“Pero la especial intimidad
que se da en la ‘comunión’ eucarística
no puede comprenderse adecuadamente ni experimentarse
plenamente fuera de la comunión eclesial.”
Carta
Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan
Pablo II
La
comunión frecuente (2
de 2)
El
hambre de la Eucaristía
La gana de comer es señal de buena salud,
y al contrario, la inapetencia es síntoma
de enfermedad. Si el hombre se deja llevar de la
inapetencia, sobrevendrá la anemia; y el
organismo anémico es campo preparado para
todas las enfermedades.
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Lo que sucede con la salud del cuerpo, acontece
con la del alma. Los santos tienen vida sobrenatural
vigorosa, por eso todos han sentido hambre
vehemente de la Eucaristía. Para ellos
un día sin comunión es más
insoportable que un día sin alimento
para el cuerpo. |
Las comuniones espirituales, que
tantas veces repiten durante el día, son suspiros íntimos
del alma por recibir la comunión sacramental. ¡Qué frases
y qué hechos se leen en las vidas de los
santos! Incomprensibles para las almas tibias,
para el cristiano vulgar.
Podríamos decir que el alma santa se acuesta
suspirando por la Comunión, se duerme pensando
en la Comunión y el sueño que más
la asusta es soñar que no puede recibir
la Comunión. Santa Gemma Galgani comienza
a sentir deseo de comulgar al ocultarse el sol;
ese deseo iba creciendo de hora en hora y la impedía
conciliar el sueño. Los médicos y
confesores tuvieron que prohibirle pensar en la
Comunión del día siguiente.
Santa Teresa de Jesús, en sus frecuentes
correrías, desafiaba las tempestades y se
ponía en peligro de caer enferma por comulgar. ‘Dejadme,
dejadme comulgar –repetía-. No puedo
estar ya más tiempo sin Jesús’.
San Lorenzo de Brindis se hallaba en un país
de herejes y para llegar a una iglesia católica
y poder celebrar la santa misa anduvo 40 millas.
Andar a pie es poco; Santa Margarita
María
de Alacoque dice que ‘caminaría sobre
el fuego para ir a comulgar’. Santa Magdalena
de Pazzi lloraba inconsolable el día que
no podía comulgar, y exclamaba: ‘quisiera
morir antes de dejar una sola Comunión que
me haya sido concedida por obediencia’. Y
Santa Catalina de Génova decía: ‘muerta,
resucitaría para comulgar’.
Qué ansias de Comunión sentía
el ángel de Polonia, Estanislao de Kostka.
Estaba enfermo y nada le importaba la enfermedad
ni la muerte; lo que le hacía sufrir era
no poder comulgar, pues estaba en una casa de herejes,
y tales fueron sus ansias y suspiros, que no pudiendo
traerle la Eucaristía un sacerdote, se la
trajeron los ángeles del cielo.
Vida sobrenatural vigorosa, ansias
vehementes de comulgar es efecto infalible, no
se da ninguna
excepción; y al contrario, indiferencia
por la comunión, vida sobrenatural tibia,
enfermedad espiritual cierta. ¿Qué decir
de esos cristianos que tienen a dos pasos de casa
la iglesia donde todas las mañanas se está repartiendo
continuamente la Comunión, y por no molestarse
media hora, por no vencer la pereza para levantarse
de la cama, por una excusa de ocupación,
no se acercan a comulgar? Esas almas padecen una
enfermedad espiritual, una tibieza gravísima;
su vida sobrenatural está a punto de extinguirse.
La vida de los primeros cristianos
era difícil;
la persecución y la muerte les acechaban
continuamente. Necesitaban fortaleza, por eso comulgaban
a diario. Su culto a la Eucaristía era muy íntimo:
comulgar lo más posible y fervorosamente;
tenían vida sobrenatural vigorosa.
Los cristianos de ahora necesitan
mucha fortaleza también. Vivir dignamente en una sociedad
que se paganiza, equivale a un martirio incruento.
Hace falta energía sobrenatural y hay que
buscarla en la Eucaristía.
(Final)
Fuente: Luz, meditaciones
Juan Rey, sj – Editorial Sal Terrae
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