“Hace falta, en concreto,
fomentar, tanto en la celebración de la
Misa como en el culto eucarístico fuera
de ella, la conciencia viva de la presencia real
de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono
de la voz, con los gestos, los movimientos y
todo el modo de comportarse.”
Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan
Pablo II
La
comunión frecuente (1 de 2)
La
Eucaristía, alimento cotidiano
La Eucaristía ha sido instituida para
alimento cotidiano de las almas. Lo afirma Santo
Tomás apoyado en la autoridad de San Agustín: “La
Eucaristía es el pan cotidiano; recibidle
diariamente; para que diariamente recibáis
su provecho”. (P. III, quaest. LXXX, art.
10).
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Lo mismo opina San Ambrosio, citado
por Santo Tomás: “Ya que la sangre
de Jesucristo se derrama cada día
en remisión de los pecados, yo debo
recibirla cada día, pues peco todos
los días. Diariamente debo recibir
este remedio de curación, ya que estoy
sujeto a enfermedades y a debilidades cotidianas.”
El maná símbolo de la Eucaristía
confirma esta verdad. Jehová le dice
a Moisés: “Yo enviaré para
vosotros pan del cielo. El pueblo saldrá y
recogerá cada día la provisión
necesaria.” |
El maná nutritivo y delicioso cae todas
las mañanas en el desierto; y los israelitas
tienen orden de recogerlo. ¿Cuál
puede ser el significado de este hecho simbólico?
Que el pan de las almas aparecerá todos
los días sobre los altares y cada día
deben acudir los fieles a recogerle y alimentarse
con él.
Jesucristo llama a la Eucaristía la Pascua
Nueva que El había deseado celebrar con
sus discípulos; y esa Pascua debía
celebrarse continua y perpetuamente. La Pascua
antigua era un banquete del que debían
participar todos los hijos de Israel siempre
que se celebrara; luego los cristianos deben
participar de esta su Pascua Nueva siempre que
se celebre; deben comer el Cordero inmaculado
todos los días. Jesús quiere inmolarse
todos los días, ¿y no querrá que
le reciban?
Los deseos de Jesucristo aparecen
manifiestos al instituir la Eucaristía, valiéndose
de los accidentes del pan y del vino. El pan
es la base de la alimentación corporal;
es alimento imprescindible en las comidas. El
pan eucarístico debe ser la base de la
alimentación sobrenatural, hay que recibirlo
todos los días.
Todos los días sufren desgaste y detrimento
las energías sobrenaturales y todos los
días deben ser reparadas, si queremos
disfrutar vida sobrenatural y vigorosa. Restauradora
de las fuerzas sobrenaturales es la Eucaristía.
Preparación para la comunión.
El hombre, por santo que sea,
nunca podrá lograr
preparación digna para comulgar. No hay
proporción entre la miseria humana y la
dignidad del Sacramento. Lo sabía Jesucristo
y a pesar de ello, instituye la Eucaristía
y manda que comulguemos.
La preparación esencial para la comunión
es estar el alma limpia de pecado mortal. El
alma en pecado está muerta a la vida sobrenatural
y un cadáver no necesita alimento. Es
una planta seca, porque un gusano ha roído
sus raíces. Riégala, fertiliza
y cava la tierra; todo inútil, no reacciona,
no asimila el alimento, le falta el principio
vital.
El alimento es para los seres
vivos y la Eucaristía
es alimento de vivos. A las almas muertas por
el pecado, lejos de alimentarlas, las descompone
más.
Como una inyección que curara a los enfermos
y en los cadáveres activara la corrupción.
La comunión recibida en pecado mortal
es un nuevo pecado, es mayor descomposición
en el alma.
El alma que está en pecado mortal y se
acerca al banquete eucarístico, es como
el invitado de que nos habla Jesucristo, que
entró en la sala del festín sin
el traje de etiqueta, fue arrojado a las tinieblas
donde hay llanto y crujir de dientes.
Los pecados veniales, ¿impiden recibir
la Eucaristía? La santidad del Sacramento
requiere que las almas se acerquen a él
con la mayor limpieza posible. Sería conveniente
que el que comulga estuviera libre de pecados
veniales, sobre todo deliberados, y aun del afecto
a esos pecados, sería conveniente, pero
no es necesario.
Más aún, la Eucaristía perdona
los pecados veniales, si hay arrepentimiento
verdadero y da fuerzas para evitarlos. Si comulgas
con deseos de santificarte, la Eucaristía
es medicina para curar la lepra del pecado venial.
Comulga para no pecar venialmente. No dejes de
comulgar porque pecas.
Condición para comulgar es la intención
recta. Es decir: que no comulgues por mera rutina,
por vanidad, por motivos meramente humanos. Que
lo hagas por dar gusto a Jesucristo; por unirte
más íntimamente a El, por santificarte,
por buscar remedio a tus debilidades y a tus
faltas.
Aunque sea ésta la preparación
necesaria, sin embargo procura prepararte con
el mayor esmero.
Los sacramentos de la Nueva Ley
producen en las almas fruto mayor, cuanto mejores
sean las disposiciones
del que los recibe. Aviva la fe, ejercita el
amor. Piensa que la mejor preparación
y acción de gracias es una vida santa
y el progreso continuo en la virtud.
(Continuará...)
Fuente: Luz, meditaciones
Juan Rey, sj – Editorial Sal Terrae