“Memoria
e Identidad” Monseñor Fernando
Benicio Felices Sánchez
Estas obras no aparecerán entre los escritos del Papa como Papa, es decir, en su función de pastor, de gobernante de la Iglesia, de maestro en la Fe, sino del Papa como escritor, como teólogo, como poeta, como pensador, como creyente con derecho a opiniones personales. Estoy pensando en los escritos que no saldrán publicados en la Acta Apostolicae Sedis, donde se publican los documentos oficiales del Pontífice reinante. Algunos presidentes de los Estados Unidos, así como algunas senadoras de dicho país, y no digamos algunos artistas de Hollywood, con la ayuda de escritores, porque ellos mismos no son escritores propiamente hablando, escriben sus memorias, una especie de biografía que les permite dar a conocer facetas de su vida, o les proveen foros para seguir siendo famosos, para sacar dinero en grande o para justificar o explicar sus actuaciones cuando eran famosos o ejercían cargos delicados. Al desigual que el librito escrito por el futuro Presidente John F. Kennedy, “Profiles in Courage”, estas personalidades, no han tenido una dimensión seria como escritores. Es algo rarísimo encontrar figuras del mundo de la literatura ocupando puestos importantes en el teatro del mundo. Es el caso extraordinario del ex presidente de la República de la entonces Checoslovaquia cuando se liberó del comunismo, el dramaturgo Vaclav Havel. Karol Wojtyla el escritor, ubicando un libro en el contexto de su obra Karol Wojtyla, el joven universitario y luego seminarista clandestino, escribe algunas obras teatrales antes de ser sacerdote. En diciembre de 1939 escribe una obra teatral hoy perdida, David. Tenía 19 años. A los pocos meses escribe otra obra teatral que medita sobre los temas de la justicia en la historia, llamada Job. Estaba en plena ocupación nazi. A los 20 escribió una segunda: Jeremías. Para estas fechas empezó a traducir Edipo de Sófocles del griego a polaco. Es evidente que la lectura tuvo un impacto decisivo en su vida. De joven obrero, durante la ocupación Nazi, leyó un libro de San Luis María Grignion de Montfort sobre la Verdadera Devoción a la Virgen María, que le marcó su vida espiritual. Dejemos que el mismo Karol Wojtyla se exprese sobre la influencia de los libros y la buena lectura en su vida: “Siempre he tenido un dilema: ¿Qué leo? Intentaba escoger lo más esencial. ¡La producción editorial es tan amplia! No todo es valioso y útil. Hay que saber elegir y pedir consejo sobre lo que se ha de leer. Desde que era niño me gustaban los libros. Mi padre me había habituado a la lectura. Con frecuencia se sentaba a mi lado y me leía, por ejemplo… escritores polacos. Cuando murió mi madre, quedamos solos los dos: él y yo. Y él no cesaba de animarme a conocer la literatura de valor. Tampoco obstaculizó nunca mi interés por el teatro. Si no hubiese estallado la guerra y no hubiese cambiado radicalmente la situación, tal vez me hubieran absorbido completamente las perspectivas que me abrían los estudios académicos de letras. Cuando informé a alguien de mi decisión de ser sacerdote me dijo: ‘¿Pero qué vas a hacer? ¿Quieres desperdiciar el talento que tienes?’ Cuando aun era estudiante de letras leía a varios autores. Primero me dediqué a la literatura, especialmente a la dramática. Leía Shakespeare, Moliere, los poetas polacos… Me apasionaba ser actor, subir al escenario. Muchas veces me quedaba pensando en los papeles que hubiera querido representar. .. Llegó el momento de la lectura de la filosofía y la teología. Como seminarista clandestino, recibí el manual de metafísica del profesor Wais y (el formador) me dijo: “Estúdialo. Cuando lo sepas, te examinas”. Durante algunos meses me sumí en aquel texto. Me presenté a; examen y lo superé. Esto supuso una transformación en mi vida. Se abrió ante mí un mundo nuevo. Comencé a afianzarme con los libros de teología. Más tarde, en Roma, durante los estudios, me dediqué a profundizar la Summa Theologiae de Santo Tomás. Hubo, pues dos etapas en mi itinerario intelectual: la primera consistió en el tránsito del modo de pensar literario a la metafísica; la segunda me llevó de la metafísica a la fenomenología… En la lectura y el estudio he intentado unir siempre de manera armónica las cuestiones de la fe, del pensamiento y del corazón. No son campos separados. Cada uno de ellos se adentra y anima los otros. En esa compenetración entre la fe, el pensamiento y el corazón, ejerce un influjo particular el asombro ante el milagro de la persona…” (Levantaos..., pp. 88-90) Como seminarista recuerda obras particulares de escritores sacerdotales que marcan su vida, es el caso de las Meditaciones sobre la vida sacerdotal del Obispo José Sebastián Pelczar (p. 117 de Levantaos). Como estudiante de teología en Roma y para poder escribir su tesis sobre San Juan de la Cruz, el místico que mejor ha explicado el desarrollo de la vida espiritual en sus diversas etapas hasta llegar a la transformación mística, Karol Wojtyla aprendió el español para poder apreciar en la lengua propia del santo poeta el sentido de sus escritos. Su tesis, “La Fe en San Juan de la Cruz”, la escribió en latín, pero no citaba traducciones del místico en otras lenguas, sino en español. Fue defendida en el 1948. En marzo de 1949 publica su primer ensayo sobre los sacerdotes obreros franceses: “Misión de Francia”, en el semanario católico de Cracovia En el invierno de 1949 acaba su obra teatral, “El hermano de Dios”, drama biográfico de una figura histórica polaca, un sacerdote polaco muy santo. Tenía 25 años cuando lo había empezado a escribir y era todavía seminarista. Para mayo de 1950 escribe un ciclo poético bajo un seudónimo. En el 1953 escribió y defendió la tesis doctoral en filosofía, un tratado de fenomenología y Max Scheller y la Ética cristiana. Da muchas conferencias a lo largo de estos años y en noviembre de 1957 publica otro ciclo poético también con un seudónimo. Entre 1957 y 1958 escribió para el periódico católico una serie de 20 artículos sobre el ABC de la Ética. En marzo de 1958 publica un tercer ciclo poético. Ya de Obispo Auxiliar a partir del 1958 sigue escribiendo y publicando. En diciembre de 1960 publica otra obra teatral en otro periódico católico de Cracovia: “El taller del orfebre”. Este drama trata sobre la mística del matrimonio. En el 1960, fruto de su apostolado con los jóvenes universitarios y con las parejas, escribe uno de sus libros más revolucionarios, Amor y Responsabilidad, sobre la visión cristiana de la sexualidad en el mundo posfreudiano. Era su primer libro y como una especie de complemento de la obra teatral “El taller del orfebre”. En un ensayo sobre la Paternidad de mayo de 1964 sigue meditando sobre el tema de la paternidad de Dios y los hombres y escribe su última obra teatral: “La irradiación de la Paternidad”, su última obra teatral y la mejor lograda de las 5, no iba a ser publicada en polaco sino hasta cuando llegó a ser Papa. En el 1965 tradujeron su libro Amor y Responsabilidad al francés. Era uno de sus únicos libros traducidos al español antes de ser electo Papa. Durante el tiempo del Concilio no sólo intervino en dicho magno acontecimiento eclesial, sino que siguió escribiendo ciclos de poemas, uno, llamado “La Iglesia”, publicado en noviembre de 1963. En junio de 1965 escribe otro ciclo de poemas llamado “Tierra Santa”. Escribe ensayos para la prensa católica polaca sobre el Concilio y los teólogos. Para el 1969 se publica Persona y Acción en la Sociedad Teológica Polaca. Su traducción al inglés estaba en curso cuando en el 1978 lo eligen Papa. Para el 1967, siendo el joven cardenal de Cracovia recién llegado del Concilio Vaticano II, y luego de haber tenido un sínodo en su propia Arquidiócesis para implementar lo propuesto por el Concilio, escribe en el 1970 “La Renovación y sus fuentes: sobre la aplicación del Concilio Vaticano II”, un recorrido de los documentos, temas y retos del Concilio. Publica ensayos sobre teología y filosofía… También le predica un retiro de Cuaresma (marzo 1976) al Papa Pablo VI, que luego se publicaría como “Signo de Contradicción”. También escribió poemas y tenía un seudónimo literario, Andrés Jawien. Sus poesías aparecerían traducidas al español y serían publicadas en el 1993, mientras que aparecían en inglés en el 1979. Para el 1978, el año en que es electo Papa, su biblioteca personal tenía unos 1,500 libros, entre ellos la novela “Las sandalias del Pescador” de Morris West (1963). Se había elegido a un Papa que no sólo era un lector profundo de temas polacos y de temas teológicos y filosóficos, que leía varias lenguas, sino un escritor conocido en su país e incluso fuera de su país. Al acceder a la cátedra de San Pedro sus escritos anteriores empezaron a ser traducidos a varios lenguajes y a publicarse poco a poco. Se publicaron en polaco sus poesías y obras dramáticas en el 1979. Se agotaron 15 ediciones de Amor y Responsabilidad en menos de un año en España. La Fe según San Juan de la Cruz salió en español en el 1979, así como “Ejercicios Espirituales para jóvenes”. Sus obras dramáticas y otros escritos sobre el teatro aparecieron en inglés en el 1987, el mismo año en que apareció su retiro a Pablo VI en español. El que un Papa publique un libro como escritor particular, para que sea publicado comercialmente y se difunda ampliamente, sin ser un documento oficial magisterial o disciplinar, no era nuevo, pero desde que el Papa Benedicto XIV escribió un tratado sobre los sínodos diocesanos en el 1748, no ocurría tal novedad. Algunos amigos del Papa Pablo VI, sobre todo el filósofo francés Jean Guitton, había escrito libros sobre conversaciones con dicho Papa, pero no era una publicación del Papa como tal, aunque de seguro tienen que haber recibido el visto bueno del Papa para haber sido publicadas. Karol Wojtyla, como autor particular no en su rol de Papa, no sólo escribió un libro, sino que escribió 5. Son:
Antes de concluir esta introducción quisiera sólo señalar tres grandes diferencias con los demás escritores que han sido figuras públicas: En primer lugar, no las escribió antes de hacerse famoso ni por ellas obtuvo fama, en segundo lugar, Karol Wojtyla no esperó a jubilarse para escribirlas ni para justificarse ni defenderse ni explicar sus decisiones y en tercer lugar tampoco devengó ganancias personales por escribirlas. Esto, en mi opinión, las hace tanto más valiosas, como testimonios de un creyente pensante que no aprovecha su fama para enriquecerse ni su puesto para defenderse. No escribía para hacerse más famoso, no las escribía para ganar dinero, no las escribía para dar a conocer una faceta de su personalidad que quedaba opacada por su ministerio, sino precisamente para seguir desempeñando su ministerio sacerdotal: hacer partícipe a otros de su testimonio personal de amor por Cristo y del amor de Cristo. Memoria e identidad: su tono Este libro que reseñamos es un libro que sin dejar de ser personal, es un libro de reflexión filosófica profunda sobre la situación del mundo y de la Iglesia en el siglo XX y principios del siglo XXI. Delata al Papa como un patriota, un polaco que siempre se sintió tan orgulloso de su patria y que entendió lo que se necesitaba para defenderla de la desaparición que en varias etapas de su historia se la quería hacer renegar de su identidad profunda. Si no se cultiva la memoria histórica se puede perder la identidad cultural, espiritual, la fisonomía propia de una patria, de un pueblo. El Papa advierte sobre los nacionalismos exclusivistas y delata su engaño. El patriotismo, expresión del cuarto mandamiento, es algo querido por Dios y sagrado para el hombre. Este librito podía haberse enviado a todos los que han escrito la nueva Constitución de la Europa unida. Delata las raíces anti cristianas de muchos aspectos de la Ilustración que dieron su fruto en los totalitarismos del siglo XX y que siguen haciendo daño no sólo al hombre europeo sino al hombre de todas las latitudes, es decir, al hombre presa de la globalización. El libro se asemeja en muchos sentidos a “Informe sobre la fe”, entrevista de Messori al Cardenal Ratzinger, el hoy Papa Benedicto XVI. Es un diagnóstico profundo, una lectura providencialista de la historia del siglo XX. No es un libro que sea de fácil lectura o comprensión. Está muy en la línea de su Encíclica Veritatis splendor y Fides et ratio, las Encíclicas más filosóficas del Papa. El sustrato del libro son una serie de conversaciones tenidas en Castel Gandolfo durante el verano de 1993 entre el Papa y dos filósofos polacos que le pidieron desarrollar un análisis crítico desde el punto de vista filosófico e histórico de las dictaduras nazista y comunista. Estas conversaciones fueron grabadas y transcritas. Pero el Papa amplía dichas conversaciones o planteamientos cono una perspectiva más amplia y abarcadora. Si bien el pensamiento es el que se desarrolla con más precisión teológica en las Encíclicas Laborem Exercens, Sollicitudo Rei Socialis y Centesimus Annus, el Papa para publicar el libro ha incluido reflexiones ya pasado el Jubileo del 2000 y ha abordado el futuro del mundo y de la cultura, el tercer milenio. No es una mera retrospectiva. Es un libro engendrado en el 1993 pero “terminado” en el 2004. Hay unos elementos dramáticos
muy fuertes en su exposición. Lo de ser actor, pero en el Gran
teatro del Mundo, nunca se le quitó a Karol Wojtyla. De hecho
dice que “el mundo (es) el teatro de la historia del género
humano” (p. 21). Respira un realismo optimista que pudiéramos
decir siempre caracterizó a Karol Wojtyla. Si fuese a resumir el tono de este libro, diría que es un canto pascual que sin callar los aspectos del dramático cúmulo del mal y las crueldades traídas por los sistemas totalitarios, de la muerte de Cristo, cantan el triunfo de la misericordia divina. Hoy como en el siglo XX, “el patrimonio de la espiritualidad tiene una gran importancia para la resistencia contra el mal practicado” por todos los sistemas inhumanos de ayer, de hoy y del mañana (cfr. p. 55). Esta es la clave fundamental para entender la expresión literaria de Karol Wojtyla desde estudiante universitario, durante la ocupación nazi y el dominio comunista y como Papa. Memoria e identidad: su estructura El libro tiene cinco grandes temas en torno a los cuales se hilvanan las 25 grandes preguntas y concluye con un epílogo. Como “Cruzando el umbral de la esperanza”, el texto tiene la forma literaria de preguntas y respuestas. Se reiteran los temas una y otra vez a lo largo de la exposición. Los dos primeros temas son los más importantes y profundos. Los tercer y cuarto temas, el de la Patria-Nación-Estado y el de Polonia-Europa-Iglesia, son los más peculiares y personales del libro (además del epílogo, donde explica la intervención de la Virgen al desviar la bala aquel 13 de mayo de 1981). El quinto tema, sobre la democracia, retoma y actualiza lo dicho en los primeros temas. Memoria e identidad: su contenido El pecado es el mal más grande del mundo y el hombre necesita ser liberado de él (cfr. p. 24). Esa es la misión que trae a Cristo al mundo y que da vigencia a la Iglesia, la realidad que hace a Cristo contemporáneo de los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. Los esfuerzos humanos para luchar contra el misterio de iniquidad son totalmente insuficientes, necesitamos un Redentor. El hombre tiene un instinto de verdad y busca ser bueno. El Papa encuentra en el episodio del joven rico que le pregunta a Jesús lo que tiene que hacer para llegar a la vida eterna es paradigmática de la situación de todo hombre: si se quiere purificar del pecado, observe los mandamientos. De la etapa purgativa se pasa a la etapa iluminativa y a la unitiva. Cuando Cristo invita al joven a dejarlo todo para seguirlo, lo invita a ese seguimiento unitivo que iluminará su persona con la verdad que lo libera ((p. 29-30). Las ideologías totalitaristas del siglo XX quisieron liberara al hombre pero acabaron esclavizándolo. El influjo del relativismo moral contemporáneo es, según Karol Wojtyla, “potencialmente devastador” (p. 34). Perder un criterio objetivo para juzgar la libertad humana, un criterio divino, es perder el factor limitante al positivismo voluntarista del hombre que busca dominar al otro, esclavizar a los demás. Kant criticó a los utilitaristas anglosajones cuya teoría ética es la que goza de favor en la opinión pública moderna, pero no supo superar el subjetivismo racionalista (pp. 36-37). No existe libertad sin la verdad y la Iglesia es receptora de la verdad que Cristo le ha encomendado hacer llegar a todos los hombres que aun sin saberlo, buscan y aspiran a la liberación de la Redención. El abuso de la libertad, que es en el fondo el rechazo del hombre de dejar que Dios sea Dios y la tentación de hacerse dios a sí mismo, dio fruto a los sistemas totalitaristas del siglo XX y anima el hedonismo economicista de la democracia mal entendida de hoy. Hoy resurge el rechazo de Cristo que ya se vio en el nazismo y el comunismo (p. 47). Nuestra civilización no es teóricamente atea pero vive y actúa como si Dios no existiera, pretendiendo en el cientifismo encontrar las nuevas referencias a lo que es bueno y es malo. Estas corrientes de pensamiento disponen de enormes medios financieros a escala mundial. Estamos ante otra forma de totalitarismo falazmente encubierto bajo las apariencias de democracia (p. 48). No desperdiciemos los sacrificios y lecciones aprendidos en el siglo XX. No perdamos la memoria de lo acontecido… porque arriesgaremos la pérdida de la identidad propia, amenazada hoy por la globalización económica. El pequeño tratado teológico sobre el concepto de patria, de nación y su relación con el Estado, ya ha llamado la atención a ciertos escritores puertorriqueños. Wojtyla también presenta una fina antropología de la patria y del concepto de la paternidad y maternidad espiritual que Dios compare con sus criaturas (p. 62). Para el Papa estos conceptos tienen sobre todo fundamentos espirituales y teológicos, no tanto sociológicos. Ciertamente el libro puede darnos mucha luz sobre nuestra situación boricua. Trata el concepto de nación desde la elección de Israel hasta la Encarnación del Verbo hasta la superación cristiana de la nacionalidad particular en un universalismo que respeta las identidades nacionales pero que culmina en al nuevo Pueblo de Dios donde no sólo las personas particulares sino las naciones particulares tiene el mismo derecho de ciudadanía (p. 72). Hay que defender la lengua, las tradiciones patrias, el estudio y conocimiento de la historia (pp. 73-76) y esto es un deber sagrado, no es una opción ente otras (p. 66). Históricamente, dice el Papa, la Evangelización de la Europa de los bárbaros “desarrollo el pluralismo de las culturas nacionales sobre la plataforma de valores compartidos en todo el continente” europeo (P. 92). En el medioevo, con su universalismo cristiano, se consolidaron las bases de las naciones europeas modernas (p. 96). Karol Wojtyla advierte sobre un nacionalismo que se caracteriza porque reconoce y pretende únicamente el bien de su propia nación, sin contar con los derechos de las demás (p. 67). También advierte sobre la tentación de sacrificar la cultura a la civilización del dinero, a la prepotencia de un economicismo unilateral (p. 85). Al leer estos párrafos uno no puede dejar de pensar si esta no es la peor crisis del Puerto Rico de hoy: el vender la herencia por un plato de lentejas. Pero el Papa indica que es el drama cultural que también vive Europa ante unas visiones anticristianas de su futuro unido (p. 98). El mal por definición es ausencia de un bien que debiera estar y ser: negar a Dios en el futuro del hombre moderno es el mal mayor y más peligroso para el hombre (p. 99). Al Papa le preocupa la pasividad de los cristianos, los ciudadanos creyentes, ante un asalto tan manifiesto a las expresiones cristianas de la cultura y las leyes modernas (p. 120). Esto es fruto de un laicado no preparado para la situación actual, es una insuficiencia en la preparación de las élites políticas. Pero más allá de la metralla política que pueda brindarle al issue del status en Puerto Rico, lo que más destaca el Papa es que la patria y la nación tienen una identidad cultural, espiritual que configura la fisonomía de las patrias, de las naciones. Es deber del estado de salvaguardar este patrimonio espiritual de los pueblos. El Papa reconoce que no todos los pueblos tienen la misma madurez en este proceso (cfr. pp. 86-87). Piensa sobre todo en las naciones jóvenes de África. En este sentido la teología de la patria que el Papa desarrolla podría servir de modelo para la sociología compleja de las tribus forzosamente agrupadas en naciones artificiales por la herencia cultural. Las naciones americanas y no digamos las europeas, no son modelos imitables por las naciones africanas. Querer a Cristo sin querer a la Iglesia es imposible, afirma Karol Wojtyla. Es un engaño (pp. 116-117). Wojtyla advierte sobre la canonización del sistema de partidos en las supuestas democracias liberales del occidente contemporáneo (pp. 130-131). Hay muchas evidencias de que las democracias sin referencia moral objetiva, por ejemplo, a los 10 mandamientos, son versiones nuevas de los viejos totalitarismos donde los partidos (sea el Nazi, que llegó al poder por el proceso democrático o el comunista, que solía llegar al poder por la violencia) son los que determinan la verdad moral, o que está bien o mal (pp. 134-135). La memoria maternal de la Virgen María, la que guardaba todo en su corazón, la memoria eucarística del misterio pascual (pp. 144-145), salvaguardan la identidad de la Iglesia y de los seres humanos ante las crisis, devastaciones y tragedias que provoca el mal en la historia humana. El hombre, gracias a la memoria de la Virgen y del Iglesia, siguen permitiendo que el hombre encuentre su memoria al filo de los dos milenios (pp. 148-49, 151-152). Memoria e identidad: evaluación Si en vez de ser el último libro del Papa, fuese el primero, serviría como una magnífica introducción a la vida y obra de este gran pensador, teólogo, escritor, poeta y pastor. Retrata el optimismo providencialista del hombre. El tema de su pontificado, que fundamenta el relanzamiento del humanismo cristiano, subyace todo el libro de comienzo a fin: el misterio del hombre sólo se entiende a la luz del misterio de Cristo (vea sobre todo pp. 110-113). Quizás a algunos puede sonar demasiado europeo y específicamente demasiado polaco, demasiado preocupado y centrado en la historia de Polonia y su responsabilidad providencial en la historia de la salvación y la corresponsabilidad de los polacos y de la Iglesia en mantener viva la identidad de una nación amenazada con extinción política, cultural, moral y religiosa (vea pp. 137-145). Pero el mismo Papa nos dice que la situación de Polonia y de Europa, país y continente que tienen un papel providencial que jugar en la historia de la salvación del mundo por venir, son paradigmáticas para todas las demás naciones, pueblos y culturas. Hay algo de pedagogía para todos en la ilustración de una historia muy personal y patriótica que le sirve de punto de referencia: “La experiencia de mi patria me facilitaba mucho el encuentro con los hombres y naciones de todos los continentes” (p. 86). Para Karol Wojtyla el mal nunca tiene la última palabra: la última palabra siempre la tiene el Amor de Dios, que se llama sobre todo misericordia, y que ha sido el proyecto de su ministerio petrino: dar a conocer, como lo hizo Cristo, el asombroso poder del amor divino que se llama Misericordia. Pero esta redención obrada por Cristo sin dejar de ser don, también es responsabilidad humana. La libertad es para el amor, la libertad necesita anclarse en la verdad del hombre visto por Dios o si no, corre el riesgo de convertirse en otra forma de totalitarismo ético presidido por un egoísmo disfrazado de libertad. Lo más asombroso del libro es que su autor ha hecho de su propia vida un testimonio del triunfo pascual y ha sellado su ministerio entre nosotros en la fiesta litúrgica de la Pascua de Cristo que él había sabido hacer muy suya: muere justamente en la víspera de la fiesta de la Misericordia. Esta obra es por así decir, la última estrofa escrita de su canto a la misericordia divina. (Conferencia dictada por Monseñor Fernando B. Felices Sánchez el 23 de abril, en el Teatro Tapia en San Juan, sobre el último libro de Juan Pablo II: “Memoria e Identidad”. Monseñor Felices es, en la actualidad, Párroco de la Gruta de Lourdes en Trujillo Alto.) |