Nosotros,
el cuerpo místico de Cristo
P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE
Uno de los misterios más consoladores del
cristianismo es que todos sus miembros: los que,
felices, ya están en el cielo; los que continúan
detenidos en el purgatorio y, nosotros, los que
aún peregrinamos en este valle de lágrimas –todos
formamos un solo cuerpo-. Es lo que los místicos
llaman el “Cuerpo místico de Cristo”.
De este cuerpo, Cristo es la cabeza, y todos nosotros,
sus miembros.
San Pablo abunda en esta verdad en varias de
sus Cartas. En la dirigida a los Romanos, expresa
la
idea con estas palabras: “... así también
nosotros, aunque somos muchos, estamos injertados
en Cristo, en orden a formar un solo cuerpo, y
somos miembros unos de otros” (12, 5).

En la 1 a los Corintios, se refiere varias veces
a este misterio. En el Capítulo 10, versículos
15 al 17, afirma que la comunión del cuerpo
y de la sangre de Cristo hace que todos los que
la recibimos formamos un solo cuerpo con El. En
el Capítulo 12, 27, afirma categóricamente: “Vosotros
formáis el cuerpo de Cristo, y cada uno,
por su parte, constituye un miembro”.
En la Carta a los Efesios, Pablo une la realidad
de que los cristianos formamos un solo cuerpo a
otras únicas realidades en el conjunto de
las verdades reveladas. “Un solo cuerpo y
un solo Espíritu, como una es la esperanza
a la que habéis sido llamados. Un solo Señor,
una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre
de todos, que está sobre todos, por todos
y en todos” (1, 4-6).
Finalmente, en la Carta a los Colosenses nos
dice explícitamente: “Cristo es la cabeza
del Cuerpo, que es la Iglesia” (1, 18). E
Iglesia somos todos los bautizados.
“La expresión místico es
posterior a los escritos neotestamentarios, pero
se armoniza
con su contenido, en cuanto que se trata del ‘misterio’ de
Cristo, que se manifiesta por ‘medio de la
Iglesia’ (Ef. 3, 9-10). Es, pues, ‘cuerpo’ que
manifiesta lo ‘escondido’ del ‘misterio’ de
Cristo. En este sentido se supera la perspectiva
de la Iglesia sólo como sociedad perfecta.
La Iglesia es, al mismo tiempo, visible y espiritual.
(Juan Ezquerda Bifet, Diccionario de la Evangelización,
BAC, Madrid, 1978).
Nuestra
cooperación, necesaria
Ahora bien, si queremos –y es obligatorio-
que este Cuerpo místico siga viviendo y
creciendo armónicamente, “hasta que
se reproduzca en nosotros la imagen del Hijo” (Rm
8, 29), es preciso que trabajemos nuestra fe, esperanza
y caridad, viviendo como verdaderos hijos de Dios,
individual y colectivamente; amándole “con
todo nuestro corazón, con toda nuestra alma,
con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas” (Mc
12, 30). ¡Ah!, y no nos olvidemos que a este
mandamiento antiguo, Jesús añadió –y
formalizó- su concomitante: “Debemos
amar al prójimo como a nosotros mismos” (v
31).
Sin el cumplimiento de esas dos serias obligaciones,
podemos continuar siendo miembros del Cuerpo de
Cristo, pero muertos. Nos lo dice claramente Santiago: “La
fe sin obras, está muerta” (2, 17).
Y más muerta estará si, además
de no hacer nada por el Reino de Dios, cometemos
pecados que nos separan de Dios.
Todos misioneros
Antes de subirse al cielo, Jesús mandó a
los suyos anunciar la Buena Nueva a todo el mundo
para que los humanos creyéramos en El, fuéramos
bautizados y, así, pudiéramos salvarnos
(ver Mt 10-20).
Esta obligación es común a todos
los cristianos, pues todos formamos la única
Iglesia de Jesús. Cada uno en su sitio,
según sus posibilidades, y bajo la autoridad
competente –en la Iglesia no debe haber franco
tiradores-, deberá aportar su granito de
arena para el crecimiento, embellecimiento, fortalecimiento
y fructificación del Cuerpo místico
de Cristo.
Medios
de santificación
Todo esto no es fácil para el pobre pecador
que, más o menos, somos todos. Pero como
Dios es todo Providencia, y la Iglesia es sabia
y buenísima madre, ambos han puesto en nuestras
manos los medios necesarios para que podamos no
sólo pertenecer al Cuerpo místico
de Cristo, sino ser, también, miembros cooperadores
en la obra de la salvación del mundo. Algunos
de esos medios necesarios son: la lectura asidua
y humilde de la Biblia, a través de la cual
Dios nos habla; los sacramentos que, bien recibidos,
son manantial de abundantes y poderosas gracias,
no sólo para evitar el pecado, sino, también,
para avanzar en la virtud; los ejemplos extraordinarios
de los santos, cuyas virtudes podemos copiar; la
buena conducta de los que nos rodean, que nos invita
a seguir su ejemplo; los libros y revistas buenas,
etc. Realmente, Dios nos pide mucho, pero no nos
deja en la estacada, sino que nos da abundantes
medios para poder amarle sobre todas las cosas
y al prójimo como a nosotros mismos.