Edición 22 • 29 de mayo al 4 de junio de 2005
Hoy es martes, 7 de febrero de 2012

“Hace falta, en concreto, fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, los movimientos y todo el modo de comportarse.”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan Pablo II

La comunión frecuente (1 de 2)

La Eucaristía, alimento cotidiano

La Eucaristía ha sido instituida para alimento cotidiano de las almas. Lo afirma Santo Tomás apoyado en la autoridad de San Agustín: “La Eucaristía es el pan cotidiano; recibidle diariamente; para que diariamente recibáis su provecho”. (P. III, quaest. LXXX, art. 10).

Lo mismo opina San Ambrosio, citado por Santo Tomás: “Ya que la sangre de Jesucristo se derrama cada día en remisión de los pecados, yo debo recibirla cada día, pues peco todos los días. Diariamente debo recibir este remedio de curación, ya que estoy sujeto a enfermedades y a debilidades cotidianas.”

El maná símbolo de la Eucaristía confirma esta verdad. Jehová le dice a Moisés: “Yo enviaré para vosotros pan del cielo. El pueblo saldrá y recogerá cada día la provisión necesaria.”

El maná nutritivo y delicioso cae todas las mañanas en el desierto; y los israelitas tienen orden de recogerlo. ¿Cuál puede ser el significado de este hecho simbólico? Que el pan de las almas aparecerá todos los días sobre los altares y cada día deben acudir los fieles a recogerle y alimentarse con él.

Jesucristo llama a la Eucaristía la Pascua Nueva que El había deseado celebrar con sus discípulos; y esa Pascua debía celebrarse continua y perpetuamente. La Pascua antigua era un banquete del que debían participar todos los hijos de Israel siempre que se celebrara; luego los cristianos deben participar de esta su Pascua Nueva siempre que se celebre; deben comer el Cordero inmaculado todos los días. Jesús quiere inmolarse todos los días, ¿y no querrá que le reciban?

Los deseos de Jesucristo aparecen manifiestos al instituir la Eucaristía, valiéndose de los accidentes del pan y del vino. El pan es la base de la alimentación corporal; es alimento imprescindible en las comidas. El pan eucarístico debe ser la base de la alimentación sobrenatural, hay que recibirlo todos los días.

Todos los días sufren desgaste y detrimento las energías sobrenaturales y todos los días deben ser reparadas, si queremos disfrutar vida sobrenatural y vigorosa. Restauradora de las fuerzas sobrenaturales es la Eucaristía.

Preparación para la comunión.

El hombre, por santo que sea, nunca podrá lograr preparación digna para comulgar. No hay proporción entre la miseria humana y la dignidad del Sacramento. Lo sabía Jesucristo y a pesar de ello, instituye la Eucaristía y manda que comulguemos.

La preparación esencial para la comunión es estar el alma limpia de pecado mortal. El alma en pecado está muerta a la vida sobrenatural y un cadáver no necesita alimento. Es una planta seca, porque un gusano ha roído sus raíces. Riégala, fertiliza y cava la tierra; todo inútil, no reacciona, no asimila el alimento, le falta el principio vital.

El alimento es para los seres vivos y la Eucaristía es alimento de vivos. A las almas muertas por el pecado, lejos de alimentarlas, las descompone más.

Como una inyección que curara a los enfermos y en los cadáveres activara la corrupción. La comunión recibida en pecado mortal es un nuevo pecado, es mayor descomposición en el alma.

El alma que está en pecado mortal y se acerca al banquete eucarístico, es como el invitado de que nos habla Jesucristo, que entró en la sala del festín sin el traje de etiqueta, fue arrojado a las tinieblas donde hay llanto y crujir de dientes.

Los pecados veniales, ¿impiden recibir la Eucaristía? La santidad del Sacramento requiere que las almas se acerquen a él con la mayor limpieza posible. Sería conveniente que el que comulga estuviera libre de pecados veniales, sobre todo deliberados, y aun del afecto a esos pecados, sería conveniente, pero no es necesario.

Más aún, la Eucaristía perdona los pecados veniales, si hay arrepentimiento verdadero y da fuerzas para evitarlos. Si comulgas con deseos de santificarte, la Eucaristía es medicina para curar la lepra del pecado venial. Comulga para no pecar venialmente. No dejes de comulgar porque pecas.

Condición para comulgar es la intención recta. Es decir: que no comulgues por mera rutina, por vanidad, por motivos meramente humanos. Que lo hagas por dar gusto a Jesucristo; por unirte más íntimamente a El, por santificarte, por buscar remedio a tus debilidades y a tus faltas.

Aunque sea ésta la preparación necesaria, sin embargo procura prepararte con el mayor esmero.

Los sacramentos de la Nueva Ley producen en las almas fruto mayor, cuanto mejores sean las disposiciones del que los recibe. Aviva la fe, ejercita el amor. Piensa que la mejor preparación y acción de gracias es una vida santa y el progreso continuo en la virtud.

(Continuará...)

Fuente: Luz, meditaciones
Juan Rey, sj – Editorial Sal Terrae

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