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Padre Efraín Zabala |
Don Enrique Laguerre
Se fue don Enrique cuando faltaban unas semanas
para internarse en un siglo de vida. Los cien
años eran un imán, una fiesta de
verde altura en que el brindis sería de
café y la semblanza un arcoiris de colores
patrios, literarios, amorosos. Moca lo vio nacer
y Puerto Rico lo acogió como el artesano
de la verdad lírica del jíbaro
y sus circunstancias. Su pluma, bisturí en
flor, trazó las cirugías del alma
isleña con el sudor y las vicisitudes
a cuestas. El cañaveral, encuentro de
voces y faenas, fue para don Enrique escritorio
profético, tertulia íntima y vivencial.
En los años de la carestía y del “no
hay” a flor de piel, el ilustre escritor
viajó por la pobreza extrema y se hizo adalid
y defensor de la causa de los que cobraban un sueldo
de hambre y eran esclavizados en su inocencia.
Aquellos hidalgos, quijotes del surco y de los
sueños que retaban su existencia, quedaron
retratados sobre la palabra del escritor que subrayó el
vía crucis, las penurias y lágrimas
del hombre sacrificado y honesto.

Don Enrique molió la caña de sus
sentimientos con los de aquella multitud y trazó el
ser puertorriqueño desde la esencial mirada
de unos hombres y mujeres moldeados al sol, con
su esbeltez y su donaire. Eran nativos, hijos del
sol, de la tierra buena, de la esperanza como lienzo
y regalo. No sabían leer, ni escribir, y
se resignaban a su suerte en el arrullo de unos
santos de palo que eran interlocutores, terapistas
de la fe y de un mañana mejor.
Muere el ilustre escritor en medio del vandalismo
de la tierra, del tesoro público, de las
rivalidades infantiles. Ya no hay llamaradas de
amor, ni metáforas, ni estilo literario,
ni lírica del espíritu. El pueblo
observa la quemazón de principios, de ideales,
de la verdad y se confunde con los apagones que
provienen de los emporios de los que queman al
país con sus villanías y sus traiciones.
Don Enrique Laguerre representa al puertorriqueño
trabajador, al propulsor de las palabras como panal
y parábola, al que no vendió su tierra,
ni sus ideales. En medio del desconcierto de los
sentidos, él pudo guardar su corazón
de la avaricia, de los cantos de sirena y de la
invitación a contemporizar con los mercaderes
que establecen sus negocios en la altanería
del dinero y el desprecio de los humildes y sencillos.
El pueblo puertorriqueño pierde a uno de
sus hijos más preclaros, a un protagonista
de la palabra, del intelecto, de la hegemonía
de la puertorriqueñidad. El vive en el agradecimiento
de los boricuas que hemos leído sus libros
con avidez y entusiasmo. Se fue don Enrique a las
tierras del misterio para narrar la identidad del
pueblo puertorriqueño y establecer las rutas
isleñas más allá de este caos,
en que vive el pueblo en momentos de confusión
y aflicción.