Edición 26 • 26 de junio al 2 de julio de 2005
Hoy es viernes, 18 de mayo de 2012

Padre Efraín Zabala

Don Enrique Laguerre

Se fue don Enrique cuando faltaban unas semanas para internarse en un siglo de vida. Los cien años eran un imán, una fiesta de verde altura en que el brindis sería de café y la semblanza un arcoiris de colores patrios, literarios, amorosos. Moca lo vio nacer y Puerto Rico lo acogió como el artesano de la verdad lírica del jíbaro y sus circunstancias. Su pluma, bisturí en flor, trazó las cirugías del alma isleña con el sudor y las vicisitudes a cuestas. El cañaveral, encuentro de voces y faenas, fue para don Enrique escritorio profético, tertulia íntima y vivencial.

En los años de la carestía y del “no hay” a flor de piel, el ilustre escritor viajó por la pobreza extrema y se hizo adalid y defensor de la causa de los que cobraban un sueldo de hambre y eran esclavizados en su inocencia. Aquellos hidalgos, quijotes del surco y de los sueños que retaban su existencia, quedaron retratados sobre la palabra del escritor que subrayó el vía crucis, las penurias y lágrimas del hombre sacrificado y honesto.

Don Enrique molió la caña de sus sentimientos con los de aquella multitud y trazó el ser puertorriqueño desde la esencial mirada de unos hombres y mujeres moldeados al sol, con su esbeltez y su donaire. Eran nativos, hijos del sol, de la tierra buena, de la esperanza como lienzo y regalo. No sabían leer, ni escribir, y se resignaban a su suerte en el arrullo de unos santos de palo que eran interlocutores, terapistas de la fe y de un mañana mejor.

Muere el ilustre escritor en medio del vandalismo de la tierra, del tesoro público, de las rivalidades infantiles. Ya no hay llamaradas de amor, ni metáforas, ni estilo literario, ni lírica del espíritu. El pueblo observa la quemazón de principios, de ideales, de la verdad y se confunde con los apagones que provienen de los emporios de los que queman al país con sus villanías y sus traiciones.

Don Enrique Laguerre representa al puertorriqueño trabajador, al propulsor de las palabras como panal y parábola, al que no vendió su tierra, ni sus ideales. En medio del desconcierto de los sentidos, él pudo guardar su corazón de la avaricia, de los cantos de sirena y de la invitación a contemporizar con los mercaderes que establecen sus negocios en la altanería del dinero y el desprecio de los humildes y sencillos.

El pueblo puertorriqueño pierde a uno de sus hijos más preclaros, a un protagonista de la palabra, del intelecto, de la hegemonía de la puertorriqueñidad. El vive en el agradecimiento de los boricuas que hemos leído sus libros con avidez y entusiasmo. Se fue don Enrique a las tierras del misterio para narrar la identidad del pueblo puertorriqueño y establecer las rutas isleñas más allá de este caos, en que vive el pueblo en momentos de confusión y aflicción.

Archivo EV

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