Edición 20 • 15 al 21de mayo de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Hna. Jacinta Jaraiz, ccv
Carmelita de profunda espiritualidad

Sister Iris Rivera Cintrón, ccv
Para EL VISITANTE

Vivió cuarenta y cinco años en el campus de la Pontificia Universidad Católica de Ponce. No era una profesional académica, pero sí una Carmelita de profunda espiritualidad y de una vida excepcional, que nos dejó un gran testimonio de fidelidad al Señor.

La Hna. Jacinta nació en Cáceres, España, el 3 de febrero de 1920, en el seno de una familia sencilla y con varios hermanos, quienes muy pronto quedaron huérfanos.

Ella sintió la llamada del Señor ya con madurez para saber la opción que tomaba. Contaba que hizo un retiro con las Hermanas Carmelitas y allí, con la ayuda del sacerdote, aclaró su vocación. Decía también que su búsqueda en respuesta a encauzar su vocación fue muy bonita, de mucha ilusión, viendo la mano de Dios en el proceso.

En uno de los primeros grupos que vino a trabajar a la recién fundada y llamada en aquel entonces, la Universidad Santa María de Ponce, llegó a Puerto Rico la Hna. Jacinta en el 1954. Para ella la misión apostólica en toda su vida religiosa transcurrió en la Residencia de las Hermanas Carmelitas de esta Universidad. No se la veía caminar por el campus, pero se preocupaba y oraba por todos sus miembros y por sus necesidades. Conocía la administración, desde el Presidente hasta las personas que tenían a cargo el embellecimiento del campus universitario.

Su corazón estuvo centrado en el servicio a las estudiantes universitarias que se hospedaban en la Residencia y en aquel su oficio de sacristana. ¡Cuánto cuidado prestaba a estas jóvenes, con un cariño excepcional! A las cinco de la mañana, la Hna. Jacinta ya estaba rondando por la casa. Todo estaba impecable, y no se veía quién lo hacía... pero era ella, la Hermana dispuesta a todo. Llevaba la orientación espiritual de cada estudiante, pues actuaba como su consejera... su amiga. Era la madre a quien cada joven iba a saludar a la cocina cuando llegaba de clase. Enfermera de todas,... cuidadosa de preparar la sopita, dar el medicamento, escuchar la queja, dar el consuelo.

Muy pronto en la mañana ya la encontrábamos en nuestra capilla, dando los cuidados a las flores que adornarían el Sagrario... el florerito a la Virgen... las plantas ornamentales... Tantos detalles para disfrutar, preparados en un gran silencio, sin buscar reconocimiento, ni agradecimiento de las que vivíamos con ella. Jamás la oímos decir que estaba cansada, cuando sobre las once de la noche rondaba por los pasillos de los dormitorios vigilando por el descanso de estudiantes y Hermanas. Las jóvenes que vivimos en la Residencia, durante los años de la Hermana Jacinta recuerdan el arrastrar sus chancletas, caminando suavemente por los pasillos del dormitorio, pasos que esperábamos, con un Dios te bendiga, para dormirnos. Era su estilo de decirnos buenas noches.

El día en que celebramos sus 50 años de vida religiosa, las estudiantes escribieron esta semblanza:

“ Bienvenidos a nuestra casa, lugar de sueños, esperanzas, luchas y mucho amor. Nos hemos reunido para celebrar que Dios nos ha dado la oportunidad de encontrarnos con nosotras mismas y encontrarnos Su amor. Pero de forma especial también nos reunimos para dar gracias por una vida generosa que durante tanto tiempo se ha entregado con alegría y amor al servicio de Dios y de los que la rodean. Su sonrisa y su mirada de amor ha dejado huellas en todas las jóvenes que por esta residencia hemos pasado. Este ser tan especial de quien les hablamos es la muy querida, apreciada y admirada Hermana Jacinta.

Ella llegó a Puerto Rico hace muchos años. Toda su juventud en la vida religiosa la ha pasado con nosotras en este terruño borincano. Se ha dedicado a Puerto Rico. Aquí ha fortalecido su amor a Jesucristo. Aquí echó raíces su vocación de mujer consagrada. Aquí su sí a Dios adquirió un rostro de servicio y disponibilidad para trabajar con las jóvenes universitarias.

Su alma es joven, fresca y llena de ilusiones. La Hna. Jacinta es la de caminar suave, mirada tierna y corazón sensible por las tristezas, preocupaciones y enfermedades de cada una de nosotras. Su silencio es uno activo, que nos permite pronunciar nuestra palabra y ser escuchada con reverencia y ternura. Su atención la lleva a acogernos a cada una como persona y a crear un espacio de confianza. Su amor, que nos ha tocado, refleja su ternura, sencillez y preocupación. Su respeto y cariño por cada una queda visible, mostrando así en toda su vida el rostro amoroso de Dios. Es una mujer fuerte en sus decisiones, clara en lo que espera de cada una de nosotras y consecuente en sus acciones. Todas sabemos que a la Hermana Jacinta hay que amarla, respetarla y escucharla porque es portadora de la sabiduría, del amor y la ternura de Dios.”

La Hna. Jacinta era muy amante de la oración y pasaba largos ratos en la capilla. El final de su vida estuvo acrisolado por el sufrimiento. Pasó cinco años y medio en su silla de ruedas sin quejarse nunca, siempre se la veía contenta. Traslucía en su semblante la paz interior y la aceptación tranquila de la voluntad de Dios. Pasaba casi toda la mañana en la capilla sentada en su silla de ruedas frente al Sagrario.

Así fue su vida y así fue su muerte. El día 4 de marzo de 2005, un viernes a las tres de la tarde, como lo hizo Jesús, se entregó al Padre. Esperó que las Hermanas estuviéramos entretenidas en otras cosas y se marchó en silencio, como cuando se levantaba sin que nadie la escuchara, o cuando hacía los preparativos para la Eucaristía en su comunidad. Después de estar toda la mañana en la capilla, a las doce escuchaba la Misa televisada y comulgaba. Ese día al salir de la Capilla, cuando sabía que su encuentro con el Padre estaba muy cerca, señaló la imagen de la Virgen y la acercamos a Ella. Le dio un beso.... beso de despedida o de encuentro. No lo sabremos nunca. Sólo afirmamos que todo fue en silencio, en oración... nos dejó admiradas por sus ejemplos, por su gran amor a Dios y a los hermanos, como quería nuestra fundadora, Santa Joaquina de Vedruna.

(La autora es directora del Programa de Doctorado en Educación en la Pontificia Universidad Católica.)

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