Hermanas.
Las jóvenes que vivimos en la Residencia,
durante los años de la Hermana Jacinta
recuerdan el arrastrar sus chancletas, caminando
suavemente por los pasillos del dormitorio, pasos
que esperábamos, con un Dios te bendiga,
para dormirnos. Era su estilo de decirnos buenas
noches.
El día en que celebramos sus 50 años
de vida religiosa, las estudiantes escribieron
esta semblanza:
“
Bienvenidos a nuestra casa, lugar de sueños,
esperanzas, luchas y mucho amor. Nos hemos reunido
para celebrar que Dios nos ha dado la oportunidad
de encontrarnos con nosotras mismas y encontrarnos
Su amor. Pero de forma especial también
nos reunimos para dar gracias por una vida generosa
que durante tanto tiempo se ha entregado con
alegría y amor al servicio de Dios y de
los que la rodean. Su sonrisa y su mirada de
amor ha dejado huellas en todas las jóvenes
que por esta residencia hemos pasado. Este ser
tan especial de quien les hablamos es la muy
querida, apreciada y admirada Hermana Jacinta.
Ella llegó a Puerto Rico hace muchos años.
Toda su juventud en la vida religiosa la ha pasado
con nosotras en este terruño borincano.
Se ha dedicado a Puerto Rico. Aquí ha
fortalecido su amor a Jesucristo. Aquí echó raíces
su vocación de mujer consagrada. Aquí su
sí a Dios adquirió un rostro de
servicio y disponibilidad para trabajar con las
jóvenes universitarias.
Su alma es joven, fresca y llena de ilusiones.
La Hna. Jacinta es la de caminar suave, mirada
tierna y corazón sensible por las tristezas,
preocupaciones y enfermedades de cada una de
nosotras. Su silencio es uno activo, que nos
permite pronunciar nuestra palabra y ser escuchada
con reverencia y ternura. Su atención
la lleva a acogernos a cada una como persona
y a crear un espacio de confianza. Su amor, que
nos ha tocado, refleja su ternura, sencillez
y preocupación. Su respeto y cariño
por cada una queda visible, mostrando así en
toda su vida el rostro amoroso de Dios. Es una
mujer fuerte en sus decisiones, clara en lo que
espera de cada una de nosotras y consecuente
en sus acciones. Todas sabemos que a la Hermana
Jacinta hay que amarla, respetarla y escucharla
porque es portadora de la sabiduría, del
amor y la ternura de Dios.”
La Hna. Jacinta era muy amante de la oración
y pasaba largos ratos en la capilla. El final
de su vida estuvo acrisolado por el sufrimiento.
Pasó cinco años y medio en su silla
de ruedas sin quejarse nunca, siempre se la veía
contenta. Traslucía en su semblante la
paz interior y la aceptación tranquila
de la voluntad de Dios. Pasaba casi toda la mañana
en la capilla sentada en su silla de ruedas frente
al Sagrario.
Así fue su vida y así fue su muerte.
El día 4 de marzo de 2005, un viernes
a las tres de la tarde, como lo hizo Jesús,
se entregó al Padre. Esperó que
las Hermanas estuviéramos entretenidas
en otras cosas y se marchó en silencio,
como cuando se levantaba sin que nadie la escuchara,
o cuando hacía los preparativos para la
Eucaristía en su comunidad. Después
de estar toda la mañana en la capilla,
a las doce escuchaba la Misa televisada y comulgaba.
Ese día al salir de la Capilla, cuando
sabía que su encuentro con el Padre estaba
muy cerca, señaló la imagen de
la Virgen y la acercamos a Ella. Le dio un beso....
beso de despedida o de encuentro. No lo sabremos
nunca. Sólo afirmamos que todo fue en
silencio, en oración... nos dejó admiradas
por sus ejemplos, por su gran amor a Dios y a
los hermanos, como quería nuestra fundadora,
Santa Joaquina de Vedruna.
(La autora es directora del Programa de Doctorado
en Educación en la Pontificia Universidad
Católica.)