Edición 23 • 5 al 11 de junio de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

“Pero la especial intimidad que se da en la ‘comunión’ eucarística no puede comprenderse adecuadamente ni experimentarse plenamente fuera de la comunión eclesial.”

Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine —Juan Pablo II

 

La comunión frecuente (2 de 2)

El hambre de la Eucaristía

La gana de comer es señal de buena salud, y al contrario, la inapetencia es síntoma de enfermedad. Si el hombre se deja llevar de la inapetencia, sobrevendrá la anemia; y el organismo anémico es campo preparado para todas las enfermedades.

Lo que sucede con la salud del cuerpo, acontece con la del alma. Los santos tienen vida sobrenatural vigorosa, por eso todos han sentido hambre vehemente de la Eucaristía. Para ellos un día sin comunión es más insoportable que un día sin alimento para el cuerpo.

Las comuniones espirituales, que tantas veces repiten durante el día, son suspiros íntimos del alma por recibir la comunión sacramental. ¡Qué frases y qué hechos se leen en las vidas de los santos! Incomprensibles para las almas tibias, para el cristiano vulgar.

Podríamos decir que el alma santa se acuesta suspirando por la Comunión, se duerme pensando en la Comunión y el sueño que más la asusta es soñar que no puede recibir la Comunión. Santa Gemma Galgani comienza a sentir deseo de comulgar al ocultarse el sol; ese deseo iba creciendo de hora en hora y la impedía conciliar el sueño. Los médicos y confesores tuvieron que prohibirle pensar en la Comunión del día siguiente.

Santa Teresa de Jesús, en sus frecuentes correrías, desafiaba las tempestades y se ponía en peligro de caer enferma por comulgar. ‘Dejadme, dejadme comulgar –repetía-. No puedo estar ya más tiempo sin Jesús’. San Lorenzo de Brindis se hallaba en un país de herejes y para llegar a una iglesia católica y poder celebrar la santa misa anduvo 40 millas.

Andar a pie es poco; Santa Margarita María de Alacoque dice que ‘caminaría sobre el fuego para ir a comulgar’. Santa Magdalena de Pazzi lloraba inconsolable el día que no podía comulgar, y exclamaba: ‘quisiera morir antes de dejar una sola Comunión que me haya sido concedida por obediencia’. Y Santa Catalina de Génova decía: ‘muerta, resucitaría para comulgar’.

Qué ansias de Comunión sentía el ángel de Polonia, Estanislao de Kostka. Estaba enfermo y nada le importaba la enfermedad ni la muerte; lo que le hacía sufrir era no poder comulgar, pues estaba en una casa de herejes, y tales fueron sus ansias y suspiros, que no pudiendo traerle la Eucaristía un sacerdote, se la trajeron los ángeles del cielo.

Vida sobrenatural vigorosa, ansias vehementes de comulgar es efecto infalible, no se da ninguna excepción; y al contrario, indiferencia por la comunión, vida sobrenatural tibia, enfermedad espiritual cierta. ¿Qué decir de esos cristianos que tienen a dos pasos de casa la iglesia donde todas las mañanas se está repartiendo continuamente la Comunión, y por no molestarse media hora, por no vencer la pereza para levantarse de la cama, por una excusa de ocupación, no se acercan a comulgar? Esas almas padecen una enfermedad espiritual, una tibieza gravísima; su vida sobrenatural está a punto de extinguirse.

La vida de los primeros cristianos era difícil; la persecución y la muerte les acechaban continuamente. Necesitaban fortaleza, por eso comulgaban a diario. Su culto a la Eucaristía era muy íntimo: comulgar lo más posible y fervorosamente; tenían vida sobrenatural vigorosa.

Los cristianos de ahora necesitan mucha fortaleza también. Vivir dignamente en una sociedad que se paganiza, equivale a un martirio incruento. Hace falta energía sobrenatural y hay que buscarla en la Eucaristía.

(Final)

Fuente: Luz, meditaciones
Juan Rey, sj – Editorial Sal Terrae


Comuniones Inolvidables

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