Corazones
de Jesús y María
P. José P. Benabarre
Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
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Este año la fiesta del Sagrado Corazón
de Jesús se celebra el 3 de junio,
y la del Inmaculado Corazón de María,
el día siguiente. Por ser dos corazones
que siempre latieron al unísono, bastantes
cosas pueden decirse igualmente de los dos.
Vamos a intentarlo. |
Nuestro
corazón de carne
Para el común de los mortales, el corazón
es el centro de las facultades afectivas principales
del hombre: el amor y el odio. Noción
que coincide con la de la Biblia, para la cual
corazón significa la interioridad del
hombre, interioridad de la cual “proceden
las intenciones malas, los asesinatos, adulterios,
fornicaciones, robos, falsos testimonios e injurias” (Mateo
15, 19).
Esa idea no coincide con lo que
la ciencia médica
nos enseña hoy. Según ella, el
corazón no es más que una motobomba
que mueve la sangre por las venas y arterias
de todo el cuerpo. Sin embargo, como las emociones
afectan el ritmo de la circulación de
la sangre, y esto repercute en el corazón,
la gente sigue dándole un culto exagerado.
Exagerado en lo humano, no en lo divino.
El
Corazón de Jesús
No tenemos que inventar nada sobre
el Sagrado Corazón de Jesús ya que El mismo
nos lo presentó “como manso y humilde” (Mateo
11, 29). Esas dos actitudes, hechas virtudes
profundas, se manifestaron constantemente durante
su vida pública (y es de suponer que,
también, durante los 30 años de
la privada). Jesús sintió compasión
de la gente hambrienta (Mateo 18, 10); experimentó gozo
y agradecimiento por la fe dada a los pequeños
(Lucas 10, 21); y se dolió de la incredulidad
y desviaciones de los fariseos (Mateo 15, 8-9).
También su buen corazón experimentó profunda
tristeza ante la inminencia de su dolorosa pasión
(Mateo 26, 37-39), y apreció la amistad
de aquellos que le obedecían y le habían
seguido (Juan 15, 13-16). Y para animarnos a
creer a los que no tuvimos la dicha de verle
en persona, nos llama “dichosos” (Juan
20, 29).
Y no fue sólo en vida cuando Jesús
nos demostró el amor que anidaba en su
corazón. Al rajarlo despiadadamente el
soldado con su lanza, y salir de El la última
gota de su sangre, Jesús nos demostró hasta
dónde llegó su amor al hombre.
Ese costado abierto será desde entonces
el mejor símbolo de su amor inefable a
toda la humanidad. Su gesto de enseñárselo
al incrédulo Tomás en el cenáculo,
lo confirma.
El
Inmaculado Corazón de María
Por haberle dado el corazón de carne que
Jesús tuvo; por vivir en continua cercanía
durante 33 años; y por tener los dos la
misma misión: principal la de Jesús,
y secundaria, pero necesaria, la de María,
forzosamente ambos corazones tuvieron que vibrar
al unísono durante toda su vida.
María acogió gozosamente en su
corazón las misiones que, directa o indirectamente,
le venían de Dios: las transmitidas por
el ángel Gabriel, con las que le proponía
aceptar ser la madre del Mesías (Lucas
1, 29 ss); el mensaje de los pastores (Lucas
2, 19); la dolorosa, misteriosa e intrigante
profecía de Simeón (Lucas 2, 33-35);
y las primeras palabras de Jesús consignadas
en el Evangelio: “ ¿Por qué me
buscabais? ¿No sabíais que yo debo
estar en la casa de mi Padre?” (Lucas 2,
49-50); palabras que no entendieron en su profundidad
ni ella ni su esposo, San José, pero que “María
guardaba y meditaba en su corazón” (Lucas
2, 19.51).
La generosa respuesta que da María desde
la profundidad de su ser –desde su Corazón-
a la voluntad de Dios es el mejor modelo de la
que debe ser la respuesta de la Iglesia y la
de cada uno de sus hijos al Padre celestial:
plena aceptación de su voluntad y, generoso
cumplimiento de la misma. María, escuchando
la palabra y aceptando la voluntad de Dios, se
convierte en ejemplo de todos los seguidores
de Cristo (ver Mateo 7, 21). “María,
con perfecta docilidad al Espíritu, experimenta
la riqueza y la universalidad del amor de Dios,
que le dilata el corazón, y la capacita
para abrazar a todo el género humano” (Veritatis
splendor 120).
Este amor de María a todos los hijos de
Dios se manifestó de un modo general,
guiada siempre por el Espíritu Santo (Presbyterorum órdinis
19), aceptando y colaborando en la obra de la
salvación, aceptando ser madre del Redentor,
arrancándole su primer milagro, “sufriendo
profundamente con su Unigénito y asociándose
con entrañas de madre a su sacrificio,
consintiendo amorosamente en la inmolación
de la víctima, que ella misma había
engendrado” (Lumen gentium 58).—(Los
que deseen conocer algo más sobre los
Corazones de Jesús y María pueden
consultar el Diccionario de Evangelización
de J. Ezquerra Bidet (BAC, Madrid, 1998), en
donde encontrarán abundante bibliografía
sobre el tema).