Para pensar
El juicio a Michael Jackson, astro de la música
pop, ha sido un reflejo de lo que es la vida, la
justicia humana, la verdad y la mentira. Detrás
de ese escenario vociferante, se escondía
la iniquidad, que tiene sus aliados y sus pretensiones,
sus interpretaciones y subterfugios. La fama del
rey de los fans más diversos, está codificada
en el mundo entero y su calvario también.
Los famosos y la elite social arrastran aplausos
al por mayor, halagos, noches largas y soledad
a manos llenas. El estrellato tiene su talón
de Aquiles y su propia cicuta. Tocar una estrella
y girar sobre la felicidad instantánea es
un riesgo del alma; significa caminar sobre el
filo de la navaja, moverse en un arenal de malos
entendidos; acusaciones, paparrazis por doquier.
El festejo a las personalidades está salpicado
de éxito y fracaso. La ira y el rencor,
los celos y la envidia, perpetúan un estilo
de rivalidades, que se organizan para el otro escenario
de la complicidad malsana y el golpe bajo. Los
que brillan en el espectáculo del teatro
universal desequilibran la mente de los débiles
que no pueden tolerar esas aguas caudalosas, mientras
ellos viven a la orilla del riachuelo pequeño
y tímido.
La vida de Michael Jackson ha sido siempre un
motín
a bordo, una insurrección familiar que ha
dejado señales apocalípticas. Su
talento, don de Dios, ha tenido que enfrentarse
a los volcanes del desequilibrio y a la desnudez
de su alma. Su aventura terrenal ha estado marcada
por la acusación, por la conspiración
de los sentidos, por su niñez maltratada
y desoladora.
Todo juicio trae enseñanzas abarcadoras
y perplejidad circundante. Los seres humanos equilibramos
la mente con la virtud de la justicia, que a menudo
no cuadra con la divina y desorienta por sus traumáticos
desenlaces. No es fácil, dado el laberinto
obscurecedor, acertar y dar al traste con la mentira
que tiene sus anfitriones y su coqueteo con el
dinero y sus aliados. La verdad apaciguada tiene
vigencia en el tiempo pero tarde o temprano se
impone con su imán y su fuerza.
A la hora de equilibrar el pensamiento hay que
ponderar al mundo y sus vanidades, la fama y el
poder, el dinero y el mollero. Los que son acusados
y no tienen padrinos, ni defensores, se hunden
en la culpabilidad en la primera ronda. Sólo
Dios, justo y misericordioso les abraza y les cobija
con la esperanza, que es una virtud teologal.
Hay que remar mar adentro y luchar por un mundo
más justo y mejor...
aplaude
Tráfico
Que
se reduzca el tráfico en el Viejo San
Juan para que la ciudad mantenga su prístina
presencia y su abolengo histórico.
El deterioro en las calles adoquinadas y en los
edificios puede ser disminuido por un detente vehicular
que será amortiguador de ruidos y pesos
excesivos.
La configuración del Viejo San Juan, con
sus túneles unitivos, sus plazas, iglesias
y un mar en desafío requiere con urgencia
establecer un orden y un estilo.
La capital, tesoro isleño, es fusión
de voces antiguas y nuevas que cantan al unísono
el por qué patriótico y tradicional.
Salvaguardar este monumento histórico es
tarea cívica y moral de todos, pues es acervo
y cátedra cultural para todos los puertorriqueños.
Ecoturismo
Que
se promueva el turismo que es peregrinación
y atisbo de luz íntima al bello mundo de
los ríos, los lagos, los parajes, las cavernas
y cuevas.
Este caminar hacia los humedades y el follaje
limpia la mente y el corazón. Aquí, al tiro
de piedra, se dan cita la majestuosidad y el abrazo
de la naturaleza.
Muchos puertorriqueños conocen los ofrecimientos
y ofertas de otros países. Desconocen el
lar nativo y su armonía entre pueblo, campo,
vegetación y silencios con mayúscula.
Hay que promover a Puerto Rico desde el paraíso
que emerge sobre el horizonte de la bella Isla.
Editor
censura
Peaje
La
lentitud con que se mueven los carros una vez
llegan a ese “territorio” en que
el nerviosismo y las pesetas pelean un duelo
a cada
momento.
El peaje de Caguas sur es un tapón a toda
hora. Los que tienen su cuenta de Auto Expreso
van a toda velocidad, mientras que los otros, la
multitud, tiene que acogerse a la ley del embudo.
Las autopistas, que parecían ser una solución
a la congestión vehicular, han pasado a
ser “caminos de la espera” cada vez
que llueve u ocurre un accidente.
Hace falta aligerar la mente para hacer esa parada
para pagar una más liviana y rápida.
Señores y dueños
A
los que van en sus caballos y motoras creyéndose
dueños y señores de las carreteras.
Los osados señores y señoras no entienden
de normas, ni de leyes. Cuando caminan en grupos
se jactan de su poderío y valor.
Los que conducen sus carros pasan duros momentos
al tener que enfrentarse a un caballo o a una
motora que se mueven a sus anchas creando perplejidad
y miedo.
La disciplina y la observancia de la ley del
sentido común ayudan a evitar los encontronazos
entre unos y otros y así se logra una mejor
convivencia.
Editor