Edición 22 • 29 de mayo al 4 de junio de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

Corazones de Jesús y María

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

 

Este año la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús se celebra el 3 de junio, y la del Inmaculado Corazón de María, el día siguiente. Por ser dos corazones que siempre latieron al unísono, bastantes cosas pueden decirse igualmente de los dos. Vamos a intentarlo.

Nuestro corazón de carne

Para el común de los mortales, el corazón es el centro de las facultades afectivas principales del hombre: el amor y el odio. Noción que coincide con la de la Biblia, para la cual corazón significa la interioridad del hombre, interioridad de la cual “proceden las intenciones malas, los asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios e injurias” (Mateo 15, 19).

Esa idea no coincide con lo que la ciencia médica nos enseña hoy. Según ella, el corazón no es más que una motobomba que mueve la sangre por las venas y arterias de todo el cuerpo. Sin embargo, como las emociones afectan el ritmo de la circulación de la sangre, y esto repercute en el corazón, la gente sigue dándole un culto exagerado. Exagerado en lo humano, no en lo divino.

El Corazón de Jesús

No tenemos que inventar nada sobre el Sagrado Corazón de Jesús ya que El mismo nos lo presentó “como manso y humilde” (Mateo 11, 29). Esas dos actitudes, hechas virtudes profundas, se manifestaron constantemente durante su vida pública (y es de suponer que, también, durante los 30 años de la privada). Jesús sintió compasión de la gente hambrienta (Mateo 18, 10); experimentó gozo y agradecimiento por la fe dada a los pequeños (Lucas 10, 21); y se dolió de la incredulidad y desviaciones de los fariseos (Mateo 15, 8-9). También su buen corazón experimentó profunda tristeza ante la inminencia de su dolorosa pasión (Mateo 26, 37-39), y apreció la amistad de aquellos que le obedecían y le habían seguido (Juan 15, 13-16). Y para animarnos a creer a los que no tuvimos la dicha de verle en persona, nos llama “dichosos” (Juan 20, 29).

Y no fue sólo en vida cuando Jesús nos demostró el amor que anidaba en su corazón. Al rajarlo despiadadamente el soldado con su lanza, y salir de El la última gota de su sangre, Jesús nos demostró hasta dónde llegó su amor al hombre. Ese costado abierto será desde entonces el mejor símbolo de su amor inefable a toda la humanidad. Su gesto de enseñárselo al incrédulo Tomás en el cenáculo, lo confirma.

El Inmaculado Corazón de María

Por haberle dado el corazón de carne que Jesús tuvo; por vivir en continua cercanía durante 33 años; y por tener los dos la misma misión: principal la de Jesús, y secundaria, pero necesaria, la de María, forzosamente ambos corazones tuvieron que vibrar al unísono durante toda su vida.

María acogió gozosamente en su corazón las misiones que, directa o indirectamente, le venían de Dios: las transmitidas por el ángel Gabriel, con las que le proponía aceptar ser la madre del Mesías (Lucas 1, 29 ss); el mensaje de los pastores (Lucas 2, 19); la dolorosa, misteriosa e intrigante profecía de Simeón (Lucas 2, 33-35); y las primeras palabras de Jesús consignadas en el Evangelio: “ ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre?” (Lucas 2, 49-50); palabras que no entendieron en su profundidad ni ella ni su esposo, San José, pero que “María guardaba y meditaba en su corazón” (Lucas 2, 19.51).

La generosa respuesta que da María desde la profundidad de su ser –desde su Corazón- a la voluntad de Dios es el mejor modelo de la que debe ser la respuesta de la Iglesia y la de cada uno de sus hijos al Padre celestial: plena aceptación de su voluntad y, generoso cumplimiento de la misma. María, escuchando la palabra y aceptando la voluntad de Dios, se convierte en ejemplo de todos los seguidores de Cristo (ver Mateo 7, 21). “María, con perfecta docilidad al Espíritu, experimenta la riqueza y la universalidad del amor de Dios, que le dilata el corazón, y la capacita para abrazar a todo el género humano” (Veritatis splendor 120).

Este amor de María a todos los hijos de Dios se manifestó de un modo general, guiada siempre por el Espíritu Santo (Presbyterorum órdinis 19), aceptando y colaborando en la obra de la salvación, aceptando ser madre del Redentor, arrancándole su primer milagro, “sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima, que ella misma había engendrado” (Lumen gentium 58).—(Los que deseen conocer algo más sobre los Corazones de Jesús y María pueden consultar el Diccionario de Evangelización de J. Ezquerra Bidet (BAC, Madrid, 1998), en donde encontrarán abundante bibliografía sobre el tema).

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