 |
Padre Efraín Zabala |
Doña
Margarita
El 4 de junio de 2005, doña Margarita
deshojará sus noventa años. Nueve
décadas adornadas con un sí a
Dios y con espadas que han traspasado su corazón.
Su vida matrimonial fue una fiesta de amores
dulces. Don Paco Mendoza, el atento y agradable
señor, cedió su corazón
en unas nupcias celebradas en el altar de la
vida misma. El hogar de Paco y Margarita era
un panal de abejas, un banquete de gente que
entraba por el balcón, por la cocina,
y se convertían en comensales, en invitados
con entrada libre.
Nando, Miguel, Orlando y Margarita eran la
luz de este matrimonio ejemplo de virtud, guardián
de la elegancia espiritual. La solidaridad
familiar era un compromiso no escrito y una
garantía sublime atada a los coloquios
del alma. Doña Margarita, madre sacerdotal,
levantó junto a su hijo Miguel el cáliz
de la voluntad de Dios. El calvario de Miguel
se tornó en cruz para ella, que marcaba
con las cuentas del rosario, el camino de María,
la dolorosa y fiel.

En su casa en Aibonito perdura la presencia
sacerdotal porque seminaristas, sacerdotes,
y hermanas religiosas hacían su peregrinación
a la casa de Migue para beber café,
almorzar y dialogar formando así un
cenáculo de ideas y encuentros fraternales.
Los vecinos de doña Margarita la veían
salir a participar en la misa diaria y a llenarse
de luz y amor para llevar las penas y los dolores
de la vida. Allí, frente al altar, doña
Margarita se inmolaba junto al crucificado
y repetía el amén de los justos
y santos.
En mis años de seminarista, doña
Margarita y don Paco, me abrieron su hogar
con amor reverente. Encontré el regazo
familiar y ellos se convirtieron en padres
adoptivos. Inspiraron en mí la vida
noble y generosa, la belleza y el servicio
como antesala al misterio de Cristo que se
nos da y nos regala su amor, retrato de servidor
a tiempo completo.
Junto a doña Margarita hemos celebrado
la vida en su misterio y éxtasis. Los
que hemos conocido la piedad y el cariño
que bajaban en cascada por el hogar santo,
no podemos menos que elevar el alma para pedir
por ella en sus noventa años. Esa fecha
memorable contradice a los pobres de espíritu
y a los que no tienen esperanza.
Brindo por doña Margarita desde mi amor
sacerdotal. Ofrezco la celebración eucarística
por ella y su familia que la reverencia y la
distingue. Que el Señor la colme de
bendiciones y le dé muchos años
de vida para que sea un milagro de la fe y
de la esperanza.