Edición 23 • 5 al 11 de junio de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Permanecer en el Amor a Dios

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Dios ama al hombre mucho más que con entrañas de madre (ver Isaías 49, 15); amor que nosotros, pobres criaturas, ni podemos imaginar. Y lo que es más admirable, es que ese amor nos lo ha demostrado no una, dos o tres veces: creación, redención, santificación y conservación de la vida, sino que es un amor constante, con principio –el de toda criatura-, pero sin fin para todas. Es un amor que, en El, no puede variar, aunque a nosotros, cortos de entendimiento, nos parezca lo contrario. Decimos que nos ama mucho, cuando nos llena de bendiciones; pero cuando la fortuna nos golpea, pensamos que Dios se ha olvidado de nosotros –lo cual es del todo imposible en El.

Corresponder a su amor

No lo sé, pero lo habré repetido en estas páginas docenas de veces: al amor infinito de Dios debemos corresponder con amor sin medida, ya que el amor sólo se paga con amor. O como dice la copla: Corazones partidos, / yo no los quiero; / pues cuando di el mío, / lo di entero.

Y también es doctrina por demás conocida: nos es relativamente fácil, en una corazonada, y en un momento determinado, darle a Dios una gran prueba de nuestro amor; lo difícil y, por tanto, meritorio, es permanecer en el amor. Y aquí sí que fallamos todos los que no somos santos confirmados.

Fue, creo recordar, San Ignacio de Antioquia quien, al exigirle el juez pagano que abjurara de su fe y rindiera culto a los dioses, le contestó decididamente; “He servido a Dios durante 85 años, y no he recibido de El más que favores; y ¿piensas tú que voy a renegar de El por unos pocos más de días que me quedan?” Este ejemplo y el de todos los Santos que pueblan nuestros altares son un reproche constante a todos nosotros que, como veletas de campanarios viejos, giramos fácilmente en la dirección que nos indican los vientos de nuestras indómitas pasiones. ¡Nos falta constancia en el amor y servicio a nuestro buen Dios!

Causas de nuestra inconstancia

Se ve que el hombre/mujer hemos cambiado poco desde los remotos tiempos de Adán y Eva. Confrontados por Dios después de haberle desobedecido seriamente, Eva le contestó frescamente echando la culpa a su esposo; y el bueno de nuestro primer padre, sin pensárselo mucho, culpó a la serpiente.

Los dos mintieron pues, en realidad de verdad, no fue la serpiente (digamos, el diablo) quien les hizo caer en pecado, sino su infinita soberbia: ¡Nada menos que querían ser dioses! (Génesis 3, 3-5).

Y algo semejante nos pasa a nosotros: traspasamos la ley porque desoímos la voz de la conciencia; y así caemos en pecado, especialmente en pecados de la carne, que está en lucha constante contra el espíritu (ver Romanos 8, 3-8). Es la pasión que más nos fastidia a todos, tanto por su ímpetu como por su insistencia. desgraciados de nosotros, ¡la llevamos siempre a cuestas! Y es tan pesada que, según un místico, desaparecerá de nosotros a los tres días de estar en el sepulcro.

Remedios contra la inconstancia

Como en todo lo relacionado con la vida del espíritu, ningún remedio mejor para evitar la flojera y los pecados consiguientes, que el puro amor a Dios, el entusiasmo por la vida espiritual y el ardiente deseo de ver a Dios en el cielo cuanto antes (ver Filipenses 1,21).

Pero a aquellos que no tenemos prisa en dejar este mundo (¡qué poca fe te demostramos, Dios mío!), nos ayudará a permanecer fieles a Dios la seria meditación en nuestras postrimerías o novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria. Sobre todo, el temor de ir al infierno debería ser un revulsivo efectivo para evitar el pecado. Pues como titulé uno de mis artículos en estas páginas, largo tiempo atrás, “donde no hay amor, bueno es el temor”.

A unos y a otros, la meditación seria y frecuente en el infinito amor de Dios hacia todos nosotros, y por tanto, la necesidad de una correspondencia digna, propia de hijos agradecidos, nos ayudará a evitar el pecado y, así, permanecerle fieles.

Y aún nos queda a todos: “santos”, “buenos” y “medianos” otro remedio: proponernos ser buenos el día en que vivimos, sin pensar en el mañana, al que quizás no lleguemos, ni menos, en los años que pensamos nos quedan de vida –vida que puede truncarse en cualquier momento. No es que queramos engañarnos, sino la cruda realidad. Si no nos hemos vuelto ciegos y sordos del todo a la voz del Espíritu, esta estratagema puede ayudarnos a permanecer fieles en el amor a Dios.

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