Edición 27 • 3 al 9 de julio de 2005
Hoy es miércoles, 8 de febrero de 2012

Nosotros, el cuerpo místico de Cristo

P. José P. Benabarre Vigo
benigno_benabarre@hotmail.com
Para EL VISITANTE

Uno de los misterios más consoladores del cristianismo es que todos sus miembros: los que, felices, ya están en el cielo; los que continúan detenidos en el purgatorio y, nosotros, los que aún peregrinamos en este valle de lágrimas –todos formamos un solo cuerpo-. Es lo que los místicos llaman el “Cuerpo místico de Cristo”. De este cuerpo, Cristo es la cabeza, y todos nosotros, sus miembros.

San Pablo abunda en esta verdad en varias de sus Cartas. En la dirigida a los Romanos, expresa la idea con estas palabras: “... así también nosotros, aunque somos muchos, estamos injertados en Cristo, en orden a formar un solo cuerpo, y somos miembros unos de otros” (12, 5).

En la 1 a los Corintios, se refiere varias veces a este misterio. En el Capítulo 10, versículos 15 al 17, afirma que la comunión del cuerpo y de la sangre de Cristo hace que todos los que la recibimos formamos un solo cuerpo con El. En el Capítulo 12, 27, afirma categóricamente: “Vosotros formáis el cuerpo de Cristo, y cada uno, por su parte, constituye un miembro”.

En la Carta a los Efesios, Pablo une la realidad de que los cristianos formamos un solo cuerpo a otras únicas realidades en el conjunto de las verdades reveladas. “Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (1, 4-6).

Finalmente, en la Carta a los Colosenses nos dice explícitamente: “Cristo es la cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia” (1, 18). E Iglesia somos todos los bautizados.

“La expresión místico es posterior a los escritos neotestamentarios, pero se armoniza con su contenido, en cuanto que se trata del ‘misterio’ de Cristo, que se manifiesta por ‘medio de la Iglesia’ (Ef. 3, 9-10). Es, pues, ‘cuerpo’ que manifiesta lo ‘escondido’ del ‘misterio’ de Cristo. En este sentido se supera la perspectiva de la Iglesia sólo como sociedad perfecta. La Iglesia es, al mismo tiempo, visible y espiritual. (Juan Ezquerda Bifet, Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1978).

Nuestra cooperación, necesaria

Ahora bien, si queremos –y es obligatorio- que este Cuerpo místico siga viviendo y creciendo armónicamente, “hasta que se reproduzca en nosotros la imagen del Hijo” (Rm 8, 29), es preciso que trabajemos nuestra fe, esperanza y caridad, viviendo como verdaderos hijos de Dios, individual y colectivamente; amándole “con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas” (Mc 12, 30). ¡Ah!, y no nos olvidemos que a este mandamiento antiguo, Jesús añadió –y formalizó- su concomitante: “Debemos amar al prójimo como a nosotros mismos” (v 31).

Sin el cumplimiento de esas dos serias obligaciones, podemos continuar siendo miembros del Cuerpo de Cristo, pero muertos. Nos lo dice claramente Santiago: “La fe sin obras, está muerta” (2, 17). Y más muerta estará si, además de no hacer nada por el Reino de Dios, cometemos pecados que nos separan de Dios.

Todos misioneros

Antes de subirse al cielo, Jesús mandó a los suyos anunciar la Buena Nueva a todo el mundo para que los humanos creyéramos en El, fuéramos bautizados y, así, pudiéramos salvarnos (ver Mt 10-20).

Esta obligación es común a todos los cristianos, pues todos formamos la única Iglesia de Jesús. Cada uno en su sitio, según sus posibilidades, y bajo la autoridad competente –en la Iglesia no debe haber franco tiradores-, deberá aportar su granito de arena para el crecimiento, embellecimiento, fortalecimiento y fructificación del Cuerpo místico de Cristo.

Medios de santificación

Todo esto no es fácil para el pobre pecador que, más o menos, somos todos. Pero como Dios es todo Providencia, y la Iglesia es sabia y buenísima madre, ambos han puesto en nuestras manos los medios necesarios para que podamos no sólo pertenecer al Cuerpo místico de Cristo, sino ser, también, miembros cooperadores en la obra de la salvación del mundo. Algunos de esos medios necesarios son: la lectura asidua y humilde de la Biblia, a través de la cual Dios nos habla; los sacramentos que, bien recibidos, son manantial de abundantes y poderosas gracias, no sólo para evitar el pecado, sino, también, para avanzar en la virtud; los ejemplos extraordinarios de los santos, cuyas virtudes podemos copiar; la buena conducta de los que nos rodean, que nos invita a seguir su ejemplo; los libros y revistas buenas, etc. Realmente, Dios nos pide mucho, pero no nos deja en la estacada, sino que nos da abundantes medios para poder amarle sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Archivo EV

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