Edición 21 • 22 al 28 de mayo de 2005
Hoy es miércoles, 7 de enero de 2009

“Justo en el corazón del Año del Rosario promulgué la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, en la cual ilustré el misterio de la Eucaristía en su relación inseparable y vital con la Iglesia. Exhorté a todos a celebrar el Sacrificio eucarístico con el esmero que se merece...”.
Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine — Juan Pablo II

 

La Eucaristía, alimento verdadero

Transformacin del alma en Jesucristo

Recalca Jesús que su carne es verdadero manjar y su cuerpo verdadera bebida. La Eucaristía para la vida sobrenatural es como el alimento material para la vida del cuerpo.

El acto fundamental en la nutrición es la transformación. Dice San Alberto Magno que cuando se unen dos seres, de manera que el uno tenga que cambiarse en el otro, el más poderoso absorbe al menos fuerte. Así sucede en la nutrición natural: el hombre absorbe, asimila el alimento que es inferior a él. Lo transforma en sí mismo.

En la nutrición sobrenatural tiene que suceder lo contrario, porque el alimento es superior, es más fuerte que el que lo recibe. El alimento es el Hijo de Dios; el alimentado es el hombre.Con la comunión, el alma queda transformada en Jesucristo; entonces, con más propiedad que nunca, puede exclamar como San Pablo: Yo vivo; aunque no soy yo quien vive; es Jesucristo el que vive en mí.

Unidos, transformados, quedan Jesucristo y el hombre. El alma unida a la fuente de la vida, porque el principio de la vida sobrenatural –es la gracia santificante y Jesucristo es la fuente de la gracia. El recibió la plenitud de ella y de esa plenitud se desborda a todos los hombres. ¿Cuánta gracia puede recibir el alma de esa fuente? Hasta que se llene. La fuente mana sin cesar. La capacidad del alma depende de la preparación que lleve a la comunión.

Al desaparecer las especies sacramentales, la presencia de Jesús sacramentado termina también; pero allí quedan los efectos de la visita. La gracia santificante ha crecido en el alma. Además, como recuerdo de su estancia, Jesucristo irá enviando al alma las gracias actuales que necesite para sostener su vida sobrenatural. El alma ha quedado alimentada.

Se ha ocultado el sol; pero deja el cielo teñido con celajes crepusculares de su luz y la tierra templada con su calor. Las flores que han estado en una habitación cerrada dejan allí su perfume, aunque ellas desaparezcan. Desaparece del alma Jesús sacramentado; pero allí quedan los efectos de la visita.

Repara el desgaste de la vida sobrenatural

El efecto del alimento corporal es reparar las fuerzas que se desgastan con la actividad cotidiana. El trabajo, la lucha, los cuidados del porvenir, el solo movimiento de la vida produce un desgaste de las energías físicas que debe ser reparado con los alimentos que Dios pone a disposición del hombre. Sin esa reparación no podrían efectuarse las funciones orgánicas, ni podrían actuar la inteligencia y la voluntad, que también dependen del organismo: un alma sana requiere un cuerpo sano.

También la vida sobrenatural sufre desgaste y padece quebrantos. Estas pérdidas las ocasiona la lucha con sus enemigos: la concupiscencia, el demonio, el mundo. Pérdidas en la vida sobrenatural son las imperfecciones y los pecados veniales que hasta las almas fervorosas cometen. Consecuencia de estas faltas es la disminución del fervor de la caridad.

El alma en gracia es como un objeto de oro, que al contacto con el aire recoge polvo y escoria que le empapa y le deslustra. Polvo y escoria del alma son los pecados veniales y esta escoria desaparece con la Eucaristía. En ese crisol de caridad se purifica el alma y recobra su esplendor. Al entrar Jesús sacramentado en el alma, la atrae hacia sí, la hace suave violencia, para que entre en su corazón, para que se una a Él por el amor.

Unida el alma a Jesucristo, le ama y se arrepiente de sus pecados veniales y Jesucristo la perdona. Pone sobre ella sus manos omnipotentes, como hacía con los leprosos, y la lepra del alma, que es el pecado venial, desaparece. Al mismo tiempo se aviva en ella el fervor de la caridad, que los pecados habían entibiado. Al desaparecer los pecados y reavivarse el fervor, las pérdidas quedan compensadas, el desgaste queda reparado.

Preserva de la muerte

La vida natural está continuamente amenazada por enemigos que pretenden extinguirla. Alguien ha definido la vida: «el conjunto de funciones que resisten a la muerte». El mejor modo de prevenir al cuerpo contra la muerte es proporcionarle alimentación nutritiva.

La vida sobrenatural del hombre está continuamente amenazada de muerte. El pecado venial es la enfermedad y el pecado mortal es la muerte. Para preservar de la muerte del pecado Dios ha preparado una alimentación excelente: el cuerpo y la sangre de Jesucristo. «Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.»

La Eucaristía preserva de la muerte atacando los enemigos que pueden ocasionarla. Esos enemigos son internos y externos. Enemigo interno es la concupiscencia: los movimientos desordenados del apetito sensitivo, sobre todo la inclinación a los placeres sexuales; y dice el Concilio Tridentino: «La Eucaristía cohíbe y refrena la lascivia de la carne; pues al encender más el alma con el fuego de la caridad, templa también el ardor de la concupiscencia.» Al comulgar crece en ti la gracia santificante y la caridad que la acompaña, y a medida que aumenta la caridad disminuye la concupiscencia. Los actos de amor que brotan de la virtud de la caridad, apagan las llamaradas del horno de la concupiscencia.

La Eucaristía es también manjar que produce los deleites más puros, más elevados y estos deleites gustados, producen asco y repugnancia de los deleites carnales. Enemigos interiores del alma son todas las pasiones; y de todas ellas defiende la Eucaristía. La soberbia induce al hombre a anteponerse a sus semejantes, a levantar la frente altiva contra Dios.

El anonadamiento de Jesucristo en la Eucaristía por el hombre, infunde deseos de ocultarse del mundo para vivir una vida más íntima con Dios. Atrae la belleza humana y el trato seductor de los hombres. Cuando tengas en tu corazón a Jesucristo sentirás qué suave es el Señor; no hay trato tan agradable como el suyo. Es el único que puede llenar tu corazón.

La ira arrebata al hombre y le arrastra a la violencia. La mansedumbre de Jesús que sufre en silencio las irreverencias, las profanaciones, los sacrilegios que se cometen con la Eucaristía, reprime los ímpetus de la ira; el alma escucha su voz suave que dice: aprende de mí, que soy manso y humilde de corazón. La vida sobrenatural del hombre tiene un enemigo exterior pavoroso: el demonio. Como león rugiente da vueltas en torno del alma esperando el momento oportuno para descargar el zarpazo. Contra este enemigo feroz no hay defensa más poderosa que la pasión de Cristo. Allí sufrió la derrota más vergonzosa. Lo dijo Jesucristo poco antes de subir al Calvario: «He aquí que el príncipe de este mundo, el príncipe de las tinieblas, será arrojado fuera.»

Con los sufrimientos de Jesucristo iba a terminar la tiranía despótica del demonio sobre las almas e iba a inaugurarse el imperio de la gracia. El demonio puede tentar y tienta; pero en virtud de las gracias que nos mereció Jesús con sus padecimientos, podemos vencerle. El arma para derrotarle es la sangre de Jesucristo, recuerdo de la derrota que sufrió en el Calvario.

La Eucaristía, renovación del sacrificio de la cruz, tiene la misma virtud que Él. Al recibir la Eucaristía el alma adquiere la fortaleza que la mereció Jesús en su pasión. El demonio ante la Eucaristía recuerda la derrota del Calvario y queda atemorizado. Con la comunión el hombre ya no es cordero indefenso en medio del desierto donde viven los leones; al contrario, dice San Juan Crisóstomo, es león que respira fuego divino, de cuya mirada aterradora huye amedrentado el demonio. Busca más ávidamente el alimento de la Eucaristía, salud y vida del alma.

Fuente: Luz, meditaciones
Juan Rey, sj – Editorial Sal Terrae

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