“Justo en el corazón del Año
del Rosario promulgué la Encíclica
Ecclesia de Eucharistia, en la cual ilustré el
misterio de la Eucaristía en su relación
inseparable y vital con la Iglesia. Exhorté a
todos a celebrar el Sacrificio eucarístico
con el esmero que se merece...”.
Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine — Juan
Pablo II
La
Eucaristía, alimento verdadero
Transformacin del alma en Jesucristo
Recalca Jesús que su carne es verdadero
manjar y su cuerpo verdadera bebida. La Eucaristía
para la vida sobrenatural es como el alimento
material para la vida del cuerpo.
El acto fundamental en la nutrición
es la transformación. Dice San Alberto
Magno que cuando se unen dos seres, de manera
que el uno tenga que cambiarse en el otro,
el más poderoso absorbe al menos fuerte.
Así sucede en la nutrición natural:
el hombre absorbe, asimila el alimento que
es inferior a él. Lo transforma en sí mismo.
 |
En la nutrición sobrenatural tiene
que suceder lo contrario, porque el alimento
es superior, es más fuerte que el
que lo recibe. El alimento es el Hijo de
Dios; el alimentado es el hombre.Con la
comunión, el alma queda transformada
en Jesucristo; entonces, con más
propiedad que nunca, puede exclamar como
San Pablo: Yo vivo; aunque no soy yo quien
vive; es Jesucristo el que vive en mí. |
Unidos, transformados, quedan Jesucristo
y el hombre. El alma unida a la fuente de la
vida, porque el principio de la vida sobrenatural –es
la gracia santificante y Jesucristo es la fuente
de la gracia. El recibió la plenitud
de ella y de esa plenitud se desborda a todos
los hombres. ¿Cuánta gracia puede
recibir el alma de esa fuente? Hasta que se
llene. La fuente mana sin cesar. La capacidad
del alma depende de la preparación que
lleve a la comunión.
Al desaparecer las especies sacramentales,
la presencia de Jesús sacramentado termina
también; pero allí quedan los
efectos de la visita. La gracia santificante
ha crecido en el alma. Además, como
recuerdo de su estancia, Jesucristo irá enviando
al alma las gracias actuales que necesite para
sostener su vida sobrenatural. El alma ha quedado
alimentada.
Se ha ocultado el sol; pero deja el cielo
teñido
con celajes crepusculares de su luz y la tierra
templada con su calor. Las flores que han estado
en una habitación cerrada dejan allí su
perfume, aunque ellas desaparezcan. Desaparece
del alma Jesús sacramentado; pero allí quedan
los efectos de la visita.
Repara el desgaste de la vida sobrenatural
El efecto del alimento corporal es reparar
las fuerzas que se desgastan con la actividad
cotidiana. El trabajo, la lucha, los cuidados
del porvenir, el solo movimiento de la vida
produce un desgaste de las energías
físicas que debe ser reparado con los
alimentos que Dios pone a disposición
del hombre. Sin esa reparación no podrían
efectuarse las funciones orgánicas,
ni podrían actuar la inteligencia y
la voluntad, que también dependen del
organismo: un alma sana requiere un cuerpo
sano.
También la vida sobrenatural sufre desgaste
y padece quebrantos. Estas pérdidas
las ocasiona la lucha con sus enemigos: la
concupiscencia, el demonio, el mundo. Pérdidas
en la vida sobrenatural son las imperfecciones
y los pecados veniales que hasta las almas
fervorosas cometen. Consecuencia de estas faltas
es la disminución del fervor de la caridad.
El alma en gracia es como un objeto de oro,
que al contacto con el aire recoge polvo y
escoria que le empapa y le deslustra. Polvo
y escoria del alma son los pecados veniales
y esta escoria desaparece con la Eucaristía.
En ese crisol de caridad se purifica el alma
y recobra su esplendor. Al entrar Jesús
sacramentado en el alma, la atrae hacia sí,
la hace suave violencia, para que entre en
su corazón, para que se una a Él
por el amor.
Unida el alma a Jesucristo, le ama y se arrepiente
de sus pecados veniales y Jesucristo la perdona.
Pone sobre ella sus manos omnipotentes, como
hacía con los leprosos, y la lepra del
alma, que es el pecado venial, desaparece.
Al mismo tiempo se aviva en ella el fervor
de la caridad, que los pecados habían
entibiado. Al desaparecer los pecados y reavivarse
el fervor, las pérdidas quedan compensadas,
el desgaste queda reparado.
Preserva de la muerte
La vida natural está continuamente amenazada
por enemigos que pretenden extinguirla. Alguien
ha definido la vida: «el conjunto de
funciones que resisten a la muerte».
El mejor modo de prevenir al cuerpo contra
la muerte es proporcionarle alimentación
nutritiva.
La vida sobrenatural del hombre está continuamente
amenazada de muerte. El pecado venial es la
enfermedad y el pecado mortal es la muerte.
Para preservar de la muerte del pecado Dios
ha preparado una alimentación excelente:
el cuerpo y la sangre de Jesucristo. «Si
no comiereis la carne del Hijo del hombre y
no bebiereis su sangre, no tendréis
vida en vosotros.»
La Eucaristía preserva de la muerte
atacando los enemigos que pueden ocasionarla.
Esos enemigos son internos y externos. Enemigo
interno es la concupiscencia: los movimientos
desordenados del apetito sensitivo, sobre todo
la inclinación a los placeres sexuales;
y dice el Concilio Tridentino: «La Eucaristía
cohíbe y refrena la lascivia de la carne;
pues al encender más el alma con el
fuego de la caridad, templa también
el ardor de la concupiscencia.» Al comulgar
crece en ti la gracia santificante y la caridad
que la acompaña, y a medida que aumenta
la caridad disminuye la concupiscencia. Los
actos de amor que brotan de la virtud de la
caridad, apagan las llamaradas del horno de
la concupiscencia.
La Eucaristía es también manjar
que produce los deleites más puros,
más elevados y estos deleites gustados,
producen asco y repugnancia de los deleites
carnales. Enemigos interiores del alma son
todas las pasiones; y de todas ellas defiende
la Eucaristía. La soberbia induce al
hombre a anteponerse a sus semejantes, a levantar
la frente altiva contra Dios.
El anonadamiento de Jesucristo en la Eucaristía
por el hombre, infunde deseos de ocultarse
del mundo para vivir una vida más íntima
con Dios. Atrae la belleza humana y el trato
seductor de los hombres. Cuando tengas en tu
corazón a Jesucristo sentirás
qué suave es el Señor; no hay
trato tan agradable como el suyo. Es el único
que puede llenar tu corazón.
La ira arrebata al hombre y le arrastra a
la violencia. La mansedumbre de Jesús que
sufre en silencio las irreverencias, las profanaciones,
los sacrilegios que se cometen con la Eucaristía,
reprime los ímpetus de la ira; el alma
escucha su voz suave que dice: aprende de mí,
que soy manso y humilde de corazón.
La vida sobrenatural del hombre tiene un enemigo
exterior pavoroso: el demonio. Como león
rugiente da vueltas en torno del alma esperando
el momento oportuno para descargar el zarpazo.
Contra este enemigo feroz no hay defensa más
poderosa que la pasión de Cristo. Allí sufrió la
derrota más vergonzosa. Lo dijo Jesucristo
poco antes de subir al Calvario: «He
aquí que el príncipe de este
mundo, el príncipe de las tinieblas,
será arrojado fuera.»
Con los sufrimientos de Jesucristo iba a
terminar la tiranía despótica del demonio
sobre las almas e iba a inaugurarse el imperio
de la gracia. El demonio puede tentar y tienta;
pero en virtud de las gracias que nos mereció Jesús
con sus padecimientos, podemos vencerle. El
arma para derrotarle es la sangre de Jesucristo,
recuerdo de la derrota que sufrió en
el Calvario.
La Eucaristía, renovación del
sacrificio de la cruz, tiene la misma virtud
que Él. Al recibir la Eucaristía
el alma adquiere la fortaleza que la mereció Jesús
en su pasión. El demonio ante la Eucaristía
recuerda la derrota del Calvario y queda atemorizado.
Con la comunión el hombre ya no es cordero
indefenso en medio del desierto donde viven
los leones; al contrario, dice San Juan Crisóstomo,
es león que respira fuego divino, de
cuya mirada aterradora huye amedrentado el
demonio. Busca más ávidamente
el alimento de la Eucaristía, salud
y vida del alma.
Fuente: Luz, meditaciones
Juan Rey, sj – Editorial Sal Terrae