Permanecer en el Amor a Dios
P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
Dios ama al hombre mucho más que con entrañas
de madre (ver Isaías 49, 15); amor que nosotros,
pobres criaturas, ni podemos imaginar. Y lo que
es más admirable, es que ese amor nos lo
ha demostrado no una, dos o tres veces: creación,
redención, santificación y conservación
de la vida, sino que es un amor constante, con
principio –el de toda criatura-, pero sin
fin para todas. Es un amor que, en El, no puede
variar, aunque a nosotros, cortos de entendimiento,
nos parezca lo contrario. Decimos que nos ama mucho,
cuando nos llena de bendiciones; pero cuando la
fortuna nos golpea, pensamos que Dios se ha olvidado
de nosotros –lo cual es del todo imposible
en El.
Corresponder a su amor
No lo sé, pero lo habré repetido
en estas páginas docenas de veces: al amor
infinito de Dios debemos corresponder con amor
sin medida, ya que el amor sólo se paga
con amor. O como dice la copla:
Corazones partidos, / yo no los quiero; / pues
cuando di el mío, / lo di entero.
Y también es doctrina por demás conocida:
nos es relativamente fácil, en una corazonada,
y en un momento determinado, darle a Dios una gran
prueba de nuestro amor; lo difícil y, por
tanto, meritorio, es permanecer en el amor. Y aquí sí que
fallamos todos los que no somos santos confirmados.
Fue, creo recordar, San Ignacio
de Antioquia quien, al exigirle el juez pagano
que abjurara de su fe
y rindiera culto a los dioses, le contestó decididamente; “He
servido a Dios durante 85 años, y no he
recibido de El más que favores; y ¿piensas
tú que voy a renegar de El por unos pocos
más de días que me quedan?” Este
ejemplo y el de todos los Santos que pueblan nuestros
altares son un reproche constante a todos nosotros
que, como veletas de campanarios viejos, giramos
fácilmente en la dirección que nos
indican los vientos de nuestras indómitas
pasiones. ¡Nos falta constancia en el amor
y servicio a nuestro buen Dios!
Causas de nuestra inconstancia
Se ve que el hombre/mujer hemos
cambiado poco desde los remotos tiempos de Adán y Eva. Confrontados
por Dios después de haberle desobedecido
seriamente, Eva le contestó frescamente
echando la culpa a su esposo; y el bueno de nuestro
primer padre, sin pensárselo mucho, culpó a
la serpiente.
Los dos mintieron pues, en realidad
de verdad, no fue la serpiente (digamos, el diablo)
quien
les hizo caer en pecado, sino su infinita soberbia: ¡Nada
menos que querían ser dioses! (Génesis
3, 3-5).
Y algo semejante nos pasa a nosotros:
traspasamos la ley porque desoímos la voz de la conciencia;
y así caemos en pecado, especialmente en
pecados de la carne, que está en lucha constante
contra el espíritu (ver Romanos 8, 3-8).
Es la pasión que más nos fastidia
a todos, tanto por su ímpetu como por su
insistencia. desgraciados de nosotros, ¡la
llevamos siempre a cuestas! Y es tan pesada que,
según un místico, desaparecerá de
nosotros a los tres días de estar en el
sepulcro.
Remedios contra la inconstancia
Como en todo lo relacionado con
la vida del espíritu,
ningún remedio mejor para evitar la flojera
y los pecados consiguientes, que el puro amor a
Dios, el entusiasmo por la vida espiritual y el
ardiente deseo de ver a Dios en el cielo cuanto
antes (ver Filipenses 1,21).
Pero a aquellos que no tenemos prisa
en dejar este mundo (¡qué poca fe te demostramos,
Dios mío!), nos ayudará a permanecer
fieles a Dios la seria meditación en nuestras
postrimerías o novísimos: muerte,
juicio, infierno y gloria. Sobre todo, el temor
de ir al infierno debería ser un revulsivo
efectivo para evitar el pecado. Pues como titulé uno
de mis artículos en estas páginas,
largo tiempo atrás, “donde no hay
amor, bueno es el temor”.
A unos y a otros, la meditación seria y
frecuente en el infinito amor de Dios hacia todos
nosotros, y por tanto, la necesidad de una correspondencia
digna, propia de hijos agradecidos, nos ayudará a
evitar el pecado y, así, permanecerle fieles.
Y aún nos queda a todos: “santos”, “buenos” y “medianos” otro
remedio: proponernos ser buenos el día en
que vivimos, sin pensar en el mañana, al
que quizás no lleguemos, ni menos, en los
años que pensamos nos quedan de vida –vida
que puede truncarse en cualquier momento. No es
que queramos engañarnos, sino la cruda realidad.
Si no nos hemos vuelto ciegos y sordos del todo
a la voz del Espíritu, esta estratagema
puede ayudarnos a permanecer fieles en el amor
a Dios.